La edición de marzo de Globe Magazine, la revista en inglés dedicada al Sudeste Asiático y que tiene su sede en Phnom Penh, tiene un interesante comentario de Chris Minko, un voluntario veterano que ha trabajado en Camboya por 13 años. El artículo es “Who gets the aid payoff” (¿Quién paga las ayudas?) y hace una lectura sobre la realidad de las organizaciones de ayuda humanitaria no sólo en Camboya sino en todos los países del llamado Tercer Mundo. Minko menciona al premio nobel de literatura, Naguib Mahfouz, quien dijo que por cada dólar que es donado en el mundo a la llamada ayuda humanitaria, 80 centavos terminan en realidad en manos de los extranjeros. ¿Cómo es esta realidad en Camboya?
En la actualidad Camboya vive una permanente presencia de extranjeros, especialmente de occidentales, muchos por turismo o negocios y otros muchos como miembros de las numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG). Un país que terminó más de tres décadas de guerras con una cantidad aún no determinada de muertos, que afronta azotes como el sida, el tráfico humano y otros males, es también el sitio ideal para el crecimiento de organizaciones de ayuda humanitaria que vienen a encauzar las donaciones que almas caritativas envían a manos llenas desde países como Holanda, España, Estados Unidos y muchos otros.
Pero el primer ministro Hun Sen dijo hace poco, citado por Minko, que el 70 por ciento de las ayudas humanitarias que llegan a Camboya destinadas a aliviar su pobreza y promover su desarrollo, terminan en manos de los muchos extranjeros que trabajan aquí: hay que pagarles sus honorarios, sus costosas rentas, sus costosos coches seguros, sus costosas comidas e incluso su viaje anual a su país de origen para descansar del tan “fatigante trabajo que hacen en Camboya”. Cuando el primer ministro habla de costosos, se refiere desde el punto de vista del nivel de vida de un camboyano. Las ONG’s cuentan entre sus filas además de voluntarios con personal profesional formado: ingenieros, médicos, arquitectos, psicólogos que reciben un sueldo por el desempeño de su labor.
Hun Sen no miente ciertamente y tampoco lo hace Chris Minko. Por lo general, la pobreza se convierte en uno de los negocios más lucrativos del mundo, pero, contrario a todas las industrias internacionales en esta era de globalización, la industria de la ayuda humanitaria no tiene reglas. Una falta de reglas gubernamentales que las hace ser independientes de los gobiernos, muchas veces cleptócratas de los lugares donde desempeñan su labor, algo realmente positivo.
Ciertamente el título de “organización de ayuda humanitaria” funciona como un cierto blindaje internacional, algo así como un pase diplomático que le permite a muchos cubrirse bajo dicho manto y hacer lo que quieren. El grave problema radica en que cuando, en algún caso puntual, surge una organización que abusa de la buena fe de sus bienhechores para sacar beneficio, el escándalo salpica a todas aquellas instituciones que trabajan, de una manera transparente para ayudar a los demás.
En los países desarrollados organizan numerosos eventos para recoger fondos de cara a financiar acciones, muchas de las cuales carecen de un auténtico proyecto que permita saber si dicha acción es realmente necesaria o no. Pero todos esos fondos terminan en lujos que ofenden con razón a los locales del país que ven a estos caritativos extranjeros viviendo como reyes a expensas de su pobreza. Es por ello que nos enorgullece saber y contarles como nuestros misioneros trabajan arraigados en la cultura y costumbres locales, y cómo nuestras cuentas son auditadas para que nadie pueda dudar que las aportaciones integras de nuestros bienhechores van destinadas a los proyectos misioneros.
Según el análisis de Minko, muy pocas organizaciones en Camboya pueden demostrar un impacto de desarrollo social en el país después de los miles de millones de dólares que han entrado desde 1991, con evidentes excepciones como el éxito de las Escuelas técnicas de Don Bosco. Las escuelas técnicas Don Bosco son un ejemplo ya que se está formando al camboyano para que sea autosuficiente y no tenga que depender de la ayuda humanitaria, se está recuperando a la infancia, y los sacerdotes que en ellas trabajan sean o no camboyanos viven un estilo de austeridad y vida camboyano. Por otro lado, dichas organizaciones no aprecian los resultados logrados en economía y desarrollo social a manos de los mismos camboyanos y esto es también un hecho.
“Hun Sen recientemente declaró que las organizaciones de ayuda deberían trabajar más cerca del gobierno en vez de estar criticándolo constantemente. Nadie niega los problemas heredados del pasado camboyano, pero la arrogancia de los gobiernos occidentales y de las organizaciones que claman saber qué es lo mejor sin trabajar con los gobiernos democráticamente elegidos, es solo una demostración de imperialismo moderno del peor tipo”.
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Me parece no solo interesantisima, sino muy, muy necesaria. A los que estamos con Misiones Salesianas, nos enorgullece leer esto; pero los demás deberían saber donde hacer cundir más sus aportes económicos. Eso sin contar con los diferentes "estilos de vida" de quienes van alli a ayudar...
Domingo, 19 de febrero
Misiones Salesianas
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni| Febrero 2012 | ||||||
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