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El uso del lenguaje en la prensa

Permalink 20.11.09 @ 08:43:30. Archivado en Periodismo

LA “MALDICIÓN” DE LOS PERIODISTAS:
EL USO DEL LENGUAJE EN LA PRENSA ESPAÑOLA

Jaime Vázquez Allegue
Centro de Estudios Periodísticos
Fundación Andaluza de la Prensa. Granada

0. César Antonio Molina, que fue Ministro de Cultura y antes director del Instituto Cer-vantes, afirmó en una ocasión que “los periodistas son los responsables del mal uso del idioma español” argumentando que si la gente habla mal es porque los periodistas utili-zamos mal esas palabras. Molina hizo responsables a los periodistas del mal estado en que se encuentra el lenguaje popular al mismo tiempo que se declaraba públicamente miembro del gremio: “Los periodistas y los escritores tenemos que usar bien nuestro lenguaje porque somos el espejo donde se refleja la sociedad” .
Según Molina, la clave para utilizar correctamente el lenguaje en el mundo de la co-municación está en “cuidar que los periodistas escriban y hablen bien y sepan lo impor-tante que es la defensa del idioma”. A pesar de todo ello —concluía Molina— el español goza de una salud radiante. Y es que hay periodistas que maldicen, porque di-cen mal.
En prensa —también, aunque de manera distinta, en otros medios de comunica-ción— tenemos que distinguir entre el mal uso del lenguaje y las erratas que con fre-cuencia aparecen en las publicaciones periódicas. Las erratas y gazapos suelen ser consecuencia del despiste en la revisión tanto del periodista que escribe el texto como del corrector que trabaja en la redacción del periódico. Un gazapo periodístico es, por ejemplo, la errata aparecida en una revista semanal de la denominada prensa rosa en la que el periodista de turno afirmaba que ante una pregunta indiscreta la actriz “frunció el coño” en vez de decir que “frunció el ceño” (Martínez Alarcos 1989).
También hay gazapos en la prensa deportiva, considerada una de las representaciones del periodismo especializado. Así ocurría en uno de los diarios deportivos de mayor tirada de nuestro país, en el que se podía leer que en el campeonato mundial celebrado en los Estados Unidos al representante cubano de salto de longitud se le habían dado por válidos los dos primeros saltos, pero que al tercero se le había dado “por culo”, en don-de todos leeríamos “por nulo”. En el mismo periódico deportivo el periodista afirmaba que un miembro de la directiva hablaba de las estrellas de su equipo y que decía tex-tualmente: “a estos futbolistas hay que exigirles mayor rendimiento ya que tienen una “picha” extraordinaria”. Queremos pensar que el periodista confundió la “p” por la “f” de ficha extraordinaria (Castañón Rodríguez 1993a; 1993b).
La prensa política no está exenta del uso de gazapos literarios. En la época de la tran-sición española a la democracia, un periódico generalista afirmaba en vísperas de la celebración de unos comicios electorales que nuestro país estaba a punto de vivir las primeras “erecciones democráticas” (Santiago 1998).
Pero lo que nos interesa en estos momentos no son tanto las erratas tipográficas que pueden aparecer en los periódicos, ni los errores involuntarios de los profesionales de la comunicación, sino el uso de la lengua de quienes hacen de la palabra escrita una forma de transmitir una información y de dar una noticia de forma pública, profesional y auto-rizada (Hernando 1990).
Alex Grijelmo, en su libro de estilo del periodista afirma que “en charlas y conferen-cias he animado a los futuros periodistas allí presentes a especializarse en la edición de textos (es decir, a ejercitar el control de calidad del producto), porque ahí se aprecia una de las mayores carencias de la prensa actual. A fuerza de proliferar los que aspiran a especializarse en Economía, Deportes, Tribunales, Televisión, Cultura, Internacional, Política, Informática…, están desapareciendo los especialistas en periodismo. Por eso quienes asuman la intención de formarse como expertos en lenguaje y en redacción, y también en los géneros periodísticos, tendrán enormes facilidades para encontrar traba-jo. El descuido de sus compañeros y de los estudiantes actuales se lo ha puesto muy sencillo” (Grijelmo 2008: 21).

1. LA LENGUA DE LA PRENSA Y EL LENGUAJE DE LOS PERIODISTAS

“Es opinión generalizada que los medios de comunicación hacen todo lo posible por destrozar y corromper el idioma y aunque es claro que no son los únicos culpables del deterioro del lenguaje, lo cierto es que, dado su poder de difusión, los comunicadores tienen una gran responsabilidad en la conformación y el porvenir de la lengua” (Hurtado González 1999-2000: 101). El frecuente mal uso del lenguaje, en nuestro caso del idio-ma o lengua española en la prensa, hace que el mundo de la comunicación sea objetivo permanente de la crítica. El gremio de los periodistas es consciente de este problema y se siente en buen grado responsable de extender como la pólvora el uso involuntario de un lenguaje inapropiado:

Mil veces, periodistas de la prensa, de la radio o de la televisión preguntan algo como esto: ¿Verdad que hablamos (o escribimos) muy mal? Cierto que lo malo abunda, pero ¿no entre los médicos, los abogados, los ingenieros o los profesores de lingüística? Lo que ocurre es que los medios de comuni-cación tienen un alcance que a todos nosotros nos falta. (Alvar 1997)

