Levadura para pensar

Pascua, ¿alegría del mundo?

22.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“Con esta efusión de gozo pascual el mundo entero se desborda de alegría”, dicen los prefacios del tiempo de Pascua. La frase da para muchas reflexiones. Para empezar, es una frase dirigida a los creyentes, a los que participan en la celebración eucarística.  El mundo que debe desbordar de alegría es el mundo creyente, la asamblea de los fieles. Aún con esta restricción la frase necesita alguna explicación. Porque también los creyentes, a la salida de la celebración, nos encontramos con muchas cruces. Algunas afectan directamente a los que creen en el misterio pascual. Por ejemplo, el vergonzoso destrozo de las instalaciones del Colegio de los Hermanos de La Salle en Mérida (Venezuela), ocurrido este pasado jueves. Esos hermanos viven la alegría en el dolor.

La alegría es un don mesiánico, que Jesús promete a los suyos en un contexto humano de tristeza: “lloraréis y os lamentaréis, estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. Se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16,20-22). La alegría que Jesús promete es muy distinta de las alegrías que el mundo ofrece. Porque esta alegría no nace de la búsqueda egoísta del propio placer, sino de contemplar con gratitud y sin envidia el bien de los demás. Solo el que trabaja por el bien de los demás, trabaja por su propia felicidad. Algo de eso dice el poeta bengalí Rabindranath Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría”.

El anuncio de la Pascua debería despertar mucha alegría. Primero, porque en ella se recapitulan las mejores esperanzas de los humanos. Y luego porque la fe pascual nos empuja a “buscar los bienes de arriba, no los de la tierra”, tal como dice la carta a los Colosenses (3,1-2). Los bienes de arriba son bienes de este mundo. Un bien de arriba es dar de comer al hambriento. O consolar al triste. Cierto, en ocasiones el bien que hacemos no tiene reconocimiento. Pero eso no tiene que hundirnos. Amar gratuitamente es saber que los otros pueden decepcionarnos y entristecernos, pero nunca deprimirnos. Como dice un buen amigo: “Tenemos que aprender a sentirnos cómodos con nuestras incomodidades”.

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¿Vender la resurrección? ¡Creer en la resurrección!

19.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El año pasado publiqué un post titulado: “la resurrección, un producto mal vendido”. A mi entender, ese venderlo tan mal lo hacía todavía más creíble. Este año me parece importante insistir en que la resurrección de Cristo no es un milagro destinado a justificar la fe, sino un milagro objeto de fe. Quizás por eso no sea fácil “venderla”. Porque más que presentar pruebas, lo que hay que hacer es anunciarla como una gran esperanza. Quiénes acojan el anuncio comprenderán su sentido y su valor. Quienes no lo acojan seguirán “ciegos”, porque los ojos de la carne no pueden ver a Jesús resucitado. Solo pueden verlo “los ojos de la fe”.

La resurrección no es histórica en el mismo sentido en que lo es la muerte de Jesús, pero tiene repercusiones históricas. Algo extraordinario debió ocurrir para que se desencadenase la fe pascual. Y ese algo extraordinario es confesado como la resurrección de Jesús. Tomás de Aquino es bien consciente de las dificultades que se plantean para creer en la resurrección de Cristo. Eso hace que su fe sea más meritoria, más adulta y más madura. Pero también ofrece una serie de argumentos a favor de la resurrección. Refiriéndose a estos argumentos afirma: “aunque cada uno de los argumentos en particular no fuese suficiente para probar la resurrección de Cristo, sin embargo, tomados todos conjuntamente declaran de modo perfecto su resurrección, sobre todo por el testimonio de la Escritura, las palabras de los ángeles, y la afirmación de Cristo confirmada con milagros”.

Esta convergencia de probabilidades a la que se refiere Tomás de Aquino podría completarse con otros signos o huellas. Por ejemplo: las mujeres como primeros testigos, la tumba vacía, los encuentros “misteriosos” con los Apóstoles, su cambio radical y su compromiso después de Pascua, su martirio por defender esa verdad; y el nacimiento y vivo crecimiento de la Iglesia primitiva. La convergencia de tales signos hace posible presentar la resurrección como explicación plausible de ese “algo” extraordinario que desencadenó la fe pascual. Sin olvidar nunca lo que no estamos ante pruebas irrefutables, sino ante un anuncio creíble, que solo puede aceptarse con fe en el Dios vivo que interviene en la historia de Jesús.

