Levadura para pensar

Cuando la excelencia es lo normal

16.07.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Mi buen amigo y poeta Antonio Praena, me provoca para que remate una frase incompleta que le he dedicado a propósito de una entrevista que le han hecho después de haber ganado varios premios de poesía. Esta es la frase, que puede terminarse de muchos modos: “cuando la excelencia es lo normal…”. ¿Qué ocurre cuando la excelencia es lo normal? O sea, lo habitual. Porque, en este mundo nuestro, y algunas instituciones religiosas no son una excepción, lo habitual es la mediocridad. O la ambición. O el aferrarse al poder. ¿Qué está ocurriendo sino en Nicaragua o en Venezuela, o en la Iglesia chilena, en la que las dimisiones habidas han sido “dimisiones forzadas”?

Para hacer de la excelencia lo normal se necesita esfuerzo, fortaleza, constancia, mirada lúcida. No hace falta ser “listos”, hace falta ser “buenos”, honrados, comprensivos. Cuando consigamos que la bondad sea lo normal, habremos anticipado el reino de los cielos. Cuando consigamos que el respeto sea lo normal, habremos logrado la fraternidad evangélica. En materia religiosa necesitamos mucha normalidad, la normalidad de los que viven su fe en lo cotidiano, sin aspavientos, sin amenazas. Cuando la excelencia es lo normal, estamos en el buen camino. Se abren puertas a la esperanza. Se ilumina la vida propia y la ajena. Cuando la excelencia es lo normal encontramos a Dios en la normalidad.

En demasiados lugares de este mundo lo normal es la antipatía, o la envidia, que son odios suavizados. Y, sin embargo, el odio corroe fundamentalmente al que odia. El día que lo normal sea el amor, ese día estaremos en el cielo. Hacer de esta tierra un cielo es lo propio de las personas normales.

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Rosario para ganar el mundial de futbol

12.07.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Croacia jugará el domingo contra Francia la final de la copa del mundo de fútbol. El entrenador de Croacia, fervoroso católico, durante los partidos de este campeonato, toca el rosario que lleva en el bolsillo cada vez que percibe que su equipo lo pasa mal sobre el terreno de juego. ¿Ayudará este toque de rosario a ganar el partido final contra Francia?

Tanto en Croacia como en Francia es seguro que hay buenos católicos aficionados al fútbol. ¿Qué eficacia tiene la oración en el caso de que unos y otros se pongan a pedir a Dios que gane su equipo? Sólo puede ganar uno. ¿Tomará Dios partido por alguno de los dos contendientes? ¿Y cómo saber qué partido toma Dios?

Este tipo de planteamientos y de preguntas no tienen sentido, ni humana ni religiosamente. Rezar o tocar el rosario, con el fin de que un equipo gane un partido de futbol, es convertir el rosario en un talismán, o sea, un objeto que no tiene ningún efecto real, pero al que se le atribuye el poder mágico de dar salud o fuerza a quién lo lleva. Un amuleto puede tranquilizar a quién lo toca, calmarle los nervios, en virtud de una impresión psicológica subjetiva. El rosario se convierte así es una especie de efecto placebo, que carece de todo poder orante real, pero produce en el sujeto una sensación placentera o tranquilizante.

La oración es otra cosa. No consiste en pedir a Dios que se cumplan nuestros caprichos, ni siquiera que se cumplan nuestros deseos, aunque es lógico que, ante una verdadera necesidad, el orante pida que se cumplan sus deseos. Pero siempre lo hace subordinando sus deseos a la voluntad de Dios, convencido de que la voluntad de Dios es lo mejor que le puede ocurrir a su vida, porque Dios siempre quiere nuestro bien.