La sensación de responsabilidad ha hecho que cada vez más profesionales del mundo del periodismo en particular y de la comunicación en general estén dispuestos a adquirir una mayor y mejor formación permanente que discurra de forma paralela a su realiza-ción profesional. Esta misma mañana, en la que escribo estas líneas, una periodista que trabaja en un medio escrito desde hace varios años me comentaba que estaba realizando un curso por internet de perfeccionamiento de la escritura para periodistas (García Ga-lindo 2006).
Este interés, cada vez más extendido entre los periodistas, hace que las Asociaciones de la Prensa, las Facultades de Comunicación y otras instituciones vinculadas a algunos medios de comunicación se esfuercen en organizar cursos y talleres de escritura y estilo periodístico. Se trata de una apuesta por perfeccionar el uso de la lengua y el lenguaje periodístico a la que hay que añadir el interés personal del profesional por mejorar su escritura y el conocimiento del idioma. Los mismos periodistas en sus escritos dan cuenta de la actitud en la que se encuentran. Las páginas de opinión y sus secciones suelen ser las que generan la información necesaria que evidencia el interés de los pro-fesionales por el buen uso del idioma. Un ejemplo lo tenemos en una carta aparecida en el diario El País, en donde un lector dirigiéndose a los periodistas y su responsabilidad de utilizar correctamente el lenguaje afirmaba: “¿No os dais cuenta en El País que de¬béis dar ejemplo, que tenéis una función educadora (sin que ése sea vuestro propósito, pero las cosas son así), y con ello una responsabilidad?” .
Los manuales de estilo propio de diferentes medios de comunicación son una prueba de la buena voluntad y del interés que tienen no sólo los profesionales sino los medios en los que trabajan por mejorar y perfeccionar el uso de la lengua.

2. LA “BENDICIÓN” DE LOS PERIODISTAS

Si la “maldición” de los periodistas es el vértigo que produce la presencia de errores en el uso del lenguaje que hace de la escritura una “mala dicción”, la buena intención del profesional de la comunicación impresa pasa también por los elementos que le per-miten alcanzar la “bendición” o “buena dicción” de la noticia para que su transmisión sea correcta y acertada. Para ello, el profesional cuenta con dos elementos que garanti-zan el uso acertado de la comunicación: la precisión y la claridad.
La información, advierte el libro de estilo de Vocento, “debe ser lo más exacta posi-ble. Lo que no se sabe no se cuenta, y solo se cuenta lo que está comprobado y contras-tado. La precisión es el determinante principal de la credibilidad, y en ella el periodista compromete su responsabilidad” (Martínez de Sousa 2003: 29-30). En una noticia o en un texto informativo, el lenguaje no sólo debe contener expresiones que configuran el cuerpo de la información compuesto por datos o cifras. La noticia contrastada ha de ser explicada de tal forma que permita la interpretación correcta por parte del lector. En otras palabras, el lector debe terminar la lectura de la noticia con el conocimiento de lo sucedido o de la información emitida. El mal uso del lenguaje, en este sentido, contri-buye a desfigurar la noticia y confundir sobre su contenido. La precisión es, a este res-pecto, un argumento que debe utilizar el comunicador a través de un proceso coordinado que pasa por a) verificar las cifras y datos ofreciendo los elementos necesarios para comprender la noticia; b) asegurarse de que lo que dice es real, existe y funciona como lo dice; c) identificar los componentes de la noticia (personajes, funciones, cargos) con datos que otorguen veracidad a la noticia; d) utilizar los términos apropiados evitando las ambigüedades, el uso de vocablos equívocos o circunloquios polisémicos; e) evitar las dudas que puedan surgir en los lectores, despejar incógnitas que puedan surgir a los lectores; f) intentar ofrecer al lector las fuentes de información para que puedan ser con-trastadas y comprobadas.
La búsqueda de la precisión informativa garantiza la claridad de las circunstancias en las que se produce la noticia. En vez de decir que una persona es alta, joven o gruesa es mejor ofrecer los datos de su altura, su edad o su peso. La precisión en el periodista le ayudará a huir de frases tópicas y del uso de vocablos que por su abuso han perdido su sentido original (Vigara 2001: 163).
El otro elemento que garantiza la “bendición de los periodistas” es la claridad. En las normas generales del Libro de estilo de ABC —por poner un ejemplo— se afirma que “todo texto destinado a publicarse en ABC deberá estar redactado en términos simples, directos y efectivos” (Vigara 2001: 161). Para ayudar a la claridad de la información se han de tener en cuenta las siguientes consideraciones: utilizar un vocabulario accesible, escribir con frases cortas pero variadas, no abusar de los incisos o paréntesis, no abusar de la voz pasiva, utilizar el criterio de que siempre es mejor el formato afirmativo que el negativo y escribir con fluidez y armonía,

[…] porque aquel que revise su artículo y decida reemplazar todos los verbos “ser” y “estar” que se le hayan diseminado por las líneas y sembrar otros más expresivos habrá conseguido de repente conver-tir un pésimo texto en un reportaje lleno de color y matices. Aquel que domine los recursos para evitar los “ruidos” en su redacción habrá logrado no echar al lector de su página, lo habrá agarrado por la so-lapa para que se lea con deleite incluso el punto final. (Grijelmo 2008: 22)

Es difícil, por no decir casi imposible, acabar con los errores en la prensa. Desde que existe la imprenta y la difusión de la escritura impresa, las faltas, errores, gazapos y de¬más incorrecciones gráficas, forman parte del texto escrito. Como estamos viendo, el periodismo no está libre de la epidemia de erratas. La buena intención no es suficiente para atajar y corregir el número de errores que se producen en la edición de un perió¬dico. Es necesario poner en marcha y desarrollar una serie de elementos para conseguir reducir las erratas que a diario aparecen publicadas en la prensa. Podíamos establecer un decálogo de principios para estimular la reducción de faltas y conseguir, de esta forma, mejorar la edición impresa de los periódicos. A continuación presentamos algunos ele¬mentos que ayudan a mejorar el uso de la lengua en la prensa y el lenguaje de los perio¬distas. Son argumentos que, unidos a la buena voluntad del profesional de la comunica¬ción, actúan como estímulos de revisión, corrección y control del lenguaje.

