CELIBATO : ¿Condena o virtud?
26.11.07 @ 13:44:33. Archivado en Ministerios

La cuestión del celibato vuelve a saltar a las rotativas de los periódicos que se hacen eco, una vez más, de una noticia sobre la imposible continencia de algunos sacerdotes.
Esta vez ha ocurrido en Italia, en un programa de televisión donde se desvelaba abiertamente la doble vida de algunos sacerdotes, en este caso homosexuales. Pero días atrás, era cuestión de un sacerdote que compatibilizaba su ministerio con una mujer con la que había tenido un hijo.
Sin querer tratar aquí las excelencias que tiene el compromiso celibatario para la Iglesia, mi pregunta se centra, sin embargo, en las dificultades reales que esto conlleva para que pueda ser vivido con las renuncias y exigencias que se demanda sin que se convierta en un sufrimiento, y si además eso es posible.
Comencemos afirmando que el celibato en abstracto no existe. Existen célibes insertos en una sociedad multicultural, con una experiencia particular de Dios y de la Iglesia, con unas limitaciones tanto afectivas como psicológicas, con tendencias heterosexuales u homosexuales, con debilidades e intereses particulares.
Son personas por hacer, con un nivel mayor o menor de madurez personal, con más o menos voluntad interior para dominar sus pulsiones, que viven su sexualidad con mayor o menor compulsividad, con ciertas limitaciones en sus relaciones personales y con mejor o peor disposición para asumir la soledad.
El celibato no es igual en un sacerdote aislado en un pequeño pueblo perdido en ambiente rural, que el de una religiosa contemplativa en un monasterio donde hay muchas monjas, o el de un sacerdote dedicado a las enseñanza universitaria en una gran ciudad, o el de un cartujo enfrentado a largos días de silencio sin contacto ni con el exterior ni con sus hermanos de comunidad, o el de un joven cura recién salido del seminario trabajando codo con codo con chicas y chicos en la pastoral juvenil.
Cada caso es diferente, y a todos no se les puede pedir ni exigir lo mismo, porque no sería justo. Se comprende bien que en un caso o en otro los «riesgos» no sean iguales.
Aclaremos primero el significado que la Iglesia le da al celibato para no confundirnos con la comprensión, casi siempre parcial, que le da el resto de la sociedad. La Iglesia dice que el celibato implica la soltería y la continencia genital. Por lo tanto, no sólo implica el hecho de no fundar una familia y de abstenerse de man-tener relaciones sexuales con un hombre o una mujer, sino en observar la continencia.
La continencia implica la renuncia a hacer uso de la sexualidad, no sólo con otra persona, sino personalmente con uno mismo, por eso la masturbación tampoco está permitida en los célibes (en realidad no le está permitida a nadie, ni célibe ni casado, pero eso es otro tema que ahora no es objeto de mi reflexión).
La gran pregunta es si los célibes, son capaces de asumir la continencia total, sin que esto afecte a su compromiso de vida ni a su estabilidad emocional y personal.
Los psicólogos ponen en duda que la continencia total sea posible mantenerla a lo largo de toda la vida. Otra cosa es que parcialmente y en algunos períodos de la vida sí se pueda vivir. El control de las pulsiones genitales puede ser vivido por algunas personas, pero no por todas.
Así vistas las cosas, y apoyándome en lo que dice la ciencia, la realidad es que en la Iglesia se dan dos tipos de célibes: los que pueden vivir la continencia total a lo largo de su vida y los que no pueden hacerlo. Por fortuna, el control de la genitalidad es algo que supera a la propia razón y a la voluntad del hombre.
Si embargo, cuando la sexualidad no se da de manera compulsiva en las personas, el dominio de ésta es más bien una predisposición natural antes que un acto de virtud evangélica. No sería bueno confundir la naturaleza particular con la heroicidad.