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Resurrección: ¿final feliz? ¡Comienzo provocador!

15.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La resurrección de Jesús no es el final feliz de una historia. Con la resurrección todo continúa. O mejor, todo comienza de nuevo. Así se comprende que los apóstoles que “despiden” a Jesús de esta tierra, reciban este reproche: “¿qué hacéis ahí mirando al cielo?” (Hech 1,11). No hay nada que contemplar. Solo nubes. De lo que se trata es de volver a Jerusalén y comenzar la misión, anunciar que Jesús ha resucitado, que vive y permanece, por medio de su Espíritu, entre los suyos. No se trata solo de que su causa continúa. Precisamente porque está vivo puede ponerse al frente de la causa.

Un anuncio como este no debió resultar nada fácil. En el fondo era un anuncio peligroso. Resulta llamativo –y esta es una prueba muy directa de la importancia y seriedad del artículo de fe en la resurrección de Cristo- que los apóstoles hayan sido ridiculizados y perseguidos por anunciar esa fe. Pablo, hablando de la resurrección de Cristo ante el rey Agripa, fue brutalmente interrumpido por el gobernador Festo, que le dijo: “Estas loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hech 26,24). Predicando esta misma fe, “Pedro y los apóstoles” provocaron “la rabia” del Sanedrín, hasta el punto de que “trataban de matarlos” (Hech 5,27-33.40.41).

Jugarse la vida por algo, es prueba evidente de la importancia que tiene para uno. Y también es prueba de que una fe así no puede ser algo inocuo o privado. A este respecto sería bueno que los cristianos de hoy nos planteásemos la pregunta por la calidad de una fe en la resurrección que no transforme la vida y en la que la vida no esté en juego.

Este anuncio peligroso llena de esperanza la vida de los seguidores de Jesús. Una esperanza que nos moviliza, y nos hace tomar partido, el partido de la vida, el mismo que tomó Jesús a favor del bien y en contra del mal, a favor de los oprimidos y en contra de los opresores, a favor de los pobres y los humildes y en contra de los ponen su confianza en el dinero y su único objetivo es conseguir más del que ya tienen. Una esperanza que nos mueve a derribar barreras de muerte (las que se construyen entre Estados Unidos y México y las que se construyen en la frontera de Ceuta y Melilla) y levantar puentes de vida. La esperanza que despierta la resurrección de Jesús solo se mantiene en aquellos cuya vida está movida por el mismo Espíritu de Jesús.

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Matar el odio

11.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El cuarto evangelio pone en boca de Jesús estas acertadas palabras: “me han odiado sin motivo” (Jn 15,25). Jesús mismo, según este evangelio, explica la razón de este odio sin motivo: “haber hecho obras que no ha hecho ningún otro”. En efecto: cuando uno solo hace el bien, rechazarle parece el triunfo de la sin razón. El odio, como el amor, es ciego, pero de diferente manera: mientras el amor disculpa sin límites porque “no toma en cuenta el mal” (1 Cor 13,5), el odio, viendo las buenas obras, es incapaz de ver el más mínimo bien.

Si alguien tiene motivos para odiar es precisamente el que es odiado sin motivo. Pues bien, Jesús nunca devuelve mal por mal, al ser insultado no respondía con insultos, al padecer no amenazaba (1 Pe 2,22). Para que esto fuera posible “dio en sí mismo muerte al odio” (Ef 2,16). Solo así es posible parar el odio: cuando uno lo mata en sí mismo. O mejor aún, cuando uno no lo deja entrar en su vida. Para no dejarlo entrar, Jesús llevaba puesta la coraza del amor (cf. Ef 6,14-16). Como el odio no estaba en su vida, era imposible que odiase. De Jesús sólo sale amor.