2.1. Las Cartas al Director

Todos los periódicos tienen una sección que se sitúa en las páginas de opinión y que abre las puertas a la participación de los lectores en los contenidos de las noticias. Esta sección se conoce habitualmente como “Cartas al Director” y en ellas los lectores recep-tores de las noticias se convierten puntualmente en emisores de opinión o información. Se trata de una sección que cambia el orden natural del medio de comunicación. Si lo habitual es que el periódico, con su director a la cabeza, ejerza el papel de emisor de información en el proceso de comunicación, y el lector actúe como receptor de la noti-cia, en la sección de “Cartas al Director”, el emisor pasa a ser el lector habitual y el des-tinatario, representado en la figura del director, el receptor de una información. Esta alteración circunstancial del orden del proceso de comunicación no sólo cambia los pa-peles representativos sino que ejerce como garantía de la libertad de expresión. La sec-ción en la que se publican las cartas que escriben los lectores es una oportunidad de reclamar el derecho a la buena y correcta información y, a la vez, una reclamación lin-güística (Romero Gualda 1993; Casado Velarde y Vilarnovo 1989). El formato clásico del periódico incorpora la sección en las páginas de opinión convirtiéndose en el espa-cio de participación de la opinión pública. Las nuevas formas de periodismo, y de mane-ra especial el formato del periódico digital, están abriendo esta sección de cartas a los comentarios y valoraciones a la noticia que cada vez con más frecuencia aparecen al pie de la información hecha por el periodista. Las opiniones y valoraciones de los lectores a través de Internet en los periódicos digitales son, con toda seguridad, la nueva forma de unir a los lectores con los profesionales que emiten la información. Pero son, al mismo tiempo, la cara renovada de la sección de “Cartas al Director” en un formato de partici-pación más amplia, abierta e inmediata.
Tanto en el formato clásico de la sección de “Cartas al Director” como en la moderna de comentarios a las noticias que permite realizar la versión digital de los periódicos, nos encontramos con un manera de estimular el buen uso de la lengua en la informa-ción. Un estímulo que debería obligar a los redactores de la noticia a escribir bien y uti-lizar la lengua de la mejor manera posible, por la buena transmisión de la noticia y por el riesgo que comporta quedar en evidencia cada vez que los lectores corrigen la forma o el fondo de la información, a sabiendas de que los lectores convertidos en correctores no tienen que ser profesionales en el uso de la palabra.

2.2. El “Libro de estilo” de los periodistas

El Libro de estilo de un medio de comunicación como un periódico es un manual para sus profesionales que actúa como normativa de uso habitual. El Libro de estilo se considera una necesidad en forma de referente para el uso del idioma que sirve para unificar criterios, despeja dudas, corrige errores y, sobre todo, ayuda al profesional de la información en las posibles dudas que le surjan a la hora de escribir su noticia. El Libro de estilo trata de preservar una forma de escribir, una manera de transmitir los conoci-mientos y un estilo para expresar las ideas (Zarzalejos 2001: XIII).
El Libro de estilo también sirve para determinar la forma de escribir una palabra o nombre propio de otro idioma. De manera que cuando un término extranjero traído al español puede ser escrito de diferentes maneras, es el Libro de estilo el que decide la forma de uso para el medio concreto. En realidad, el Libro de estilo es una fuente de información que ayuda al profesional a utilizar correctamente el lenguaje. En cierto sen-tido, los libros de estilo deberían ser obras para uso interno y de poca difusión. Sin em-bargo, en los últimos años, las editoriales han sacado a la luz y hecho públicos los contenidos específicos de los medios a través de la publicación de los libros de estilo de multitud de medios de comunicación. Hoy podemos hablar de una superproducción de libros de estilo que va desde los propios de los periódicos de mayor tirada a los más modernos que en formato digital se convierten en manuales de estilo de sus colaborado-res. Sirva como ejemplo la definición que de sí mismo hace el Libro de estilo de El País, uno de los primeros que se publicó como tal, en donde leemos:

La historia del Libro de estilo de El País a través de sus distintas ediciones es la historia de un modelo de periodismo y de comunicación con el público. Han pasado casi veinte años desde que las peticiones de los lectores convirtieron una herramienta de la Redacción en un medio para que los lectores pudie-ran contrastar el trabajo interno del periódico (durante este tiempo, como es sabido, otros medios han seguido el ejemplo de El País y han publicado sus libros de estilo). Pero al tiempo se proporcionaba también al público una pieza imprescindible en el bagaje de obras de consulta del ciudadano de a pie. (Estefanía 1996: 9)

Pero los libros de estilo en general y los de los periódicos en particular sirven, a su vez, para actualizar fórmulas antiguas, poner al día elementos que se han modificado. También sirven para defender a los lectores del sensacionalismo en el que puedan caer los profesionales de la comunicación. Porque, como afirma Joaquín Estefanía, a veces ocurre que en la mención abusiva de la libertad de información y de expresión se escu-dan sus enemigos para negar las críticas legítimas y la labor de control del poder, in-cluido el de los propios periodistas (Estefanía 1996: 14). Vocento define su Libro de estilo de la siguiente manera:

