MODA, DALTONISMO Y CREATIVIDAD. EL CÓMO SER YO SIN SER TÚ.

Siempre he creído en lo importante que es estar a la moda. ¿Ustedes no? Y no me refiero a la de Armani, De la Renta o Versace. Yo hablo de la mía: vestirme como quiero y sin la necesidad de sucumbir ante los estándares de la mayoría.

Con tan solo 5 años de edad, por ejemplo, y pese a la molestia de mis padres y las burlas de mis compañeros del kindergarten, me gustaba poner en mis pies una media roja y otra azul. Además, utilizaba mi chaqueta al revés porque quería lucir con orgullo la etiqueta con el dibujo de tres patitos que traía consigo. Pero lo que más me fascinaba era colocar mi zapato izquierdo en el pie derecho y mi zapato derecho en el pie izquierdo, lo que hacía que a mi lado, la vestimenta del Chavo del Ocho se vea como la de todo un lord inglés.

Sumado esto a que solo utilizaba crayolas de colores violeta y púrpura para pintar elocuentes paisajes a lo largo de las paredes de toda la casa, hizo que el oculista no tuviera reparo alguno en sentenciar por unanimidad que yo era daltónico (mis padres también votaron a favor de la moción porque creían que yo sufría de algo más que un simple caso de hiperactividad extrema). Tiempo después, el pediatra se unió al aquelarre exclamando a su turno “Alguna enfermedad debe tener este niño, porque su conducta no es normal”. ¡A mi corta edad estaba perdiendo por goleada!

En mi defensa, debo argumentar que el irrestricto uso de dos colores en mis pictóricas obras de arte caseras se debía más a la escasez de opciones que a algún defecto congénito de mi visión o de mi mente. Como ustedes comprenderán, siendo el menor de ocho hermanos, algunos de los cuales me doblaban en tamaño y edad, me vi obligado, para evitar el uso de la fuerza (la de ellos), a elegir y utilizar aquellas crayolas que sobraban y que nadie quería: ¡Adivinaron!, las de color violeta y púrpura.

En aquel entonces, aprendí una de mis primeras lecciones de vida: la gente aprueba que tú estés a su moda pero rechaza que estés a la tuya.

No es ningún secreto que siempre está de moda estar a la moda. Copiar lo que los otros hacen y actuar como los otros actúan es, sin duda, el principal credo de la especie humana. Nunca faltará algún gurú de turno a quien seguir o algún cantante o artista a quien emular, algún tío o primo de quien guiarse o alguna amiga de quien copiar el peinado.

Parece que jamás estamos contentos con ser como “Yo” y preferimos desesperadamente ser como “Tú”. Resulta difícil sino imposible desviarnos de la conducta socialmente aprobada, cual es, seguir al resto del grupo. Somos copiadores de modas. Somos expertos haciendo copy-paste del comportamiento y del pensar ajeno. Pero esta conducta es la que nos convierte en personas promedio y en un simple número de las estadísticas.

Pasados los 5 ó 6 años de edad, no se nos está permitido mantener la originalidad, aquella característica genética e innata que hace de cada uno de nosotros (¡sí, ustedes también!) un ser único e irrepetible desde el momento de ser concebidos. La sociedad tiene la tarea de eliminar estas desviaciones o diferencias individuales y el aprendizaje que recibimos en la escuela se encarga de estandarizar nuestro pensamiento como si nuestros cerebros fueran hamburguesas de restaurante de comida rápida. En este contexto, ser una persona normal implica el haber asumido la moda del grupo.

Parece que jamás estamos contentos con ser como “Yo” y preferimos desesperadamente ser como “Tú”.

La mala noticia es que el “ser único” es la base del pensamiento innovador y si nosotros renunciamos, desde muy temprano, a este original y muy humano atributo no habrá juego serio o divertido que nos lo devuelva jamás. Total, el juego es solo una manifestación del pensamiento creativo del niño y no al revés.

Lamentablemente, comportarse como lo hace el grupo tiene grandes incentivos sociales, tal vez el más importante de ellos es el lograr ser aceptado por cada uno de sus miembros y convertirse en parte de la tribu con todo y derecho a voto. Por otro lado, ir contra la corriente tiene sus bemoles. Aquella persona que se atreve a dibujar con crayolas violeta y púrpura las paredes de su casa usualmente es condenada a la amputación social. Un ermitaño no tomaría esto como una verdadera amenaza, pero para la mayoría de los mortales, que son seres gregarios, pensar en una vida al mismo estilo de Robinson Crusoe no es nada atractivo.

