Levadura para pensar

Esa gran familia que es la Iglesia

14.11.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El lema del presente año para animar a celebrar el día de la Iglesia diocesana es: “somos una gran familia contigo”. Este lema nos remite a algo fundamental, la experiencia de pertenecer a una familia. Familia es el lugar en el que hemos nacido. Pero es mucho más, porque desgraciadamente hay personas que han nacido y han sido alejadas enseguida del lugar de su nacimiento. Algunos de estos alejados han sido acogidos en otros lugares. Acogido: esta es la primera condición para que haya familia. No es solo el lugar donde uno nace, o donde uno está, sino donde uno es acogido. Sin esta experiencia de ser acogido, que implica un clima de amor, no hay familia.

El lema de este año nos invita a plantearnos la necesaria pregunta de si la Iglesia es un lugar de acogida. Cierto, algunos no se sienten acogidos. Habrá que preguntar el motivo. Porque una cosa es no ser acogido y otra no sentirse acogido. Quizás uno no se siente acogido porque se siente extraño con las costumbres de la familia. O porque se siente juzgado y condenado por su manera de vivir. En este caso, para superar el sentimiento de no ser acogido, es conveniente situarse antes de la norma, para que quede claro que lo importante es la persona. Una vez que esto ha quedado claro, si hay que decir una palabra tiene que ser para ayudar, comprender, nunca para condenar o rechazar.

La Iglesia quiere ser una familia tan acogedora que acoge hasta a los que no llevan el apellido de la familia. Hay instituciones eclesiales que ayudan a “los de fuera”, aunque eso de “fuera” conviene matizarlo. Porque a los no cristianos, la Iglesia también los considera de la familia, ya que la pertenencia a la gran familia que es la Iglesia tiene distintos niveles. Como bien dijo el Vaticano II, los que no conocen a Cristo, e incluso los que no conocen a Dios, tienen una cierta relación con el Pueblo de Dios. Si pertenecen a nuestro pueblo también son familiares nuestros, quizás familiares un poco lejanos, pero familiares al fin y al cabo, a los que debemos respetar, comprender y ayudar.

Formar parte de una familia es ser respetado, ser escuchado, participar en la toma de decisiones y asumir responsabilidades. Cierto, no se participa en la toma de decisiones y en las responsabilidades de la misma manera en las familias reducidas que en las extensas. En el caso de la Iglesia es necesario encontrar cauces de participación que van más allá de la mera relación cercana y diaria. De ahí que en las parroquias y en la diócesis haya distintos “consejos” y estructuras que prevén la participación de todos los fieles en la toma de decisiones y en la asunción de responsabilidades. Es importante que en tales consejos se pueda hablar con libertad. También es importante que todos nos sintamos representados cuando se toman decisiones.

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Los que aman son felices

10.11.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Tomé buena nota de lo que un día me dijiste: “pasamos la vida hiriendo a las personas sin miramiento. ¡Con las ventajas tan grandes que tiene el Amor! Juzgamos, condenamos y ejecutamos, y parece que así somos felices y dignos. ¡Qué equivocados estamos!”. Te respondí: “Al final, los que aman son felices. Los cobardes viven con remordimiento. Y los que no aman son unos desgraciados”.

Otro día me dijiste: “el tiempo nos dice quién realmente nos ha amado y nos ama”. Te respondí: en efecto, sólo los amores que duran son verdaderos amores. Los que son capaces de atravesar desiertos y tempestades, los que se mantienen a pesar de las inevitables dificultades, esos son los buenos amores. Los que sólo duran un tiempo, son amores interesados. Cuando desaparece el interés, desaparece el amor. Por eso, sólo duran un tiempo.

Fui a visitar a amigo enfermo. Me quedé triste. Al ver tantos aparatos a los que estaba conectado, pensé: “lo que estamos haciendo es prolongarle la vida unos días”. Me respondí a mí mismo: claro que sí, pero un segundo más al lado de las personas queridas es un segundo lleno de sentido. Por eso cada segundo de vida vale la pena. Vale más que todo el dinero del mundo, porque la vida vale por sí misma.

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Religión y nacionalismo

05.11.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Adam Zagajewski, premio de las letras “Princesa de Asturias” 2017, en su discurso de aceptación hizo una referencia a la religión: “Las sociedades se secularizan rápidamente, y los que hoy en día defienden la religión a veces acuden a técnicas sociopolíticas detestables, la religión con excesiva frecuencia se alía con la extrema derecha”. Me gustaría matizar: la religión no se alía con nadie. Los que se alían son las personas. Y posiblemente algunos (no todos) mezclan política con religión. Este es un tema delicado, porque la religión tiene repercusiones sociales, ecológicas y políticas.