Un libro de estilo es, por su propia naturaleza, dinámico, porque debe someterse a los cambios que experimenta el lenguaje en función de las tendencias lingüísticas de la propia sociedad, así como a la modernización tecnológica y estilística de los medios. En consecuencia, será actualizado periódica-mente. (Martínez de Sousa 2003: 7)

El Libro de estilo de El País, por ejemplo, advierte sobre las intenciones y finalidad de sus páginas diciendo que “contiene normas de obligado cumplimiento para todos los cargos del periódico, los redactores y los colaboradores. Nadie quedará exento de esta normativa” (Estefanía 1996: 17). También el Libro de estilo de Vocento advierte que “un libro de estilo es normativo por definición” (Martínez de Sousa 2003: 8). Lo que otorga a los libros de estilo un carácter legal de uso obligado que aunque en ningún caso condiciona la libertad de expresión del periodista sí condiciona el uso de su lenguaje y el buen uso de la lengua (Serna (coord.) 1996).
Por su parte, el Libro de estilo del periódico ABC se defiende de los errores y mal uso del lenguaje afirmando que “el cuidado de la expresión escrita es norma fundamen-tal en nuestro periódico, alterada tan sólo por los condicionantes de las urgencias y las tensiones cotidianas, propias de este género literario que cierra sus ediciones cada vein-ticuatro horas” (Vigara 2001: XIII).

El estilo no es un fin, sino un medio. Las normas de escritura, desposeídas cada día de su viejo valor elitista, sirven para hacerse comprender sin dejarse notar. Sólo si el autor desaparece entre líneas pue-de entender el lector. De este modo se evitan los dos grandes riesgos que corre quien se comunica por escrito. El primero viene de lejos: no ser entendido. El segundo es cada vez más amenazante: no llegar siquiera a ser leído. (Garrido 1997: 12)

Las alusiones a los libros de estilo se han convertido en frecuentes reclamaciones a los defensores de los lectores.

2.3. El Defensor del Lector

Desde hace unos años grandes medios de comunicación han creado una figura de re-ferencia que vincula a los destinatarios de la información con los transmisores de la no-ticia. Se trata del Defensor del Lector que, aunque su misión principal tiene que ver con los contenidos, también asume la tarea de controlar el uso correcto de la lengua y sus lenguajes. De esta forma, el Defensor del Lector se convierte en portavoz de los lectores que denuncian la falta de rigor y el mal uso del lenguaje (Maciá Barber 2006).
El Defensor del Lector es una figura creada por la dirección de los periódicos. Su mi-sión es garantizar los derechos de los lectores, atender a sus dudas, sugerencias y quejas sobre los contenidos del diario. Pero también actúa vigilando que el tratamiento que se da a las noticias se sitúe dentro de la deontología y ética del periodismo.
El oficio de Defensor del Lector —suponiendo que podamos hablar de oficio— es muy moderno. Podríamos decir que su figura todavía se está construyendo. Al principio, el “ombudsman” esta formado por un consejo de prensa que recibía los comentarios y quejas de los lectores. Con el paso del tiempo, su misión consistió en estudiar y tramitar las demandas de los lectores. En la actualidad, además de dar respuesta a las sugerencias de los destinatarios de la información, el Defensor ofrece fórmulas para superar la crisis que también afecta a los periódicos y que no es sólo de carácter económico. Lo cual lo convierte en una figura destacada a la hora de evaluar la línea editorial y las tendencias de un periódico así como en el momento de hacer un análisis de la opinión pública hacia el medio. Su papel de intermediario entre el editor y el lector le otorgan una autonomía indiscutible como mediador en conflictos. Sin embargo, los análisis de mediación que realiza el Defensor del Lector suelen convertirse en un trabajo que termina convirtién-dose en subjetivo a la hora de emitir valores éticos o juicios morales que le obligan a tomar decisiones personales .
El recurso al Libro de estilo o al ideario del medio escrito no exime al Defensor de ese carácter de subjetividad que hace que cualquier defensor de los lectores no deba permanecer mucho tiempo en su cargo. La presencia del Defensor del Lector en el pe-riódico suele ser puntual. En las ediciones de mayor audiencia (por lo general, los fines de semana), el Defensor cuenta con un espacio fijo en la sección de opinión para dar cuenta de su trabajo y hacerlo visible a los lectores que se sienten representados a través de su figura. Un ejemplo claro de su doble misión sucedió en las últimas elecciones ge-nerales en los Estados Unidos. El Defensor del Lector del New York Times, Clark Hoyt, intervino ante la dirección del periódico después de haber recibido más de dos mil que-jas de los lectores que consideraban que el diario siempre buscaba la forma de perjudi-car a los candidatos republicanos .
El hecho de que la figura del Defensor del Lector se encuentre todavía en proceso de creación hace que algunos consideren que su papel no tiene la representatividad que debería. Incluso en algunos casos se le considera un oficio en decadencia: “Desde no-viembre de 1985, la sección del Defensor del Lector "ha ido perdiendo gas (...) Los dis-tintos defensores han hecho muy desigual uso de sus prerrogativas" (Seoane y Sueiro 2004: 499).

