Levadura para pensar

¡Sal de tu tierra!

24.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La emigración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Es incluso el motor del progreso y de la evolución. La aparición del homo sapiens ha sido posible gracias a sucesivas oleadas de inmigrantes africanos, la última y más decisiva hace cien mil años. No hace falta remontarse tan atrás. A principios del siglo XX muchos europeos emigraron pacíficamente a distintos países de América; y hacia la mitad de este pasado siglo XX muchos portugueses, españoles e italianos emigraron a Suiza o Alemania. Ellos aportaron trabajo y progreso. Y fueron muy bien recibidos.

En lo que se refiere a América latina, desde hace unos años asistimos al fenómeno inverso: son los de allí los que vuelven a España, aunque cada vez encuentran más dificultades para que les dejen entrar. Porque en vez de ver en ellos a nuestros propios abuelos, vemos a unos supuestos adversarios que vienen a quitarnos lo que pensamos que es nuestro, y en realidad también  es de ellos. Porque la tierra es de todos. Un cristiano debe tener claro que Dios ha dado la tierra para el disfrute de todos los seres humanos, no una parte a unos y otra parte a otros, sino toda la tierra a todos y cada uno: “del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes” (Sal 23,1). Eso de que la tierra es de todos lo pensaron los colonizadores europeos del siglo XIX, aunque en realidad actuaban como si la tierra fuera de quien la conquista a base de fuerza. Hoy los europeos piensan que Europa es solo de los europeos. Y actúan en consecuencia.

La emigración, además de ser un fenómeno consustancial a lo humano, es también el lugar dónde se revela Dios. Por eso, la emigración forma parte de la historia de la salvación. Esta historia comienza cuando Yahvé ordena a Abraham que salga de su tierra y se dirija a un tierra distinta que él mismo le mostrará (Gen 12,1). Y Abraham salió “sin saber a dónde iba” (Heb 11,8), pero convencido de que fuera donde fuera, si estaba con Dios, allí estaría en su casa, porque toda la tierra es casa de Dios. Los descendientes de Abraham se vieron obligados de nuevo a emigrar,  porque la tierra en la que estaban no daba suficiente pan. Y fueron a Egipto. Allí había pan, pero no libertad. De nuevo Yahvé se compadeció del débil y del oprimido y sacó a su pueblo de aquella tierra de esclavitud.

No es extraño que a lo largo del Antiguo Testamento se le recuerde a Israel algo que no debe olvidar: “recuerda que tú también fuiste extranjero”. ¿La razón de este recordatorio? Tienes que tratar bien al extranjero, tienes que ser para él lo mismo que Yahvé ha sido para ti: “al forastero que reside entre vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pue­blo y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto” (Lv 19, 34). O sea, ama al inmigrante, porque es como tú. El extranjero es como si fuera de tu pueblo. Porque tu pueblo, también es suyo (continuará).

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Mística de ojos abiertos

20.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

A veces se piensa que la mística es una fenómeno extraño, extraordinario, y reservado a unos cuantos elegidos. En realidad, la palabra mística hace referencia al misterio por excelencia, a Dios. La mística, bien entendida, es una experiencia de fe, un desarrollo de la fe. Y la fe es un encuentro de la persona con el Dios vivo que nos sale al encuentro.

Ahora bien, en las condiciones de este mundo todo encuentro con Dios está mediatizado. No hay encuentro inmediato del hombre con Dios. Todo encuentro se realiza a través de mediaciones. De ahí la gran importancia que, en la teología y en la espiritualidad católicas, tienen los sacramentos, porque ellos son unas mediaciones privilegiadas para encontrar a Dios. Los sacramentos no se limitan a los clásicos “siete” signos de los que hablan los catecismos (el primero bautismo y el último extremaunción). El sacramento por excelencia de la presencia de Dios en nuestro mundo es el prójimo, ya que cada vez que hacemos el bien a un hermano, en su situación de pobreza o enfermedad, con quién nos estamos encontrando es con Dios mismo.

