Hoy, tanto por parte de algunos creyentes como de algunas personas impregnadas de la mentalidad científica que caracteriza a la actual sociedad, se corre el riesgo de disociar y separar la razón y la fe, la ciencia y la creencia. Si esto llegase a ocurrir se produciría, tanto en uno como en otro ámbito, una verdadera catástrofe. Razón y religión se necesitan mutuamente. Una fe sin razón es, no sólo indigna del ser humano, sino que se ve expuesta a cualquier desvarío; una razón sin fe corre el peligro de considerarse el criterio último de todo lo real y de convertirse en un peligro para el ser humano. Religión y razón aisladas la una de la otra se convierten en patológicas.
Se acaban de publicar los resultados de una encuesta sobre la actitud de los ciudadanos ante la ciencia. Algunas cuestiones tienen que ver con la relación entre ciencia y religión. A la pregunta sobre si la religión debe o no poner límites a los avances científicos, la mayoría de los encuestados responde que no. Pero la verdadera cuestión no es si debe o no poner límites, sino si de hecho los pone. Y la respuesta es que, al menos desde el ámbito católico, no sólo no hay límites, sino que la religión es un estímulo para la investigación científica. Porque la fe católica entiende que Dios, en la creación, está diciendo una palabra fuerte al ser humano. Y la ciencia permite comprender el lenguaje de la creación. Esto significa que los avances científicos, en cierto modo, ayudan a entender mejor cuál es la voluntad de Dios.
Ya en el primer versículo de la Biblia aparece el caos: “la tierra era caos, confusión y oscuridad”. Este caos es anterior a la obra creadora. Es algo con lo que Dios se encuentra. La Escritura no explica cómo aparece este caos, simplemente constata su existencia. Pero lo que sí deja claro es que Dios tiene poder sobre el caos y con su palabra puede transformarlo en cosmos, en un universo ordenado y bello. La contraposición, por tanto, no es entre Dios y el caos, como si fueran dos poderes opuestos, sino entre el caos y el cosmos, teniendo Dios poder sobre ambos.
Una vez alguien me dijo: “yo sé rezar, pero no sé orar”. Sin duda, los dos verbos, rezar y orar, pueden emplearse para decir exactamente lo mismo, pero en boca de la persona que hizo esta distinción, el verbo rezar quería decir algo así: recitar, leer, cantar o incluso meditar con textos preparados de antemano; identificaba el rezar con un recitado, individual o en grupo, de una serie de oraciones escritas de antemano. Por el contrario, con el verbo orar, distinguiéndolo del rezar y dándole, además, un sentido mucho más positivo, se quería significar algo así como tener un coloquio amistoso con Dios. Si interpreto bien la frase que me dijeron, entonces es claro: rezar, en el sentido de recitar una serie de oraciones, es fácil y todos sabemos hacerlo; tener un coloquio con Dios ya resulta un poco más complicado y muchos nos preguntamos cómo se puede dialogar con Dios y tratar de amores con él.
Es posible que algunos recuerden algo que cantaba María del Mar Bonet: que volen aquesta gent, que truquen de matinada? (=¿qué quiere, qué pretende esta gente que llaman de madrugada?). La canción alude a un hecho real: allá por los años sesenta la policía fue a detener a un estudiante madrileño como enemigo del régimen y el joven acabo tirándose por la ventana (según la versión oficial, que a lo peor hasta es la buena, porque debieron ponerle en una situación desesperada). Pienso que esta pregunta: “¿pero qué pretende esta gente?”, podríamos hacérnosla a propósito de algún integrista católico que tiene capacidad de hacerse leer y oír. Lo malo de algunos de estos personajes es que dan miedo por su beligerancia, por sus obsesiones, por sus permanentes acusaciones, y porque buscan convertir a los superiores eclesiásticos de aquellos con los que no están de acuerdo en inquisidores que los castiguen y desautoricen públicamente. Sólo así parecen sentirse contentos.