Puestos a rezar por mi equipo favorito, lo que hay que pedir es que ningún jugador se comporte de forma violenta o antideportiva, que los aficionados se respeten y disfruten del buen juego, que sepan aceptar con dignidad el resultado. Lo que Dios quiere no es que gane uno u otro equipo, sino que todos nos comportemos como hermanos y sepamos reírnos de las cosas secundarias, para concentrar nuestras fuerzas en las principales. Y la principal es que todos estemos bien, que nos queramos bien, que busquemos el bien ajeno y el propio.

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Si nuestro corazón nos condena

11.07.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La palabra que otro me dirige puede tener propiedades curativas para el espíritu. Cierto, la palabra puede irritar, pero también tranquilizar. Puede hacer pensar y puede consolar. “De una misma boca proceden la bendición y la maldición” (Stg 3,10). El lenguaje puede cambiar la realidad.

Hay palabras que nunca se olvidan, quizás por el estado de ánimo en el que fueron escuchadas. Hace unos días, una persona tuvo la confianza de contarme como hace 45 años alguien le dijo una palabra que le ayudó y que nunca ha olvidado: “si nuestro corazón nos condena, Dios es más grande que nuestro corazón”. Enseguida me di cuenta de que se trata de un texto de la primera carta de Juan. Escuchar esta experiencia me hizo pensar. Cuando todos nos condenan, siempre hay alguien que nunca condena: el Hijo, enviado por Dios, no para condenar, sino para salvar (cf. Jn 3,17). Incluso cuando somos nosotros mismos los que nos condenamos, poner nuestra mirada en Jesús y recordar el texto de la primera carta de Juan puede resultar consolador y devolvernos la esperanza: “en caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo”.

Conoce todo, nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Por eso nos comprende mejor de lo que nos comprendemos nosotros mismos. Y porque nos conoce a fondo, no nos condena, busca por todos los medios el modo de salvarnos. Ya lo dice el Vaticano II en una frase memorable: Dios, “por los medios que sólo él conoce”, puede conducir a los seres humanos a la salvación. Nosotros conocemos muy poquita cosa de las demás personas. Por eso condenamos fácilmente. Al hacerlo no imitamos a Dios. Cuando condenamos nos creemos muy justos, justos con la pobre justicia de los hombres, muy alejada, en demasiadas ocasiones, de la justicia salvífica de Dios.

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Dios nos alcanza en la soledad originaria

07.07.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“La virginidad de las consagradas expresa la confianza absoluta en el Señor Jesús, que alcanza a la persona en el corazón de su humanidad, en su soledad originaria, justamente allí donde está impresa indeleblemente la imagen de Dios y la semejanza a Él, y donde, a pesar de las caídas y de las heridas del pecado, es posible renovar la vida según el Espíritu”. En estas palabras, sacadas de un reciente documento de la Santa Sede sobre las vírgenes consagradas, podemos distinguir dos partes. Primero se afirma que la virginidad de las consagradas es expresión (aclaro y matizo: una posible expresión, puede haber otras) de la confianza absoluta en el Señor Jesús. Luego se añade que el Señor Jesús (se entiende: Cristo resucitado) alcanza a toda persona en su soledad originaria. Me parece una imagen muy sugerente.

Soledad originaria: allí donde nadie se parece a nadie, allí donde estamos de verdad con nosotros mismos, allí donde nadie puede alcanzarnos ni comprendernos, allí está la imagen de Dios, allí está el Espíritu Santo, capaz de regenerar permanentemente nuestra vida, a pesar de todos los pesares y, sobre todo, a pesar de todo lo que opinan los que, por un motivo u otro, y de una u otra manera, nos desprecian. Allí, en la soledad originaria, en el fondo del ser, allí está Dios. El Dios de la inmensa riqueza, de la desbordante bondad, de la sobreabundancia de gracia, que precisamente por eso, por sobreabundante, nos hace únicos e irrepetibles. Su imagen se personaliza en cada uno, su imagen encuentra en cada uno matices únicos, que hacen de cada uno de nosotros seres insustituibles.