La cuestión no son esas repercusiones, sino el uso partidista que de esas repercusiones se hace. Este uso partidista hace que, en ocasiones, sean los intereses políticos los que sirven de criterio a la presentación de la religión. En todo caso, una religión que deriva en extremismos, fundamentalismos, integrismos e intransigencias, no puede ser católica. Porque lo católico, por definición es universal. El Magisterio católico, como hice notar en otro post, es más abierto y matizado de lo que muchos piensan o dan a entender.

Ciertas formas de nacionalismo tienen mucho de religiosas. Pero no de una religión imbuida de misericordia, sino de una religión basada en identidades excluyentes y en rechazo del disidente o del hereje. El nacionalismo se convierte en religión violenta (o al menos, en fe no razonada) cuando apela a valores trascendentes, como la esencia y el destino de un pueblo o de una raza; o a un pasado histórico mitificado y difícilmente comprobable. Zagajewski ha dicho sobre el nacionalismo: “Entiendo las emociones independentistas, pero me opongo a cualquier separación. Tenemos que respetar unos sentimientos patrióticos y nacionalistas que pueden ser hasta muy bonitos en su espíritu apasionado y romántico”.

Sin embargo, no obvia las connotaciones negativas, “que pueden acabar con Europa”. Por ello invita a aprender del siglo XX, el cual nos ha hecho entender los nacionalismos como “incendios forestales, tan notables hoy en España”. Para Zagajewski ambos fenómenos son iguales, lo destruyen todo. “Pueden empezar de una manera benigna y acabar de una manera terrible. Por eso –sentencia el poeta– estoy en contra, pero hay que dar con la manera de combinar una unión política y la diversidad cultural”. Supongo que interpreto bien: sentimientos nacionales sí, pero sin olvidar que la idea de Europa es unidad en la diversidad. Por eso hay que dar con la manera de combinar una unión política y la diversidad cultural.

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Dios sabe más

01.11.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

En muchas ocasiones, la manera de morir suele ser un reflejo de la vida que hemos llevado. Esto es claro en el caso de Jesús: muere amando; y amando de tal forma que su última palabra, según el tercer evangelista, es para perdonar a los que le asesinan. Su modo de morir es el perfecto reflejo de lo que ha sido su modo de vivir. El primer mártir cristiano, Esteban, también muere de forma parecida. Sus últimas palabras son una oración al Dios bueno para que “no tenga en cuenta” el pecado de los que le matan.

Conozco distintas historias de personas cristianas, de algún padre de familia o de alguna religiosa, que han dejado muy clara su esperanza de una vida gloriosa pidiendo que, en vez de una Misa de funeral, se celebrase una Misa de gloria y de acción de gracias. Un buen sacerdote me contó que una vez celebró esta Misa de gloria en vez del funeral, con escándalo de alguno de los asistentes, pero con el agradecimiento de la familia.

La última historia que me han contado es la de una muchacha de 17 años, una buena cristiana, consciente de que su enfermedad no tenía remedio humano, y cuyas últimas palabras fueron: “Dios sabe más”. Estas palabras me las ha contado una de sus amigas, emocionada y edificada. Hay palabras que, dichas en determinados contextos, dejan a los oyentes pensativos y llaman a conversión.

Morir no debe ser fácil, como tampoco lo es vivir. Pero, en el seguimiento de Cristo, la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido. Se puede vivir y morir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte.

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Desgarro compartido

28.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“Un desgarro compartido entre quienes esperábamos que, al final, el seny, el bien común, el bien mejor, se impondrían. Un déficit importante en las relaciones políticas y sociales”. Así comienza el correo que ayer me envió una persona cercana, amable lectora de este blog. Luego añade algo que me parece muy serio: “sufrimiento innecesario en las familias”. Sí, desde hace un tiempo hay familias divididas por culpa de una bandera. ¿Cómo es posible que la bandera sea más poderosa que el amor? El amor todo lo supera, todo lo soporta llega a decir san Pablo. Igualmente serio me parece que haya insultos entre las personas. Una persona vale más que todas las banderas. En realidad una persona no tiene precio, porque tiene dignidad. Una dignidad inviolable. ¿Cómo es posible que las banderas puedan con la dignidad humana?