Dar muerte al odio, llevar puesta la coraza del amor: evidentemente se trata de metáforas, pero son muy significativas, porque responden a una actitud determinante de la vida de Jesús. En él resplandecía el Amor del Padre que invadía su vida. Así se explica que en la muerte de Jesús resplandezca una gran luz, que contrasta todavía más frente a la gran oscuridad que envuelve a los que le matan. Este modo de morir tiene como resultado la paz, porque al no haber ningún asomo de odio, puede derribar todos los muros que separan a los pueblos (Ef 2,14).

Desgraciadamente, Jesús sigue siendo crucificado en tantas personas que llevan su imagen. ¿Cómo explicar a los crucificados de la tierra que solo si matan en sí mismos el odio será posible la paz? Más difícil aún: ¿cómo explicar a los crucificadores el sin motivo de lo que hacen? La pasión de Cristo continúa. Sospecho que continuará mientras haya seres humanos sobre la tierra. La cuestión entonces es: ¿de qué lado me pongo yo?, ¿con quién quiero identificarme, con los que odian sin motivo o con los que matan en sí mismos el odio?

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¿Estatuto canónico para los seguidores de Lefebvre?

08.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Hay gestos, por parte de la Santa Sede, que parecen anunciar la concesión de un estatuto canónico dentro de la Iglesia para los seguidores de Monseñor Lefebvre. Durante el año de la misericordia se concedió a los sacerdotes de la fraternidad san Pío X poder celebrar válida y lícitamente el sacramento de la reconciliación. Hace pocos días el Papa Francisco ha abierto la posibilidad de que estos sacerdotes puedan presidir el matrimonio de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad. Para ser exactos estas concesiones se hacen a aquellos que reconocen a Bernard Fellay como su superior. Otros grupos, sobre todo los que siguen a Richard Williamson, siguen al margen de la gran Iglesia y son manifestación de la división que hay entre los seguidores de Lefebre.

El Papa es coherente con su política “incluyente”: en la Iglesia hay sitio para todos. Para todos los que están dispuestos a respetar y reconocer las legítimas diferencias, carismas y modalidades de seguir a Cristo y de vivir eclesialmente. Por parte de los seguidores de Fellay, el hecho de acoger favorablemente estas concesiones implica, al menos implícitamente, el reconocimiento y la autoridad del Obispo de Roma.

Uno de los más serios problemas que plantea la integración y reconocimiento eclesial de los lefebrvrianos es la aceptación del Concilio Vaticano II. Parece que Monseñor Fellay estaría dispuesto a reconocer que el Concilio Vaticano II debe entenderse en el contexto de la gran tradición de la Iglesia. Se trata de un reconocimiento muy genérico y global, porque el problema no es el principio sino las aplicaciones y repercusiones concretas. Siempre se puede decir que en las aplicaciones, repercusiones y lecturas doctrinales ha habido y hay en la Iglesia un pluralismo de facto, reconocido por el mismo Magisterio.

La visión de los lefebrianos no es muy distinta de la que tienen otros grupos católicos que nunca han roto con Roma y siempre se han declarado “mas católicos que ninguno”. Las críticas que, por parte de los representantes de estos grupos, está recibiendo el Papa Francisco no son muy distintas de las que recibe por parte de monseñor Fellay y los que se sitúan a su lado.

Si estos gestos terminan en la creación de una prelatura personal o un ordinariato, se supone que el Ordinario de tal estructura jurídica tendrá que ser nombrado por la Santa Sede o, al menos, si hay derecho de propuesta, ser aceptado por la Santa Sede. Ahí es donde, poco a poco, la Sede de Roma podrá modular las actitudes del grupo, ir poco a poco encauzando sus posturas y controlar sus movimientos. Quizás esta aprobación, si se da, sorprenda a muchos, pero es posible que tenga efectos positivos, aunque sean retardados.

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Getsemaní: tentación y transfiguración

06.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El relato de las tentaciones de Jesús y el de su transfiguración no hay que entenderlos como dos momentos puntuales en la vida de Jesús, sino como dos experiencias que le acompañaron a lo largo de toda su vida. Las tentaciones encuentran su momento culminante en la cruz: “que baje ahora de la cruz, y creeremos en él; ¿no decía que era Hijo de Dios? Pues que lo salve Dios, si tanto lo quiere”. Y la transfiguración alcanza su momento cumbre en la resurrección.