Ahora bien, si usted comparte con otros los mismos conocimientos y se encuentra expuesto a los mismos estímulos y al mismo aprendizaje, irremediablemente su capacidad creativa será muy parecida a la que tiene el resto de la gente. En otras palabras, a usted y a otras miles de personas se les ocurrirán las mismas nuevas ideas.

Si le pido que se dibuje yendo a un “segundo piso”, usted seguramente lo hará subiendo por unas escaleras o dentro de un ascensor. Muy pocos se dibujarán, por ejemplo, bajando por una cuerda desde un helicóptero (nunca mencione la palabra “subiendo”). Lo interesante es que pese a que muchos de mis lectores no se conocen entre sí y viven en lugares distantes unos de otros, casi todos habrán imaginado una respuesta similar a la de los demás miembros del grupo. ¿Si no se conocían, por qué, entonces, imaginaron la misma respuesta?

Con gente adulta, un 95% de las respuestas al ejercicio del “segundo piso” suele ser similar a la de Thomas (y a la de usted). Cuando el ejercicio lo realizo con niños de kindergarten, es usual que el 90% de las respuestas no se parezcan, en absoluto, entre sí. Estos dibujos corresponden al CEO de una empresa Fortune 500 y a una niña de un kindergarten de Los Ángeles, California.

La conclusión el simple, el grupo social suele sufrir de daltonismo creativo, es decir, pierde la capacidad de discriminar sus propias ideas de la de sus miembros.

Hemos perdido la habilidad de crear ideas porque nos esforzamos por ser aceptados en sociedad antes de ser aceptados por nosotros mismos. El pensamiento colectivo al cual se nos induce, mata a la creatividad, a la imaginación y a la innovación.

El grupo estandariza nuestra individualidad. Buscamos, en todo momento, que este colectivo apruebe nuestras decisiones y comportamientos, tanto así que, hoy en día, muchas personas le piden a sus contactos del Facebook permiso hasta para ir al baño.

Entonces el quid de la creatividad es volver a ser Yo sin ser Tú, es decir, pensar como tu Yo original y olvidarte de los Tus que tienes a tu alrededor y que tratan de influenciar tu comportamiento y tu forma de pensar. Solo así, es posible volver a crear ideas originales e inéditas.

El pensamiento colectivo al cual se nos induce, mata a la creatividad, a la imaginación y a la innovación.

Para innovar hay que colocarse el zapato izquierdo en el pie derecho o una media azul y otra roja. No es posible crear algo único y original si usted piensa y decide en función de una moda ajena. La creatividad nace de comportarte como tu Yo, nunca como el Tú de otros. Ser creativo y tener un pensamiento disidente, irreverente e inédito implica volver a ser tu YO original…crear y seguir tu propia moda.

Y pensándolo bien, el pediatra tenía la razón. No soy una persona normal pues desde pequeño renuncié a seguir la moda del grupo y desde entonces he seguido la mía propia. Actúo y pienso como Yo porque no sé ni quiero pensar como Tú.

Ahora bien, como ya me aburrí, ya no quiero escribir más. Me voy a comer mis galletas de animalitos con una Fanta muy fría…

Libro de innovación disruptiva publicado por Kolima Books y de venta en todo España

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GALLETAS DE ANIMALITOS Y BOLSAS DE PLÁSTICO. CÓMO ARRUINARLE LA EXPERIENCIA A UN USUARIO.

Cuatro cosas hice en mi niñez con encomiable regularidad: meter tijeras al tomacorriente[1], hablar con paredes e insectos, romper todo lo que tocaba con mis manos y comer galletas de animalitos. Aunque, ya dejé de hacer las tres primeras, asumo por falta de tiempo, las galletas de animalitos continúan siendo mi amor platónico desde el punto de vista gastronómico.

De pequeño me deleitaba y entretenía imaginando cuál de todos los animalitos sería el próximo en salir de mi caja de galletas. ¿Será acaso el fiero e indomable león o el enorme y majestuoso elefante? Ante mi boca desfilaban rinocerontes, jirafas, hipopótamos, gorilas y un sinfín de formas que remembraban a la salvaje fauna de la selva tallada en harina, levadura, mantequilla y azúcar. Comer galletas, en aquel entonces, era un sabroso ritual[2]; una deliciosa experiencia para la vista, el olfato, el gusto y la imaginación.