La política es el arte de convivir, el arte de lo posible. Y, desde esta perspectiva, la política es lo más digno y razonable que hay. Arte de convivir, de vivir juntos. Para vivir juntos hay que dejar espacio, respetar al otro en lo que tiene de diferente, ver en la diferencia una riqueza. En todo caso, lo diferente no es motivo de separación, sino una invitación a encontrar caminos de encuentro sin renunciar a la propia identidad. Arte de lo posible. Lo posible requiere saber ceder, no querer ocupar todo el espacio, dar al otro su parte de razón. ¡Qué hermoso dar al otro su parte de razón! ¡Qué humano el don de la razón!

Añade mi interlocutor: “hoy se inicia una nueva etapa”. Etapa en la que habrá que curar relaciones y aprender de los errores. Etapa en la que debe predominar la sensatez, el perdón, la búsqueda de espacios en los que quepamos todos. No sería bueno que nos dejásemos llevar por el pesimismo. Es la esperanza la que debe guiarnos. La esperanza es la virtud de los fuertes. La esperanza es posible, porque es realista. Si se apoya en el poder de lo real nunca queda frustrada. Cuando la esperanza busca lo imposible entonces se convierte en desesperanza.

Para el cristiano la esperanza se apoya en el poder de la oración. Oración que se convierte en tarea. Oremos al Dios de la paz, pidiéndole que guíe nuestros pasos. Y con todas las personas de buena voluntad trabajemos por la concordia, evitando palabras y gestos que separan.

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Poesía peligrosa, pero salvífica

23.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El pasado 20 de octubre se entregaron los premios “Princesa de Asturias” 2017. El premio de las letras ha recaído en el poeta polaco Adam Zagajewski. En su discurso de aceptación dijo cosas tan interesantes como estas: "La poesía no está de moda. Las novelas policiacas, las biografías de los tiranos, las películas americanas y las series de televisión británicas están de moda. La política está de moda. La moda está de moda. Los pantalones entubados, los vestidos con estampados de flores, las perlas en la ropa y los pantalones vaqueros con apliques están de moda. Las bicicletas y los patines están de moda, los maratones, la marcha nórdica. No está de moda detenerse en medio de un prado primaveral ni la reflexión. La falta de movimiento es nociva para la salud, nos dicen los médicos. Un momento de reflexión es peligroso para la salud, hay que correr, escapar de uno mismo”.

Mi reacción ante tan sabias palabras: la moda es lo más inútil, aunque sea lo más solicitado. La moda no salva. Lo que hoy está de moda es el no pensar y el divertirse. Lo banal, lo superficial, la apariencia está de moda. El pensar es peligroso, porque cuando uno piensa se plantea preguntas. Y al plantearse preguntas se da cuenta de lo poco que sabe, y de lo mucho que necesita de los demás para llenar su no saber. Pensar es peligroso, porque cuando piensas te das cuenta de que las cosas no son lo que parecen, de que la mentira abunda. Los que se aferran al poder aborrecen el pensamiento. La fe cristiana exige el pensamiento. Por eso, el pensamiento pudiera ser camino de salvación, en la medida en que nos acerca a la verdad. En una de sus poesías Zagajewski dice:

¿Qué clase de poesía es aquella que no salva
Naciones o pueblos?
Una conspiración de mentiras oficiales.
Una tonadilla de borrachos cuyas gargantas serán cortadas de inmediato,
Una conferencia para señoritas.
He deseado la buena poesía sin saberlo,
He descubierto, ya tarde, su saludable objetivo.
En ella y sólo en ella, encuentro salvación.

Según el poeta, sólo en la poesía encuentra salvación. No está mal. El mejor poeta es el Dios de Jesús que, a lo largo del Antiguo Testamento, inspiró magníficos poemas que se han convertido en oración de la Iglesia. Cuando Jesús quería decir quién es Dios también utilizaba imágenes poéticas. Y Dios, cuando crea, hace su mejor poesía, su mejor obra de arte. Es lo que dice el libro del Génesis al hablar de la creación: “En el principio Dios creó el cielo y la tierra”. Nuestra palabra “poesía” (poiesis = fabricación de una cosa distinta de su autor) es la misma con que se expresa la traducción griega de este primer versículo del Génesis. La acción de Dios, creación del cielo, de la tierra, de la luz, del firmamento…, del hombre. Eso es poesía. Poesía salvífica. Porque da la vida.