Se comprende así que un teólogo como J.B. Metz haya hablado de una “mística de ojos abiertos”. Puede parecer una contradicción, porque lo que sugiere la mística es la oscuridad, el no ver, la noche oscura del alma. Y, sin embargo, la fe tiene no solo su momento de oscuridad, sino también su momento de luz. De ahí que la mística, que es una forma de vivir la fe, tenga también su luz, no una luz que ciega (como sería la visión directa de Dios), sino una luz que permite ver con más profundidad. La mística de ojos abiertos mira la realidad y, sobre todo al ser humano, con la mirada de Dios, desde la libertad de los hijos. De ahí que descubre en todo la presencia de Dios.

Por eso, la mística, lejos de apartarnos del mundo, nos compromete aún más en la construcción de un mundo más justo y más humano. Si la mística nos separa del hermano, es una falsa mística. Si nos acerca al hermano, para ayudarle en su pobreza y en su necesidad, es una buena mística. Por eso, místicos somos todos los cristianos, siempre que nos abramos a la acción del Espíritu Santo. Esta apertura a Dios, por su Espíritu, necesariamente nos abre al hermano.

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San José, ¡de tapadera, nada!

15.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Dios dirige la historia. Para ello se sirve de personas elegidas. Cada vez que hay un acontecimiento importante en la historia de la salvación, allí aparece una mujer o un varón como mediadores de la obra de Dios o transmisores de su voluntad. El acontecimiento más importante de la historia de la salvación es el nacimiento del Hijo de Dios. Para hacerse hombre, Dios necesitaba de una familia. El nombre de José está indisociablemente ligado al misterio de Jesús. Y si el ángel es un signo de que Dios se hace presente en la vida de una persona para comunicarle alguno de sus designios o para cuidarle en una situación de necesidad, Dios mismo se hizo presente a José, por medio de su ángel. Según el evangelio de Mateo a quién primero se le revela el misterio que alberga el vientre de su esposa, es a José (Mt 1,20).

Como suele suceder con todas aquellas personas a las que se les encomiendan misiones importantes, José es un hombre discreto. Su presencia es silenciosa. En la relación de José con Jesús, cabría aplicar al primero estas palabras: “es preciso que él (o sea, Jesús) crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). José (lo mismo que su esposa) no se entiende en función de sí mismo,  sino al servicio de Jesús y de su misterio. Saber estar en función  de otro no es fácil, pero es uno de los modos más bellos de amar. El silencio de José (lo escribí en otro post), no tiene nada de ingenuo. Es el silencio del que escucha atentamente para así poder servir mejor.

José, cabeza de familia, pone nombre al niño (Mt 1,21). Los nombres (más para los antiguos que para los modernos) denotan una identidad. El nombre de Jesús significa “Dios salva”. Además de señalar la identidad del niño, José hace algo más: entronca a su hijo con el linaje de David (Rm 1,3), haciendo así posible un elemento fundamental del mesianismo de Jesús y el cumplimiento de las profecías. La necesidad de José es estrictamente teológica (tal como señalé en otro post). No hay necesidad mayor. Etimológicamente el nombre de José proviene del verbo hebreo “añadir”.  En nuestro caso, no es un añadido “desde fuera”, como una especie de tapadera prescindible, sino un añadido necesario para entender el mesianismo de Jesús.

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Conversión, ¿cuestión ética o teologal?

11.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Conversión es una palabra propia del tiempo de cuaresma. En realidad es una actitud permanente de toda la vida cristiana. La conversión no es tanto un asunto ético, un cumplir una serie de preceptos, cuanto un asunto teologal, un poner mi vida en la dirección correcta. Convertirme es dar la espalda a lo que me separa de Dios y ponerme de cara a Dios, acogiendo su Palabra y buscando cumplir su voluntad. Convertirse y ponerse en camino de salvación son las dos caras de la misma moneda. “Convertíos y creed en el evangelio” son las primeras palabras que pronuncia Jesús, según el más antiguo de los evangelios. Convertíos para disponeros a acoger la buena noticia de la salvación.