¿Qué pasa entonces con los célibes que no consiguen vivir la continencia total? En primer lugar se debe pensar que no vivir la continencia no está en contradicción con un compromiso celibatario.
Dicho de otra manera, se puede ser célibe y faltar a la continencia puntualmente, porque el celibato implica otras realidades teológicas que van más allá de la propia genitalidad, como son la entrega, la generosidad, la dedicación, o la exclusividad al proyecto del Reino de Dios.
El problema, si es que esto es un problema, no lo tienen los célibes, sino la Iglesia que pide a los consagrados (sacerdotes o religiosos) algo que no les es posible vivir, salvo en casos determinados, y con ciertas sospechas de equilibrio psicológico personal.
Si la continencia del celibato es tan ardua y casi imposible de mantener, no deberíamos extrañarnos de que esto se convierta en noticia casi todos los días.
Entonces, la Iglesia debería replantearse el significado del celibato y no exigirlo como conditio sine qua non para el sacerdocio, cuando sabe de hecho que no se podrá vivir por parte de la mayoría de los curas. Con esto no estoy diciendo que el celibato no tenga valor en sí mismo, sino que no debería ser la exigencia fundamental para la ordenación sacerdotal.
Sí al celibato, pero para el quiera y pueda mantener la continencia de por vida.
No me gustan las mentiras ni la doble moral. Si la Iglesia sabe de hecho que sus célibes no podrán ser continentes, salvo en casos contados, ¿por qué lo sigue exigiendo para la ordenación sacerdotal, y por qué se sigue escandalizando de los casos de sacerdotes que salen a luz pública por no poder mantener sus compromisos?
O el celibato se asume en la Iglesia con toda esa carga de incontinencia natural, o se hace opcional para no desvirtuar el sentido de ese compromiso evangélico y no confundir ni engañar al resto del Pueblo de Dios.
Por último me gustaría decir que el sentido del sacerdocio o de la Vida Religiosa no estriba en el grado de continencia, o de compromiso por el celibato, sino en otros elementos que tienen entidad en sí mismos, más allá de la genitalidad.
Verlo, exclusivamente desde esta perspectiva, es un reduccionismo simplista y erróneo. El sacerdocio y la Vida Religiosa están, gracias a Dios, por encima del sexo.
ANTES CÉLIBE QUE CASADO
Me llama tanto la atención la postura del Arzobispo de Oviedo ante el caso de un cura de su Archidiócesis que, ahora salta a la luz pública, porque convivía con una mujer y además tenían un hijo en común, que no sé si la Iglesia ha perdido una vez más el Norte.
Resulta, según las noticias que se han publicado en varios medios de comunicación, que este cura ha sido apartado de su parroquia por no mantener su promesa de celibato. Por lo visto el problema reside, no en que tuviera un hijo, sino en que conviviera establemente con una mujer.
Entiendo bien, que la promesa de celibato de los sacerdotes implique castidad y continencia, cosas que este cura no vivía. Y comprendo también, que si ha roto «las normas» para ejercer el sacerdocio en la Iglesia católica se le prive de sus funciones ministeriales.
De momento, así están las cosas, aunque no veo razones para que el tema del celibato se plantee, no como una imposición, sino como una libre elección para los candidatos que acceden al sacerdocio.
Ahora bien, por lo que ya no paso es por la hipocresía, ambigüedad y falta de caridad del Arzobispo de Oviedo.
Veamos las cosas más despacio. En primer lugar me pregunto por qué se le suspende de sus funciones cuando en la Iglesia católica de España, sin ir más lejos, aunque otros casos se podrían citar fuera de nuestras fronteras, se admite al sacerdocio a varones casados y con hijos que se han convertido del Anglicanismo al Catolicismo. Esto ocurrió hace un par de años en la Diócesis de Tenerife, cuando D. Felipe Fernández, el emérito de aquella Diócesis, ordenó sacerdote a un cura anglicano, casado y con hijos.