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Primaveras cortas e inviernos largos

21.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El tiempo agradable siempre resulta corto; por el contrario, los tiempos duros parecen largos. Se trata de una impresión subjetiva, porque las horas del reloj son todas iguales. Pero uno no las vive de la misma manera, con la misma intensidad o con el mismo aburrimiento, según cuál sea su estado de ánimo: hay tiempos que se hacen muy largos y otros que pasan muy de prisa.

La vida está hecha de altibajos, de luces y sombras, de días buenos y días malos. Eso que ocurre a nivel personal ocurre también a nivel social y eclesial. Hace unos años se hablaba de invierno eclesial. Ahora algunos hablan de primavera eclesial. Esa primavera recuerda otra ocurrida hace ya cincuenta años, con el pontificado de Juan XXIII.

La impresión de vivir en invierno o en primavera tiene que ver, en ocasiones, con dos elementos: el tipo de gobierno y el modo como uno se siente con ese gobierno. Ya lo dice el refranero popular: cada quién habla de la feria como le va en ella. Las personas expresan las mismas cosas de diferente manera. En este expresarse tiene mucho que ver lo que uno esperaba de tal gobierno, las decepciones, desilusiones y desencantos que genera en algunos; o a la inversa: las expectativas que otros han visto realizadas.

Ahora bien, no podemos vivir pendientes sólo de las circunstancias externas en las que nos encontramos y, a veces, con las que nos toca lidiar. No podemos culpar al entorno de nuestro malestar. Lo que hay que hacer es aprender a situarse inteligentemente en entornos hostiles, aprender a “torear” y no plantarle cara al toro. Por otra parte, tenemos que aprender a depender de nosotros mismos para las cuestiones fundamentales de la vida, de modo que el entorno nos condicione lo menos posible.

Dice el libro de los Salmos: “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes”. No conozco un solo jefe que no termine decepcionando, a diferencia de los buenos hermanos, con los que siempre es posible entenderse. Santa Teresa lo decía así: “quién a Dios tiene, nada le falta”. Cuando tenemos a Dios y nos refugiamos en él, lo demás puede en algún momento ocupar nuestra atención, pero no ocupar nuestra vida. Y mucho menos estropearnos la vida.

Hacer el bien sólo depende de mi. Y al hacer el bien, me hago bien. Y cuando vienen mal dadas, pensar que “no pasa nada, porque todo pasa”.

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Cuando al catequista le falta claridad

17.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Sigo con los párrafos opacos a los que me refería en el post anterior. Un catequista, un profesor de religión, un predicador dice cosas muy serias. Por eso debe razonarlas y fundamentarlas bien. Y tiene que ser claro, porque lo que dice es de vital importancia para él y para sus oyentes. En muchas ocasiones la falta de claridad del catequista o del predicador no se debe a que pretenda engañar, sino a que no se ha preparado bien. Este es un caso en el que la falta de claridad se debe a la ignorancia o a la vagancia.

En ocasiones, los textos que transmiten la revelación judeo-cristiana necesitan aclaraciones (como es el caso de las páginas oscuras o violentas de la Biblia) y, sobre todo, necesitan aplicarse a la situación de los oyentes, de modo que puedan percibir “que hoy se cumple esa Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21). Se cumple en vuestras vidas. Estos textos transmiten un mensaje decisivo. Pretenden ser entendidos. Un predicador debe ser fiel al mensaje. El hacerse entender forma parte de la fidelidad.

Cierto, los textos que transmiten la revelación, por ser históricos, son deudores de un lenguaje y una mentalidad que no son los nuestros. En algún caso resulta difícil entenderlos. Ahí es donde el predicador y el catequista tienen la importante tarea de aclarar el sentido original del texto, teniendo en cuenta su contexto. Bien explicados, estos textos resultan iluminadores.

Un ejemplo: cuando el evangelio de Mateo (27,45.51) dice que en el momento en que Jesús muere “tembló la tierra” y se llenó de oscuridad, no está describiendo un fenómeno meteorológico, sino que está diciendo algo muy serio, sólo que utilizando un lenguaje que ya no es el nuestro, pero que los primeros lectores entendían perfectamente. Lo que está diciendo el evangelista es: “este es el día de Yahveh”, el día en el que Dios se reconcilia definitivamente con el mundo. Y si lo dice con este lenguaje es porque era el que entonces se entendía, ya que los profetas describieron el “día de Yahveh” con este tipo de señales, comparándolo con una gran conmoción cósmica.

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¿Qué se oculta tras un párrafo opaco?