La conversión supone un doble movimiento: 1) dejar de lado lo que no me conviene, lo que me perjudica, lo que me hace daño; 2) para buscar y acoger lo que me perfecciona, lo que es bueno para mi.  Al convertirme me humanizo, me alejo de lo que me degrada, y me oriento a lo que me llena de vida y felicidad. En el seguimiento de Cristo, Hombre perfecto y perfección de lo humano, caminamos hacia la salvación, hacia lo que llena la vida de sentido, hacia la realización de los anhelos más profundos del corazón.

A veces, cuando se habla de convertidos y conversos se piensa en cambios radicales, en personas que han cambiado de religión o han abandonado el ateísmo. Pero en la conversión no se trata principalmente de cambios extraordinarios ni de momentos puntuales, sino de orientar la vida, en todo momento y ocasión, por los caminos del Evangelio. Tampoco hay que confundir conversión con fanatismo. El fanatismo es cuestión de carácter o de lavado de cerebro. El convertido es más bien un apasionado, con la pasión del enamorado, que puede decir tranquilamente donde ha encontrado la vida, y hacerlo respetando y comprendiendo las posiciones u opiniones ajenas.

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Conócete a ti mismo

05.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

En el frontispicio del templo de Delfos se encuentra esta inscripción: “conócete a ti mismo”. Con este adagio “pagano” comienza la encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II. La idea está insinuada en 2 Cor 13,5. Conocerse a sí mismo no es nada fácil. Es la tarea de toda una vida. Nos vamos conociendo, consciente o inconscientemente, a medida que crecemos. Este conocimiento es fuente de sentido y motivo de tristeza o de esperanza: si me conozco como “ser para la muerte”, o como alguien no querido, mi vida estará envuelta en la oscuridad. Si me conozco como alguien destinado a la vida, o como alguien amado, espontáneamente brotará la alegría. Conocerse a sí mismo es conocer la verdad sobre uno mismo. Y la verdad es lo que todos buscamos, lo que más necesitamos, lo que nos pacifica y serena.

Pascal, famoso pensador francés, decía que conocerse es saber que uno es miserable. Solo el ser humano puede saber que es miserable; el árbol no sabe de su miseria. Ahora bien, este conocimiento no nos hunde; al contrario, nos enaltece. No saber de nuestra miseria nos encierra en nosotros mismos. Saber de nuestra limitación y de nuestra miseria nos abre más allá de nosotros mismos, nos descubre que más allá de nuestra limitada realidad puede haber remedios para nuestra miseria. Solo si nos conocemos bien podemos abrirnos a la fe cristiana. La fe presupone una determinada antropología: la del “yo poroso” que se contrapone al “yo impermeabilizado” (Charles Taylor), la de la persona abierta, atenta al más allá de sí mismo.

Según Pascal el ser humano solo se conoce de verdad en Cristo, pues solo con Cristo sabemos lo que es nuestra vida, nuestra muerte, lo que somos nosotros. Posteriormente el Vaticano II dirá que el misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio de Cristo. Teresa de Jesús dijo en sus Moradas que era una gran “lástima y confusión no entendernos a nosotros mismos”, para añadir: “es cosa importante conocernos… A mi parecer, jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios”. Efectivamente, conocer al Dios de Jesucristo es conocer de dónde venimos, a dónde vamos, cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte; y conocer además que estamos destinados a la felicidad, pues Dios quiere para todos y cada uno un presente y un futuro lleno de vida. Es también saber que somos hijos de Dios y que tal filiación se traduce concretamente en fraternidad humana.

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Post-verdad, nuevo nombre de la mentira

01.03.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Últimamente se ha puesto de moda el término post-verdad, entronizado como palabra del año por el “Diccionario de Oxford”. ¿Qué se quiere decir con este neologismo? Todas las explicaciones apuntan hacia la relevancia de las emociones. Se vota más con las vísceras y por intuición que por la lógica y la búsqueda de buenas razones. Y así se explican algunos resultados (presidencia de Estados Unidos, salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, etc.).

Literalmente “post-verdad” indica que estamos más allá de la verdad, que la verdad está superada, es algo pasado, algo que no importa. No importa conocer la realidad y actuar en función de la misma, sino que importa imbuir una serie de sentimientos en las personas para que actúen en función de los ocultos intereses del manipulador. Si esto es así, corremos el riesgo de que nuestras decisiones estén guiadas por la mentira. Si “lo no real” es la norma, o si solo importan los intereses (sobre todo económicos), entonces necesariamente estamos abocados a la nada, al caos, al descontrol, a la catástrofe. Y eso vale en todos los ámbitos: políticos, religiosos, morales, científicos.

