El hombre se parecía a la voz
25.08.08 @ 01:59:38. Archivado en Perfiles
La frase del título -perfecto y luminoso hallazgo literario de Jorge Luis Borges en su famoso cuento Hombre de la esquina rosada- alude al gran escritor y a una anécdota de su vinculación, bastante infrecuente, con el cine argentino. Quiero recordarla en un nuevo aniversario de su nacimiento. Cuando en 1975 Héctor Olivera rodó para su sello Aries el cuento de Borges El muerto (fascinante historia de una ambición sutilmente desbaratada) siempre se quiso contar con Georgie en el estudio. No sólo por las tácitas necesidades publicitarias, sino porque el realizador sentía como un gran honor que el autor del cuento los acompañara aunque fuera un rato. No era fácil, porque la película tenía locaciones en Colonia y Tacuarembó, Uruguay. Había que arreglar la visita -si era factible- para cuando se filmara en en los estudios de Don Torcuato, localidad próxima a Buenos Aires. Borges fué tanteado por amigos comunes, pero se sacó al principio el compromiso de encima. Era más bien mañero para esas cosas.
Sin embargo, como también era en hombre cortés, terminó aceptando. Invitaron a la prensa. Y ese mediodía de otoño algunos periodistas fuimos llevados a los hermosos estudios de Luis Osvaldo Repetto, socio de Ayala-Olivera, que los había heredado de su tío Bedoya, un mitológico colaborador de Natalio Botana en Crítica. No eramos muchos y todos estabamos ansiosos por conocer a Borges. Después de dar algunas vueltas por las galerías, desembocamos en el set de El muerto. Medio escondido cerca de una de las cámaras, Borges miraba sin ver -patética cosa es un ciego en una filmación- la boca entreabierta y tratando de no perder el diálogo, que como siempre en el cine, era apenas una apoyatura mínima para la actuación. Actuaban esa escena Thelma Biral y Juan José Camero. Cuando terminaron, Georgie aplaudió, contento. Y ponderó como persona bien educada eso que apenas había podido percibir y que era, además, una brizna del filme. Nos lo presentaron y charlamos un rato. Llegaron enseguida unas empanadas y el vino tinto. La producción miraba para todos lados como buscando a alguien. Claro, faltaba el gran Francisco Rabal, poderoso protagonista.
-?No vieron a Paco?, preguntó alguien.
-Creo que está en la cantina...
La información no cayó bien. Porque Rabal cuando se instalaba en una cantina, era para quedarse. Y como al menos en ese entonces, era devoto del fernet, todos temían lo peor. Lógicamente, por si acaso, preferían que se quedara allí sin ver a Borges. Pero eso no sucedió. Ataviado con las botas altas, el sombrero aludo y el chaleco negro del estanciero Bandeiras, Paco Rabal empezó a caminar no demasiado en línea recta hacia el escritor, quien por supuesto, ignoraba lo que se venía. Con un rugido de su voz cascada e inconfundible que asustó a Borges y le hizo pegar un respingo, se abalanzó para abrazarlo. Tropezó con el bastón y se cayó casi a peso muerto sobre él, mientras lo besaba y lo cubría de elogios. Borges, disimulando su terror y tal vez íntimamente divertido, le agradecía y trataba de alejarlo de sí. Nadie se atrevía a intervenir porque Rabal era, con soda o con fernet, de pocas pulgas. Por fin se incorporó, nos hizo un saludo a todos con un gesto abarcativo muy suyo y muy español, se acomodó la ropa y pidió pasar la escena con Thelma Biral. Fué una fiesta. El actor llenaba todo con su presencia y su decir, mientras ponía el bastón en el pecho de la actriz con un gesto de imperativo desprecio.
Vivimos una tarde inolvidable. Y Jorge Luis Borges tuvo ocasión de comprobar que no sólo en sus ficciones a veces el hombre se parece a la voz.-
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Rómulo Berruti
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