Cuando pisas la arena de los campamentos de refugiados saharauis en el sur de Argelia llama poderosamente la atención la multitud de niños que habita aquel infierno, el treinta y cinco por ciento de ellos con desnutrición crónica.
Hace más notoria la gran presencia de infantes los muchos hombres muertos, mártires les llaman, en la guerra contra Marruecos -un enemigo numéricamente cien veces superior- y la prudente distancia que algunas mujeres mantienen respecto a los occidentales.
La presencia, en la que fuera provincia española hasta 1975, para un occidental supone vivir entre dos límites, el de la extrema generosidad de sus gentes y el de la absoluta pobreza de las tierras en las que provisionalmente se asientan merced a la ocupación de sus territorios por Marruecos.
Sería una gran lección de humildad que nuestros jóvenes, nacidos ya en una sociedad repleta de comodidades, renunciaran a ellas por unos días para acudir a un territorio sin agua corriente, sin luz, sin baños y con una ocasional dieta cárnica basada exclusivamente en el camello y la cabra, esta última endurecida por la constante ingesta de papel y cartón –su principal nutriente-.

La principal enseñanza, no es, como ser feliz con poco y en el exilio, sino la manera en que todas estas carencias son sobradamente compensadas por la hospitalidad y el calor de un pueblo beduino acostumbrado a compartir sus escasas pertenencias. Treinta años de exilio por la ocupación marroquí –calificada en las resoluciones de la ONU de 1975 de “abominable”- no han cambiado sus valores.
El pasado mes de noviembre tuve la fortuna de poder visitar el Sahara invitado por el Consejo de la Juventud de España, para asistir al congreso que celebraron los jóvenes de la República Árabe Saharaui Democrática (Unión de la Juventud de Saguía el Hamra y Río del Oro-UJSARIO-) en el territorio argelino en el que se refugian.
Mi destino fue Dakhla, la wilaya o región más alejada y peor comunicada de las cuatro en las que viven los saharauis desplazados por la marcha verde marroquí y la posterior guerra. Toda las ciudades-campamentos en territorio argelino reproducen sus municipios originales, ahora en territorio ocupado, concretamente Dakhla era, y es, un municipio costero por el que las redes y aparejos ahora suspiran a más de mil desérticos kilómetros.
Pero incluso allí en pleno corazón del infierno esta presente el vínculo con lo español. Los niños estudian en el colegio hassania, el dialecto árabe de los saharauis, y español, que es además su segunda lengua oficial.
La presencia española en el antiguo Sahara Español se remonta a los tratados con Portugal de 1509 por los que se legitimaba allí nuestra presencia, aunque esta no sería permanente hasta 1886 cuando el asentamiento se llevó a cabo de manera pactada con los jefes locales, cuyos descendientes terminaron sentados en el Congreso de los Diputados de la carrera de San Jerónimo en el en virtud de su representación provincial.
Entre tanta nobleza como allí encontré todavía hay lugar para la mezquindad de aquellos que buscan en la supuesta cooperación internacional el escaparate para sus quiméricas propuestas.

Que independentistas catalanes quieran usar la dramática situación de un pueblo expulsado de sus casas al desierto para establecer paralelismos con la situación en Cataluña es propio de mentes enfermas acostumbradas la retocer la historia a conveniencia. Eligieron el lugar menos propicio para lanzar sus proclamas: “¡Visca Catalunya Lliure! y “¡Visca Sahara Lliure!” fue la bochornosa despedida del representante del gobierno catalán en el VI Congreso de la UJSARIO.
Posiblemente el independentismo catalán tenga por ignorante al pueblo saharaui, pero allí todos saben que Cataluña es parte constituyente de España desde hace al menos cinco siglos, que votó mayoritariamente la Constitución de 1978, que la nuestra es una de las naciones más descentralizadas del mundo en la que Cataluña es uno de los territorios más prósperos. Entiendo que resulte ofensivo para muchos saharauis que “nuestros nacionalistas”, vascos o catalanes, asimilen el drama de un pueblo exiliado en el desierto y con sus niños desnutridos a su reciente capricho independentista.
La solución es difícil pero sin duda la Resolución 1495 que el Consejo de Seguridad de la ONU, presidido entonces por España, aprobó por unanimidad el 31 de julio de 2003 marca el camino a seguir. En ella se reitera la solución pactada entre las dos partes para establecer un periodo de autonomía para el Sahara bajo soberanía de Marruecos por un máximo de cinco años, que concluiría con la celebración de un referéndum de libre determinación.
La abstención de España, tras el cambio de gobierno, ante esta misma resolución, junto con el regalo, o venta a precio simbólico, a Marruecos de veinte carros de combate que se desplegarán en el Sahara Occidental es un error extraordinario y supone un giro copernicano a nuestra política exterior sostenida por gobiernos de todos los partidos.
Sábado, 18 de febrero
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
José Pómez
Francisco Rubiales
Carlos Ruiz Miguel