Con el mismo vigor con el que denuncio los incumplimientos, y exageraciones en su publicidad, de la ley de dependencia reconozco sus avances.
Un pasito se acaba de dar en la buena dirección aprobándose por unanimidad en el Congreso de los Diputados la propuesta para que, en plazo inferior a un año, se apruebe un plan integral de atención a los niños menores de tres años con discapacidad, que suman hasta 17.000 en nuestro país.
Aunque la proposición, que tuve la oportunidad de defender, la presentó el Grupo Parlamentario Popular el texto final fue consensuado por todos los partidos presentes y de todos ellos es por tanto el mérito.
A pesar del fracaso de la puesta en marcha de la Ley de Dependencia y de la frustración que están generando los incesantes anuncios gubernativos, el ejecutivo sigue empeñado en inflar las expectativas de las personas dependientes para, a continuación, responsabilizar a las comunidades autónomas de eventuales incumplimientos.
La broma ministerial de este mes es que ya hay 345.000 personas dependientes como beneficiarios y que se han generado 70.000 empleos desde que la norma entró en vigor.
La realidad es que, siendo la ley un buen propósito, suscrito por todos los grupos parlamentarios, y reclamado unánimemente en el parlamento en octubre de 2003 con mayoría popular, su ejecución está siendo calamitosa.
Hasta tal punto llega la nefasta gestión, que el resultado, en cuanto a personas dependientes atendidas y empleo generado, es imperceptible, sigue el crecimiento vegetativo previo a la aprobación de la ley.
Una amiga de Castellón, que ejerce de maestra hace ya algunos años en un pequeño municipio de mi vecina Tarragona me relataba el daño que el sistema catalán de inmersión lingüística hace en los niños castellanohablantes.
Con el mismo desprecio con el que Franco arrinconó a las lenguas españolas minoritarias hoy, socialistas y nacionalistas, hacen lo propio con el castellano en un deliberado intento de que deje de ser nuestro idioma común.
Decía, esta conocida mía, de lengua materna valenciana, lo absurdo que resulta saber que un niño necesita alguna palabra en su lengua castellana y no poder decírsela por miedo a la dirección del centro, de manera, por cierto, muy similar a una denuncia aparecida en el diario El Mundo esta misma semana.
Me contaba el rechazo, la aversión al colegio, que sienten muchos niños castellanohablantes cuando son reprimidos en su deseo natural de expresarse en su lengua materna, cosa que se evitaría si la inmersión fuese más tardía o menos intensa.
Jueves, 31 de mayo
Carlos Ruiz Miguel
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Francisco Rubiales
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Miguel Barrachina