Hoy todo ha cambiado. Las galletas de animalitos ya no son lo que solían ser. Las jirafas ya no parecen jirafas y los leones tampoco se ven como leones. Por el contrario, las galletitas han asumido una amorfa apariencia que se asemeja, en mucho, a las manchas de Rorschach, aquella técnica proyectiva que se utiliza para evaluar la personalidad. Adivinar ahora cuál es el animal que me llevaré a la boca es como interpretar manchas en medio de una evaluación psicológica:

“Oh, pero si esta galleta me hace recordar como gesticulaba mi profesor de gramática cuando preguntaba, en voz alta, la diferencia entre el oxímoron, la anáfora y el hipérbaton…”  

 

Y, aunque se sigue utilizando la misma receta de antaño, las galletas de animalitos ya no saben cómo antes. Lamentablemente, los fabricantes aún no se enteran que el sabor es la suma de una serie de experiencias y no únicamente aquella que proviene del sentido del gusto.

Las galletas de animalitos ya no las hacen como antes.

¡Yo protesto! En aras de la eficiencia, la disminución de costos, las economías de escala y otras tonterías, los fabricantes de galletas han amputado la zoomórfica experiencia de reconocer e identificar a todos los animalitos de la caja. ¡Ahora, uno ya no puede ser niño ni siquiera de grande! Yo me pregunto: ¿qué parte de la frase “galletas de animalitos” no habrán entendido estos señores?

Al igual que usted, yo también he tenido experiencias desde que estaba en el vientre de mi madre. Aunque el término “experiencia del usuario” o “UX” es relativamente nuevo, desde tiempos inmemoriales, usted, mi vecino de al lado, mi perro[3] y yo hemos tenido miles de experiencias como usuarios, como clientes y como consumidores.

Entonces, no se deje engañar, la “experiencia” como tal siempre ha existido, lo único nuevo aquí es el término que hoy se utiliza con obscena frecuencia, un par de nuevos libros en inglés y el recientemente inventado puesto de “jefe de diseño UX[4]” al cual usted acaba de postular (y, sin el ánimo de convertirme en pájaro de mal agüero, si ya pasaron más de tres semanas desde que aplicó para el cargo y aún no lo llaman, es porque el puesto ya se lo dieron a otro…oops!).

Pero diferenciar entre la experiencia del consumidor, la experiencia del usuario y la experiencia del cliente es, por decir lo menos, mezquino y discutible. En todo caso, quienes tienen experiencias con las marcas, con los productos y con los servicios son siempre las personas (con el perdón de mi perro al cual excluiré de este artículo pese a sus protestas, rabietas y reclamos).

Toda empresa, sin importar su tamaño o el rubro en el que está, debería honrar la “experiencia de las personas”. Pero, esto casi nunca ocurre así. Hace unos meses, se quemó el bombillo del faro delantero de mi jeep. En compañía de mi perro, conduje hasta Sears para reemplazarlo (si, ya sé que no iba a volver a mencionarlo pero él insistió). El cambio costaba $80.62 dólares. Entonces y a punto de cerrar la transacción, hice lo que el común de las personas hace hoy en día antes de comprar: tomar un par de minutos frente a la caja registradora para buscar una mejor opción por el Internet.

Para mi sorpresa, encontré que, a solo 5 millas de distancia, un representante de Chrysler, el fabricante de mi automóvil, vendía el mismo bombillo y hacía el mismo servicio por solo $28.34 dólares. ¡Casi un tercio del precio que la tienda quería cargarle a mi tarjeta de crédito! Me sentí engañado y muy enojado. Desde entonces, mi perro, todas sus pulgas y yo nos hemos hecho la promesa de no regresar a Sears jamás.

El cuerpo del delito. Las Facturas de Sears y Chrysler.

Al igual que otras grandes cadenas minoristas, Sears, cuyo lema es “La Vida. Bien gastada”, ha ido reduciendo su inversión en bienes raíces y puestos de trabajo, además de cerrar decenas de tiendas, como consecuencia de una disminución sustancial de su base de clientes. Por otra parte, la empresa ha invertido cientos de millones de dólares en adaptar sus procesos a la tan mentada transformación digital pero, pese a todos estos cambios, sus ingresos siguen cayendo. Usted saque la cuenta del porqué.