En este mundo, se diría que todos somos sustituibles. Somos fácilmente reemplazables. Lo que yo hago, lo puede hacer otro. Si yo me voy, otro ocupa mi lugar. A los ojos de los que así piensan, la vida humana vale poco. En realidad, no vale nada. La de “los otros”, claro. La única vida que consideran válida es la suya. Ese es su error, su grave error. Ante Dios somos únicos, no hay otro como yo, nadie puede ocupar mi lugar. Por eso, Dios me ama con un amor personal, me quiere personalmente como soy. Porque no hay otro tan maravilloso ni estupendo como yo. Para Dios todas las vidas son valiosas, porque cada vida es insustituible.

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Gritando fuertemente se taparon los oídos

04.07.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

A causa del testimonio que daba de Jesucristo, el diácono Esteban fue asesinado a pedradas, según el libro de los Hechos de los Apóstoles. El relator cuenta que la gente estaba rabiosa. Y ofrece este interesante detalle: “gritando fuertemente se taparon los oídos y se precipitaron todos a una sobre él”. A la gente que no quería escuchar a Esteban no les bastaba con gritar a pleno pulmón, además se taparon los oídos. O sea, impedimento sobre impedimento. Suprema imposibilidad de escucha.

Me pregunto si no será esta la situación de muchas personas de nuestro mundo ante el anuncio del evangelio. Por una parte, el mundo está lleno de ruido y de furor, son muchas las distracciones que dificultan el ver y el oír, hay tantas ofertas, tantas seducciones, tantos reclamos, que muchos no tienen ni tiempo, ni ganas, ni humor para escuchar ninguna noticia que vaya más allá del placer o del interés inmediato. Estamos en una sociedad poblada de aullidos. Pero además de este ambiente negativo, que dificulta enormemente la escucha, se diría que algunos además se tapan los oídos, o sea, que al ambiente negativo hay que juntar la falta de interés de los posibles oyentes. No les interesamos, no nos quieren oír. El mundo no quiere que nos oigan y ellos no nos quieren oír.

Este es el “lugar” en el que los creyentes debemos dar testimonio de Jesucristo. Para empezar, no debemos quejarnos de lo mal que está todo, y culpar a los oyentes porque no pueden y, en ocasiones, no quieren escucharnos. Lo que debemos hacer es situarnos en este ambiente para encontrar en él algún resquicio en el que decir una palabra que despierte interés. Una palabra que puede ser verbal, pero también puede ser gestual. O sea, nuestra vida es una palabra fuerte que puede ser oída; nuestra vida puede plantear preguntas, y así preparar para la escucha de la respuesta. En este “lugar” estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo, conscientes de las dificultades, pero sin acobardarnos por ellas.

No es fácil decir como se contrarrestan los gritos y los oídos tapados. Cada uno deberá buscar soluciones imaginativas, según el ambiente en el que le toca vivir. Pero sin duda, una buena contra-influencia a las malas influencias del mundo, es una exposición significativa de la doctrina y una coherencia de vida con el evangelio. Nunca ha sido fácil ser testigo del evangelio. Pero nunca ha sido más necesario, porque, a pesar del ruido, del furor y del poco interés de la gente, el evangelio es lo que más necesitan y lo que, en el fondo todos buscan, aún sin saberlo.

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Formulación negativa del primer mandamiento

30.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El primer mandamiento de la ley de Dios, como nos recuerdan los catecismos católicos y luteranos, es: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. La fórmula proviene de san Agustín, aunque tiene un buen fundamento bíblico: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,5). Aunque no sea cosa muy conocida, lo cierto es que la primera formulación de este primer mandamiento fue negativa: “No tendrás otros dioses fuera de mi” (Ex 20,3; Dt 5,7).

El interés de esta formulación negativa está en lo concreto que resulta. En positivo es difícil decir en qué consiste exactamente amar a Dios, de la misma forma que es imposible decir exactamente quién es Dios. Dios es el innombrable, del que no es posible hacerse imagen alguna. Como decía Tomás de Aquino conocemos a Dios como a un desconocido. De Dios sabemos más lo que no es que lo que es. En continuación con esta idea, ¿cabe decir que amar a Dios es, en primer lugar, saber lo que no hay que amar?