A lo largo de su vida Jesús tuvo que afrontar una seria tentación, que afectaba al meollo mismo de su mesianismo: ¿cómo realizar la misión mesiánica, por medio del poder, del prestigio y de la ostentación, como propone el tentador; o por medio del amor, más acorde con la voluntad de Dios? El primer camino es muy eficaz, pero no conforme con los caminos de Dios. El segundo, el del amor desarmado, corre el riesgo de que la misión fracase. Jesús escoge el camino de Dios, aún a riesgo de acabar crucificado. También a lo largo de su vida, Jesús tuvo momentos de transfiguración. Cuando oraba sentía la cercanía y el consuelo de Dios. En muchas ocasiones comprobó la fuerza sanadora de su palabra, la alegría que producía su predicación, o tuvo intensa experiencia del Espíritu que le habitaba.

El momento de la tentación y el de la transfiguración se encuentran unidos en la dramática oración en el huerto de Getsemaní. En este momento de debilidad física y psicológica, en este momento de angustia suprema: “Padre, aparta de mi este cáliz”; cuando el tentador lo tenía más fácil para vencer, Jesús se apoya con más fuerza que nunca en Dios: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces aparece la transfiguración: “se le apareció un ángel del cielo que le confortaba”. Un ángel, signo de la presencia de Dios en la vida de una persona. Dios se hizo presente a Jesús. ¿Cómo? Eso no lo dice el evangelista. Lo que dice es que experimentó el consuelo, la fuerza, la cercanía, el amor de Dios en aquel dramático momento. La tentación se convierte en transfiguración.

Jesús, en eso y en todo, nos precede. También nosotros, los cristianos, tenemos en nuestra vida momentos de fuerte tentación. Y momentos de transfiguración, momentos en los que la cercanía de Dios se hace más palpable. Esos últimos no son para quedarnos en ellos (como pretendían los discípulos que acompañaban a Jesús en el relato de la transfiguración), sino para guardarlos y dar testimonio en el momento oportuno. La montaña de la transfiguración debe dejarse, bajar al día a día de la vida. Y en la batalla diaria y en la tentación, recordar que Dios nunca abandona a los que le son fieles.

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El malentendido forma parte de la vida de Jesús

02.04.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Los evangelistas relatan la vida de Jesús con los ojos de la fe, desde el presupuesto de que Dios lo ha resucitado y está vivo para siempre. La interpretación de Jesús como “Señor”, Mesías y enviado del Padre, no es arbitraria. El Jesús histórico se prestaba a esa interpretación. Pero esta interpretación no era evidente ni la única posible. Jesús fue un personaje complejo y problemático, y su vida se prestaba a distintas interpretaciones: mientras unos decían que actuaba movido por el poder de Satanás, otros decían que era el poder de Dios el que le conducía.

Lo que dicen de Jesús sus enemigos tiene un interés enorme para la fe, pues confirma como en negativo el “dato real” que hay detrás de la interpretación creyente. Dicho de otra manera, la ambigüedad, el malentendido forma parte de la historia de Jesús. La lectura que de la vida de Jesús hacen sus enemigos no es resultado de su mala voluntad. Probablemente tenían serios motivos para considerarlo un impostor. Un ejemplo muy llamativo lo tenemos en el primero de los evangelios. Marcos (3,21-22) coloca en una misma escena la impresión que Jesús causaba no solo entre sus enemigos, sino incluso entre sus parientes más cercanos. Unos y otros ofrecen una misma lectura negativa: mientras sus parientes (¡su madre y sus hermanos!) decían que estaba loco, los escribas decían que estaba poseído por el demonio. Estas cosas no se dicen de cualquiera, de alguien que resulta indiferente, o que no llama la atención.

Es igualmente llamativo que Jesús fuera crucificado entre dos “malhechores”. Es preferible esta traducción  a la de “ladrones”, puesto que no se trataba de criminales corrientes, sino de hombres que se habían alzado contra el poder de Roma. También Barrabás era uno de esos malhechores. Y entre su círculo más cercano estaba un tal Simón “el zelota”. Algo había en Jesús que permitía interpretarlo como un peligro para el poder imperial. Un poeta que canta la belleza de los lirios del campo o de los pájaros del cielo no termina de esta manera.

