Miradas cristianas

Populismos

20.02.17 | 16:52. Archivado en Política

“Oscura e incierta”, como el reinado de Witiza de nuestra infancia, se ha vuelto esa palabra, desde que la sociedad y los políticos se acostumbraron a discutir no con argumentos sino con sambenitos y etiquetas.

Si hubiera que seguir la regla del castellano de que el sufijo “ismo” indica muchas veces un abuso o exageración del sustantivo que lo lleva (y digo muchas veces, no siempre, para que la buena amiga Tere Forcades no levante la mano con la palabra “feminismo”), tendríamos que traducir nuestro vocablo como “abuso de lo popular”. Resultaría entonces que el partido más populista es el PP, ¡que es quien más lanza esa acusación a los demás!: porque se califica de popular aquel partido que es precisamente el más antipopular.

Aunque puede que no sea así sino simplemente que el PP considera que todos aquellos a quienes maltrata y excluye sumergiéndolos en la desigualdad más injusta, no son pueblo. Y no lo son porque, sencillamente, no existen: ya dijo la ministra de Trabajo que en España “¡no hay nadie!” que cobre por debajo de nuestro miserable salario mínimo. Probablemente tampoco hay jóvenes que se hayan visto obligados a emigrar para poder vivir… De ser así, no habría en el PP un abuso de la palabra “pueblo”, sino una reducción de su significado. Es decir: pueblo son solamente “ellos”, los bienestantes y, en este sentido, son con pleno derecho partido “popular”.

Pero eso que se lo discutan entre ellos. Buscando nosotros por otros campos semánticos, encontraremos una definición del populismo que es la que más me ha gustado y que procede de John Julis (en The Populist Explosion): “un sistema de detección precoz de problemas importantes que los principales partidos minimizaron o ignoraron”. Se trata de la detección, no de la solución propuesta a esos problemas: por eso puede haber populismos de izquierdas y de derechas. Por eso molesta tanto esa palabra a los partidos clásicos: porque pone de relieve sus olvidos o sus injusticias.

Lo ocurrido en Estados Unidos puede servir de ejemplo. Las clases medias de ese país han disminuido y se han empobrecido llamativamente en los últimos años. Tanto Sanders como Trump detectaron ese problema al que ni los partidos ni los medios de comunicación, que son sus acólitos, habían querido prestar atención.

Sanders levantó esa bandera proponiendo subidas de impuestos que acabaran con los privilegios reaganianos, y un estado mucho más social en salud, educación, etc. Trump apelaba a ese mismo problema como arma electoral pero, para arreglarlo, prometió cosas muy distintas: como acabar con las deslocalizaciones de empresas que (aun funcionando suficientemente bien en USA) deciden irse a Bangladesh para ser “más competitivas”, y acabar con los flujos de inmigrantes que son, en buena parte, consecuencia de la forma como el primer mundo ha venido tratando al tercero desde tiempo inmemorial…

Así se comprende que muchos que votaban por Sanders en las primarias demócratas, acabaran luego votando por Trump en las elecciones generales. Se comprende también por qué muchos analistas decían que Sanders hubiese derrotado a Trump con más facilidad que Hillary.

Es decir: la tibieza social de nuestras izquierdas, más consonantes con lo que un día llamé “izquierda-Voltaire”, que con los acordes de una izquierda a lo Marx, esa tibieza, orquestada por unos MCS supuestamente progresistas, ha acabado generando una búsqueda de revoluciones sociales, unas veces particularistas y egoístas (caso Lepin o Hungría), y otras veces más universalistas.

Desde mi más tierna infancia he ido acostumbrándome a que es mucho mejor refutar a quien tiene razones, colocándole etiquetas o palabras malsonantes, que respondiéndole con otras razones.

Cuando yo era chaval, poner a algo o a alguien el sambenito de “protestante” era como colocarle un esparadrapo en la boca para que no pudiera hablar. Luego resultó que el Concilio Vaticano II aceptó muchas de esas propuestas supuestamente protestantes, creando en muchos católicos tranquilos el escándalo y la necesidad de “reinterpretar” -es decir: desnatar- al Concilio. Más tarde, cualquier demanda seria de justicia social, estaba excomulgada de antemano por el sambenito de “comunismo”; olvidando que Marx, por mucho que se equivocara en las soluciones, tenía plena razón en sus análisis. Incluso, en algunas izquierdas eclesiales se esgrime a veces la palabra “preconciliar” para desautorizar algunas demandas que no les gustan, en lugar de pararse a examinarlas seriamente.

Ese modo de proceder ha ganado hoy frecuencia e intensidad porque, como bien acuñó un pensador inglés (Ralph Keyes), ya no estamos en la época de la modernidad ni de la postmodernidad sino en la época de la “postverdad”. Hasta el Oxford Dictionary ha aceptado ya esa palabra. La cual significa que las cosas ya no se razonan ni se deciden con argumentos, sino con sentimientos. Y los sentimientos son inapelables.

Por eso cabría terminar esta reflexión parodiando una frase muy conocida del obispo Helder Camara: “Vosotros habláis mucho contra el populismo. Pero he de deciros una cosa: la causa del populismo sois vosotros”.

¡Ves Perón! Que diría la Trinca.


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