Medio Ambiente

Cañadas Reales de Castilla y León

21.02.08 | 14:57. Archivado en Rutas y Senderos
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Origen de las vías pecuarias

Castilla y León es una región históricamente ligada a la ganadería y a la agricultura. Una de nuestras señas visuales de identidad es el rebaño y el pastor perdiéndose en el horizonte.

Quizá, el signo que mejor demuestra el aferramiento a los hechos diferenciales es la permanencia de estos viejos caminos pastoriles en el espacio geográfico, alentado por ganaderos e instituciones nacionales y europeas.

El hecho de que en sus propios espacios se celebren fiestas y actos estacionales, que reafirman su conservación y defensa, es un fiel reflejo del interés que suscitan las cañadas y vías pecuarias.

Al margen de su fundamento ganadero, las cañadas reales y, en conjunto, todo el entramado de vías pecuarias, tienen hoy un carácter de red ecológica que forma parte de uno de los atractivos más singulares de la oferta del turismo de interior. Senderistas, viajeros y amantes de la naturaleza encuentran, en el contacto con las cañadas, un placentero viaje que les transporta a un escenario detenido en el tiempo.

El escenario coincide con espacios naturales y trazados históricos, convirtiendo a las cañadas en referente de extraordinario valor. Recorriéndolas se constata la permanencia en el paisaje de los elementos arquitectónicos y etnográficos que caracterizaron estas sendas medievales como los apriscos, las tenadas, los chozos de pastor, las casas de esquileo y un rico folclore ligado al mundo ganadero. La propia Ruta "Vía de la Plata" coincide en varios tramos con la cañada que lleva su nombre; la Cañada Leonesa Oriental sesga la ruta jacobea, el Canal de Castilla y prácticamente toda la red de vías pecuarias, que se entrelazan por las nueve provincias de la Comunidad.

VÍAS PECUARIAS

Las vías pecuarias tienen un origen remoto. Se sabe que desde la Prehistoria los animales utilizaron las rutas naturales en sus migraciones anuales y, con ello, se fueron gestando las primeras sendas.

Más tarde, fueron utilizadas por el hombre que, con el paso del tiempo, creó los caminos y la red de calzadas romanas, en ocasiones coincidiendo con los trazados de las mismas hasta llegar a la red de carreteras actuales.

Entrada la Edad Media, las cañadas cruzan la Meseta castellana y permiten el paso de los ganados trashumantes, los que emigraban desde sus pastos de verano (agostaderos) -en las montañas del norte y centro de la Península- a sus pastos de invierno (invernaderos), en los cálidos valles, dehesas y tierras bajas del suroeste del país.

MESTAS

La tradición ganadera de Castilla y León y de España es antiquísima, pero la organización pastoril tuvo su origen en las asambleas locales que se remontan a los siglos V y VI, en el periodo visigótico, y perduran en toda la Edad Media. Este trasiego de ganados y pastores generó una organización social y gremial que, en principio, nació de aquellas asambleas de pastores denominadas "mestas", y que darían lugar a la creación del Honrado Concejo de la Mesta. Una regulación obligada, ya que los conflictos se sucedían por la utilización de terrenos, derechos de tránsito o pasto, y por los numerosos enfrentamientos con los intereses de los agricultores. Fue así como nació la Mesta en el siglo XII y que alcanzó su esplendor durante el reinado de los Reyes Católicos.

La cabaña de merinas reportaba sustanciosos beneficios económicos gracias al negocio de la lana que se convirtió en el pilar fundamental de la economía de la época. Durante el siglo XVI se desplazaban casi tres millones de cabezas mesteñas y las cañadas dejaron de ser meros caminos para convertirse en auténticos "pastos alargados".

El declive de la Mesta y el principio del fin de los poderosos caminos de merinas coincidiría con el hundimiento de las exportaciones de lana ante la competencia exterior. La Guerra de la Independencia, en sucesivos episodios, también contribuyó a su desmoronamiento.

La llegada del ferrocarril pondría punto final a una red de caminos ya marchita, aunque no acabaría definitivamente con la trashumancia. Gracias a la obstinación de sus defensores y a las acciones simbólicas, su memoria pervive envuelta en la niebla de los puertos y en las solanas de la meseta. Las legislaciones estudiaron fórmulas para su defensa y han evitado, en cierta medida, las incursiones urbanísticas y privadas en sus trazados históricos.

Actualmente las cañadas reales ocupan un sitio indiscutible en el mapa físico y sus tramos señalizados son museos a la intemperie que se resisten a desaparecer, fusionándose con la propia naturaleza, su mejor aliada.

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