O sea, lo que para los ex-anglicanos es posible, para los católicos de casta no lo es. La verdad, no lo entiendo.
Y en segundo lugar, me ripia la postura del Arzobispo de Oviedo que, según publican los Medios que dan la noticia, ha dejado en manos del cura la decisión última para volver a ejercer su ministerio. Me explico mejor, el Arzobispo de Oviedo le pide al cura lo siguiente: que elija entre su vocación religiosa y su relación afectiva.
Pero, ¿cómo se puede ser tan cruel para poner a una persona ante tal disyuntiva? Es decir, se le pide que o bien deje a su mujer e hijo si quiere continuar ejerciendo su ministerio o que permanezca con ellos, pero en ese caso no puede seguir viviendo públicamente su sacerdocio.
¿Acaso son dos realidades sobre las que valga una elección excluyente? Si realmente el Arzobispo quiere aplicar el Código de Derecho Canónico a rajatabla, entonces debe impedir al sacerdote que viva su vocación, y no hay más que hablar. Pero someterle a esa alternativa supone que para el Arzobispo la relación afectiva que mantiene, con un hijo por medio, es una menudencia y puede ser destruida sin más peros que valgan.
Si lo he entendido bien, que se tenga que romper una relación amorosa y dejar a una mujer sola con su hijo es mejor que tener que abandonar el sacerdocio. ¿Pero, qué Iglesia es ésta? Cada día me encuentro más sorprendido y escandalizado por las decisiones de algunos obispos, y rara es la vez que no sale a colación en casos similares la cuestión del sexo, como si eso fuera lo único y más importante en la vida de los católicos. ¿Es que no hay otros temas más serios en los que la Iglesia debería implicarse y no lo hace?
Ya hay que tener narices, por no decir otra cosa, para presionar a una persona en el grado tan hiriente y despiadado a como lo hace el Arzobispo de Oviedo.
«El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado». Mc12, 27
CURAS CÉLIBES: ¿ HASTA CUÁNDO?
A estas alturas del partido, me suena a perogrullada afirmar que el celibato es un estado superior al del matrimonio en la Iglesia católica, o que el matrimonio sea una forma menos perfecta para vivir la plenitud del Evangelio, como camino para la salvación.
No obstante, las manifestaciones de la Iglesia, a través de su historia, no parecen haber dado razón de estas obviedades, de las que todavía hoy en día se sigue resintiendo. Ciertamente, durante mucho tiempo se pensó que el matrimonio contenía algún tipo de impureza que imposibilitaba a los varones casados el acceso al “poder” de la consagración.
Lo primero que quiero dejar claro es que entre sacerdocio y celibato no hay ningún tipo de relación intrínseca que impida la comprensión y vivencia del ministerio desde otro estado, como puede ser el del matrimonio.
Se argumenta, frecuen-temente -puesto que la cuestión de la pureza y de la perfección no es de recibo- que el celibato supone una mayor libertad y exclusividad para el ejercicio del ministerio. Mi pregunta aquí es bien simple, ¿verdaderamente esto se ha cumplido y se cumple por parte de los sacerdotes? La respuesta, a la vista de los ejemplos que la vida nos pone por delante se decanta por el no.
Aquello de que “vives como un cura”, por desgracia no se ha borrado en la práctica de la conciencia de los fieles, que son quienes mejor conocen cuál es el estilo de vida de sus curas. Basta echar una mirada al tendido para ver cuánto cura y prelado ocioso “vegeta” en la Curia Romana o en los obispados de cualquier diócesis del mundo. Y esto es sólo un botón de muestra, ya que los ejemplos abundan en otros muchos modos en los que el clero ejerce el ministerio.
Por otra parte, se tiende a argumentar para la asimilación del celibato con el ministerio ordenado que la castidad sacerdotal es un símbolo escatológico del Reino. No me parece que eso sea así hoy en día, quizás lo fue en su momento, pero no en los tiempos que corren.
