Nuestro cine: ¿caminando solo o con andador?
05.07.06 @ 01:10:00. Archivado en Discusiones de película
La polémica no cesa ni cesará. ¿Deben las películas no norteamericanas ser subvencionadas o habrán de mantenerse solas? Antes, este interrogante solía limitarse al cine llamado independiente, el que nacía con forceps al costado de la industria en cualquier país. Pero el tsunami americano con su enorme poderío -ahora extendido a la exhibición, ya que le pertenecen muchos de los grandes complejos multipantalla- pone a todo el otro cine en situación de desvalidez. Es un hecho que sin apoyo estatal, mucho material no sería posible debido a los altos costos del cine, un entretenimiento caro. Ese apoyo nace de los organismos creados a tal efecto, el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales en la Argentina, que tiene su equivalente en España. Pero la instrumentación del apoyo, mediante créditos y subsidios, es un tema espinoso. El modo de proteger en serio las producciones locales es, sí o sí, obligando a la exhibición a mantenerlas en pantalla un mínimo de semanas. Como todo negocio privado, el dueño de la sala barrerá sin piedad lo que no vende y protegerá lo que deja jugosos dividendos en la taquilla. Claro está que esta libertad de comercio es la del zorro en el gallinero: el cine industrial norteamericano de alto poder de seducción, con su enorme presupuesto de rodaje y publicidad, sus efectos especiales computarizados y sus estrellas mundiales, se queda con todo. Por eso en tiempos de fuerte presencia estatal -el auge peronista en la Argentina- se generó una dura cuota de pantalla que en realidad, siempre se cumplió a medias. Caído Perón, los exhibidores se atuvieron a la recaudación y el cine nacional empezó a padecer. Y digo empezó y no volvió, porque en las décadas del 40 y 50 las películas argentinas tenían una fuerte atracción sobre el público y le peleaban el terreno a las foráneas de igual a igual. Luego se perdió la identidad, nos hicimos muy cahier du cinema, empezamos a filmar como la nouvelle vague -o intentándolo al menos- y a la vez que Cannes se dignó a bajar la vista hacia nosotros con algún premiecillo, los públicos masivos populares se alejaron, porque no entendían ese cine. Entonces,la incipiente industria cinematográfica argentina comenzó a padecer. Y el Instituto del Cine a buscarle la vuelta a un tema difícil. Por un lado, la exhibición patalea furiosa si le imponen cuota de pantalla para la pelis argentinas y le recuerda al INCAA que su generoso presupuesto anual surge de un impuesto que cada espectador paga con su entrada, o sea que esa millonada la generan, precisamente, las películas norteamericanas. Por el otro, los nuevos y muy jóvenes realizadores aspiran a conservar su espíritu independiente y no filman con requerimientos comerciales. Entonces sus films se pasan antes salas rápidamente solitarias. A la vez, existe un cine argentino industrial (El mismo amor la misma lluvia, El hijo de la novia, Nueve reinas, Patoruzito, El aura) que se hace con presupuesto alto y con ojo avizor. Pero son pocos títulos. El resto padece destino de cine club. Que por otra parte, merece. Y ésto, por antipático que resulte a los amantes del Dogma, es una verdad de a puño. Los chicos intelectuales -que en ocasiones aciertan con productos nobles e ingeniosos- claman a gritos su lugar en los shoppings. Pero filman para la bohardilla de los especialistas. Y así la cosa no va.
En mi opinión, el justo equilibrio (o el casi justo, para ser justos...) pasa por la toma de conciencia de los debutantes acerca de que están haciendo un producto comercial. Pero también por la necesidad de generar espacios alternativos de alta calidad de proyección y generoso confort. Nuestros espacios INCAA donde esas películas expulsadas velozmente de las salas de primera línea pueden hibernar, son cines viejos, cochambrosos, incómodos, con olor a pis de gato y crujidos de butacas que siendo nuevas sostuvieron los traseros del estreno de Casablanca. No sirve. Pequeños multipantallas nuevos y bien equipados, con maíz tostado incluído y hasta ¿por qué no? un redituable merchandasing de libros, posters y dvd de cine para pocos albergaría quizás con éxito sorprendente a esas obras esencialmente personales. Mientras tanto, a joderse con El código Da Vinci en 208 salas. Negocios son negocios.
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Rómulo Berruti
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