Buena o mala, la experiencia de las personas ocurre, en muchas ocasiones, lejos de los ojos del fabricante, como es el caso de las galletas de animalitos. En otras situaciones, esta experiencia sucede incluso fuera del ámbito de control del negocio, como lo acontecido con el bombillo; fue el precio de una tercera empresa y no el de Sears el que determinó mi amarga experiencia y mi decisión de abandonar a esta última. Incluso, a veces basta un simple y muy pequeño detalle para desencadenar una experiencia inolvidablemente amarga, una como la que narro a continuación.

Nunca antes me había percatado de cuán difícil puede ser comprar un par de kilos de naranjas hasta que tuve que embolsarlas por mí mismo. Debo confesarle al lector que hay ciertas habilidades manuales que me han sido vedadas desde el mismo momento de mi nacimiento: hacer figuritas de origami, armar barquitos de papel y abrir bolsas de plástico en el súper mercado.

Usualmente, compro fruta que ha sido previamente empaquetada por alguno de los empleados del establecimiento. Esto convierte mi experiencia de compra en algo fácil y manejable en términos de tiempo y comodidad. Pero hace unos días, el gerente de Albertsons, un supermercado que está cerca de mi casa, aquí en California, decidió no embolsar la fruta para aprovechar el tiempo de sus empleados en otras tareas.

Al llegar a la sección de naranjas y enterarme de la mala nueva, cogí con actitud estoica una bolsa de plástico, de esas en las que uno nunca sabe cuál es el extremo que se abre y cuál es el extremo que no. Como para abrirlas no hay manual escrito (al menos no lo he encontrado en Amazon), decidí seguir mi intuición que probó, para estos casos, ser tan útil como una corbata floreada lo sería en una playa de nudistas.

Primero, intenté agarrar a la bolsa por sorpresa, desprevenida y por la espalda. Con bruscos y firmes movimiento en zigzag y utilizando mis muñecas, manos y dedos, traté de apartar sus extremos. No resultó. Acto seguido, arrugué repetidamente sus bordes, no estoy seguro si eran los de arriba o los de abajo, pensando que esto doblegaría su voluntad y haría que sus lados se separen, pero ésta no se dio por vencida. Entonces, la soplé para meter aire dentro de ella, pero recordé enseguida que tampoco tengo la habilidad para inflar globos de cumpleaños. La bolsa no se inmutó. Me di cuenta que me enfrentaba a un formidable enemigo de una voluntad férrea.

Ya en el afán de terminar con el bizarro y circense espectáculo que la bolsa y yo estábamos ofreciendo, gratuitamente, a todos los empleados, clientes y curiosos que se habían congregado en la sección de frutas de la tienda, decidí entablar una última y frontal pelea cuerpo a cuerpo o, mejor dicho, cuerpo a bolsa con el polímero en cuestión. Solo después de varios minutos de ardua batalla, asomó como ganador el más fuerte y perseverante de los dos: la bolsa.

El campo de batalla: La zona de frutas de Albertons

Completamente frustrado, en ese momento, decidí hacer dos cosas: primero, cambiar el jugo de naranjas por el de papaya (dicen que este último tiene más vitaminas que el primero y además no necesita embolsarse) y segundo, no volver a comprar en Albertson hasta el día que tenga que reunirme con mis ancestros.

Hace unas semanas, en Seattle, un alto ejecutivo de Amazon me comentaba que el problema de muchas corporaciones es creer que “UX”, o la “experiencia del usuario”, es un puesto o un  departamento al interior de la organización. Más aun, afirmaba que, tal cual lo ve su empresa, la experiencia del usuario no tiene que ver con la programación de un software, el diseño de automóviles o la ergonomía. La experiencia del usuario, para ellos, es lograr satisfacer a toda persona que tenga algún tipo de contacto con sus productos y servicios sin importar que ésta sea o no su cliente. No dudo que este mindset ha sido determinante para que Amazon llegue a tener un valor de mercado[5] mayor al de Walmart, Target, Best Buy, Sears, JCPenny, Nordstrom y Macy’s… ¡todos ellos juntos!

