BULLYING Y CREATIVIDAD. EL CÓMO APRENDÍ A PRODUCIR NUEVAS IDEAS A PUNTA DE GOLPES.

Quiero terminar este artículo afirmando que no hay nada más opuesto a la creatividad que el bullying, aquel insano y abusivo uso de la fuerza física y psicológica que amedrenta al más débil para tratar de someter su voluntad. No estimado lector, no me he confundido. Escribí “terminar” porque el bullying no tiene absolutamente nada de principios y más bien, debe ser terminado cuanto antes de todas las escuelas.

El bullying es apocalipsis que invade, destruye, fatiga, intimida y somete. La creatividad, por el contrario, es génesis que construye, divierte, libera, crea e inventa. Lo escrito en este documento no es ningún método, consejo o receta para incrementar su creatividad. ¡No!, no intente hacer esto en casa. Usted continúe practicando pacíficamente sus sesiones de brainstorming mientras empapela, hasta el techo, las paredes de su oficina con post it de diversos colores. ¡Ya lo sé! Pero, aunque usted y yo sabemos que nada de esto produce una sola nueva idea, hacerlo, al menos, no duele como duelen las patadas. No es mi deseo hacer una apología al golpe vil, abusivo y artero. ¡Jamás! Esta narración es únicamente una experiencia personal.

El bullying es apocalipsis que invade, destruye, fatiga, intimida y somete. La creatividad, por el contrario, es génesis que construye, divierte, libera, crea e inventa.

Cuando inicié la primaria, pese a que la palabra “bullying” aún no había sido incluida en el diccionario, la costumbre de agarrar a golpes al prójimo más próximo estaba en pleno apogeo. Tanto así, que darle una inexcusable y soberana paliza al más pequeño del salón era, después del futbol, el deporte más popular de mi escuela.

Usted siga pegando post-it en su oficina que aunque no producen una sola nueva idea !quedan divinos en la pared! 

A los 5 años recibí en persona el primer curso acelerado en la materia. Me diplome con horrores y desde entonces, supe que mi vida escolar sería, por decir lo menos, un verdadero martirio. Mientras que a los niños de mi edad se les pegó el sarampión, las paperas y la varicela, a mí se me pegaron las marcas que dejaron en mi cuerpo los puños y puntapiés de todos los matones que produjo mi salón de clase. Terminé, en ese entonces, por contagiarme de bullying crónico. Lo sufrí por años, en horario corrido, por cinco días de la semana y sin que nadie se preocupara jamás por inventar una vacuna que ayude a curarme de semejante enfermedad.

Poco sirvió recurrir a mis padres porque, en aquel tiempo, los adultos consideraban que los golpes y maltratos que se recibían durante el año lectivo eran parte del establishment que lo preparaba a uno para la vida, tan igual como la física o las matemáticas y que como éstas, aquellos también estaban incluidos en el currículo escolar.

De esta manera, la divina intervención evitaría una conflagración de consecuencias nefastas para mí (que era al que siempre le tocaba la peor parte de la palabra “nefasta”)

A falta de instrucciones o manuales cada víctima debía resolver el tema como mejor pudiera. Como prueba de la profunda religiosidad que heredé de mi madre siciliana, lo primero que se me ocurrió fue encomendarme con mil plegarias a Dios, a San Pedro, a San Pablo, a San Mateo, a San Martín (al Santo no al libertador), a San Tarsicio y a San Duchito para que cuando haga su aparición el temible bellaco, produzcan repentinamente y sin previo aviso un terremoto grado 10.5 de esos que abren la tierra, un tsunami más grande que el que salpicó Krakatoa cuando erupcionó y derritió, con su lava, hasta el último mosquito que había en la isla, o que lancen un meteorito extra-large como aquel que extinguió a los dinosaurios en el período Cretácico-Paleógeno y que el catastrófico evento, cualquiera que éste sea, se lleve lejos de mí, y sin escalas, al indeseable individuo con zapatos y todo (o descalzo, me da lo mismo) y que no vayan a incluir su pasaje de regreso en el asunto. De esta manera, la divina intervención evitaría una conflagración de consecuencias nefastas para mí (que era al que siempre le tocaba la peor parte de la palabra “nefasta”). Pero mi espiritual solicitud fue ignorada por completo y terminó archivada, tanto así, que no produjo siquiera una ligera llovizna, un pequeño temblor o una leve granizada que aminorara el dolor de las palizas.

Pero, si el otro ejercito cuenta con tanques y cañones y usted sólo tiene pistolas, no se le ocurra combatirlo de frente porque entonces, alguien deberá recoger sus pedazos.

