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LA OBSESION POR LOS SÍMBOLOS

Permalink 25.03.06 @ 02:32:01. Archivado en Políticos

El ser humano siente horror del Vacío. Intenta llenar la Nada de Marcas que, como a Pulgarcito, le permitan no perderse en el Bosque. Banderas, himnos, emblemas, siglas han sustituido la orina del macho de muchas especies que marcan su territorio en el que encierran sus hembras y sus hijos. A los de otros machos, los aparta cuando no les da muerte.

En los primeros tiempo de la democracia, la guerra de las banderas, en el País Vasco, fue motivo de violentos enfrentamientos entre independentistas y españolistas. Una bandera, inspirada de la británica, designaba al Partido Nacionalista Vasco (PNV) pero pronto se convirtió en la bandera de Euskal Herría. Del lado de España, su bandera, en principio bandera real de nuestra marina de guerra en siglos pasados, fue la de todos los españoles hasta que la República quitó una franja roja para añadir la morada de los Comuneros de Castilla. Ahora, el PP se apodera de ella y la izquierda saca la republicana, para distinguirse. Los franceses tomaron la bandera de Paris, rojo y azul y plantaron el blanco de la monarquía en medio cuando creyeron que sus monarcas se plegaban ante la voluntad popular. Y así se quedó. Un regimiento que acude al norte de Francia para hacer frente a una coalición enemiga, porta con él La Marsellesa de Roger de L´Isle y la convierten en himno de Francia y de las libertades en todo el mundo.

Símbolos y más símbolos. Jalones de la Historia de un país para marcar fronteras, territorios, Marca, predios, propiedades privadas. “Prohibido el Paso”, “Coto de Caza”, “Vado”.
Unos hombres decidieron aventurarse al otro lado de los límites de su territorio y, en reciprocidad, permitieron que los del otro lado viniesen a visitarles a ellos. Y si al principio cada cual pedía permiso al otro, con el tiempo consideraron que era estúpido repetir la demanda. Y el visado, al menos dentro del territorio europeo, ha desaparecido. Cuando todos estemos en Schengen, también desaparecerán la aduana y la Policía entre miembros de esta gran familia. Pero la nueva entidad ha tenido que crearse nuevos símbolos para poder reconocerse. Antes de dejar en segundo plano los que conoció de toda la vida, debía aceptar los nuevos. Para no perderse. La bandera azul añil con el círculo de estrellas, una por cada territorio que se sumaba a la Unión, empezó a ondear junto a las de viejas y nuevas naciones del antiguo solar europeo. El “Himno de la Alegría” de Beethoven, la capitalidad de Bruselas, el euro, son otros tantos puntos de referencia de una nueva identidad nacional: La Europea. Pero todavía no se mata por defender esa nueva identidad. Es más, algunos rechazan su Constitución.Prefieren la suya local.

Cuando yo estudiaba filosofía en Pau, capital del Bearn, descubrí con unos compañeros, gentes de campo, como llegaban a recordar los límites invisibles de sus tierras de labranza. Paseando con ellos, llegamos a un lugar sin ninguna señal o marca especial. “Aquí, debajo de mis pies, enterrado, se encuentra un mojón que señala el final de mi propiedad”. Le observé extrañado. “¿Quieres decir aproximadamente?”. “No... con 20 cm de error”. Me explicó que a los 10 años, su padre le había llevado a pasear al campo y, llegados a aquel punto concreto, sin decir palabra, le había arreado un tremendo bofetón sin explicación alguna. Mientras lloraba, siguieron caminando hasta otro lugar donde se repitió el castigo. Frente a ellos, la cadena majestuosa de los Pirineos con el Pic du Midi altivo y con su cima nevada.

-- La referencia de las crestas montañosas y del injustificado castigo me hizo guardar en la memoria, de forma indeleble, la localización del jalón enterrado allí donde recibí el bofetón. Muerto mi padre, quise comprobar la veracidad de lo aprendido por mí. Y era correcto en un jeme de distancia.
A su hijo, cuando alcanzó la edad de distinguir la injusticia, le sometió a la misma pedagogía y así ha seguido de padres a hijos.

¿Cómo extrañarse de que otros símbolos territoriales estén anclados en los genes de millones de personas pertenecientes a un mismo lugar? Si añadimos la fuerza del idioma, las hazañas ancestrales embellecidas y distorsionadas por el relato oral, obtendremos un poderoso amalgama de creencias a las que nos sujetaremos si no tenemos otra cosa que las sustituya.
La globalización está produciendo un incremento del miedo al vacío, a la pérdida de identidades heredadas.
Todo va demasiado deprisa para algunos.. Se tambalean nuestras creencias. En el editorial del primer número de mi revista COSMÓPOLIS (Noviembre de 1968), escribí:

“Hemos de acostumbrarnos a razonar sin disponer de puntos de referencia estables y aceptar, antes de pensar, que lo que es cierto hoy puede no serlo mañana, como lo que parecía inmutable ayer ha dejado de serlo hoy. La Humanidad ha vivido dos mil años con la geometría euclidiana que solo admitía el paso de una paralela a una recta por un punto exterior a ésta. Dos mil años metidos en un universo tridimensional que creíamos único. Y de repente, en el espacio de cuarenta años, en el siglo XIX, surgen Nicolai Lobachevsky que asegura que por ese punto pueden pasar más de una paralela, y Bernard Riemann que sostiene que no puede pasar ninguna. Tres planteamientos distintos que dan origen a tres geometrías diferentes y, lo más asombroso, tan verdaderas unas como otras.”

Basta extrapolar el mundo de las matemáticas al de la sociología para descubrir que casi todo nuestro universo colectivo queda en entredicho o, por lo menos, es discutible e interpretable. El relativismo del que se queja el Papa Benedicto XVI está ahí, fuera del Vaticano y no hay Ratzinger que lo pare. Si hay alguien que se ha caracterizado por su internacionalismo, por su afán de ir más allá de los montes y valles que le vieron nacer, ese es el vasco. Es difícil concebir la Historia de España y la de América sin ellos. En su seno, el imaginario eusquera tiene los dos atavismos: el del terruño y el del vasto mundo. Si en Estados Unidos, país conglomerado alrededor del patriotismo más exagerado, se considera normal decir “la nación Apache, Siux o Navajo” ¿por qué nos asustamos de que se hable de “la nación catalana o de la vasca”? ¿Es menos Suiza la Confederación Helvética? ¿Es menos Alemania la de los Landers? ¿Nos extraña que a Gran Bretaña se la denomine Reino Unido? El hombre de la calle, cuando juega España un partido de fútbol contra Italia o Francia, saca a ondear sus banderas rojo y gualda con el escudo constitucional aunque sean vascos, catalanes o gallegos. Sacan la ikurriña o la senyera si se trata de un equipo vasco o catalán jugando contra otros clubes españoles. Para muchos, las enseñas del Barça o del Madrid son más importante que la española o la senyera. Lo que hoy es motivo de calurosas reyertas, mañana será algo pintoresco dentro de una nacionalidad europea. A la luna, no se va con Euclides.


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