¿No estaremos entrando en una nueva fase de la evolución de las especies?. Los antropólogos hablan del “homo erectus”, “homo habilis”, “homo sapiens”… Y parece que ahora hemos llegado al “homo mentiens”: al hombre embustero. Todo nuestro entorno social está edificado con ladrillos de mentira compactada, sobre todo en los tres campos de mayor influjo: publicidad, política y medios de comunicación. Veamos:
Con este título acaba de aparecer un laborioso libro editado por Diego Bermejo en el que toman alguna posición sobre el tema de Dios más de 20 autores, creyentes y no creyentes (nombres como J. A. Estrada, Torres Queiruga o Adela Cortina por un lado, y Puente Ojea, Fernando Savater y Javier Muguerza por el otro). Me voy a permitir reproducir aquí el comienzo del capítulo mío para contar después una anécdota digna de ser conservada.
Entre los ocho cardenales nombrados por el obispo de Roma para la reforma de la curia, hay un tal Marx… Si quieres saber algo de él aquí va. Ironías de la historia: en Trier nació hace dos siglos el ateo K. Marx, autor de El Capital. Y de Trier salió dos siglos después, un obispo católico llamado también R. Marx, que se había manifestado públicamente contra la guerra de Irak y que ahora es cardenal en Munich. Este nuevo Marx acaba de publicar otro “El Capital”, con un expresivo subtítulo: “Un alegato a favor de la humanidad”.
La laureada y aplaudida película de M. Haneke merece una reflexión, más antropológica que cinematográfica. Como mi comentario anticipa el final, he querido dejar pasar el tiempo para que los lectores ya la hayan visto. Soy sólo un vulgar aficionado al cine y no entraré en análisis técnicos. Ha seducido a muchos la sobriedad del director y la interpretación de los dos actores. Sobre todo ella: me faltó tiempo para buscarla por internet en “Hiroshima mon amour”, y sufrir la inevitable comparación entre los dos rostros y los dos cuerpos: el de 1959 y el de 2012.
También creo que las secuencias en que intervienen personajes distintos de ellos dos, aunque fueran necesarias no están del todo bien fundidas con el núcleo del filme (la visita del alumno concertista, la despedida de una cuidadora y hasta las visitas, imprescindibles, de la hija). Prescindiendo de estos detalles más técnicos quisiera hacer algunas observaciones que afectan más al guión o, quizá mejor, al fondo de la película.
Algún comentarista evocó la frase bíblica del Cantar de los cantares: “el amor es más fuerte que la muerte”. La película parece invertir esa afirmación para decirnos que la muerte es más fuerte que el amor. En cualquier caso nos encontramos ante una nueva aproximación entre “eros y thânatos”, pero ahora con carácter de oposición. En este sentido, la película resulta ser una refutación del fácil argumento de Epicuro contra la tragedia de la muerte (“no me afecta: porque cuando ella esté yo no estaré y mientras yo estoy ella no está”). Morir no es ausentarse plácidamente sino un ir gastándose constante. Eso da relieve al milagro de la vida que si, por un lado, parece firme autoafirmación (“siento la vida en mí sin transferencia, sin entrega posible” versificó Ridruejo), por otro lado es de una fragilidad increíble, cuya firmeza puede deshacerse en instantes y por detalles mínimos.
Porque ese milagro de la vida está íntimamente ligado al milagro del amor es por lo que amor y muerte se relacionan también estrechamente. Si Gabriel Marcel intuía que “amar a una persona es decirle: tú no puedes morirte”, Haneke muestra lo que hay de iluso en esa frase. No obstante, la mejor literatura ha polemizado con el pesimismo de Haneke: basta con leer el soberbio “Llibre d’absèncias” de Martí Pol para atisbar que quizás el pesimismo del director alemán no tenga la última palabra. El protagonista de Amor no habría podido escribir esas páginas a su mujer. Ni tampoco aquellos versos de L. Panero: “te miro y pienso en las cosas – que no se acaban jamás – porque Dios las ha mirado- y no las puede olvidar.- Una noche cerraremos – nuestros ojos, lo demás – es del viento y de la espuma – pero el amor vivirá”.
El amor vivirá. Desde la apuesta por esa identidad del amor y la vida, identidad milagrosa dada la fragilidad de ambos en nosotros, surgen algunas preguntas al guión de la película que tienen que ver con el amor, y que justifican el interrogante que he puesto en el título. Por muy comprensible que sea, faltaba amor en la exigencia de ella: “prométeme que nunca me llevarás a un hospital”. En esa escena se me encendió una primera luz de alarma. Él se niega de entrada a esa promesa y, al final, la hace más forzado que amante: promete algo superior a sus fuerzas que me evocó la bravata de san Pedro ante Jesús (“aunque todos te abandonen yo no”).
Si el amor es un milagro y un regalo, no debemos atribuírnoslo olvidando nuestra pequeñez: porque luego Pedro negará a Jesús y el protagonista de la película vivirá su amor como un imperativo categórico que le ata más allá de sus fuerzas. Así se vuelve normal que acabe matándola; y resulta significativo que no le prepare una muerte dulce (que hubiera sido lo lógico) sino violenta: fruto más de su propia desesperación y falta de fuerzas que del deseo de evitarle dolor a ella. Esa escena del ahogo en que se ven las piernas de ella debatiéndose, con la resistencia normal de la vida ante todo ataque, me resulta de las más significativas de la película.