13.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“Tras un párrafo opaco siempre se oculta una ignorancia o una trama delictiva” (Sir Peter Medawar, premio Nobel de Medicina).

Claridad no es vulgaridad. La claridad es limpia, la vulgaridad sucia. Claridad no es simplismo. La claridad es profunda, el simplismo es superficial. Claridad tiene que ver con capacidad de adaptación, de hacerse comprender, de decir las cosas más serias y profundas de modo que el otro las entienda.

Cuando se habla o escribe, más importante que la corrección lingüística, es que los destinatarios entiendan lo que se dice. Si entienden se ha logrado el objetivo de la comunicación. Si no entienden se bloquea la comunicación. Cierto, en ocasiones uno habla buscando precisamente que no le entiendan. Es el caso del delincuente que, en vez de explicarse, lo enreda todo. O del que quiere ocultar algo. Cuando le piden explicaciones todo lo tergiversa.

En ocasiones se escribe para “lectores inteligentes”, utilizando una terminología o unas imágenes que parecen inocuas, para decir algo muy serio. Por ejemplo, en mi anterior post tuve la ocurrencia de proponer una peregrinación de católicos catalanes a la Virgen del Pilar y una peregrinación de católicos del resto de España a la Virgen de Monserrat. Si alguien pensó que había postergado a la Virgen de los Desamparados no entendió la buena o la mala intención con que me expresaba. Porque, en las actuales circunstancias, las peregrinaciones buscaban ser un símbolo de la necesaria fraternidad entre los distintos pueblos del estado español.

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Virgen del Pilar y de Monserrat

09.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

En el año 1950 Juan de Orduña dirigió una película titulada “Agustina de Aragón”. En un momento dado aparece un militar arengando a la gente concentrada en la plaza, llamando a la resistencia contra las tropas invasoras. Y enseguida un cantante canta la famosa jota: “La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa”. Tras los vítores de la multitud aparecen tres personajes en diálogo, un catalán y dos aragoneses. El primer aragonés se dirige al catalán y le dice: “que pequeñica es la Virgen del Pilar, pero que grande es”. El catalán replica: “si, pero no pierdas de vista a la moreneta de Monserrat, que tampoco es manca”. Entonces interviene un tercero que dice: “no seáis brutos, que las dos son la misma”.

Me parece una escena divertida e inteligente. Las dos son las misma, claro está. Pero no es menos cierto que este icono universal (al menos en el mundo católico y ortodoxo), que es la Virgen María, precisamente porque es universal, o sea de todos, cada uno la quiere hacer suya, y la particulariza, la pinta con los rasgos propios de su lugar y de su cultura. Así se explican las múltiples adjetivaciones que recibe María, la mayoría de ellas ligadas a lugares o culturas. Porque es de todos, es de cada uno. Pero porque es de todos, nadie se la puede apropiar, ni pretender que uno de los títulos es el más adecuado. Ella es lazo de unión, nunca de división. Las imágenes de la Virgen del Pilar y de la Virgen negra de Monserrat representan a la misma mujer sencilla y humilde, cuya vida estuvo totalmente al servicio de Dios y de sus hermanos, los seres humanos. Ella es la esclava del Señor y la servidora de los hombres.

Recuerdo con emoción la primera vez que, siendo niño, visité la basílica del Pilar. A mi hermano y a mi nos llevó allí mi padre. Todavía tengo en la memoria las palabras con las que nos invitó a rezar ante la imagen. Cada vez que he tenido ocasión de volver a Zaragoza suelo visitar la basílica del Pilar. Allí, en dos ocasiones, he predicado la novena del Pilar. Y una vez celebré una Misa en lengua francesa, para un grupo de religiosas catalanas y francesas. Por cierto, la Virgen del Pilar quiere ser francesa y no quiere ser capitana de ninguna tropa, porque a todos nos llama a ser hermanos. Y para ser hermanos sobran todas las armas. Bastan las manos abiertas y los cuerpos dispuestos a abrazarse.

Hablando de hermandad y pensando en los tiempos que corren, ¿cómo no se le ha ocurrido a nadie con autoridad eclesiástica montar una gran peregrinación de católicos catalanes al Pilar y de católicos del resto de España a Monserrat?

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¿Qué significa que el Padre está en el cielo?

05.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

En la oración que Jesús nos enseñó, lo primero que se dice de “nuestro Padre”, antes de pedirle nada, es que está en el cielo. Sin duda, esta imagen espacial indica que Dios está más allá de todos los esfuerzos humanos, de todas nuestras intuiciones, de todos nuestros deseos, de todos los productos de nuestro espíritu, por muy sublimes que sean. La realidad de Dios sobrepasa todo lo que el hombre puede alcanzar.