El cristiano, precisamente porque cree en un Dios, que es Verdad, sabe que este mundo está bien fundamentado y es inteligible, tiene una orientación y una meta buena. La verdad nos precede. Contra ella nada pueden los violentos o los poderosos que desprecian al pobre y al humilde. Como bien dice bien González de Cardedal, “la verdad es el amparo de los humildes, el único refugio frente a la insolencia de los poderosos que desde el poder deciden la verdad”. O mejor: deciden la post-verdad. Porque la verdad no la decide ningún poder (religioso, civil o militar). Se impone por sí misma, porque siempre está llena de luz. La luz y la verdad son correlativas (cf. Jn 3,21).

Veritas es un lema propio de los dominicos. Ellas y ellos se consideran predicadores de la verdad. La apariencia de la post-verdad nos hace caer en la cuenta de que para ser predicador de la verdad hace falta estar bien informado, ser lúcido, estar atento, ser perspicaz, dedicar muchas horas al diálogo, al estudio y a la reflexión. Predicar la verdad ni se improvisa ni es solo asunto de buena voluntad. “La verdad os hará libres”, dijo Jesús. Libres y valientes. Valientes e invencibles.

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La voz de Dios en los signos de los tiempos

26.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Dios actúa siempre por medio de la libertad de cada uno y habla en lo que el Concilio Vaticano II calificó de signos de los tiempos. Ya Jesús invitaba a sus oyentes a discernir las señales de los tiempos (Mt 16,3) en las que resuena la voz de Dios. Cada uno puede considerar como signos para él aquellos acontecimientos significativos para su vida. Y la Iglesia puede considerar signos de los tiempos aquellos acontecimientos que a todos nos interpelan y plantean una pregunta. ¿No es un signo de los tiempos la mundialización de las comunicaciones a través de internet, o la violencia religiosa, o las nuevas pobrezas, o los inmigrantes muertos en el mar Mediterráneo? Ahí nos está hablando Dios. La cuestión es cómo respondemos nosotros, cómo usamos internet, qué postura tomamos ante la violencia o cómo acogemos a pobres e inmigrantes.

Es importante estar atentos a los signos de los tiempos para descubrir la voluntad de Dios sobre uno mismo, sobre la sociedad y sobre la Iglesia. El Papa Francisco nos invita a ello. Y propone a las cristianas que parecerían más alejadas de la realidad, las monjas contemplativas, como las que saben “comprender la importancia de las cosas… porque contemplan el mundo y las personas con la mirada de Dios, allí donde por el contrario, los demás tienen ojos y no ven (Sal 115,5; 135,16; cf Jr 5,21), porque miran con los ojos de la carne” (Vultum Dei quaerere, 10). Y, de forma más genérica, dirigiéndose a todos los cristianos, dice el Papa: es sano prestar atención a la realidad concreta, porque “las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos de la historia” (Amoris Laetitia, 31).

Dios, en este mundo y en su historia, no actúa ni directa, ni automática, ni mágica, ni espontáneamente. Actúa respetando el modo de ser de la realidad y de las personas. Si actuase directamente dejaría de ser trascendente y se convertiría en una causa mundana, en un elemento de este mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica (números 308 y 306) reconoce que “Dios es la causa primera que opera en y por las causas segundas… Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio”.

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¿De qué manera "Dios llama"?

23.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Cuando alguien se decide a entrar en un noviciado o en un seminario es frecuente decir que “Dios le ha llamado para ser religioso o para ser sacerdote”. Por este motivo se suele hablar de “vocaciones” a la vida religiosa o a la vida sacerdotal. Vocación precisamente significa llamada. Hablando de llamadas el Papa Francisco ha recordado que el matrimonio también es una vocación, una llamada de Dios. Eso sin olvidar que hay otro tipo de estados de vida o de misiones apostólicas que también pueden calificarse de vocaciones y atribuirse a una llamada de Dios: ser misionero laico, ser catequista, quedarse soltero, mantenerse viudo, dedicarse a obras de caridad.