2.4. Los derechos de los lectores

Aunque la ONU no ha proclamado una normativa internacional que consagre los de-rechos de los lectores, nosotros podíamos establecer una serie de criterios que permitan a los receptores de los periódicos sentirse respaldados o protegidos por un código que reconozca lo que podíamos denominar como “derechos” de los lectores (Villalobos Qui-rós 1984). En un intento de recopilar una lista de derechos comenzaríamos diciendo que los derechos de los lectores consisten en: a) Recibir información oportuna y razonable; b) el lector tiene derecho a que la información que recibe sea plural; c) el lector tiene derecho a que la noticia sea precisa; d) los lectores tienen derecho a recibir una infor-mación que sea equilibrada; e) la noticia tiene que ser veraz; y f) derecho a recibir una información de calidad. Esta son algunas de las expectativas que los medios de comuni-cación deben cumplir y de los derechos que tienen los lectores a la hora de asomarse a la prensa. La responsabilidad de los periódicos con el público los convierten en empre-sas de comunicación que adquieren una serie de compromisos con la sociedad. La figura del Defensor del Lector es uno de los medios para que los derechos de los lectores sean reconocidos (Muñiz Machuca 2002: 24).
2.5. El Estatuto de la Redacción

Los buenos periódicos cuentan con un Estatuto de la Redacción aprobado por el con-sejo de administración del medio, por la junta de fundadores o por la junta general de accionistas . El Estatuto ordena las relaciones profesionales de la Redacción de la publi-cación con la Dirección de la misma y la sociedad editora, con independencia de las sindicales y laborales. Al Estatuto pertenecen todos los periodistas que realizan tareas de redacción, adscritos a su plantilla, así como los colaboradores contratados. El Estatu-to de la Redacción contempla la posibilidad de discrepar de un editorial siempre que se logren reunir las firmas necesarias, que cifra en un mínimo de dos tercios de los redacto-res. En ejercicio de este mecanismo de transparencia y democracia interna, único en la prensa española, se ha habilitado este espacio para dejar testimonio de la discrepancia . Un ejemplo de intervención y puesta en práctica del Estatuto de la Redacción lo encon-tramos en el caso de una información difundida por la Agencia Efe de la que leemos:

El Consejo de Redacción de EFE afirma que su información sobre ZP es "intachable".
Estimados compañeros, os queremos hacer llegar las siguientes consideraciones: el Consejo de Re-dacción de Efe, órgano de representación de los profesionales de esta Agencia, no puede por menos que mostrar su estupor ante los comentarios vertidos en Periodista Digital en torno a la información transmitida por Efe el pasado domingo sobre los acuerdos del Consejo de Ministros en los primeros cien días de Gobierno. Se trata de una intachable información que, como se hace habitualmente en la Agencia Efe, expone de forma cronológica los antecedentes de un hecho o acontecimiento, sin ánimo de ensalzar o reprobar. Por ello, el Consejo considera desafortunado el uso de una impecable informa-ción para atacar a la Agencia Efe y a sus profesionales .

2.6. La fe de errores

Los errores que se cometen en los periódicos y que son detectados tanto por la redac-ción del medio como por los lectores, deben ser subsanados a través de su rectificación o corrección. Para eso, la mayoría de los periódicos cuentan con un apartado en la sec-ción de opinión que se conoce como “fe de erratas” o “fe de errores” que advierte sobre los fallos cometidos en ediciones anteriores (Vigara 2001: 181). Como afirma Grijelmo,

Las nuevas tecnologías han acabado con los intermediarios entre el periodista y el comprador del dia-rio. Antes, los artículos eran reproducidos por los linotipistas, o, años después, por los teclistas; profe-sionales todos ellos con grandes conocimientos gramaticales y de cultura general, al cabo de muchos días leyendo y copiando escritos. Y luego aparecían los correctores, que limpiaban de fallos las gale-radas. Pero la rapidez de los tiempos actuales y la competencia por llegar pronto al quiosco o a la ci-berpágina han suprimido tales pasos. Cada vez más, el periodista es el primero y el último que revisa un artículo en detalle. El texto seguirá su curso sin apenas intermediarios en la cadena hasta que llegue al lector, quien sufrirá los desastres y mirará de reojo a ese periodista que aparenta saber tanto de eco-nomía o de política mientras ignora elementales reglas de la sintaxis. (Grijelmo 2008: 23)

2.7. El Código Deontológico

Desde hace pocos años, los periodistas cuentan con un Código Deontológico que ga-rantiza los contenidos de las noticias y exigen a los profesionales de la comunicación un marco ético y jurídico en el que situarse. El Código Deontológico del periodista fue aprobado por la Asamblea Ordinaria de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) en Sevilla el 27 de noviembre de 1993. Según el Código,

[…] en el marco de las libertades civiles consagradas en la Constitución, que constituyen la referencia necesaria para una sociedad plenamente democrática, el ejercicio profesional del Periodismo represen-ta un importante compromiso social, para que se haga realidad para todos los ciudadanos el libre y efi-caz desarrollo de los derechos fundamentales sobre la libre información y expresión de las ideas. Como su sujeto e instrumento de la libertad de expresión, los periodistas reconocen y garantizan que su ejercicio profesional es el cauce de manifestación de una opinión pública libre dentro del pluralis-mo de un Estado democrático y social de Derecho.
Pero los periodistas, también, consideran que su ejercicio profesional en el uso y disfrute de sus derechos constitucionales a la libertad de expresión y al derecho a la información, está sometido a los límites que impidan la vulneración de otros derechos fundamentales. Por ello, a la hora de asumir es-tos compromisos, y como verdadera garantía que ofrece a la sociedad española, a la que sirve, la pro-fesión periodística entiende que le corresponde mantener, colectiva e individualmente, una intachable conducta en cuanto se refiere a la ética y la deontología de la información. En este sentido, los perio-distas, integrados en la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, se comprometen con la sociedad a mantener en el ejercicio de su profesión los principios éticos y deontológicos que le son propios .