Los símbolos pierden su significado cuando su significante no dice nada en el inconsciente colectivo. Hoy en día la virginidad sacerdotal no es un símbolo elocuente, ni interpelante para la sociedad o al menos para una gran parte de la sociedad alejada de la Iglesia.
Para la gente más joven, la castidad se comprende como una tara para las relaciones personales. En vez de ver en los célibes un signo del Reino, se les percibe como “bichos raros”, imposibilitados para la experiencia del amor. La gente necesita otro tipo de símbolos encarnados en sus sacerdotes para dejarse cuestionar.
Es mucho más elocuente un cura que vive la pobreza, que es acogedor y desculpabilizador, que no condena, que perdona, que sabe estar cerca de los excluidos, que siente predilección por los marginados y desheredados de la tierra, que sabe escuchar, que sabe comprender, que defiende los derechos de los que la sociedad ha dejado sin derechos, que sabe llorar con los que lloran, que sabe reír con los que ríen, que no es ambicioso ni trepa, que vive la humildad del Evangelio y no tiene miedo a mostrar sus debilidades.
¿De que sirve un cura, un obispo, un cardenal y hasta un Papa célibe si no vive ninguna de esas cualidades que acabo de citar? Prefiero a un párroco casado, viviendo lo fundamental del Evangelio, que a uno continente que el Evangelio sólo lo conoce de oídas.
La vivencia profunda del mensaje de Jesús en el ministerio sí que cuestiona; lo del celibato es otro tema, porque para la sociedad moderna ser célibe no es un valor en sí mismo, ni un añadido superior a la exigencia evangélica.
El sacramento del Orden debería poder ser recibido tanto por célibes como por casados, puesto que ni quita ni pone a la esencia del ministerio. Otra cosa bien distinta es la forma en la que cada cual decida, por vocación, vivir su sexualidad, sin que por eso pervierta la dimensión genuina del sacerdocio.
La Iglesia afirma que sólo ordena a varones célibes, pero esto en realidad es una falacia. La Iglesia ordena a varones a quienes les impone el celibato como condición para la imposición de manos.
Por el testimonio de muchos sacerdotes jóvenes sabemos bien que han abrazado el celibato sin experimentar la llamada de Dios para hacer uno uso casto de su sexualidad. Sin embargo, no les quedaba más salida que pasar por el aro, y esto me parece una incongruencia evangélica en relación con la libertad individual.
El celibato debería ser una elección y nunca una imposición como conditio sine qua non para el acceso al ministerio ordenado.
¿Por qué la Iglesia, en vez de exigir a los candidatos al sacerdocio que sean célibes, no “impone” otras notas que sí que deberían ser necesarias para la ordenación como son la estabilidad emocional, la madurez personal, la hondura espiritual, la capacidad de relacionarse con los demás, la apertura de mente, la capacidad crítica ante las cuestiones intra y extra eclesiales, el compromiso de por vida o la fidelidad?
La Iglesia debería estar más atenta y despierta a los símbolos más elocuentes e interpelantes que de hecho el ministerio ordenado lleva inscritos en su propia esencia. Parcializar el ministerio en el celibato como realidad evangélica que mejor expresa la dimensión divina, me parece algo superado y a la que la sociedad ha dejado de ser sensible. El celibato ni quita ni pone al sacerdocio nada superior que la propia sacramentalidad, en sí misma, le otorga.
Fausto Antonio Ramirez
Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid.
Comentarios:
Ahora bien, no creo que sea correcto basar esto en la falta de fidelidad de los curas a su opción ya hecha.
Es más, todos sabemos que hay también casos de infidelidad en la vida matrimonial y sin embargo no estamos a favor del amor libre (digo yo, ¿no?).
Una mayor flexibilidad de la Iglesia permitiendo el ejercicio del ministerio a curas casados y abriendose a la opción libre sobre escoger el celibato o no creo que sería buena. Pero casos de infidelidad entre los casados y los célibes van a existir siempre porque somos seres humanos.