Algunas pretensiones de Jesús dan mucho que pensar: se atribuye el poder de perdonar pecados y, sobre todo, se iguala a Dios mismo. Sus amigos vieron ahí un signo de su “autoridad”. Pero lo que unos interpretaban como autoridad, podía también interpretase como presunción, atrevimiento, irresponsabilidad u osadía. Pero, ¿quién se ha creído que es, cómo se atreve?, pensaban sus enemigos (cf. Mc 14,60-64). En suma, si la misma vida de Jesús se prestaba a interpretaciones tan distintas era porque “algo” había que hacía posible estas llamativas interpretaciones. De ahí que la interpretación de sus enemigos resulta sumamente interesante para la fe cristiana, porque confirma el dato histórico y real en el que se basaron sus amigos para interpretar que en Jesús quién actuaba realmente era Dios mismo.

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La emigración ya no es pacífica

28.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Hoy muchas personas se ven obligadas a dejar su tierra, bien porque en su tierra no hay pan, o porque no hay libertad. En suma, porque en la tierra en la que están no se puede vivir: hay guerra, hambre, opresión, catástrofes. Y esta gente que deja su tierra no es bien recibida en casi ningún otro lugar. La emigración ha dejado de ser pacífica. Los cristianos también miramos a los inmigrantes con recelo. Ya no vemos en la emigración un signo de las llamadas de Dios, el signo de un Dios que nos invita a todos a dejar la tierra para ir a otra tierra. Una viñeta de Agustín de la Torre lo expresa con realismo y crueldad. Un grupo de emigrantes están frente a las vallas de alambre que les impedirán entrar en Europa, y se dicen ingenuamente unos a otros: “tenemos mucha suerte, porque vamos a llegar a países cristianos, en el año de la misericordia”. El año de la misericordia ha sido el año en el que mayor número de personas han encontrado en el mar mediterráneo su propia tumba.

No cabe duda de que lo anterior es ideología, o sea, un conjunto de ideas que deberían encontrarse en todo ser humano y, por supuesto, en todo religioso, que tenga un mínimo de dignidad. Cierto, con las ideologías no se arreglan los problemas. Pero ellas orientan hacia un tipo de soluciones. Las soluciones tienen que ser políticas, o sea, ser reguladas por los responsables del bien de la sociedad. Lo malo es que hoy prevalece la ideología contraria, que nos conduce a adoptar políticas inhumanas y egoístas. La ideología que hoy prevalece es la del “no tuísmo” (non-tuism es una expresión del economista británico Philip H. Wicksteed que he aprendido de Bernardo Pérez Andreo). No tuísmo es el egoísmo. Tuísmo sería el amor al prójimo. Pero el no tuísmo es más que egoísmo: es negación del otro. El otro ha dejado de importar.

Esto va contra la naturaleza y contra la imagen de Dios con la que está marcado constitutivamente el ser humano. Porque lo natural  y lo normal es amar, acoger, respetar. Lo normal es que si tú tienes comida y el otro no tiene, repartas tu comida con el otro. Pero la ideología predominante dice que es preferible que la comida que a ti te sobra se pudra antes de repartirla con el necesitado. Y así nos va. Y ahí está la raíz del terrorismo, de las guerras, de las enemistades entre los pueblos, de las desconfianzas mutuas. Esta ideología del “no tuísmo” termina siendo no solo la negación del otro, sino un peligro de muerte para el que la práctica. Si no nos alejamos de ella vamos hacia el abismo.

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¡Sal de tu tierra!

24.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La emigración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Es incluso el motor del progreso y de la evolución. La aparición del homo sapiens ha sido posible gracias a sucesivas oleadas de inmigrantes africanos, la última y más decisiva hace cien mil años. No hace falta remontarse tan atrás. A principios del siglo XX muchos europeos emigraron pacíficamente a distintos países de América; y hacia la mitad de este pasado siglo XX muchos portugueses, españoles e italianos emigraron a Suiza o Alemania. Ellos aportaron trabajo y progreso. Y fueron muy bien recibidos.