Amar a Dios significa sentirse insatisfecho con lo que uno es y tiene. Cuando uno está satisfecho con lo que tiene, ya no desea otra cosa. En lo que le satisface pone todo su amor. Si con lo que hay en este mundo ya nos sentimos colmados, si en este mundo encontramos una respuesta suficiente para todas nuestras preguntas y anhelos, no necesitamos para nada a Dios.

En negativo, amar a Dios es algo muy concreto: “no tendrás otros dioses fuera de mi”. O sea, para amar a Dios hay que comenzar por desprenderse de los ídolos (dinero, poder, nación, bandera, prestigio). Pues hay amores que son incompatibles: “no podéis servir a Dios y al dinero”.  Y, aunque, no amar al uno no implica automáticamente amar al otro, sí que amar al uno exige no amar al otro.

Si los dioses y señores de la tierra no me satisfacen (Salmo 16) ni me salvan de la angustia y, por eso, no pongo en ellos mi corazón, entonces mi corazón puede abrirse a otras perspectivas que le satisfagan y está preparado para poder amar a Dios, el único que puede llenar el corazón humano.

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En Cristo, ni hombre ni mujer

26.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Los prejuicios que, desgraciadamente, han influido en consideraciones sobre superioridades de unas personas sobre otras también se han dado en el campo religioso. San Pablo parece justificar el orden patriarcal con su teoría sobre “la cabeza”, cuyo resumen es este: “la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre” (1 Cor 11,3), de donde concluye: “las mujeres han de estar sumisas a sus maridos como al Señor” (Ef 5,21-24). Estos textos merecen un análisis más detallado, que ahora no puedo hacer. Solo digo una cosa: situados en su contexto literario e histórico, seguramente son menos lesivos para la mujer de lo que a primera vista parece. Pero lo cierto es que esta doctrina, interpretada sin matices, será usada históricamente para justificar la inferioridad femenina.

Sin embargo, encontramos en el mismo san Pablo, una “bomba de relojería”, que sólo con el tiempo producirá sus efectos, cuando dice: en Cristo “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,26-28). Y en la carta a los Colosenses (3,9-12) añade: “ni circuncisión e incircuncisión, ni bárbaro ni escita”. O sea, en Cristo quedan superadas las diferencias nacionales (ni judío ni griego), sociales (ni esclavo ni libre), sexuales (ni hombre ni mujer), religiosas (ni circunciso e incircunciso), y raciales (ni bárbaro ni escita). Porque para Cristo todos somos iguales, hijas e hijos de Dios, gozando de la misma dignidad. Si diferencias hay, no es porque seamos distintos, sino porque realizamos de forma distinta la misma humanidad. Pero esta distinta realización es signo de la riqueza y belleza del Creador que se refleja en cada una de sus criaturas y en todas en su conjunto.

La fidelidad hoy al Espíritu pasa por el respeto a los derechos de la persona humana en todos sus aspectos y por el respeto a todas las diferencias. Estas diferencias nunca deben entenderse desde paradigmas que conducen a la exclusión, a la discriminación o a la sumisión, sino desde la consideración de la igualdad fundamental de todos los seres humanos, tal como ocurre con las personas de la Trinidad, que siendo tres, son iguales y co-eternas. Del mismo modo, la humanidad es plural, pero esa pluralidad deriva de la fundamental igualdad que, para los cristianos, tiene su razón en haber sido creados a imagen de Dios, y para los no cristianos debe tener su razón en la consideración de la común dignidad, que nos hace ver al otro como “otro yo” y, por tanto, debe ser tratado como me gustaría que me tratasen a mí.

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¿Los hombres de marte y las mujeres de venus?

