Levadura para pensar

¡Hay poesía! Debe haber cielo

22.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Rosalía de Castro, con palabras que impresionaron a Unamuno, acaba uno de sus poemas con un salto de lo estético a lo religioso que da mucho que pensar: “¡Hay arte! ¡Hay poesía!... Debe haber cielo. ¡Hay Dios!”. El dato: hay poesía. La conclusión, o mejor, la interpretación válida para creyentes y posiblemente para algunos no creyentes: debe haber cielo. Para el no creyente el “debe” es un deseo; para el creyente, un hecho.

Poesía y religión remiten al “más allá” de lo inmediato. En ellas suele haber siempre una segunda lectura que se esconde tras la primera, una segunda lectura que remite al más allá de lo inmediato. Poesía y religión pueden convertirse en fáciles escapatorias de lo real, en adornos anodinos, en opios del pueblo, y quedar así desvirtuadas. Pero si son auténticas nunca olvidan la vida, en ellas siempre hay de una u otra forma, una denuncia de lo inauténtico, ellas son profecía que busca abrir caminos nuevos para futuros soñados que ansían despertar. La poesía auténtica es una llamada al cielo que debería ser y venir.

La poesía siempre tiene algo de religión, a veces una religión secular, que esconde el nombre de religión, pero nunca apaga del todo lo religioso. Por su parte, la religión siempre tiene algo de poesía, aunque a veces se exprese en formas duras o rígidas, que tampoco pueden apagar el destello divino que en ellas subyace. La poesía es “creación”. La religión, la judeo-cristiana al menos, empieza con una creación. En la primera frase de la Biblia, según la traducción griega, en el primer verso del Génesis aparece la palabra “poiesis”: en el principio creo Dios el cielo y la tierra. Crear, poiesis, fabricar una cosa distinta de su autor.

La acción de Dios, creación del cielo, de la tierra, de la luz, del firmamento, eso es poesía. La acción poética, en Dios, es creación del mundo exterior, mediante la palabra: “dijo Dios”. En el ser humano, lógico porque está hecho a imagen del Logos, la poesía es descubrir en lo creado rasgos inéditos o aspectos inauditos. Y es también creación de mundos interiores en los que se condensan las más profundas vivencias del hombre en su relación con Dios y en su dimensión humana, en los momentos trascendentes y en los acontecimientos ordinarios de la vida.

Creación es poesía. Y la mejor poesía, la mejor creación de Dios, es el ser humano, varón y mujer, el ser humano siempre plural, pero siempre semejante en su pluralidad. Siempre inquieto, siempre buscando cielos nuevos, tierras vírgenes, estrellas nunca vistas, siempre hambriento de amor, de verdad, de justicia, de paz. Eso es poesía. Y la humanidad, hoy más que nunca, está necesitada de esa buena poesía.

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Agua y vino en Caná

18.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El evangelio de la eucaristía del próximo domingo, que narra como Jesús convirtió el agua en vino en una boda en Caná de Galilea (Jn 2,1-12), me ha recordado el uso que San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino hacían de los símbolos de este relato para tratar la relación entre filosofía y teología, o entre razón y fe, que puede prolongarse en términos de cultura y fe, secularidad y religión. Al ocuparse de como la teología debe utilizar la filosofía ambos maestros apelan a la escena de Caná, pero le sacan distinto partido en función de sus diferentes intereses.

El ilustre teólogo franciscano desconfiaba a la razón y advertía del peligro de que una excesiva confianza en la filosofía pudiera contaminar la reflexión teológica. Por eso afirmaba que no podía mezclarse el “agua de la filosofía” (en la que está “la eterna condena”), con el “vino de la sagrada ley”, haciendo notar que “Cristo hizo vino del agua y no al revés”. Todavía algunos creyentes entienden que hay una incompatibilidad básica entre el mundo secular y el religioso o entre la peligrosa razón y la fe.