No es posible medir el desempeño del cliente en términos de lealtad, valor de vida y otras métricas, que devienen en absurdas si, por las malas experiencias, usted se queda sin ellos. El establishment[6] empresarial ha aceptado una versión nueva pero muy limitada de lo que es y de cómo cuidar esta experiencia de las personas y al hacerlo ha preferido las sólidas e indestructibles estructuras del Titanic en vez de navegar en el Arca.

Estimado lector, continuaría escribiendo pero ya me aburrí. Además, debo analizar minuciosamente una galleta de animalitos que acabo de extraer de mi caja. ¡Ya sé! esta mancha me hace recordar cuando yo…..

Mi libro.  Se vende en 8 países. Si usted no lo compra, usted se lo pierde. 

[1] Meter tijeras a los tomacorrientes no solo constituye una experiencia literalmente electrizante, también puede ser muy peligroso para la salud. No se lo recomiendo. Por otra parte, hacerlo, desde el punto de vista estético, también tiene sus bemoles. Además de terminar rostizado, usted puede acabar estrenando un peinado al mismo estilo de The Jackson 5.

[2] Este ritual comenzaba comiendo las patitas de cada galleta y terminar por llevarse a la boca la cabecita del pobre animal.

[3] Mi perro es todo un consumidor. A él también le encanta comer galletas de animalitos pero nunca me acepta las que tienen forma de perro por una cuestión de principios.

[4] Aunque el término fue introducido por un diseñador no significa la experiencia del usuario pertenezca únicamente al campo del diseño o sea útil solo cuando se habla de cuestiones ergonómicas.

[5] Según el portal Visual Capitalist.

[6] Si no sabe lo que esto significa, búsquelo en Google.

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Cómo no enseñarle a su hijo a montar bicicleta: Aprendizaje e Innovación.

El miedo al error impide que cuestionemos nuestra forma de aprendizaje. En lugar de continuar aprendiendo preferimos darle un repaso a la misma lección una y otra vez. Tal vez, esta sea una de las razones por las cuales las empresas nunca se alejan de las creencias de sus industrias.

Tomemos como ejemplo el proceso para aprender a montar bicicleta. Cuando el niño está entre los 3 y 4 años de edad, sus padres suelen comprarle su primera bicicleta. Antes de iniciar las lecciones, a cada costado de la rueda trasera le colocan una ruedita adicional para darle mayor estabilidad y evitar las caídas.

Así aprendieron a montar bicicleta nuestros padres. Así aprendimos de ellos, así le enseñamos a nuestros hijos y seguramente éstos le enseñarán de la misma manera a los suyos.

Hasta ahora nadie ha puesto en tela de juicio este método de aprendizaje. Sí aprender a montar bicicleta fuera una industria, el uso de las ruedas adicionales sería su más sólida creencia.

Cuando utiliza las pequeñas ruedas adicionales un niño aprende a montar bicicleta en unos doce meses.

Pero la repetición no válida de por sí a ningún método de aprendizaje. La repetición únicamente crea costumbres y creencias que por lo general nadie está dispuesto a cuestionar.

Pensemos por un momento en cuál es la principal habilidad que un niño debe desarrollar para aprender a montar una bicicleta: el equilibrio.

La habilidad del equilibrio es la clave para andar en bicicleta y las ruedas adicionales ciertamente no ayudan a desarrollarla. Por el contrario, colocar un par de rueditas a los costados retrasa el aprendizaje del infante. En última instancia, las ruedas adicionales únicamente contribuyen a desarrollan la habilidad del pedaleo.

¿Acaso usted no se ha preguntado si existe algún otro método de aprendizaje que acelere y optimice la experiencia de la bicicleta? Seguro que no.

“la repetición no válida de por sí a ningún método de aprendizaje”

Ahora bien, sí tiene un hijo pequeño en edad de aprender le sugiero que haga la siguiente prueba: Cuando le compre su primera bicicleta, quítele a ésta las ruedas adicionales que trae consigo. También quítele los pedales. Súbalo a la bicicleta mientras usted sostiene con una mano la parte posterior del asiento. Esto ayudará a que su hijo mantenga el equilibrio. Además, sin los pedales será más fácil para él poner rápidamente los pies sobre el piso cuando sienta que está perdiendo el equilibrio. Esto último le dará al niño mayor seguridad. Quite su mano de la parte posterior del asiento por intervalos de tiempo muy cortos y sin que el niño se dé cuenta. Después, vaya aumentando estos intervalos.

