El hombre olvidado
17.09.06 @ 06:00:28. Archivado en Ficciones
Cuando hacia 1870 nuestra inacabable llanura se arrancaba de las manos de los indios a punta de coraje y sin claudicaciones a la piedad, todo transcurría en un brutal universo masculino. Los militares criollos, perdedores en número, compensaban con una fría lógica de exterminio. Avanzadas de veinte o treinta uniformados solían tropezar con cerca de doscientos indígenas: para sobrevivir, cada uno debía dar muerte a diez. A veces lo lograban, a veces no. Por eso si al indio le bastaba la toldería y un territorio enorme que conocía palmo a palmo, su enemigo dependía de los fortines. Y allí, en los fortines, había también mujeres. Pocas. Algunas mestizas sin otro destino que oficiaban de alivio sexual, las célebres “chinas fortineras” obligadas también a cocinar y lavar. Muy de cuando en cuando, señoras blancas y educadas, nativas o europeas, enamoradas a muerte de su marido, casi siempre con grado de oficial. Y estas, las aseñoradas, eran el botín más jugoso de los temibles y feroces malones. La indiada caía como el viento pampero, de golpe, a puro alarido, montada en buena caballada y abrigada por un verdadero cerco de lanzas. Trepaban los muros, volteaban las puertas y arrasaban el fortín. Sucumbían los primeros, muchos, como en toda conquista de plaza amurallada, pero avanzaban los otros como una inmensa ola de barbarie. Sabían hacerlo y con frecuencia, dejando una pila de cadáveres, robaban víveres y armas, enancaban mujeres en sus potros, pegaban fuego al fortín y ganaban de nuevo la pampa a todo galope.
Así nació el mito de la cautiva, inmortalizado por Esteban Echeverría en un poema famoso y por José Hernández en un tramo de su Martín Fierro. Dicen, y vaya uno a saber si fue verdad, que un capitán de la frontera Norte llamado Alejo Luna perdió a su mujer en un malón y decidió recuperarla. No lo dijo, porque la misión que cumplía en ese raro desierto húmedo tenía el rango épico de una campaña militar civilizadora y lo que él masticaba en silencio era una disparatada epopeya personal. Comentan que sufría noches afiebradas en las cuales hablaba dormido y nombraba a Dorothy, la rubia de la ciudad y el amor de su vida. Comentan también que se volvió sombrío y pendenciero, que empezó a tener el alcohol peligroso y la obediencia retobada. Su odio hacia el indio se le fue pudriendo adentro y ya no lo dejó vivir. Cuando se hablaba de parlamentar con algún capitanejo (así se los llamaba a los jefes indígenas reconocidos) se oponía a los gritos y clamaba por un ataque definitivo y colosal, una hecatombe que dejara el río Salado de color rojo sangre. Se habló, dicen, en los mandos superiores de sacarlo de allí y mandarlo de vuelta a Buenos Aires. Pero logró quedarse porque le sobraba valentía y eso no era en los fortines capital para derroche.
Una mañana descubrieron que no estaba.Y que faltaban también nueve soldados de su compañía. Habían aprovechado una sobremesa regada de aguardiente que ellos casi ni probaron. Y cuando todos dormían, dicen, montaron y se metieron en el horizonte naranja del amanecer, derecho hacia las tolderías. Los desauciaron, debido a la locura de la empresa. El coronel Salazar prohibió salir en su búsqueda porque consideró con pensamiento sabio que sólo serviría para perder más hombres. “Que vaya detrás de la inglesa –musitó, mientras controlaba el fuego de su matera personal- va a dejar las tripas para los caranchos antes de volver a verla”.
Pasaron casi diez meses. De la frontera Oeste llegaron soldados para reemplazar a los ausentes. Y ya no se hablaba más del asunto. Pero una tarde, un jinete solitario se recortó sobre el paisaje. El vigía lo anunció, aunque sin reconocerlo. A medida que se acercaba, empezó a tomar forma el uniforme hecho jirones, el brazo derecho vendado con trapos sucios de sangre seca, el cuerpo bamboleando sobre el caballo exhausto, la melena y la barba formando un nido revuelto donde brillaban unos ojos alucinados. “!Es Luna!” gritó el vigía. Y un alboroto de botas y de sables salió a recibirlo a puro festejo. Después de todo, había regresado. Le atendieron el brazo desfalleciente con los unguentos de costumbre, el chinerío lo bañó en la tina del coronel, que tuvo esa condescendencia, y pusieron a asar media oveja que habían carneado a la mañana. Cuando el festín de carne chamuscada estaba culminando, Alejo Luna habló por primera vez, contestando preguntas perentorias de Saravia. “¿Tu gente toda muerta en la toldería?” “Sí, quise traer conmigo al negro Varela, esa fiera, pero se me quedó en el camino. Los demás...” y una mirada de resignación y de culpa cerró de sobra el discurso. “¿Y tu mujer?” Alejo hizo un silencio eterno antes de contestar. Dejó despacio el costillar que había devorado, bebió un trago largo de aguardiente y respondió:
“Quiso quedarse. Yo sabía que la iba a encontrar y la encontré. Tenía puesta la misma ropa, muy estropeada, pero la misma. A ella se la veía sucia, pero rubia todavía. Taimada, pero con los mismos ojos azules de los que me prendé. Me miraba casi sin conocerme, pero con rabia. Me daba vueltas alrededor medio agazapada, como hacen ellos. Quise abrazarla pero no se dejó tocar, olía a estiércol quemado. Y me dijo: “Yo ahora soy lo que soy. Andate y no vuelvas nunca más”. Y dando media vuelta, salió corriendo, saltó sobre un caballo, como hacen ellos, y se perdió dentro de un monte. Qué le va hacer... Se me aindió la inglesa y yo ya no soy nada. Bueno, nada no, soy un desertor que perdió nueve compañeros en una compadrada. Ahora, coronel, hagame el último favor: fusíleme”.
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Rómulo Berruti
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