Y, sin embargo, este Dios que está en el cielo penetra los abismos. Comentando estas palabras referidas a María, “Dios ha mirado la humillación de su esclava”, Lutero dice: Dios nunca mira hacia arriba, porque no hay nada por encima de él; tampoco mira a su alrededor, porque nada le iguala. Necesariamente tiene que mirar hacia abajo, y cuanto más abajo está uno, mejor le ve Dios. Luego, Lutero se explaya hablando de la humilde María, a la que Dios mira con amor precisamente por su pequeñez.

Tomás de Aquino, comentando estas palabras del Padrenuestro, dice: “que estás en los cielos” indica la cercanía de Dios hacia nosotros, su prontitud para escuchar. E interpreta “estar en los cielos”, como “estar en los santos, en los cuales habita Dios”. Teniendo como referencia el salmo 118 (“los cielos proclaman la gloria de Dios”), Tomás de Aquino afirma que “los santos son denominados cielos”. En efecto, quienes proclaman la gloria de Dios son los santos.

Me parece profunda esta intuición de Santo Tomás: Dios está en los cielos, es decir, en aquellos que han hecho de su vida una vida conforme a la de Dios, una vida celestial. El todopoderoso, el que nada ni nadie puede retener, el Señor de la gloria, se hace presente en el hombre justo. El cielo, más que un lugar, es una manera de ser, una actitud. ¿No dice el amante que su amada es un “cielo”? En los que se comportan divinamente, allí está Dios.

Así concluye Tomás de Aquino su interpretación de estas palabras del Padrenuestro: “como a causa de su excelsitud algunos han afirmado que Dios no se preocupa de las cosas de los hombre, conviene tener presente que es alguien cercano, íntimo; de él se dice que está en los cielos, es decir, en los santos, a los cuales se les llama cielos”.

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Francisco de Asís: todo bien, sumo bien

01.10.17 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Francisco de Asís es un extraño personaje que inquieta y atrae al mismo tiempo. Inquieta porque nos recuerda la gravedad y seriedad del evangelio. Y atrae porque vemos en él un ideal humano y cristiano que también quisiéramos realizar nosotros.

Lo que de verdad interesa de San Francisco viene expresado sintéticamente al comienzo de las Florecillas: “Primeramente es de advertir que el glorioso Padre San Francisco en todos los hechos de su vida fue conforme a Jesucristo”. Recordar a san Francisco es un estímulo para conformar nuestra vida a Jesucristo. Lo que Francisco recomienda a sus hermanos es seguir la doctrina y la vida de Nuestro Señor Jesucristo y guardar el Santo Evangelio del Señor Jesús. La vida y escritos de Francisco son una clara confesión de fe y una descripción de su itinerario ininterrumpido hacia Dios: “Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, Tú eres grande. Tú eres altísimo. Tú eres el bien, todo bien, sumo bien”, escribió en un papel que entregó a fray León. Si el Señor es el único bien, no hay tierras que sean sagradas, no hay negocios que sean intocables, no hay estandartes que se defienden a cualquier precio, no hay partidos que nunca se equivocan, no hay pasiones que siempre me dominan, no hay intereses que me hacen perder la cabeza.

En este contexto se entiende su amor a la pobreza. Ella no es un fin, sino un medio para vivir mejor el evangelio, para hacer verdadero el “Tú eres santo, tú el sumo bien”. Para Francisco la pobreza va unida al amor. Ella nos libera de nuestro egoísmo, de nuestro afán de posesión, de toda inquietud, confunde toda codicia, toda avaricia (Saludo a las virtudes), y nos permite estar pendientes del otro, atentos a su persona. Hay una hermosa leyenda que narra los desposorios de Francisco y sus hijos con la pobreza. Cuando la dama pobreza comprende que ha topado con sus más fieles servidores, abre su cofre y obsequia a los hermanos. Y entonces los hermanos “se hartaron de amor y de paz en aquella pobre mesa, llena de promesas de lealtad”. La pobreza es un camino de amor: nada puede interponerse entre el otro y yo. Ponte siempre en lugar del otro, dice Francisco a sus hermanos, sobre todo si tienes poder de mandar. Cuando recibía a un joven postulante, daba gracias a Dios, diciendo: “Gracias, Señor, por el amigo que me has dado”.

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