22.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El mito de la diferente procedencia de varones y mujeres es conocido en el teatro, la pintura y la literatura: los varones procederían de marte, dios de la guerra, y las mujeres de venus, diosa del amor y la fecundidad. Si se pretende decir que la mujer y el varón son dos modos de realizar la condición humana, estamos ante una obviedad. Ahora bien, si se pretende ir más allá, buscando distinciones separadoras o excluyentes, entonces conviene dejar muy claro que unos y otros procedemos del mismo origen, que unas y otros tenemos las mismas posibilidades, y que la dignidad y condición humana es propia tanto del varón como de la mujer.

Es cierto que algunas actitudes se relacionan cultural o espontáneamente con lo masculino o lo femenino. En el terreno del juego, del trabajo y de las responsabilidades, atribuimos algunos estereotipos, con razones más o menos válidas, a niños y niñas, mujeres y varones. Pero tal reparto no tiene nada que ver con la identidad sexual. Existen varones tiernos, amorosos, protectores de los demás, abnegados y sacrificados en aras del bienestar ajeno; y mujeres con dotes de liderazgo, fuerza de carácter, racionalidad y buenas motivaciones profesionales. Los roles sociales no dependen del género, sino de las habilidades personales, vocación y educación.

Los sentimientos maternales, por ejemplo, expresan una realidad propia de varones y mujeres. Es urgente superar muchos prejuicios machistas, propios de nuestra cultura, que atribuyen unos determinados sentimientos y actitudes a varones, y otros distintos (y normalmente considerados inferiores) a mujeres. La diferencia sexual, ante todo, es expresión de que estamos hechos los unos para los otros, de que somos seres llamados a la comunión, al encuentro, al entendimiento. Los sexos no solo son complementarios entre ellos, sino también dentro de ellos: cada uno tenemos nuestro lado masculino y nuestro lado femenino. Todas las características humanas son transversales y en todos los tipos humanos hay varones y mujeres.

¿La mujer es más espontánea, más delicada en el trato? ¿El varón tiene más capacidad para hacer proyectos y la mujer para valorarlos? ¿El varón es más competitivo y la mujer más cooperativa? ¿Él más justo, ella más misericordiosa? ¿Ellos más activos y ellas más pasivas? Todo eso son estereotipos. En realidad, todos los valores son comunes y trasversales. Estos prejuicios han llevado a que la diferencia sea entendida como subordinación. Algo parecido ocurre con el tema de las razas, unas consideradas inferiores y otras superiores. Si estos prejuicios arraigan en el subconsciente de la raza considerada inferior o en la persona del sexo considerado débil, podríamos caer en el error de querer parecernos al considerado fuerte o superior. Tengo entendido que hay cremas, que utilizan mujeres de raza negra, para blanquear la piel. Las diferencias enriquecen y nunca deben traducirse como subordinación, sino como complementariedad.

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Mafias y prensa: más sobre el Aquarius

18.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La desgracia del Aquarius tiene muchas vertientes y muchas derivaciones. Ha sobrado espectáculo. Había tantos periodistas en el puerto de Valencia como personas viajaban en el barco. Y había cuatro voluntarios por cada viajante. Esto es más o menos comprensible.

Lo que resulta muy grave es la situación que hay en los países de origen, que provoca que miles de seres humanos estén en situación de vulnerabilidad y se vean obligados a huir de sus países para “entrar en manos de mafias, que sólo provocan esclavitud y graves consecuencias en quienes padecen estas situaciones”, tal como ha denunciado el Arzobispo de Valencia. En concreto, en el Aquarius viajaban más de un centenar de menores de edad solos, sin sus padres, la mayoría adolescentes. Sus padres, seguramente buscando un futuro para sus hijos, pagaron grandes cantidades de dinero a las mafias para que sus hijos pudieran llegar al barco. Eso también merece una respuesta por parte de los gobiernos europeos.