Son muchas las posibles tareas y maneras de vivir que pueden ser llamadas de Dios.  Surge entonces la pregunta de cómo llama Dios, de qué modo, cómo saber si a mi, en concreto, me llama para ser religioso o para vivir matrimonialmente, para irme a países lejanos a anunciar el Evangelio o para quedarme en mi lugar de nacimiento realizando obras de caridad.

Evidentemente, Dios no llama por teléfono. Quizás alguno pueda decir que “ha sentido una inspiración” y que, por ese motivo, pide entrar en un noviciado o decide casarse. Pero las inspiraciones vienen en función de las experiencias, vivencias o circunstancias con las que uno se encuentra. Eso significa que Dios llama a través de los acontecimientos, a veces extraordinarios, pero normalmente, sencillos y ordinarios.

Lo que Dios quiere para todos y cada uno es que seamos felices. Eso que Dios quiere es lo que todos buscamos. Para ser feliz, cada uno busca aquellos modos de vivir que más pueden ayudarle a sentirse bien o que mejor encajan con su carácter, con sus posibilidades, con sus deseos. Ese buscar cuál es el lugar en el que me encuentro bien, el creyente puede interpretarlo como llamada de Dios. Dios llama a través de los acontecimientos leídos desde la fe.

La cuestión para el creyente es: ¿dónde voy a sentirme más a gusto, más realizado? Y también: ¿dónde voy a servir mejor? Pues no se puede ser feliz sin pensar en la felicidad de los demás. De ahí que la pregunta por la propia felicidad coincide con otra pregunta: ¿dónde y de qué modo mi vida puede ser más evangélica, más entregada al amor?

Es claro que quién no tiene fe, no reconoce ninguna llamada de Dios. Digo no reconoce, porque la llamada de Dios resuena en el corazón de cada ser humano, aunque no lo sepa, cada vez que su conciencia le dice: haz el bien, evita el mal. Y para hacer  el bien y evitar el mal, hay que escoger los caminos más adecuados en función de las propias posibilidades.

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Tratar con Dios de tú a tú

19.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“Hace algunos años, en la revista de la parroquia  de santa Rita, en Madrid, se publicó que, entre las posturas del cristiano, la más importante es estar de pié… La postura de pie es la característica del hombre frente a los animales”. Así se expresaba un comentarista de este blog,  a propósito del reciente post que trataba del derecho de cada fiel a comulgar de pié o de rodillas. El amable lector, y buen comentarista, añadía algunos textos, tanto del Antiguo Testamento (por ejemplo: los tres jóvenes orando de pié en medio de las llamas: Dn 3,24-25), como del Nuevo (por ejemplo: “cuando os pongáis de pié para orar”: Mc 10,25). Finalizaba con esta reflexión: “A Dios no se le debe un trato de zalema como a un poderoso de la tierra”. Zalema, o sea, reverencia hecha en señal de sumisión.

Me parece un comentario acertado. Hay una diferencia fundamental, entre el cristianismo y el Islam, en la comprensión de la relación del ser humano con Dios (dicho sea con el mayor respeto hacia todas las tradiciones religiosas). Para el Islam, Dios es fundamentalmente “señor” y exige sumisión. Sin duda, es un señor muy bueno, “clemente y misericordioso”, pero señor al fin y al cabo. Y con el señor hay que guardar siempre las formas y las distancias. Por el contrario, el Dios cristiano es fundamentalmente Amor. Por eso con él es posible establecer una relación a amigo a amigo. De Moisés se dice que hablaba con Dios “como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11).

Tomás de Aquino, basándose en Jn 15,15 (“a vosotros os he llamado amigos”) afirma que la relación del hombre con Dios es una relación de amistad. Lo sorprendente y maravilloso es que quién toma la iniciativa de mantener esta relación tan íntima y personal es Dios mismo. “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”, dice un verso de Lope de Vega. Sí, ¿qué tendré yo para que Dios quiera ser amigo mío?