Para el maestro de Aquino no hay incompatibilidad entre razón y fe; por eso es posible utilizar la razón al servicio de la fe. El santo doctor conoce esta identificación del agua con la “sabiduría del siglo” y del vino con la “sabiduría divina”. Y se pregunta hasta que punto es bueno servirse de argumentos filosóficos (o del lenguaje de la cultura) para exponer y defender la fe. Comienza por notar, como si fuera una objeción, que del mismo modo que merecen reproche “los taberneros que echan agua al vino, también han de ser censurados los doctores que mezclan la doctrina sagrada con pruebas filosóficas”. Pero no se trata de mezclar, pues la mezcla altera la naturaleza del vino, sino de convertir el agua en vino, como en las bodas de Caná. Y así dice: “los que en la sagrada doctrina utilizan los argumentos filosóficos, sometiéndolos a la fe, no mezclan vino con agua, sino que convierten el agua en vino”.

No se trata de rebajar la fe al nivel de la razón, sino de elevar la razón al nivel de la fe. Dicho con palabras de santo Tomás: se trata “no de encerrar en los límites de la filosofía verdades de fe”, o de “creer que sólo es verdad lo que puede demostrarse mediante la razón”, sino de “reconducir la filosofía a los fines de la fe”. Dicho de otro modo, de utilizar la cultura para explicar las verdades de fe en un lenguaje comprensible, e incluso de argumentar mediante la razón que muchas cosas que se dicen contra la fe, son falsas.

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Lenguaje provocativo

14.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Asunto importante para nuestra Iglesia es buscar un lenguaje comprensible, en diálogo con la cultura actual. El Evangelio se recibe por personas situadas en una determinada cultura, con su propia sensibilidad, sus inquietudes, interrogantes, dudas y certezas, algunas falsas, otras inexactas y otras adecuadas. Si el evangelio es una respuesta a las grandes aspiraciones del corazón humano, sólo se comprende la respuesta si tiene en cuenta la pregunta.

En ocasiones nuestras homilías o catequesis se convierten en respuestas a preguntas que nadie hace. De ahí su falta de interés. Algo de eso dijo el Papa en su viaje a los países bálticos. Refiriéndose al Sínodo dedicado a los jóvenes, tras citar la palabra de Jesús: “venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”, Francisco preguntó: “¿por qué los jóvenes ya no acuden a la Iglesia a aliviarse?”. Quizás no sabemos escuchar. “Muchos jóvenes no nos piden nada, porque no nos consideran interlocutores para su existencia. Algunos incluso piden que los dejemos en paz, sienten la presencia de la Iglesia como algo molesto y hasta irritante”, dijo también el Papa.

Cobrar conciencia de esta situación nos ayuda a buscar palabras y gestos significativos, que respondan a las grandes preguntas del mundo de hoy, aportando la luz del Evangelio. Si el Evangelio es una buena noticia, ¿cómo es posible que al escuchar nuestras catequesis muchos se aburran o se queden indiferentes? ¿Será porque esas catequesis no transmiten una buena noticia? Importa expresarse con un lenguaje cercano y comprensible, el lenguaje de nuestra gente, y hacerlo de forma provocativa, con la provocación que plantea el evangelio de Jesús. Provocar no es molestar, es interpelar, es llamar.

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Crítica y pluralismo

11.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Hay dos modos de hacer crítica: uno, en plan negativo, destructivo y hasta rencoroso. Esa crítica sólo refleja el mal corazón del crítico. Hay otra crítica, que necesitamos en esta sociedad nuestra y, por supuesto, en esta Iglesia nuestra. Es la crítica del que juzga lo bueno y lo malo, del que discrimina el grano de la paja, del que valora las cosas en su justa medida, del que distingue lo necesario de lo accesorio y hasta inútil. En la Iglesia necesitamos este tipo de crítica positiva, necesitamos claridad, luz y taquígrafos. Esto ha quedado muy claro en estos últimos tiempos, en los que se han dado a conocer determinados hechos delictivos que, en nombre de una mal entendida defensa de la institución, se habían ocultado. Si en tiempos pasados hubiera habido más luz y menos oscuridad en estos terrenos, se hubieran evitado muchos males. Aquí, como en casi todo, se cumple el Evangelio: “nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto” (Lc 8,17).