Esta tradición ha sido sustituida por la norma del "celibato en sentido estricto" que permite sólo célibes para el presbiterado, sin embargo, la tradición Celibato-continencia aún se emplea en casos atípicos donde la Santa Sede da la dispensa a hombres casados que además de la continencia deben vivir en habitaciones separados de sus esposas.
En lo personal pienso que el próximo concilio pueda habilitarse esta tradición como en la antigüedad, donde a falta de sacerdotes se estudiaba la posibilidades de que los hombres viudos y de los casados en continencia fuesen presbíteros, pero en este caso no estaría limitado a excepciones sino sería más difundido como parte de una pastoral de nueva generación de presbíteros casados en continencia que es muy distinto al matrimonio de los presbíteros que nunca ha existido en la tradición
Esta tradición ha sido sustituida por la ...
"la mirada de Dios no es como la del hombre, hay que ver el corazón".
Y ya lo decía un sacerdote en un retiro de religiosas: "La mayoría de los consagrados se confiesa por faltar el sexto mandamiento".
Cuando entraron en el Seminario sabían que la Iglesia elige a sus sacerdotes entre los que libremente optan por la vida célibe. La Iglesia posee un gran tesoro y es ese el celibato; sí algunos no lo han podido vivir e integrarse como persona consagrada hay medios para solucionarlo; pero no vengan a querer hacer un problema de Iglesia lo que es un problema personal. En la Iglesia habrá sacerdotes, religiosos y religiosas célibes por voluntad propia y no por disciplina. Es la fecundidad de la acción del Espíritu Santo, que le da razón de ser al estado de vida celibataria, es el servicio a los demás que trasciende lo carnal y el dominio del ser que le da la certeza al célibe de hacer lo que desea, ponerse totalmente al servicio del reino.
Que "algunos" no lo han logrado, detrás de ellos hay miles que lo están haciendo.
Dedíquense a otras cosas más fecundas y gratifican...
Cuando entraron en el Seminario sabían que la Iglesia elige a sus sacerdotes entre los que libremente optan por la vida célibe. La Iglesia posee un gran tesoro y es ese el celibato; sí algunos no lo han podido vivir e integrarse como persona consagrada hay medios para solucionarlo; pero no vengan a querer hacer un problema de Iglesia lo que es un problema personal. En la Iglesia habrá sacerdotes, religiosos y religiosas célibes por voluntad propia y no por disciplina. Es la fecundidad de la acción del Espíritu Santo, que le da razón de ser al estado de vida celibataria, es el servicio a los demás que trasciende lo carnal y el dominio del ser que le da la certeza al célibe de hacer lo que desea, ponerse totalmente al servicio del reino.
Que "algunos" no lo han logrado, detrás de ellos hay miles que lo están haciendo.
Dedíquense a otras cosas más fecundas y gratifican...
Queridos amigos de Moceop. El celibato por el Reino, ni es una condena, ni una virtud. Es un don de Dios que se lo da a los que él tiene a bien. Si no os ha dado el regalo, no protestéis. Si os lo ha dado, cuidadlo, pero no pongáis en cuestión al que lo da ni su intención.
¿Acaso no creó ese Dios al ser humano masculino y femenino 'a su imagen y semejanza'? ¿Acaso no dijo que no era bueno que el varón estuviera solo? ¿Acaso no hizo al varón para la mujer y a la mujer para el varón?
A partir de ahí, todo lo demás son violaciones del orden original. Cuando Jesús habla del matrimonio, habla de la restauración de la androginia primordial rota por 'la dureza de corazón'. Y hasta su apelación a hacerse 'eunucos por el Reino' aparece en una discusión sobre la monogamia,no en una discusión sobre el celibato o la renuncia.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Moceop
autor
Contacto