En la vida real (y esto me parece otro fallo de guión) él habría ido sintiendo que no podía más y era el momento de consultar a un amigo, cura, médico… en lugar de enquistarse en la obligación de su promesa. Quizás era el momento de quebrantar ésta con tranquila conciencia, y llevarla a un hospital, no sé (caben aquí varias posibilidades). En cualquier caso, la película no es una defensa de la eutanasia: puede ser leída como una lección de que amor y obligación no son lo mismo y crecen en proporciones inversas; o como una advertencia de que amar no es creerse omnipotente sino creer que se está recibiendo una fuerza maravillosa que no es propia y que nos desborda. Cuando no se viva así, estaremos todavía ante copias más o menos pálidas del amor.
Y esto merece ser puesto de relieve, porque nunca ahondaremos bastante en ese triple (¿trinitario?) misterio de vida, amor y muerte que tanto nos envuelve.
Soy de la era del papel, y nunca imaginé que esto de las redes pudiera tener tanto poder de difusión. Ello me anima a escribir ahora a cuantos comentaron mi escrito anterior sobre el papa Francisco. A niveles personales sólo he contestado a tres (un hermano jesuita y dos laicos latinoamericanos) que se mostraron más recelosos o críticos. A los entusiasmados, no quisiera hacerles ahora de aguafiestas: simplemente recordar que también las fiestas necesitan agua, para no agostarse.
Tengo mis quejas contra los medios de comunicación: me han traicionado algunas veces, creo que también ellos son servidores del Capital y que, por tanto, el buen titular o la defensa de la propia ideología pasarán por delante de la verdad; lo que engresca les gustará más que lo que construye; y muchas veces compiten indignamente porque parece que más importante que comunicar una verdad es ser el primero en hacerlo, o darla en exclusiva.
Una encuesta reciente se preocupaba por la falta de valores de nuestra juventud (admitir la violencia, primar el enriquecimiento …). La juventud suele sacar intuitivamente, de lo que han percibido en nosotros y de la visión de la vida que transmitimos, unas consecuencias que nosotros no nos atrevemos a sacar. Por tanto, si la encuesta era exacta debemos preguntarnos qué valores hemos transmitido.
En mi opinión, cuando se habla de reformas de la Iglesia hay que distinguir, en primer lugar, entre reformas más urgentes y menos urgentes (que pueden no coincidir con las que más nos gustarían a nosotros). En segundo lugar hay que distinguir también entre reformas que requerirán tiempo (quizás mucho) y otras que parecen ser de factura inmediata, con sólo que un papa lo quiera. Teniendo esto presente esbozaré el siguiente programa.
(Este artículo fue publicado, en 2005, en El País, ante la elección de Benedicto XVI. Por su indudable interés y actualidad, lo reproducimos).- Querido hermano en el Señor Jesús: Al entrar en el cónclave del que saliste elegido, juraste ser fiel al "ministerio petrino". Este es uno de los rasgos que me parecen más importantes de toda la parafernalia de estos días pasados, aunque los medios de comunicación casi no lo subrayaran.
Honesto, íntegro y encantador en el trato personal; tímido, huidizo y con dificultades para dirigir. Capaz también de una encantadora ironía sutil, que debió reprimir cuando comenzó a ponerse capisayos. La timidez le hizo actuar demasiado duramente cuando tuvo que hacer de “inquisidor”; su sensibilidad le volvió más afable cuando pasó a ser pastor. De su historia personal habría que indagar más sobre su evolución hacia posturas conservadoras. De su pontificado temo que el punto más ambiguo no sea el “Vatikileaks” ni la pederastia, sino la sombra de Marcial Maciel que ha resultado ser más alargada que la del ciprés.
Le escribo porque, al margen de lo que otros opinen, me da Ud la sensación de persona dialogante, honesta, inteligente y que procura dar argumentos en vez de insultos o eslóganes. Al menos, es la impresión que he sacado de Ud. por comparación con otros políticos.
De niños perdíamos la inocencia diciendo adiós a la cigüeña. De mayores la hemos perdido diciendo adiós al planeta. El planeta tierra padece un cáncer agudo con metástasis. El pronóstico puede superar el 50% de posibilidades de muerte cercana. El tratamiento es aún posible pero muy caro. Por eso, nuestras diversas reuniones sobre el tema (Estocolmo, Johannesburgo, Río de Janeiro, y hasta la reciente de Doha), se limitan a proclamar retóricas declaraciones de crecimiento sostenible y a aplicarle unas vitaminas, aspirinas y otros medicamentos baratos para tranquilizar nuestra conciencia embotada.
Sábado, 25 de mayo
José Ignacio González Faus
Francisco Margallo
Josemari Lorenzo Amelibia
Juan Jáuregui Castelo
José Mª Castillo
Jose Gallardo Alberni
Virtudes Parra
Religión Digital
Francisco Baena Calvo
Emma Martínez
Angel Moreno