El primer mandamiento de la ley de Dios no dice: “adorarás al  Señor, tu Dios”, sino “amarás al Señor, tu Dios”. El amor va por delante del señorío y lo determina. Dios es el único Señor al que uno puede tutear sin ir a su pérdida. Por eso convendría que nuestras oraciones y nuestros gestos (incienso, adoración) no se interpretaran en clave de sumisión o temor de Dios, sino de amor a Dios. Estar de pié delante de Dios es posiblemente la postura adecuada que se corresponde con la actitud que uno suele tener con los amigos.

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Servir para dominar

15.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La plegaria eucarística número cuatro comienza  con una paradoja: Dios encomendó al ser humano el cuidado del universo, “para que sirviéndote solo a ti, su creador, dominara todo lo creado”. ¿Cómo se explica que el servir a Dios conlleve como consecuencia inherente el dominio sobre todo lo creado? Servir a Dios es dominar el mundo. No parece que esto sea lo que piensan la mayoría de los humanos. Sin duda el hombre quiere dominar el mundo y controlar la tierra. Precisamente por eso no quiere servir a nadie; aspira a ser dueño absoluto de todas las cosas. Y, como en el imaginario de muchos, Dios es un obstáculo para este dominio absoluto, se diría que lo mejor es prescindir de él. Dado que Dios guarda silencio y hasta parece ausente, es fácil olvidarlo, negarlo, o marginarlo.

Y, sin embargo, siempre servimos a alguien. Creemos que somos los amos y en realidad estamos sometidos: sometidos a las leyes de la naturaleza, a las limitaciones de nuestro cuerpo, a los impulsos de nuestro egoísmo, al obstáculo que, querámoslo o no, representa la gente que nos rodea. Nunca somos dueños absolutos, porque para ello tendríamos que estar solos: entonces nadie se nos opondría. Aún así, es posible que encontrásemos la oposición en nosotros mismos, en nuestro descontento por estar solos o en nuestras limitaciones físicas o intelectuales. Al fin y a la postre siempre servimos a alguien. La cuestión es: ¿a quién queremos servir y cómo queremos servir?

Hay un modo de servir que se traduce en dominio, pero nos degrada. El diablo, por ejemplo, le dice a Jesús que si se postra ante él y le adora, o sea, si le sirve, todos los reinos del mundo le estarán sometidos. Y añade: porque los poderes de este mundo son míos y yo los reparto entre mis amigos (Lc 4,5-7). Servir al diablo es también reinar. Sin duda un reino así estará condicionado por la procedencia de tal poder, y así se comprende que el camino de los impíos acabe mal, porque del mal nunca viene ningún bien. Dios no saca bien del mal. Si saca bien es de sí mismo, que es el Bien absoluto.

Hay un modo de servir que nos enaltece, nos potencia, nos libera. Cuando es el amor el que guía tu vida, entonces dominas, sí: te dominas a ti mismo y, al ser valorado y apreciado por los demás, eres soberano de todo, porque todos te respetan. De ahí este dicho de que servir a Dios es reinar. O como dice la plegaria eucarística: servir al Creador es dominar todo lo creado. Por eso, al crear al ser humano Dios le encomendó el dominio de la creación, pero un dominio que debía ejercerse con delicadeza y cuidado. No se trata de un dominio despótico, sino del dominio de quién es imagen de Dios y cuida de todo con amor y respeto.

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Respetar los derechos de los fieles

11.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“En una iglesia del corazón de Madrid que frecuento muy poco... me han negado insistentemente la comunión... por no ponerme de rodillas. He tenido que decir, en voz alta, defendiéndome, que no podía arrodillarme... por motivos de salud”. Estas palabras las ha escrito, recientemente, con tristeza, una buena persona, como un desahogo. No es el primer caso que conozco.

Hay que decir, con toda claridad y firmeza, que el comulgar en la mano o en la boca, de pié o de rodillas, con calcetines rojos o verdes, es un derecho de cada fiel. Y el presbítero, el diácono, o el ministro de la comunión, no puede negarle este derecho. Es penoso que algunos, en cuanto se ponen una sotana, se consideren los amos de la fiesta, olvidando que son servidores o ministros, o sea, menores al servicio de los fieles. Los gustos del que distribuye la comunión no cuentan; cuenta el derecho del que la recibe.