En lo que se refiere a América latina, desde hace unos años asistimos al fenómeno inverso: son los de allí los que vuelven a España, aunque cada vez encuentran más dificultades para que les dejen entrar. Porque en vez de ver en ellos a nuestros propios abuelos, vemos a unos supuestos adversarios que vienen a quitarnos lo que pensamos que es nuestro, y en realidad también  es de ellos. Porque la tierra es de todos. Un cristiano debe tener claro que Dios ha dado la tierra para el disfrute de todos los seres humanos, no una parte a unos y otra parte a otros, sino toda la tierra a todos y cada uno: “del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 23,1). Eso de que la tierra es de todos lo pensaron los colonizadores europeos del siglo XIX, aunque en realidad actuaban como si la tierra fuera de quien la conquista a base de fuerza. Hoy los europeos piensan que Europa es solo de los europeos. Y actúan en consecuencia.

La emigración, además de ser un fenómeno consustancial a lo humano, es también el lugar dónde se revela Dios. Por eso, la emigración forma parte de la historia de la salvación. Esta historia comienza cuando Yahvé ordena a Abraham que salga de su tierra y se dirija a un tierra distinta que él mismo le mostrará (Gen 12,1). Y Abraham salió “sin saber a dónde iba” (Heb 11,8), pero convencido de que fuera donde fuera, si estaba con Dios, allí estaría en su casa, porque toda la tierra es casa de Dios. Los descendientes de Abraham se vieron obligados de nuevo a emigrar,  porque la tierra en la que estaban no daba suficiente pan. Y fueron a Egipto. Allí había pan, pero no libertad. De nuevo Yahvé se compadeció del débil y del oprimido y sacó a su pueblo de aquella tierra de esclavitud.

No es extraño que a lo largo del Antiguo Testamento se le recuerde a Israel algo que no debe olvidar: “recuerda que tú también fuiste extranjero”. ¿La razón de este recordatorio? Tienes que tratar bien al extranjero, tienes que ser para él lo mismo que Yahvé ha sido para ti: “al forastero que reside entre vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pue­blo y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto” (Lv 19, 34). O sea, ama al inmigrante, porque es como tú. El extranjero es como si fuera de tu pueblo. Porque tu pueblo, también es suyo (continuará).

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Mística de ojos abiertos

20.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

A veces se piensa que la mística es una fenómeno extraño, extraordinario, y reservado a unos cuantos elegidos. En realidad, la palabra mística hace referencia al misterio por excelencia, a Dios. La mística, bien entendida, es una experiencia de fe, un desarrollo de la fe. Y la fe es un encuentro de la persona con el Dios vivo que nos sale al encuentro.

Ahora bien, en las condiciones de este mundo todo encuentro con Dios está mediatizado. No hay encuentro inmediato del hombre con Dios. Todo encuentro se realiza a través de mediaciones. De ahí la gran importancia que, en la teología y en la espiritualidad católicas, tienen los sacramentos, porque ellos son unas mediaciones privilegiadas para encontrar a Dios. Los sacramentos no se limitan a los clásicos “siete” signos de los que hablan los catecismos (el primero bautismo y el último extremaunción). El sacramento por excelencia de la presencia de Dios en nuestro mundo es el prójimo, ya que cada vez que hacemos el bien a un hermano, en su situación de pobreza o enfermedad, con quién nos estamos encontrando es con Dios mismo.

Se comprende así que un teólogo como J.B. Metz haya hablado de una “mística de ojos abiertos”. Puede parecer una contradicción, porque lo que sugiere la mística es la oscuridad, el no ver, la noche oscura del alma. Y, sin embargo, la fe tiene no solo su momento de oscuridad, sino también su momento de luz. De ahí que la mística, que es una forma de vivir la fe, tenga también su luz, no una luz que ciega (como sería la visión directa de Dios), sino una luz que permite ver con más profundidad. La mística de ojos abiertos mira la realidad y, sobre todo al ser humano, con la mirada de Dios, desde la libertad de los hijos. De ahí que descubre en todo la presencia de Dios.

Por eso, la mística, lejos de apartarnos del mundo, nos compromete aún más en la construcción de un mundo más justo y más humano. Si la mística nos separa del hermano, es una falsa mística. Si nos acerca al hermano, para ayudarle en su pobreza y en su necesidad, es una buena mística. Por eso, místicos somos todos los cristianos, siempre que nos abramos a la acción del Espíritu Santo. Esta apertura a Dios, por su Espíritu, necesariamente nos abre al hermano.