3. LA “MALDICIÓN” DE LOS PERIODISTAS

Cerramos este apartado de nuestro trabajo con la presentación de un listado de erro-res publicados que afectan al periodismo y reflejan la situación en la que se encuentran los medios de comunicación en España. Nuestra intención no es cuestionar ni dejar en evidencia a ningún medio. Lo que queremos es contribuir a la difusión de los gazapos en sentido positivo. Convencidos, como estamos, de que viéndolos evitaremos volver a cometerlos. Por otro lado, la colección de “maldiciones” que sigue ha de ser interpreta-da en sentido humorístico, sarcástico si se prefiere, pero con la intención y el conven-cimiento de que son ejemplos puntuales frente a infinitas buenas interpretaciones y formas de producir la noticia. A fin de cuentas, las erratas son muy pocas frente a los aciertos y buenas artes de comunicar. El arte del periodismo incluye más bendiciones que maldiciones. Aunque estas últimas sean las que sobresalen y ensombrecen el resto de un trabajo bien hecho. Así pues, sirvan estos ejemplos para ilustrar un campo lleno de margaritas.

3.1. Maldiciones gramaticales

1) En un artículo del Correo Español-El Pueblo Vasco del 22 de octubre de 2002 un periodista utiliza la expresión “al simpar Sara Montiel” en lugar de decir la “sin par” Sara Montiel. El mismo mal uso lo encontramos en un titular de El Mundo del 10 de julio de 2005 cuando el periodista de turno titula su artículo: "El retablo simpar de los primos Grimaldi”.
2) Construir mal una frase que después se convierte en titular de prensa da lugar a noticias como la que apareció en El Mundo-La Crónica de León el 24 de octubre de 2001 con el titular: “Inaugurado el curso de informática del Ayuntamiento para mayo-res".
3) Otra mala construcción de la frase la encontramos en el titular de El Correo Es-pañol-El Pueblo Vasco del 23 de octubre de 2001, en donde leemos: “Cinco personas, entre ellas un niño con un balazo, resultaron heridas en donde parece que el niño ya tenía el balazo antes del atentado”.
4) En el diario El País del 8 de agosto de 1997, en la noticia “La Delegación del Go-bierno pide cautela ante el caso de las niñas de Carabanchel”, leemos con estupor la frase: “Andaron y reandaron el barrio y sus alrededores”.

3.2. Maldiciones de puntuación

1) El periódico El Mundo del 29 de agosto de 2002 publica una fotografía en la que se ve a José María Aznar, que abraza a un anciano lloroso ante la mirada de una ancia-na. En el pie de foto leemos: "Además, Aznar se entrevistó con Jacinto Abad y Ascen-sión Elvira, padres de Edelmiro Abad, que falleció en el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre con quien aparece en la imagen".
2) Otra mala interpretación de la noticia, consecuencia del mal uso de la puntuación, la encontramos en el siguiente titular aparecido el 1 de mazo de 2003 en el Levante-El Mercantil Valenciano en el que leemos: “Dos muertos arrollados por el tren en Mála-ga”. Aunque entendemos lo que el periodista ha querido decir, lo que en realidad dice es que dos personas que ya estaban muertas fueron arrolladas por el tren.

3.3. Maldiciones de expresión

1) La falta de rigor en la redacción llevó a un periodista que, en el Faro de Vigo el 6 de mayo de 1999 entrevistaba a José Manuel Tobío, representante de la organización CIG-Mar, a titular la entrevista: “Debemos seguir luchando para que los marineros no mueran en silencio”.
2) En el Hoy de Extremadura del 20 de abril de 2002 leemos: "era como un fósil de otros tiempos". Y nosotros nos preguntamos si existen los fósiles de hoy en día.
3) En un reportaje titulado “Es cierto que los ciegos oyen mejor” aparecido en El Semanal el 20 de febrero de 2005 podíamos leer esta afirmación contradictoria: "[…] quienes pierden la visión en edades tempranas tienen un oído más fino que quienes se quedan sordos de adultos […]". En donde se tendría que decir “que quienes se quedan ciegos de adultos”.
4) En el diario El Mundo el 9 de junio de 2003 aparece un titular que produce la son-risa del lector, en el que se afirma:"Una tormenta obligó a aplazar hasta hoy el lanza-miento de la NASA a Marte". Como si lo que se fuera a lanzar a Marte fuera “la NASA”. El titular correcto debería ser: “Una tormenta obligó a la NASA a aplazar hasta hoy el lanzamiento a Marte”.
5) El diario El País, el 10 de abril de 2001, publicaba un titular en el que se decía: “Riesgo potencial de incendio elevado en 10 comarcas de Cataluña”. La noticia se refiere al riesgo elevado de incendios y no, como afirma, a que el riesgo consiste en que los incendios sean elevados en altura.