Este método incide en el desarrollo de la habilidad del equilibrio. Sí sigue mi consejo, es posible que su hijo aprenda a montar bicicleta en menos de dos semanas. Eso fue lo que tardó el mío.

El aprendizaje que contribuye al repaso o fomenta el conformismo no es un verdadero aprendizaje. El verdadero aprendizaje nunca repasa, siempre descubre.

En el mercado, la carencia de ideas innovadoras se debe a que la mayoría de las industrias utiliza ruedas adicionales. Son pocas empresas que se atreven a andar sin rueditas ni pedales.

Pero el miedo a las caídas limita nuestra capacidad de crear e innovar. Lamentablemente, la base del pensamiento innovador es el aprendizaje por caídas. No es posible innovar sin antes darse un buen golpe.

Extraído del libro: “Mirando los Negocios al Revés“. Jorge L. Boza Olivari. Kolima Books. Madrid 2016.

 

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MOSQUITOS Y SEGMENTACIÓN DEL CONSUMIDOR

La segmentación del mercado, aquel proceso por el cual las empresas eligen por sus características a un grupo específico de consumidores y renuncian a otros al momento de dirigir sus esfuerzos de mercadeo y ventas, no es ni mucho menos algo nuevo. Ni siquiera es patrimonio exclusivo de la mercadotecnia o de la humanidad. Por el contrario, la segmentación ha existido aun antes de que el primer Homo erectus camine sobre la Tierra. Tomemos como ejemplo a los mosquitos.

A todos nos ha sucedido durante un día de campo en familia que mientras algunos de nuestros parientes, por lo general los más antipáticos, resultan inmunes a las picaduras de estos culícidos, otros se convierten en el blanco de toda su ira. Los mosquitos[1] no pican a cualquiera. Tampoco pican al azar. Estos pequeños insectos segmentan y lo hacen mejor que muchos negocios. Las variables de segmentación que utilizan estos antipáticos invertebrados para seleccionar a sus víctimas incluyen el tipo de sangre[2], los niveles de dióxido de carbono que emitimos al respirar, la cantidad y el tipo de bacterias que poseemos en nuestra piel, etcétera.

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En el ámbito empresarial hemos copiado a los mosquitos y a muchas otras especies en esta prolija tarea de segmentar. Aunque no usamos el tipo de sangre de nuestros consumidores para hacerlo[3], utilizamos otras variables, como la edad, el sexo, los estilos de vida, los niveles de ingresos, la escolaridad, etc.

Lo interesante es que, en un acto de extrema arrogancia, las empresas han creído que son las únicas que segmentan. Mala noticia para todos: la estrategia de segmentación de la empresa no es ni será la más importante en el mundo de los negocios. La más importante y vital de todas las segmentaciones no la hace la empresa: la hace el consumidor.

En el ámbito empresarial hemos copiado a los mosquitos y a muchas otras especies en esta prolija tarea de segmentar.

Sí, tal cual lo leyó: el consumidor también segmenta antes de elegir y, cuando lo hace, no tiene piedad de eliminarlo a usted, a su producto y a su marca de su lista de compras. Si usted no la toma en cuenta, la segmentación que hace el consumidor puede ser tan fatal para su negocio como lo es un mosquitero para el mosquito.

El consumidor segmenta utilizando tres simples variables: lo que es nuevo, lo que es mejor y lo que es más barato. Cada una de estas variables excluye a la siguiente.

Cuando existe en el mercado un producto original, nuevo y diferente, entonces el consumidor elige este producto. Si, en cambio, ningún producto se diferencia del resto, entonces el consumidor elige el producto que para él es el mejor de todos los que existen en el mercado (no es lo mismo ser mejor que ser diferente). Por último, cuando el consumidor no percibe diferencias ni mejoras entre los productos competidores entonces elige el producto más barato del mercado.

Tenga cuidado porque sin importar cuánto haya invertido en su marca, o que usted piense que la suya es la mejor de todas, si el consumidor no percibe que su producto tiene “algo” que realmente lo diferencie del resto, elegirá el producto más barato de todos y entonces usted se verá inmerso en una guerra de precios. Y esa es la más mortal de las picaduras para su negocio.

Extraído del libro “Mirando los Negocios al Revés” Kolima Books. Madrid, 2016.