Por otra parte, resulta llamativo que, mientras en Francia y en Italia, la prensa y las televisiones nombran y elogian la actitud acogedora y solidaria de la Iglesia que está en Valencia, en España, la mayoría de los medios, han guardado silencio sobre las buenas obras de la diócesis. No importa. Lo que de verdad importa es que, después del desembarco, hay mucho que hacer y que la Iglesia está en disposición de acoger, ayudar, integrar. Y sobre el silencio de los medios, quizás sea bueno recordar eso de “cuando hagas el bien, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”.

Finalmente, transcribo las palabras que el Papa ha dicho personalmente al Arzobispo de Valencia: ”estoy contento con la diócesis de Valencia, cómo os comportáis. Os felicito y agradezco a la diócesis de Valencia la prontitud y generosidad con que habéis reaccionado, el ejemplo que estáis dando de caridad con estas pobres gentes; me habéis conmovido, como me conmovisteis en el ofrecimiento para atender Vicariatos Apostólicos de la Amazonía del Perú; ése es el camino; no lo abandonéis nunca: el de la caridad; manteneos firmes en la caridad, en el buen ejemplo y en la luz y buen sabor de la caridad y de las obras de caridad. El Papa está con vosotros, con la diócesis de Valencia”.

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Redes sociales ¿eclesiales?

17.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Este mes de junio el Papa Francisco tiene como intención de oración que las redes sociales “favorezcan la solidaridad y el respeto del otro en sus diferencias”.

Cuando se habla de “redes sociales” muchos piensan en sociedades cibernéticas, tales como Facebook, Twitter, Instagram o Youtube, de las que hoy en día todos acabamos formando parte. En realidad, estas sociedades no son propiamente redes, sino programas o instrumentos al servicio de la red. ¿Qué es entonces una red? Sencillamente, un sistema de elementos interconectados. En este sentido podemos hablar de redes neurológicas. Cuando al término red se le añade el adjetivo “social” estamos refiriéndonos a personas o instituciones relacionadas entre sí, poniendo a disposición de otros sus recursos, sus conocimientos, y también sus problemas o necesidades. Es una forma de trabajar socialmente.

Hoy en día es posible encontrar redes de personas con intereses comunes de tipo eclesial o religioso. Hablando de redes eclesiales, ¿es posible ir más allá de una simple relación entre personas con intereses religiosos comunes? ¿Sería posible un intercambio respetuoso a propósito de determinados temas que siempre reaparecen? ¿O para discutir el programa pastoral de una parroquia o de una diócesis? ¿Y este intercambio de opiniones tendría alguna influencia real en la toma de decisiones? ¿Sería posible que estas redes eclesiales tuvieran influencia a la hora de buscar y nombrar determinados responsables? De hecho, en alguna ocasión se han utilizado para presionar o protestar a propósito de determinadas labores o cargos pastorales.

Me parece que no hemos pensado suficientemente de qué modo las llamadas redes podrían prestar un buen servicio en cuestiones religiosas y eclesiales. Ahí vamos muy atrasados. Donde sí hemos avanzado mucho y hemos sacado un real provecho es en el uso de internet, por medio de la difusión de noticias, reflexiones, meditaciones, comentarios bíblicos, homilías. Pero esto es otra cosa distinta de las redes. Las redes son intercomunicación. La difusión de homilías o meditaciones por internet es un modo de ampliar la difusión de textos de autor o de noticias.

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Aquarius, una llamada de Dios

13.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Aquarius: nombre de una frágil embarcación. A bordo 629 personas que huyen de la miseria, de la guerra, del hambre jugándose la vida en el mar. Italia: un país de gente buena, cuyo actual gobierno impide que las personas de esa nave desembarquen en tierra italiana. Con todo, ese gobierno, procura alimentos a la personas del Aquarius y pone a disposición de las mismas dos barcos más, que puedan trasladarlas a Valencia, después de que el presidente del gobierno español haya dispuesto que sean acogidos como refugiados. El sábado se les espera en el puerto de Valencia. Cruz Roja será la que, en principio, se ocupe de recibirlos. En el espacio que un día acogió la copa de América, el sábado se acogerá a los refugiados. Donde antes hubo boato y derroche, ahora habrá justicia y compasión.

