Miradas cristianas

Trump: ¡Se veía venir!

14.11.16 | 20:02. Archivado en Política

Se veía venir. Y de no haber sido por el voto de muchas mujeres y de muchos latinos, la victoria de Trump habría sido aún mayor. ¿Cómo no lo vimos? Sospecho que porque no queríamos verlo. Hace años se hablaba ya de “el fascismo que viene” (ver La Vanguardia, 11.08.2003, p. 14). La reciente aparición por todo el mundo de extremas derechas racistas y sociales (no olvidemos que el nazismo también se llamó “nacional-socialismo”) tampoco nos abrió los ojos. Así ha llegado la sorpresa de encontrarnos con el Lobo en la cama de Caperucita; y encima con mayoría en el Senado y en la Cámara de representantes.

Sin poder predecir qué va a pasar, cabe al menos analizar las causas de lo que ha pasado. Destacaré dos.

1.- La hipocresía de la derecha. Trump ha escandalizado por decir que va a hacer a lo bestia, cosas que nosotros estamos haciendo de manera solapada y disimulada (no defender la tierra, maltratar a los inmigrantes, no gravar a los muy ricos…). Al desenmascararnos, pone de relieve que capitalismo y democracia son incompatibles. Por más que durante decenios nos hayamos querido engañar, aprovechando que la amenaza de la URSS obligaba al lobo a disfrazarse de abuelita, hay que proclamar que sin democracia económica no puede haber democracia política. Porque el capitalismo es intrínsecamente individualista mientras que la democracia es esencialmente comunitaria.

Tantas empresas que se han enriquecido deslocalizando, creando millones de parados y convirtiendo el trabajo en una especie de limosna que ha hecho aparecer el “working poor” (el pobre que trabaja), pesan como una losa sobre la sensibilidad de una parte de la población, que ha visto además cómo el “yes we can” de Obama ha acabado pareciéndose mucho más a un “no, we can’t”. Porque el verdadero poder no lo tienen las entidades políticas sino instancias económicas que sustituyen la democracia por la plutocracia. Y no olvidemos que en nuestras democracias es mucha la gente que no vota por alguien sino “contra algo”, como ya se vio en España el 2011.

Dos factores han ido poniendo de relieve esta primera causa. El primero es la globalización. Según el Nobel de economía R. M. Solow, la globalización “es una maravillosa excusa para muchas cosas”. Así estamos viendo que el derecho a moverse libremente no lo tienen las personas sino los activos financieros. Que Wall Street, o la City, conviven con el Canal de la Mancha, Lesbos, Idomeni o un Mediterráneo lleno de cadáveres. Y que la supuesta “aldea global” era sólo para los billetes, mientras se convertía en una intemperie global para muchas personas.

Ello desveló el segundo factor: en el capitalismo, los derechos del hombre han acabado convirtiéndose en derechos del dinero.

Habrá miles de millones para rescatar un Banco que se cae, pero apenas hay un euro para sostener a personas que se hunden, o a las que estamos hundiendo nosotros mismos. “Las cien personas más ricas de España acumulan una fortuna equivalente al 18% del PIB”, y a Rajoy se le llenará la boca de “igualdad”… pero sólo cuando hable de Cataluña. Las reivindicaciones sociales son desautorizadas olímpicamente como “populismos”, sin que acabemos de saber qué significa esa palabra. Nos hemos engañado diciendo que las cosas eran lo que debían ser y no lo que realmente estaban siendo: y así aseguramos que “hemos superado la crisis”, aunque dejando por si acaso un hipócrita “aún queda mucho por hacer”, que nunca precisa qué es eso que está por hacer: porque en realidad se trata de apretar más el cinturón de los pobres.

Al final hemos cosechado lo que veníamos sembrando desde hace tiempo. Y hoy se reivindica aquella verdad pisoteada, cuando Trump saca unas consecuencias que nos asustan, y no las saca de nuestras palabras sino de nuestras conductas.

2. La prostitución de la izquierda. Las izquierdas acabaron tragándose esa mentira, pactando con un sistema que habla de “prosperidad” cuando se trata de los ricos y de “austeridad” cuando se dirige a los pobres; y que va desmontando el estado del bienestar, sin prisas pero sin pausas. Se concentraron en lo que antaño llamé “izquierda de cintura para abajo”, con lo que acabaron dando a las derechas un taparrabos moral con que cubrir su vergüenza: caso, por ejemplo, del “derecho al aborto” (y quede claro que hablo de derecho, no de despenalización).

Se travistieron en izquierda burguesa, en vez de ser izquierda social: lo que otra vez llamé “izquierda-Voltaire” en lugar de izquierda-Marx. O se entretuvieron en colar el mosquito del lenguaje y tragarse el camello de la justicia, olvidando las viejas palabras de Jesús: “esto habría que hacer, aunque sin olvidar lo otro”. Desconocieron la exigencia de una civilización de la sobriedad compartida como única salida posible para nuestro mundo. Y han pagado también el precio de su autoengaño: hoy se encuentran en profunda crisis, incapaces de aparecer como alternativa, fallando en sus análisis sociales y peleándose entre ellas como verdaderas verduleras de mercado.

Y luego queríamos justificarnos fingiendo escándalo ante las bravuconadas de Trump. Las metidas de mano a mujeres son propias de muchos señores públicos, que tienen poder aunque no tengan becarias. La diferencia está sólo en que Trump presume de eso en público y los demás sólo en privado. Y si Trump dice burradas contra el Islam, la conducta de Clinton con Arabia Saudí y con Libia no es precisamente un modelo de respeto al Islam (según J. Assange, de los 33000 correos de Clinton hechos públicos, 1700 se referían a Libia y no son precisamente “edificantes”). Estas conductas son como bombas de relojería que acaban estallando de una u otra forma.

PD.- Una última observación: ha causado sorpresa en estas elecciones el aparatoso error de las encuestas (¡que no era el primer caso!). Soy personalmente enemigo de esas encuestas porque me da la sensación de que, a una buena parte del público, no les informan sino que les condicionan el voto. Quizá por eso, en lugar de argumentar que “por causa de la crisis nos ha faltado dinero para hacerlas mejor”, habría que preguntar si no será que los ciudadanos han decidido sistemáticamente mentir en las encuestas. No estoy seguro de esta hipótesis, pero creo que valdría la pena considerarla seriamente.

En cualquier caso la pregunta que nos escupe Trump a la cara es ésta: ¿acabaremos siendo honestos con nuestra realidad o preferimos seguir engañándonos? De momento, y por lo que hace a EE UU, es muy de agradecer la reacción noble y democrática pese a su dolor, tanto de Clinton como de Obama. Pero también habría que reconocer que Michael Moore en sus películas y Noam Chomsky en sus escritos, andaban cargados de razón.


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