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[1] Es el mosquito hembra el que pica a humanos y animales. No lo hace por cuestiones netamente gastronómicas, sino más bien para extraer la proteína que necesitan sus huevos para desarrollarse. Como los mosquitos machos no necesitan dicha proteína, prefieren extraer su alimento de las flores.

[2] Algunos estudios dicen que las personas con sangre tipo O son dos veces más propensas de ser picadas que las de sangre tipo A. Ver: Stromberg, J. (12 de julio de 2013). Why do mosquitoes bite some people more than others? Smithsonian.com.

[3] Excepto la Cruz Roja, que sí se fija en el tipo de sangre de los donantes en sus campañas de donación.

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Cómo comprar un Ferrari por el precio de dos Toyota

Hace un tiempo y conduciendo por la autopista para asistir a una importante reunión en el centro de Los Ángeles, me encontré en medio de un embotellamiento de titánicas proporciones. Todos los vehículos se encontraban completamente detenidos en la Interestatal 5 producto de un accidente entre un par de automóviles: un Toyota Corolla y un Toyota Yaris.

De acuerdo con los reportes que emitía la radio, la hilera de autos se extendida unas tres millas a lo largo de los cinco carriles de la autopista. Con todo el tiempo disponible, comencé a pensar acerca de los costos de oportunidad que ese accidente representaba para la economía de la Ciudad.

Ante dos o más alternativas, el costo de oportunidad es el valor de la mejor alternativa posible a la que renunciamos cuando elegimos un curso de acción determinado. Por ejemplo, cuando estamos ante la disyuntiva de elegir entre la alternativa A –pedir un préstamo al banco para ampliar la capacidad de nuestra fabrica y aumentar la producción de nuestro producto- o; la alternativa B –seguir produciendo la misma cantidad de producto y evitar endeudarnos con el banco- y elegimos la alternativa A, nuestro costo de oportunidad será el valor de B que es la alternativa que rechazamos.

Volviendo a la autopista, un automóvil promedio tiene un largo de 17 pies a lo que debemos añadir 2 pies adicionales de espacio entre cada vehículo. Una milla tiene 5,280 pies por lo que en una milla de autopista caben aproximadamente unos 277.9 automóviles de tamaño estándar. (5,280 /19).

Ahora bien, esa parte de la Interestatal cuenta con cinco carriles, por lo tanto habían, en promedio, unos 1,389 autos detenidos por milla de autopista (277.9 autos x 5 carriles).

Tomando en consideración que el embotellamiento se extendía unas tres millas, la cantidad total de autos detenidos por el accidente era aproximadamente de 4,168 (1,389 autos x 3 millas). Pero esta es sólo la mitad de la historia.

El accidente detuvo a los vehículos en la autopista por espacio de 2.5 horas, interrumpiendo el viaje de cuando menos 4,168 personas (como no podemos conocer cuántas de éstas conducían por el carril de viaje compartido, consideraremos que solamente había una persona por auto). Cada uno de estos conductores dejó de ganar 2.5 horas de potenciales ingresos en la autopista, lo que dio como resultado una pérdida aproximada de 10,420 horas/hombre.

Sin considerar otras externalidades, la economía californiana dejó de percibir más de un cuarto de millón de dólares que no se consumieron en restaurantes, cines, educación, viajes, comida, ropa, vivienda, etc.

De acuerdo al Sacramento Business Journal, California es el segundo estado con mayores ingresos promedios de la Unión Americana. Es decir, la población laboral compuesta por algo más de 16 millones de personas gana por hora unos $24.96 dólares en promedio (no estamos hablando de salario mínimo por hora). Sí asumimos que la población laboral de California se encontraba estadísticamente representada por estratos y en forma proporcional entre los 4,168 automovilistas detenidos por el accidente, entonces la cantidad de potenciales ingresos que se perdieron durante esas dos y media horas fue de unos 260,083 dólares (4,168 automovilistas x $24.96 la hora/hombre x 2.5 horas).

Sin considerar otras externalidades, la economía californiana dejó de percibir más de un cuarto de millón de dólares que no se consumieron en restaurantes, cines, educación, viajes, comida, ropa, vivienda, etc.

Además, la misma Ciudad de Los Ángeles perdió su parte en impuestos que hubieran generado estos ingresos y encima tuvo que pagar la gasolina, sueldos y demás beneficios de los bomberos, paramédicos, policías y otros personajes que se dieron cita a tan magno evento.