Además de una buena crítica, en esta sociedad nuestra y, por supuesto, en esta Iglesia nuestra, se necesita una aceptación serena y tranquila del pluralismo. La realidad tiene muchos matices y las personas muchas sensibilidades. En función de la sensibilidad, y en función de la información que tienen, algunos destacan más unas cosas que otras y dan más importancia a determinados matices. Eso es bueno y legítimo, siempre que sepamos respetar las posturas ajenas y, sobre todo, sepamos escuchar al que tiene otra visión de las cosas.

Respetar es un primer paso, escuchar es mejor aún. Escuchar no es oír. Se oye sin querer, pero la escucha supone atención. Al prestar atención, descubrimos aspectos de la realidad que nos habían pasado desapercibidos, y que nos permiten modular nuestra propia visión de los hechos. De esta forma, la escucha es un modo de tender puentes, de superar barreras, de acercarnos unos a otros, de descubrir que quizás estamos más de acuerdo de lo que pensábamos. En el fondo, aceptar el pluralismo y saber escuchar al que piensa distintamente, es un modo de vivir el amor cristiano.

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Pobres y Eucaristía: una relación indisoluble

07.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

A propósito de uno de mis artículos titulado: “El cuerpo de Cristo también son los pobres”, un lector comentó: “Al final llegará el día que quitareis la Eucaristía por falta de fe y la excusa que el Cuerpo de Cristo son los pobres. Cuando no haya pobres, no habrá Cristo, chimpún”. Recordé este comentario leyendo una homilía de San Juan Crisóstomo (347-407), considerado por la Iglesia católica uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. Los fieles a los que se dirigía este Obispo debían tener también sus dificultades para comprender la relación indisoluble que hay entre pobres y Eucaristía.

El santo pone en paralelo dos palabras de Cristo. Y deja bien claro que el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, es el que dijo: “tuve hambre y no me distéis de comer”. Pasa luego a comparar el cuidado que a veces ponemos en adornar el templo, el altar o el sagrario, y el poco cuidado que ponemos en atender a los pobres. Su reflexión está guiada por un buen principio: “cuando queremos honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place”. Y hace la siguiente aplicación: Dios no necesita vasos de oro; a Dios, sobre todo, le agradan las ofrendas que se dan a los pobres. Los vasos de oro para el templo pueden ser ambiguos; la atención a los pobres es signo seguro de un “corazón de oro”.

Dice Juan Crisóstomo: “el don dado para el templo puede ser motivo de vanagloria, la limosna, en cambio, sólo es signo de amor y de caridad. ¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre?... ¿De qué serviría cubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez?”. De ahí la incoherencia de “adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo”, y no conmoverse “ante el Cristo errante, peregrino y sin techo”. En conclusión, dice el santo: “os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado que por el adorno del templo. Nadie resultará condenado por omitir eso segundo; en cambio los castigos del infierno están destinados para quienes descuiden lo primero”.

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Magos de Oriente o universalidad del Evangelio

04.01.19 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

La fiesta de la Epifanía, popularmente conocida como fiesta de los Reyes Magos, es un símbolo de la universalidad del Evangelio. Las tradiciones populares asociadas a esta fiesta quizás pudieran integrarse en el simbolismo auténtico de la fiesta: hacer regalos para que los receptores sean felices, y más aún, si los que se llenan de felicidad son los pequeños, puede ser un buen signo de un amor que busca el bien y la felicidad de los demás. Pero no hay que olvidar que la búsqueda de bien para los otros no es del todo auténtica si se restringe a aquellos con los que me siento más identificado. Porque esos con los que me siento identificado son una prolongación de mi mismo. El amor se universaliza cuando va más allá de las propias prolongaciones para alcanzar al “otro”, al “diferente”, incluso al desconocido.

