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Carmín macabro

Permalink 05.07.06 @ 04:30:44. Archivado en Sobre el autor

La noche del domingo 18 de julio del 65 la temperatura había bajado a punzantes dos grados. No se había inventado la sensación térmica, pero si quieren, póngala en tres bajo cero. Afuera. Porque en los camarines del teatro Maipo -templo de la revista picaresca- superaba los treinta. No tanto por la calefacción, que hacía gárgaras en las cañerías, sino por las brasas de odio que, les juro, se oían crepitar en uno de los camarines colectivos de las chicas. Lo compartían Gladys, Lorena, Giselle y La Gato. Gladys era flaca, nerviosa, usaba melenita rubia corta, fumaba mucho y amaba besar el cristal de los espejos para dejar la huella de lápiz labial. Lorena era robusta y morena, se reía con una boca inmensa de afiche desmesurado y escupía el peor vocabulario imaginable en una señorita. Giselle, de engañosa fragilidad, se moría de languidez, lloraba con los teleteatros y a veces dormía enroscada en el sofá de dos cuerpos que tal vez había sido violeta. La Gato era obvia como una desmentida, negrita, desconfiada y malévola. Una vez la habían echado del elenco porque en lugar de depilarse todo el pubis como las demás, dejó un mínimo mechón por encima de la bikini y lo tiñó de rubio champagne. No eran tiempos posmo y le dijeron que pasara por administración. Pasó, cerró la puerta… y la perdonaron. Pero el mechón desapareció. Las cuatro eran figuritas, un rango inferior al de media vedette, pero por encima de corista. Y se mataban por pegar el salto. Compartían ese cuartito deshilachado y lleno de conmovedoras idolatrías: una foto de Elvis y un muñequito de paño que representaba un bailarín (Gladys), una espantosa réplica de Carmen Miranda, también de paño, con la canasta de frutas en la cabeza (Lorena), una foto muy antigua donde se besaban dos maricas (Giselle), una repugnante cabeza de jíbaro reducida al tamaño de una manzana (La Gato, por supuesto).
Dos grados de invierno que se metían por la toma de aire. Pero que no enfriaban nada. Tres funciones, como cada domingo. Vermouth –la de la tarde, no se rían, se llamaba así-, primera noche a las nueve y segunda noche a las once. Habían discutido a los gritos Gladys y La Gato. Las dos se atribuían el ensayo de una rutina nueva para el cuadro tropical. El coreógrafo alentaba a las dos. Divide y reinarás. Se insultaban con alaridos tales como “!Tortillera de mierda!” o “!Atorranta mamona de baño público!” Y eso que Lorena no había dicho ni mu. Algo se venía, era fácil oler la humedad eléctrica de los temporales. Al promediar la primera noche, La Gato volvió del escenario para cambiarse a mil. En la revista siempre falta tiempo. De memoria, se puso una especie de tutú brillante y metió sus pies en unos zapatos rojos de taco altísimo. Cuando se puso el izquierdo, lanzó un grito feroz, mezcla de dolor y furia. Quedó congelada en una mueca indescriptible. Pero enseguida se quitó el zapato y el escarlata de la sangre le dio nueva vida al carmesí gastado de la gamuza. Una gilette de canto colocada con prolija ingeniería en la capellada le había abierto un surco del dedo gordo al talón. Aquellos ojos negros se llenaron de lágrimas y de presagios. Se fue saltando, con una pierna en el aire, al botiquín. Ella no hizo ese cuadro. Gladys no estaba en el camarín. Todo el episodio lo había pasado en el baño. Cuando volvió, simuló sorpresa y hasta indignación. La Gato no dijo esta boca es mía.
¿Recuerdan que les conté que faltaba una función? Claro, la segunda noche. Bueno, ¿Tienen un poco de imaginación? A las cero quince, mientras Giselle se decoraba las uñas y Lorena hacía pis en el lavatorio, Gladys decidió pintarse los labios. Primero no lo notó, pero después su cara en el espejo comenzó a sufrir una extraordinaria mutación. Otra vez rojo sobre rojo. Escarlata de sangre sobre carmín de rouge. Sí, vidrio molido en el rouge. El grito, créanme, lo tengo todavía en los oídos.
¿La Gato? En el baño, por supuesto.-


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