Demás está decir que este accidente no reportó heridos graves y dejó como saldo directo menos de $10,000 en daños materiales.

Un Toyota Yaris nuevo cuesta unos $15,000 y un Toyota Corolla unos $17,000. Sí los dos vehículos siniestrados hubieran sido declarados pérdida total por las compañías aseguradoras, ni siquiera bajo este escenario el precio de conjunto de tal pérdida, unos $32,000, hubiera justificado jamás tanto gasto de recursos.

Esta fue una clase magistral de cómo no deberían ser calculados los costos de oportunidad.

Ah, me olvidaba, con los $260,083 que se perdieron por las horas/hombre no trabajadas a causa del accidente, bien se pudo comprar al contado un hermoso Ferrari 458.

¡Sólo en América se puede comprar un Ferrari por el precio de dos Toyota!

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¿POR QUÉ NO SOY EXPERTO EN INNOVACIÓN?

Nuestros conocimientos actúan como un filtro mental que elimina o limita nuestra creatividad e imaginación. Esto sucede en parte porque la mayoría de los procesos de aprendizaje a los que hemos sido sometidos son meramente acumulativos. Desde muy pequeños hemos aprendido a almacenar conocimientos y a esta actividad le hemos puesto el nombre de “experiencia”. Lamentablemente, el aprendizaje acumulativo no crea, sólo recicla; no innova, sólo mejora.

Cuando aprendemos sin desaprender, acumulamos creencias que difícilmente estamos dispuestos a desechar o eliminar. Por ejemplo, el hecho que usted haya aprendido que la Tierra es redonda, eliminó inmediatamente de su mente otras decenas o cientos de posibles alternativas que nunca más tomará en consideración como por ejemplo, que la Tierra es cuadrada, triangular, octogonal, amorfa, etcétera. Aunque es relativamente fácil comprobar la forma de nuestro planeta, la mayoría de los conceptos y creencias que tenemos en nuestra mente no lo son.

El desaprendizaje, es la capacidad de aprender a desaprender o, poner en duda todo lo que hemos aprendido sin importar que tan absoluto y verdadero sea el concepto o la idea que vamos a objetar. Esta es la principal característica de toda mente creativa e innovadora. Pero, la capacidad de desaprender no es algo que se enseñe en la escuela. Por el contrario, el aprendizaje clásico y convencional hace énfasis en no cuestionar lo que el maestro enseña y cualquier desviación de esta hoja de ruta pseudo-intelectual es castigada con nota desaprobatoria. Por esta razón, es posible que muchas de las ideas y corrientes de pensamiento que hoy defendemos como si fueran verdades absolutas, ya sean o no de naturaleza científica, cambien radicalmente en el futuro, tanto así que nos van a hacer ver, en unos quinientos años, como verdaderos hombres de las cavernas.

Ahora bien, las actividades que le dan de comer a la mayoría de las personas se basan en este tipo de aprendizaje acumulativo: usted gana dinero porque tiene “experiencia” en lo que hace, que no es otra cosa que repetir hoy lo que hizo ayer obteniendo en el presente los mismos resultados que obtuvo en el pasado. A un ingeniero lo contratan en base a su “experiencia” porque el mercado sabe que este profesional repetirá la performance que tuvo construyendo tal o cual edificación. A la persona que tiene “experiencia” en alguna actividad se le llama “experto” porque es capaz de repetir resultados pasados cimentados en este aprendizaje acumulativo.

Pero quienes realmente se dedican a la innovación, en un marco enteramente práctico, saben que la palabra “experto” no les sienta nada bien. La innovación no tiene que ver ni con la performance histórica ni con los resultados del pasado. Entonces, la innovación no tiene que ver con la “experiencia”. La innovación nunca repite, la innovación cambia; la innovación nunca repasa, la innovación descubre. Por lo tanto, el innovador no acumula, el innovador descarta. Innovar entonces exige someterse a un constante proceso de desaprendizaje.

Lo cierto es que, aunque en el mundo académico ya existen muchos que llevan con orgullo el título de “experto en innovación”, personalmente no creo que en el mundo real exista, en este campo, este tipo de experto. Al menos puedo asegurarle, al lector, que yo no soy uno de ellos.

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