Los Magos son una retroproyección de algo que sólo ocurrirá después de la resurrección de Cristo, a saber, que el evangelio será acogido por los no judíos, en línea con la última recomendación de Jesús a sus discípulos: “id al mundo entero, anunciad el evangelio a todas las gentes, no sólo en Jerusalén, sino también hasta los confines de la tierra”. Los Magos son aquellos que vienen de los confines de la tierra a adorar al niño, los magos son los extraños al pueblo judío, los que no son de la raza del niño, los alejados. También para ellos ha nacido el hijo de María. Y también a ellos debe llegar la buena noticia del Evangelio.

La fiesta de los Magos de Oriente (digo magos, porque eso de que fueran reyes es un invento que no está en los Evangelios canónicos) puede ser un buen recordatorio de que en Cristo Jesús “ya no hay judíos ni griegos”, ya no hay diferencias nacionales, ni sociales, ni raciales. Si somos de Cristo Jesús debemos acoger a los que nos resultan “extraños” como si fueran míos, porque en realidad lo son, son mis hermanos en Cristo si están bautizados, y mis hermanos “hijos del mismo Padre”, si no lo están, aunque es posible que ellos no lo sientan así.

Eso es algo más, mucho más que un hermoso discurso que a la salida de la Iglesia no tiene mayores consecuencias. Si con su Encarnación el Hijo de Dios se ha unido con todos los seres humanos, entonces, deberíamos dejar de decir que sólo somos hijos de Dios los cristianos, o que sólo tenemos derechos los de una determinada nacionalidad, o tantas cosas por el estilo que nos separan a los unos de los otros.

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¿Dónde está lo nuevo del año nuevo?

31.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Todos los años, cuando llegan estas fechas, nos deseamos un “feliz año nuevo”. Pregunto: ¿dónde está lo nuevo del año? ¿Quizás en que cambiamos un calendario por otro? ¿Qué me aporta a mí este cambio? Nada, a no ser que cambie yo. Que haya algo nuevo en el año nuevo depende de mí.

No es nada fácil que aparezcan novedades en el terreno social o político, porque lo que buscan unos y otros es conservar o incrementar lo que tienen. No quieren cambiar, en todo caso quieren que cambien los otros. Seguro que seguiremos con las mismas guerras, las mismas pocas ganas de acoger a los inmigrantes o de ayudar a los necesitados, las mismas disputas y descalificaciones entre los partidos políticos. Esta mirada pesimista, para ajustarse a la realidad debe completarse con otras perspectivas y actitudes que también continuarán durante el próximo año: seguirá habiendo gente que ayuda a los náufragos, se preocupa por los ancianos y enfermos, lucha por conseguir mejores leyes sociales, se sacrifica por los demás.

Muchas de estas cosas positivas no parecerán nuevas, porque serán continuación de lo que ya había y, además, pocos son conscientes del valor que tienen, pero en ellas está la verdadera novedad. La bondad siempre es nueva, siempre se renueva, siempre rejuvenece. Lo nuevo del año nuevo serán las personas buenas.

En esta línea es posible desearnos unos a otros un feliz año nuevo. Porque si la novedad está en la bondad, entonces seguro que también seremos felices. Sólo en el bien hay felicidad. En el mal puede haber excitación, pasión y, por supuesto, obcecación, pero no verdadera felicidad. Porque la felicidad buena es la que produce contemplar y buscar el bien de los demás que, paradójicamente, coincide con el bien propio. El que busca la felicidad de los demás, ese y sólo ese, trabaja por su propia felicidad.

Desde este humilde espacio en el que vierto mis reflexiones, más o menos acertadas, deseo a todos mis lectores un “feliz año nuevo”. Si logramos que el año 2019 sea nuevo con la eterna novedad de la bondad, entonces también tendremos un año feliz.