Cierto, en las celebraciones de la plaza de San Pedro no se distribuye la comunión en la mano, por un motivo serio: evitar que alguien pueda quedarse con la forma y utilizarla sacrílegamente. Por eso, en toda ocasión, el que recibe la comunión en la mano debe llevársela a la boca delante del ministro. Por otra parte, en la plaza de San Pedro la mayoría de los que reciben la comunión lo hacen de pié y no de rodillas.

Hablando de celebraciones, no está de más recordar que el presidente es responsable de que se celebre dignamente. Precisamente, en nombre de la  dignidad, debe procurar que la liturgia sea gustosa para los asistentes. Por eso conviene alternar las distintas posibilidades que ofrece la liturgia, los prefacios y las plegarias eucarísticas. Repetir siempre la plegaria eucarística número dos no es celebrar bien. La celebración comporta también un ritmo para que se entienda lo que se dice y se lee. Leer deprisa o sin el tono adecuado, no es celebrar dignamente.

Además, el celebrante debe favorecer que la conocida como “oración de los fieles”, sea lo que su nombre indica. Un modo sencillo de conseguirlo es pedir a algunos que preparen las oraciones para luego leerlas. O, en según qué circunstancias, que puedan decirlas espontáneamente.

Todas esto se soluciona cuando hay un verdadero diálogo eclesial, cuando el sacerdote conoce a los fieles y se gana su confianza, cuando cada uno respeta el papel de los demás, cuando hay un poco de flexibilidad y sentido común. En definitiva, se soluciona desde la normalidad.

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La humanidad entera entrará en el descanso de Dios

08.02.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Dios quiere que todos los hombres se salven, le dice san Pablo a Timoteo. Precisamente por eso, Pablo recomienda a su discípulo que se hagan oraciones por todos los hombres (Cf. 1Tim 2,1-4). La plegaria es la traducción y la consecuencia clara de la esperanza: se pide lo que se espera alcanzar, en este caso la salvación de todos.

No es extraño que la liturgia de la Iglesia se refiera con frecuencia a esta esperanza. Uno de los ejemplos más claros es el prefacio X dominical, en el que se proclama que el memorial del Señor resucitado se celebra en “la espera del domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso de Dios”. Lo que la Iglesia espera es que la “humanidad entera”, toda entera, se salve. Eso dice el texto. Y lo dice en coherencia con las palabras sobre el vino que recuerdan la entrega de Cristo por todos los hombres (pues este es el sentido del término “muchos”, que hubiera sido mejor traducir por “multitud”). Otro prefacio, el de la Santísima Eucaristía, proclama que la finalidad de este sacramento es que “un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo”. De nuevo aparecen aquí “todos los hombres” del mundo. Esa es la esperanza de la Iglesia.

De tal esperanza, tal oración. De ahí que en la plegarias eucarísticas la oración por los difuntos es universal. En la segunda se pide “por los que han muerto en la esperanza de la resurrección”, pero inmediatamente la oración se extiende a “todos los que han muerto” y son acogidos por la misericordia de Dios. Lo mismo ocurre en la cuarta: después de pedir por los que han muerto en la paz de Cristo, añade: “y por todos los difuntos”.

La cuestión de la salvación no puede plantearse en términos de saber: ni sabemos que todos se van a salvar, ni sabemos que algunos o muchos se van a condenar. Aquí no hay saberes que valgan. Lo que cuenta es la esperanza. Y la esperanza es universal. Además de ser universal es segura, porque, como dice Tomás de Aquino, no se apoya en nuestras fuerzas o posibilidades, sino en el poder y en la misericordia de Dios, que no tienen límite alguno.

Una esperanza así no puede convertirse en una escapatoria que nos haga olvidar la necesidad de esperanza humana para tantas personas que viven en la precariedad y hasta en la desesperación. La esperanza cristiana, si es auténtica, es un motivo más para luchar y trabajar, sin discriminación alguna, por una humanidad más justa, en la que se respete la dignidad de todos los hijos de Dios.

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Martes, 28 de marzo

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