Es curioso: algunos piensan que Jesús llamó a un grupo de varones para que lo siguieran. Y no se sabe muy bien cómo, en la Iglesia posterior, los seguidores visibles y públicos de Jesús fueron mayoritariamente mujeres. En la vida religiosa y consagrada, que tiene las puertas abiertas para varones y mujeres, ellas siempre han sido mayoría; y, en sus comunidades, ejercen su propio autogobierno. En realidad, ellas estaban con Jesús desde el principio. Jesús llamó a mujeres lo mismo que a varones para seguirle. Y no está claro, por los datos evangélicos, quién tenía mayoría en el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús. Cuando el evangelista Lucas da números, en el capítulo 8, versículos 1 al 3 de su evangelio, dice que los varones eran doce, pero cuando se trata de decir cuantas eran las mujeres que “acompañaban” (o sea, convivían con él) a Jesús, tras dar algunos nombres, deja bien claro que había “otras muchas”. Puestos a ponerle humor al asunto, podríamos decir que había tantas que prefiere no dar los nombres para no dejar en mal lugar a los varones.
La mujer está en todos los principios importantes de la historia de la salvación. Está presente en la creación, hasta el punto de que, sólo cuando ella aparece, la obra creadora de Dios alcanza su perfección. Si la creación es obra de “la Palabra”, que desde el principio estaba en Dios, sólo cuando aparece un animal que habla puede decirse que la Palabra creadora ha logrado dejar su huella propia en la creación. Pero esta “criatura de la Palabra”, que es el ser humano, no puede ejercer su capacidad hablante mientras no encuentra un interlocutor que esté a su nivel. Por eso, un hombre sólo no es una buena creación, tal como reconoce el mismo Dios. Sólo la presencia de la mujer hace posible la palabra y con ella culmina la creación. Ante su presencia, el varón dice una palabra de admiración y agradecimiento. Esa es la primera palabra de la historia de la salvación: admiración y agradecimiento por la mujer.
Sin duda, todos están al corriente de los terribles incendios que han asolado las tierras de Valencia (en España), del paisaje de muerte que han dejado, de la inmensa tristeza de los afectados, de las muertes producidas y de la indignación que han causado. Sirva este poema de Concepción Merí Cucart, titulado “Lágrimas de Ceniza” como oración ante tanto sufrimiento:
Cuando se dice que tal persona es católica practicante, o católica ejerciente, se está indicando que la persona en cuestión no sólo está bautizada, sino que está convencida de su fe y la vive sin ocultarla ni avergonzarse. Por el contrario, el católico no practicante sería aquel bautizado que no cumple con la eucaristía dominical, que no acepta la moral de la Iglesia y que, a lo sumo, alguna vez se deja ver por la Iglesia con motivo de celebraciones que, para él, son actos sociales, como un matrimonio o unas exequias.
Cuando por motivos de trabajo dejo Valencia suelo llevarme algún libro para aprovechar los tiempos libres. A Lima me llevé dos libros y los acabé de leer tres días antes de mi regreso. Tuve entonces tiempo para repasar los distintos portales religiosos que hay en internet, y me saturé de noticias, más o menos escandalosas, relacionadas con cardenales, obispos y curas. A estos portales hay que agradecerles que publiquen informaciones poco edificantes, porque de otro modo no nos enteraríamos. Desgraciadamente la política oficial en la Iglesia ha sido la de ocultar lo malo, buscando así no desprestigiar a la Iglesia. Pero el ocultamiento encaja mal con el Evangelio y es un signo evidente de pecado. Todo el que obra mal huye de la luz, pero no hay nada oculto que no termine por saberse.
Sábado, 25 de mayo
Francisco Baena Calvo
Emma Martínez
Angel Moreno
Juan Fernandez Krohn
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Guillermo Gazanini Espinoza
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Josep Maria Tarragona