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Jesucristo, Palabra del Padre, nacido de María

28.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Continúo ofreciendo algunas reflexiones sobre el misterio de la Encarnación, inspiradas en Tomás de Aquino. Me baso en una obra catequética del santo doctor, su Comentario al Símbolo de los Apóstoles. Para explicar un aspecto del misterio trinitario, a saber, que el Hijo ha nacido del Padre, el Maestro de Aquino nota que la generación en el seno de Dios no puede entenderse del mismo modo que la generación humana, aunque algunos aspectos de la generación humana ayudan a entender la divina. Y así, utiliza la analogía del pensamiento, que para entenderse concibe una palabra. El alma, pensando, engendra la palabra. Viene entonces la aplicación al misterio trinitario: El Hijo de Dios es la Palabra del Padre, una Palabra concebida interiormente y, por tanto, de la misma naturaleza del Padre, del mismo modo que la palabra pensada es de la misma naturaleza del alma que piensa.

Ahora viene la aplicación al misterio de la Encarnación. Da por sentado que “nada es tan semejante al Hijo de Dios como la palabra concebida en nuestra mente y no proferida”. Y añade: “nadie conoce la palabra mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que la concibe”. Al ser proferida o pronunciada es conocida. “Y así, el Verbo (Palabra) de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces se manifestó y fue conocido”. O sea, la carne, la humanidad de Jesús es la voz de la Palabra de Dios.

Pero hay más, pues la palabra se conoce por el oído; y, sin embargo, a la palabra no se la ve ni se la toca; pero si se escribe en un papel, entonces sí se la ve y se la toca. Así la Palabra de Dios no se pudo ver ni tocar hasta que fue escrita en un cuerpo como el nuestro. Lo que aparece en un escrito (en una carta, por ejemplo) es la palabra que yo le dirijo a otro. “Así, el hombre al que se unió la Palabra de Dios, se llama Hijo de Dios”. O sea, la humanidad de Jesús es el escrito que utiliza la Palabra de Dios para llegar a nosotros, un escrito que tiene una libertad y una iniciativa de la que no goza el papel.

A partir de ahí se me ocurren otras reflexiones. Cuando la teología se pregunta si cualquiera de las personas divinas pudo encarnarse y responde que sí, me parece que habría que matizar. La persona divina a la que le corresponde encarnarse sería no una cualquiera, sino esa persona que, por ser Palabra, tiene tendencia a ser dicha y a ser escrita.

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La Encarnación esclarece el misterio del ser humano

24.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

“El misterio del hombre, dice el Vaticano II, sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. O sea, la encarnación no es sólo algo que concierne directamente a Jesús de Nazaret, sino a todo ser humano. En Jesús se ilumina una realidad que es propia de todas las personas, a saber, que el ser humano está hecho para Dios, y que sólo al encontrarse con Dios se encuentra de verdad consigo mismo. Hemos sido hechos para Dios, como dice san Agustín y, sólo al encontrarnos con Dios, encontramos nuestro verdadero descanso. Mientras eso no ocurre, vivimos inquietos, perdidos, no sabemos a dónde vamos, buscamos la felicidad en placeres que pasan o, lo que es peor, en placeres que matan.

Lo interesante de este texto del Vaticano II, es que dice: el misterio “del hombre”. De todo hombre. No dice el misterio del hombre en pecado. Hago notar esto porque algunos han pensado que la encarnación está en función del pecado, de modo que, si el hombre no hubiese pecado, Dios no se habría encarnado. Pero la afirmación del Vaticano II nos orienta en otra dirección: el misterio del hombre, del ser humano con pecado y sin pecado, solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.

La encarnación es querida por sí misma y no en función de un bien menor o de una ocurrencia a posteriori. Es querida por sí misma porque allí se revela algo que, sin la encarnación, jamás habríamos podido descubrir, a saber, que el humano es capaz de Dios porque Dios es capaz del hombre. Y precisamente en esta capacidad realizada, o sea, en el encuentro con Dios, está la medida de cada persona, su plenitud, su perfección. Cristo, que acoge plenamente a Dios en su vida, es (como también dice el Vaticano II) el “Hombre perfecto”, el hombre logrado, el hombre que Dios buscaba y quería desde siempre, el modelo acabado de aquello a lo que está llamado todo ser humano.