Mi segundo intento tuvo resultados más auspiciosos. Por instinto de supervivencia, pronto observé que al abusador promedio (todos lo son), no le gustaba ni los libros ni la lectura. Para estos bravucones, sin importar el tamaño o las dimensiones (de los libros, no de los bravucones en sí que por coincidencia siempre son de talla 2 litros y medio), éstos funcionaban como una especie de agua bendita que abiertos en sus manos podían causar agudo escozor, intensa migraña y un masivo derrame de neuronas. Para los abusivos apóstatas del alfabeto, si los libros hacían las veces del agua bendita, la biblioteca se convertía en la mismísima Santa Sede con todo y su Guardia Suiza. Entonces, ni bien se oía el tañer de la vieja y oxidada campana anunciando la hora del recreo, yo corría los 100 metros planos en mi camino hacia suelo sagrado: la biblioteca (¿será por eso nosotros los nerds somos tan inteligentes?). Por aquel entonces, los libros se convirtieron en mis compañeros de juego y mis más leales amigos. Creamos, entre ellos y yo, una relación simbiótica en donde yo los sacaba de sus polvorientos estantes y ellos a cambio me regalaban todos sus conocimientos.

Por aquel entonces, los libros se convirtieron en mis compañeros de juego y mis más leales amigos.

 

Pero el refugio de la biblioteca era un paliativo de corta duración. Mi verdadero vía crucis, con todo y sus catorce estaciones, iniciaba camino de regreso a casa. Era ahí cuando todo se ponía color de hormiga (la roja que es la que tiene tremendo complejo de inyección). Entonces, los acosadores de turno me tendían emboscadas, al más puro estilo de Caballo Loco y el resto de su tribu que en la Batalla de Little Bighorn le metieron una colosal goleada al General Custer y al 7mo de Caballería, con el único propósito de divertir a su enjambre de seguidores. Ya tendido en el piso, y no necesariamente para tomar baños de sol, era sometido a un carrusel de golpes que incluían puntapiés, puñetes, jaladas de cabello y otros más que nunca vi porque yo siempre cierro los ojos en las escenas de terror.

Pero, si el otro ejercito cuenta con tanques y cañones y usted sólo tiene pistolas, no se le ocurra combatirlo de frente porque entonces, alguien deberá recoger sus pedazos (los de usted porque el otro lo hará puré). Von Clausewitz aconsejaría, para este caso, que lleve al enemigo a un territorio donde sus armas sean totalmente inútiles. Sólo así, usted será capaz de desarmarlo y enfrentarlo bajo condiciones de igualdad. Decidí entonces, seguir los consejos del fenecido general prusiano y llevé a estos abusivos a un territorio donde no podrían vencerme jamás: mi mente. A cada golpe recibido, ella entretejía miles de ideas que formaban increíbles historias en mi cabeza, creando cientos de escenarios, personajes y situaciones que me alejaban por completo de la golpiza real que estaba recibiendo en ese instante como, por ejemplo, aquella tarde en la que un grupo de alumnos del equipo de futbol decidió practicar lanzamiento de pelota utilizando mi cuerpo para el evento y en el trayecto rompiéndome un par de costillas. Pero mi mente nunca estuvo ahí porque ella estaba conmigo en un viaje interplanetario cuando de pronto comenzó una lluvia de meteoritos que golpeó tan fuerte mi nave que me hizo perder el sentido. Con los años, comencé a defenderme bastante bien y el abuso cesó tan de imprevisto como había comenzado.

Llevé a estos abusivos a un territorio donde no podrían vencerme jamás: mi mente…

 A punta de porrazos y sin ungüento, aprendí a crear mundos enteros que me sirvieron de refugio, uno mejor del que me hubiera podido ofrecer la Biblioteca de Alejandría. Contra todo pronóstico, aquellas circunstancias tan difíciles fueron, para mí, una enorme fuente de inspiración creativa.

San Duchito

Hoy me dedico a crear nuevos conceptos de negocios para empresas y organizaciones alrededor del mundo. Mis ideas han generado decenas de patentes y han dado lugar a cientos de nuevos productos y servicios. Ya no hay más necesidad de recibir golpes para que mi mente imagine lo que otros no pueden imaginar.

En muchos sentidos, la vida puede hacerle bullying a cualquiera, sea en la escuela, en el trabajo, en la casa o en los negocios, pero nuestra capacidad de imaginar puede convertir la situación más adversa en un verdadero golpe creativo.

 

 

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