3.4. Usos inapropiados

1) El periódico La Razón el 31 de octubre de 2001 publicaba un titular en el que se podía leer: "Manifestación vecinal ante la sede de Unión Fenosa para exigir el ente-rramiento de los tendidos eléctricos". Podría haber utilizar el verbo “soterrar” en lugar del fúnebre “enterrar”.
2) En el diario Hoy de Extremadura del 20 de abril de 2002 podemos leer: "Los in-ternos extranjeros crecían a un ritmo catorce veces superior que el resto de la población reclusa". El verbo “crecer” parece más adecuado para ser utilizado en el aumento de altura que en el de aumento de la población carcelaria.
3) En la sección de deportes del Ideal de Granada leemos este titular,
"Joan Gaspart envió un recadito a su homónimo en el Real Madrid, Florentino Pérez", en donde el periodista hace un uso inadecuado del término “homónimo” que se utiliza para quien tiene el mismo nombre que otro.
4) Alguien que se las da de buen periodista, Jaime Peñafiel, escribía en su columna semanal del diario El Mundo el 1 de agosto de 2004 las siguientes palabras de la prin-cesa Letizia, también periodista: "[…] cuando un periódico no sólo se hacía eco de la presunta ingravidez de la esposa de Don Felipe […]". Nos quedamos con la duda de si la “ingravidez” hace honor a su significado o quería decir otra cosa.
5) Los neologismos inadecuados constituyen un riesgo habitual en el periodismo so-bre todo a la hora de establecer titulares. En El Correo Español-El Pueblo Vasco del 6 de febrero de 2002 nos encontramos con el titular: "El proyecto es mucho más ambicio-so: incluye la cubrición de la estación de San Mamés […]”.
6) El “Defensor del Lector” del diario El País el 14 de diciembre de 1997 publica una nota en la que respalda la observación de un lector. La información representa un claro ejemplo de uso inapropiado de un término que tiene otro significado: “un delfín de seis metros de envergadura, ni siquiera en el improbable supuesto de que, con las alas pectorales extendidas perpendicularmente a su cuerpo, la distancia entre sus puntas alcanzara dicha longitud”. El delfín citado de considerable tamaño debería definirse como de “seis metros de largo” y no de “seis metros de envergadura” ya que la enver-gadura no es sinónimo de longitud.

3.5. Maldiciones que crean confusión

1) El 22 de diciembre de 1998, el Heraldo de Aragón publicaba un titular en el que se podía leer: “Descubren un cometa de forma automática”. Por el titular no sabemos si el cometa tenía forma automática y cómo podía ser esa forma o si el descubrimiento se realizó de forma automática. Leído el contenido de la noticia concluimos con que el descubrimiento se realizó de forma automática.
2) Otro mal uso del lenguaje en la prensa que lleva a la confusión lo encontramos en la noticia aparecida en la portada de El Correo Español-El Pueblo Vasco, del 11 de julio de 2003 en donde leemos: “El Gobierno Vasco adjudicó ayer mediante sorteo 407 Viviendas de Protección Oficial construidas en Bilbao entre 7.500 personas". No sabe-mos si las viviendas fueron sorteadas entre las 7.500 personas o fueron todas estas per-sonas las que construyeron las viviendas.
3) En el periódico Levante-El Mercantil Valenciano del 22 de enero de 2003 apa¬recía el siguiente titular: “La Guardia Civil investiga un nuevo ataque de dos perros a un niño de diez años en Sueca”. Presentada de esta manera, el lector llegaría a la con-clusión de que no es la primera vez que ese niño sufre las consecuencias de un ataque de dos perros. Una vez leída la noticia queda claro que se trata de que la población de Sueca vive un problema con los perros incontrolados.
4) Otro caso llamativo que crea confusión y parece querer decir lo contrario a lo que dice sucedió en el interior de un reportaje sobre la cirugía estética de la vagina publica-do en el El Correo Español-El Pueblo Vasco el 27 de septiembre de 2005, en el que leemos: “[…] mujeres que habían sido madres en repetidas ocasiones y cuyo órgano sexual había perdido flacidez como consecuencia de partos reiterados”. A sabiendas de que si había perdido flacidez, entonces es que había ganado tersura.

3.6. Maldiciones tipográficas

1) En La Voz de Asturias del 31 de octubre de 2001 apareció publicado un reportaje sobre el accidente de un ganadero que fue corneado por un toro. Llama la atención en la noticia el cambio de nombre del ganadero a mitad del artículo. Y de una forma muy curiosa. Así, al principio nos lo presenta como “Carlos Rojina” Sin embargo, tras in-formar de que había recibido cornadas “en una de sus piernas”, pasa a denominarlo “Carlos Cojina”, suponemos que por la cojera que le debió de producir la cornada.
2) En un tema tan espinoso como el del terrorismo, leemos en el diario El Mundo el 24 de febrero de 2004 en titulares: “Iturgaiz afirma que equipar al PP con ETA es un insulto a las víctimas”. Queremos pensar que se trata de una errata que cambia el verbo “equiparar” por “equipar”.

3.7. Comentarios inadecuados

1) Aunque no se trate de un error o mal uso del lenguaje, hay ocasiones en las que los periodistas ofrecen una información que puede dar lugar a prejuicios o quitar impor-tancia a la noticia. En el Diario de Córdoba el 7 de marzo de 2001 aparecía una noticia sobre la condena a seis años de cárcel por dos robos cometidos con violencia. El perio-dista abre la noticia afirmando: “El Ministerio Fiscal y el letrado de A.G.F., conocido como El Indio, acordaron sendas penas […]”. Según lo escrito por el periodista, “El Indio” parece ser el letrado y no el delincuente condenado.
2) Otro comentario, en ningún momento conclusivo, lo encontramos en el periódico El Mundo el 10 de marzo de 2002 en un reportaje titulado “Historias del deporte”. El periodista realiza la siguiente afirmación: “A monsieur Comet, que como su nombre indica, se afincó en Donostia después de atravesar la frontera por Irún […]”.