La encarnación sería así el fin siempre pretendido y buscado por Dios para que, en este mundo, los seres humanos pudiéramos conocerle del modo más perfecto posible, y para que también tuviéramos un acabado modelo de humanidad plenamente realizada.

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María en casa de la sabiduría

22.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El evangelio del cuarto domingo de adviento es un texto breve: Lc 1,39-45. Comparto con los lectores tres sencillas ideas sobre este texto.

María se puso en camino y entró en casa de Zacarías. Eso ocurre después de haber acogido la palabra del ángel, anunciándole que concebirá a uno que “será grande” porque será “hijo del Altísimo”. ¿Por qué motivo se dirige María a casa de Zacarías? Una piadosa respuesta sería: porque, enterada del embarazo de su parienta, iba a ayudarla. Pero me parece que hay una respuesta teológica mucho más apropiada, que pocos notan. Zacarías significa “memoria, recuerdo”. María acude a la casa de la memoria. María acude a los sabios de Israel, a los ancianos, representados por Zacarías e Isabel. En la casa de la sabiduría ocurren cosas sorprendentes. Es el lugar donde se confirman las buenas noticias

Una vez allí, Isabel, cuyo nombre significa “Dios es plenitud” y, por eso, el evangelista nos dice que está “llena del Espíritu Santo”, comparte la inmensa alegría de su hijo Juan, y saluda a María bendiciéndola a ella y bendiciendo, sobre todo, al fruto de su vientre. O sea, Isabel se pone a hablar bien (eso es bendecir, bien decir) de María y de su hijo. Confirma, por tanto, a María, en su fe en las palabras del ángel.

Finalmente, Isabel añade el más grande elogio de la fe: “dichosa tú que has creído” en las palabras del Señor. Es la primera de las bienaventuranzas que aparecen en el evangelio. Y probablemente la más importante de todas, puesto que se repite como final del evangelio, aunque esta vez dirigida a todos los creyentes en Jesús: “felices los que creen sin haber visto” (Jn 20,29). La bienaventuranza de María puede ser también la de todos los creyentes. María se convierte así en prototipo de lo que le espera a todo el que cree en Jesús y en la mejor realización de la fe.

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Dios se hizo hombre para que le imitemos

20.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

Además de los motivos de la Encarnación expuestos en el artículo anterior, el Maestro de Aquino ofrece otro interesante motivo, relacionado con la búsqueda de la bienaventuranza por parte de todo ser humano. Pues para conseguir la bienaventuranza, que no es otra cosa que el encuentro con Dios, es necesario vivir una vida acorde con aquel al que se desea abrazar. De la misma manera que los amigos tratan de complacerse, la búsqueda de la amistad con Dios requiere ponerse en sintonía con él. Dicho de otra forma: los amigos se parecen. ¿Cómo puede el ser humano parecerse a su amigo Dios? Imitándole. Así se comprende este sorprendente texto de san Pablo: “sed imitadores de Dios”, porque los “hijos queridos” imitan al Padre y los amigos imitan al amigo. ¿Y cómo podemos imitar a Dios? San Pablo responde: amando como Cristo amó (Ef 5,1-2).

Pues bien, la encarnación está en función de esta imitación de Dios. Las personas necesitamos modelos. Cuanto más segura es la opinión que tenemos de la bondad de alguien que se nos propone como modelo, con tanta más seguridad lo imitamos. Pero todos los humanos somos frágiles y alguna vez fallamos. “Incluso los más santos fueron defectuosos en algo”, recuerda Tomás de Aquino (en la Suma contra Gentiles). Por eso añade: El más seguro modelo que se nos ha podido ofrecer es el Dios humanado. Encuentra un buen apoyo a esta convicción en la palabra del Señor recogida en Jn 13,15: “os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho”.