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San José, ¡de tapadera, nada!

15.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Dios dirige la historia. Para ello se sirve de personas elegidas. Cada vez que hay un acontecimiento importante en la historia de la salvación, allí aparece una mujer o un varón como mediadores de la obra de Dios o transmisores de su voluntad. El acontecimiento más importante de la historia de la salvación es el nacimiento del Hijo de Dios. Para hacerse hombre, Dios necesitaba de una familia. El nombre de José está indisociablemente ligado al misterio de Jesús. Y si el ángel es un signo de que Dios se hace presente en la vida de una persona para comunicarle alguno de sus designios o para cuidarle en una situación de necesidad, Dios mismo se hizo presente a José, por medio de su ángel. Según el evangelio de Mateo a quién primero se le revela el misterio que alberga el vientre de su esposa, es a José (Mt 1,20).

Como suele suceder con todas aquellas personas a las que se les encomiendan misiones importantes, José es un hombre discreto. Su presencia es silenciosa. En la relación de José con Jesús, cabría aplicar al primero estas palabras: “es preciso que él (o sea, Jesús) crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). José (lo mismo que su esposa) no se entiende en función de sí mismo,  sino al servicio de Jesús y de su misterio. Saber estar en función  de otro no es fácil, pero es uno de los modos más bellos de amar. El silencio de José (lo escribí en otro post), no tiene nada de ingenuo. Es el silencio del que escucha atentamente para así poder servir mejor.

José, cabeza de familia, pone nombre al niño (Mt 1,21). Los nombres (más para los antiguos que para los modernos) denotan una identidad. El nombre de Jesús significa “Dios salva”. Además de señalar la identidad del niño, José hace algo más: entronca a su hijo con el linaje de David (Rm 1,3), haciendo así posible un elemento fundamental del mesianismo de Jesús y el cumplimiento de las profecías. La necesidad de José es estrictamente teológica (tal como señalé en otro post). No hay necesidad mayor. Etimológicamente el nombre de José proviene del verbo hebreo “añadir”.  En nuestro caso, no es un añadido “desde fuera”, como una especie de tapadera prescindible, sino un añadido necesario para entender el mesianismo de Jesús.

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Conversión, ¿cuestión ética o teologal?

11.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Conversión es una palabra propia del tiempo de cuaresma. En realidad es una actitud permanente de toda la vida cristiana. La conversión no es tanto un asunto ético, un cumplir una serie de preceptos, cuanto un asunto teologal, un poner mi vida en la dirección correcta. Convertirme es dar la espalda a lo que me separa de Dios y ponerme de cara a Dios, acogiendo su Palabra y buscando cumplir su voluntad. Convertirse y ponerse en camino de salvación son las dos caras de la misma moneda. “Convertíos y creed en el evangelio” son las primeras palabras que pronuncia Jesús, según el más antiguo de los evangelios. Convertíos para disponeros a acoger la buena noticia de la salvación.

La conversión supone un doble movimiento: 1) dejar de lado lo que no me conviene, lo que me perjudica, lo que me hace daño; 2) para buscar y acoger lo que me perfecciona, lo que es bueno para mi.  Al convertirme me humanizo, me alejo de lo que me degrada, y me oriento a lo que me llena de vida y felicidad. En el seguimiento de Cristo, Hombre perfecto y perfección de lo humano, caminamos hacia la salvación, hacia lo que llena la vida de sentido, hacia la realización de los anhelos más profundos del corazón.

A veces, cuando se habla de convertidos y conversos se piensa en cambios radicales, en personas que han cambiado de religión o han abandonado el ateísmo. Pero en la conversión no se trata principalmente de cambios extraordinarios ni de momentos puntuales, sino de orientar la vida, en todo momento y ocasión, por los caminos del Evangelio. Tampoco hay que confundir conversión con fanatismo. El fanatismo es cuestión de carácter o de lavado de cerebro. El convertido es más bien un apasionado, con la pasión del enamorado, que puede decir tranquilamente donde ha encontrado la vida, y hacerlo respetando y comprendiendo las posiciones u opiniones ajenas.

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