¿Y después? Hay quién habla de improvisación. Pues sí, quizás haya improvisación. Porque la situación no ha sido prevista y porque ante una urgencia hay que improvisar. Vuelvo a preguntar: ¿qué pasa una vez que esas personas han llegado a Valencia? Ahí es dónde cobra todo su valor la decisión del Arzobispo de Valencia, el Cardenal Cañizares. La diócesis está desarrollando ya una gran labor social. En pisos de la diócesis hay acogidas familias necesitadas. Ahora, con la tragedia del Aquarius, el Arzobispo ha puesto todos los medios de los que dispone la diócesis, para que estas personas no sólo sean bien recibidas, sino bien mantenidas. Porque después de la recepción hay que vivir y hay que esperar. El Cardenal ha dicho que “en ellos vemos una llamada de Dios” para salvarlos.

Efectivamente: “tuve hambre, y me distéis de comer, estaba desnudo y me vestisteis”. Lo importante es dar de comer y vestir. Saber a quién se da de comer o a quién se viste también es importante. En eso la diócesis de Valencia está dando una gran lección: a Cristo mismo estamos dando de comer. Nadie se engaña, ni los creyentes ni los no creyentes: lo que mueve al Arzobispo de Valencia es el evangelio. ¿Es esto buenismo? A mí que me expliquen qué quieren decir con esta palabra. ¿Y los que no saben a quién dan de comer? Pues también se están encontrando con Cristo. Ahí es dónde el presidente del gobierno español está dando una lección: importa mucho acoger a Cristo, aunque a veces uno no se entere del todo de la identidad del acogido.

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Confianza: apoyo que nunca falla

09.06.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Confianza es valorar al otro, darle ánimos, comprenderle y ayudarle. Confianza es abrir puertas, no cortar las alas al otro, creyendo que será capaz de superar determinados límites o de alcanzar determinadas metas. Sin esta actitud de base no hay educación posible. La desconfianza de los padres en los hijos es uno de los principales obstáculos para la maduración del hijo. En este contexto, confianza es dar nuevas oportunidades; creer que, a pesar de todos los pasados, sigue habiendo nuevos futuros.

Confianza también es tener alguien en quién apoyarte, saber que hay una casa en la que siempre eres acogido, tener un lugar al que poder ir vengas de donde vengas. Entre los humanos, un buen ejemplo de este tipo de confianza es la madre. Pero incluso la madre a veces falla, tiene sus límites. Para los creyentes, hay una madre o, si se prefiere, un padre con entrañas maternales, que nunca falla y con el que siempre es posible volver a empezar. Es el buen Padre del cielo que, en Jesucristo, se nos ha revelado como perdón sin límites y amor incondicional. Solo en alguien así, alguien que sea Amor sin fisuras, es posible confiar plenamente.

Pero hay más, pues este padre con entrañas maternales, confía siempre en sus hijos, estén donde están y hayan hecho lo que hayan hecho. Incluso si tú no confías en él, Dios confía en ti. Cuando has perdido todas las confianzas humanas, alguien sigue creyendo en ti y te sigue esperando.

En el libro de los Salmos se puede leer: “mejor es refugiarse en el Señor, que confiar en los hombres”. Y añade: “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes”. Ese tipo de sentencias valen especialmente para los creyentes. Deberíamos meditarlas despacio los que decimos que este Señor del que hablan los salmos, o este Padre al que invocaba Jesús, es nuestro punto de referencia.

Cuando todos te han fallado, hay uno que no falla. Y cuando todos tus jefes, superiores, o educadores, han dejado de confiar en ti, hay uno que sigue confiando. Si esos jefes, superiores o educadores quieren parecerse a ese que también es su Señor y al que dicen representar, ahí tienen un camino que les vendría bien recorrer.

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Miércoles, 18 de julio

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