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La muerte en vivo, más vaticinio que ficción

Permalink 23.04.09 @ 01:47:32. Archivado en Discusiones de película

Sin estreno en su país de orígen, Estados Unidos, que la ve sólo en dvd, La muerte en vivo es una conjetura que se dispara a partir de un fenómeno cotidiano en casi todo el mundo: la lucha feroz por el rating, la obediencia ciega a la consigna “hay que ganar como sea”. Con absoluta franqueza, uno se queda temblando.
Hace tiempo que una película no agita tanto el avispero como ésta que firma Bill Guttentag. Live es su título original y el sustento argumental muy simple: en las hiperactivas oficinas de la American Broadcasting Network, una cadena de televisión, inquietan las cifras de medición por lo cual todos están pensando en algo fuera de serie para poner nock out a la competencia. Con la adrenalina típica de estas situaciones surgen propuestas que desde luego a nadie impresionan, como lanzar un coche a toda velocidad por Moscú con la misión de cubrir el trayecto punto a punto en algo más de media hora y como sea, atropellando gente, rompiendo puertas de vidrio, volcando otros autos. Pero es complicado, se requieren permisos especiales y encima, es caro. “¿Y si provocamos en varios participantes un paro cardíaco controlado y gana el que se recupera más rápido?” Los ojos de quien lo sugiere brillan como antiguas monedas de plata. Alguien, como al descuido, menciona la frase “ruleta rusa”. Y la supercompetitiva Katy Coubert (Eva Mendes) entra en estado preorgásmico: “No sigas, ¿qué acabo de oír…?” Su compañera no dijo nada más pero por ese día ya había dicho demasiado. Sí, Katy quiere una sesión de ruleta rusa en serio en el piso y en vivo. Seis participantes dispuestos a llevarse cinco millones de dólares en el acto por gatillarse en la sien. Cinco los disfrutarán, uno se los dejará a la familia. Así de fácil. Aunque nadie la toma en serio, ella sí se toma muy en serio. Y sabiendo que el proyecto es durísimo de concretar, se pone en campaña para vencer todos los obstáculos. Su superior en la empresa directamente se lo prohíbe, de más arriba también llegan claras señales de reprobación. Pero la Coubert sabe argumentar: “Desde siempre y a lo largo de la historia las ejecuciones se hicieron en público, a la gente le gusta ver una muerte violenta”. Y por último, el golpe final, lo único que cuenta: “¿Saben cuánto puede llegar a facturar cada segundo? Dos millones seiscientos mil dólares”. La película de Guttentag no se demora en consideraciones ni entrelíneas, porque no las necesita. El tiempo vuela, hay que hacerlo. O mejor “¡!hay que hacerlo!!” Desde luego, se hace. Acuden muchos postulantes al casting, cada cual con sus motivaciones profundas. Como es obvio, la producción ha desechado a suicidas manifiestos porque eso no tiene ninguna gracia. Debe ser gente joven, sana, que no esté en la ruina total. En fin, hombres y mujeres que además de codiciar cinco millones sientan el vértigo de volarse los sesos en cámara, precisamente porque aún en ese extremo, estarán en cámara. No sería lícito ni considerado arruinar el gran suspenso contando más. Basta decir que el programa en efecto es puesto en el aire en vivo y que un emblemático y reluciente revólver cromado de seis tiros será ofrecido a cada participante en un coqueto almohadón. Solo una bala auténtica, cinco falsas.
La muerte en vivo es un film de gran impacto aunque sin méritos cinematográficos, con algunas frases breves que definen hasta el escalofrío conductas contemporáneas. Tampoco diremos de qué modo el realizador elige cerrarlo. Pero a la vez que espanta, hace reflexionar. Es un film que se enriquece tirando de la punta del ovillo hasta llegar al abismo mientras uno ruega que la lana se trabe y no podamos seguir. Porque esta historia tiene más de vaticinio que de sirena de alarma. Atrás quedaron los tiempos en que un tema como éste diluía su horror intrínseco en la imposibilidad de hacerlo real. Todos los días y todas las noches vemos que las fronteras que deberían ser invulnerables porque protegen valores esenciales, saltan por los aires hechas pedazos por la voracidad de la medición minuto a minuto. Y ahora la pregunta de rigor para que cada uno la formule para sí mismo: ¿si lo hacen, lo miramos? Prohibido autoengañarse.-


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