3.8. Faltas de ortografía

1) En el periódico El Mundo del 21 de marzo de 2001, podemos leer en el interior de un artículo: “Yo le abría avisado pero no te da tiempo”. En donde “abría” debería ser “habría”.
2) También en El Mundo del 26 de abril de 2001, aparece una nueva falta de orto-grafía al afirmar: “su cuerpo calló de bruces contra el suelo”. En donde “calló” viene del verbo “callar”, en lugar de “cayó” del verbo “caer”.

4. EL CASO DEL PERIÓDICO “IDEAL”

En la prensa local de Granada también se escapan los errores. El periódico Ideal pu-blicaba un artículo de opinión de Antonio Ubago el 26 de agosto de 2006 en el que se confundía el término “destornillarse” con “desternillarse”:

Si un día un profesor o profesora, o viceversa, de tu colegio o escuela comentara en el recreo a sus compañeros y compañeras que las niñas y los niños motrileños y motrileñas estaban esa mañana más inquietos e inquietas que los carchuneros y carchuneras porque el alumnado urbano, posiblemente tú celebrarías alborozada la ansiada abolición del masculino genérico discriminatorio y sexista y tus compañeros se destornillarían a mandíbula batiente por la hilaridad y comicidad de la observación del colega. (Ubago, 2006)

A pesar del esmero y rigor que pone la redacción del periódico granadino para evitar la publicación de erratas y del mal uso del lenguaje, hay veces en las que ni correctores ni redactores descubren los gazapos por estar éstos camuflados en el lenguaje creativo de sus articulistas de opinión. Un caso llamativo fue el del escritor Antonio Gallego Morell y su artículo “Antonio Barea no es Amílcar Barca”, en el que la errata sirve de disculpa para un nuevo artículo:

Días pasados, al publicar en este periódico un largo artículo sobre la historia de la rehabilitación del Hospital Real el inevitable ratoncillo que se cuela en la composición en los talleres del periódico des-lizó una errata a la que consagro este breve artículo en vez de redactar una nota de corrección de erra-tas como es usual. En el texto yo me refería al gerente de la Universidad en aquellos años últimos, de los setenta y primeros de los ochenta, que era Eduardo Barea y no Amílcar Barca, el general carta-ginés que desembarcó en Cádiz y que los dos conocimos de nombre en nuestros estudios de primero de bachillerato .

Las “fe de erratas” es una sección no fija en los periódicos en la que se deshacen en-tuertos de publicaciones anteriores para dejar constancia de la buena voluntad de la empresa de comunicación y de sus redactores. Una vez más tomamos el ejemplo del periódico Ideal como referente para mostrar el gesto cuando afirma:

En el suplemento '2007 elenamente tuyo', publicado el día 8, el primer párrafo del artículo firmado por José García Román, de la página 19, aparecía con cuatro signos de interrogación en lugar de guiones. En lugar de '¿ya de vuelo, en plenitud dorada?' debería poner '-ya de vuelo, en plenitud dora-da-' y en lugar de '¿¿cuánto poder detenta y cuánto oculta tal nebulosa a veces!?' debería aparecer '-¡cuánto poder detenta y cuánto oculta tal nebulosa a veces!- .

El mal uso de la lengua llevó a un periodista de Ideal el 12 de marzo de 1999 a reali-zar la siguiente afirmación: “Las cooperativas detentan pocos accidentes debido a la estabilidad de sus plantillas”. El periodista confundió el verbo “detentar” que tiene que ver con retener lo que a alguien no le pertenece, con el verbo “detectar” que refleja el conocimiento o toma de conciencia de algo o alguien.
También en la edición almeriense del periódico Ideal encontramos titulares como el que apareció el 6 de junio de 2005 en el que se advertía: “Los trabajadores con horario desplazado crecen un 3% anual”. Suponemos que el verbo “crecer”, en este caso, no se refiere a la estatura de los trabajadores sino al aumento del número de personas.

5. CONCLUSIONES

Hemos visto, con cierto humor y mucho respeto, que las “maldiciones” y las “bendi-ciones” del uso de la lengua en el periodismo son fruto y consecuencia, en la mayoría de las ocasiones, de la rapidez que requiere un trabajo contra reloj. Una buena parte de las noticias aquí comentadas fueron redactadas a pocas horas de salir editadas. El mun-do del periodismo impreso cuenta con el factor “contratiempo” como un enemigo que azota al lenguaje de forma despiadada. El arte de poder escribir con tranquilidad no suele ser un aliado del profesional de la comunicación, que tiene que trabajar bajo la presión de la urgencia.
En la actualidad, y a pesar de las muchas erratas que aparecen cada mañana en la prensa, considero que el índice de gazapos es muy reducido en comparación con los que salían publicados en otros tiempos en los que las actuales nuevas tecnologías no existían y el proceso de redacción de un periódico estaba sometido a otros elementos como la censura. Por esa razón, propongo dar la vuelta a la visión que tenemos del uso de la lengua por parte del periodista para llegar a la conclusión de que el profesional de la comunicación es uno de los que mejor y con mayor frecuencia recurre al idioma co-mo forma de transmisión y comunicación. De esta forma, desde una mirada positiva de la realidad, podremos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que la frecuencia en el uso del idioma por parte de un profesional del periodismo hace de él un magnífico especialista en el uso de la lengua y, por tanto, un buen comunicador.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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