San Agustín, citado en la Suma de Teología, dice: “Dios se hizo humano para ofrecer al ser humano un ejemplo que el hombre pudiera ver e imitar”. Y comentando 1 Cor 11,1 (que habla de “imitar a Cristo”), Sto. Tomás dice que, puesto que el “Modelo original”, el Verbo eterno del Padre, estaba muy alejado de nosotros, “Dios quiso hacerse hombre para ofrecer a los hombres un modelo humano”.

La encarnación, la referencia a Jesucristo para imitar a Dios, es tanto más necesaria cuanto que nosotros solemos hacernos falsas ideas de Dios, basadas en la grandeza y el poder. El misterio de la encarnación nos indica que el Dios al que debemos imitar es el que se inclina ante los humildes, perdona a los pecadores, socorre al huérfano y al desvalido, se compadece del necesitado y se enfrenta a los que mantienen situaciones injustas. O sea, no es el dios de los poderosos de este mundo, sino el Dios que baja del cielo y se hace humano, comprometiéndose así con el mundo como no es posible comprometerse más.

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Por nuestra salvación bajó del cielo

16.12.18 | 00:00. Archivado en Acerca del autor

El motivo de la Encarnación queda bien expresado en estas palabras del Credo: “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo”. El motivo de la Encarnación es la salvación del ser humano. Dios se hace hombre para que nosotros podemos llegar a la perfecta bienaventuranza, que no es otra cosa que el encuentro con Dios.

Tomás de Aquino, en el libro cuarto de la Suma contra los gentiles, tiene un precioso artículo en el que explica la relación que hay entre encarnación y salvación de los humanos. Comienza afirmando que en el misterio de la encarnación hay “una sabiduría tan profunda, que excede todo conocimiento humano”.

Luego expone su tesis fundamental: “la encarnación fue la mejor ayuda para el hombre que busca la plena felicidad”. Como esta perfecta felicidad está en el encuentro con Dios, pudiera parecer a alguno que el ser humano jamás podrá alcanzarla, debido a “la inmensa distancia” que hay entre Dios y el humano. “Resultando de esto, dice Tomás de Aquino, que el hombre se entibiaría en la búsqueda de la bienaventuranza, frenado por la misma desesperación. Pero Dios, por el hecho de haber querido asumir, voluntariamente y en persona, la naturaleza humana, demostró de la manera más evidente que el hombre puede unirse a él. Por tanto, fue convenientísimo que Dios asumiera la naturaleza humana para cimentar nuestra esperanza en la bienaventuranza”.

Más aún, Dios quiso preparar al ser humano para que deseara encontrarse con él. Ahora bien, dice el santo, “el deseo de alguna cosa es causado por el amor de la misma”. ¿Cómo hacer desear al hombre el amor de Dios? “Nada nos mueve tanto al amor de alguien como hacer la experiencia de que él nos ama. Mas el amor de Dios a los hombres de ningún modo pudo demostrarse más eficazmente que por el hecho de haber querido Él unirse al hombre en persona, pues lo propio del amor es unir al amante con el amado, en cuanto es posible. Luego fue necesario para el hombre que tiende a la bienaventuranza perfecta que Dios se hiciera hombre”.

El santo doctor, consciente de que sólo puede haber amistad entre los iguales, se pregunta cómo puede haberla entre Dios y el ser humano, dada la distancia que hay entre ambos. Precisamente el misterio de la encarnación rompe esta distancia, igualando, en cierto modo, a Dios con el ser humano. “Por consiguiente, concluye nuestro santo, para que hubiese una amistad más familiar entre Dios y el hombre, convino que Dios se hiciera hombre, pues por naturaleza el hombre es amigo del hombre, y así (dice el santo citando uno de los prefacios de las eucaristías navideñas) conociendo visiblemente a Dios (en la humanidad de Cristo), él nos lleve al amor de lo invisible (el Dios inefable, sumamente amable)”.

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Jueves, 24 de enero

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