Suciedad del consumo
16.09.09 @ 11:44:00. Archivado en Periodismo
Digan lo que digan producimos -también la creamos- más basura de la que podemos imaginar -también de la que podemos pensar-. Pensemos, pensemos por un instante, en los kilos de basura que echamos en el contenedor de la calle durante todo un mes. ¿Hay alguien que pueda imaginarse toda esa basura junta? ¿Y si lo hacemos con toda la basura que echamos en el contenedor en seis meses? Los más imaginativos que lo hagan con la basura de todo un año. ¿Pero de dónde sacamos tal cantidad de basura? Es como si fuéramos fabricantes de basura, constructores del deshecho y promotores de destrozo.
Total, que como estamos metidos de lleno en la sociedad del consumo -iba a decir en la suciedad del consumo- nos hemos convertido en especialistas en desecho de todo lo que sobra. Y es que de cada cosa que compramos tenemos que deshacernos, acto seguido, de un quince o veinte por ciento de su contenido: plástico embasado al vacío, caja ilustrada a todo color, folleto de instrucciones, precinto de garantía y caducidad, rellenos ocasionales para aumentar el volumen a la vista del consumidor, bolsa opcional incómoda y poco adaptada para el contexto del objeto del consumo... De manera que uno cuando llega de hacer la compra de la semana no le queda más remedio que pasarse un buen rato desempaquetando, abriendo, seleccionando y desenvolviendo lo que ha comprado, siempre con una amplia bolsa de basura a su lado (varias si ha optado por el reciclaje) para ir metiendo lo que sobra de todo lo que ha comprado. Al final da la impresión de que uno tira más de lo que compra porque, entre otras cosas, los envoltorios y coberturas ocupan más espacio una vez abiertos.
Hace unas semanas leía en este periódico una opinión bien fundada al respecto. Se trataba de una llamada de atención al estado en el que se quedaban las calles de Granada tras una noche de fin de semana. Lo cual, dicho sea de paso, es desgraciadamente extrapolable al patrimonio cultural actual. Todas las villas y urbes de la europeidad viven la misma problemática.
La aparición -mejor, el desarrollo- del plástico como producto de bajo consumo pero no poco grado de contaminación, hace que todo, escrupulosamente precintado, nos ofrezca a la vista las garantías de limpieza, salubridad, higiene y pureza como nadie puede ofrecer mejor. Pero esa limpieza ofrecida -ofertada- se convierte, ya en manos de quien hace de comprador, en justamente todo lo contrario.
Lo realmente grave, se me antoja, es el final a donde van a parar todos estos deshechos después de que el ciudadano consumidor -o consumista- arroja -convencido de su inutilidad- al cubo de la basura. Las propuestas de reciclaje, los intentos de recuperar los materiales de deshecho y las buenas voluntades se quedan cortas a razón de la cantidad de basura que se pierde, que se destroza y que se abandona a la suerte de la contaminación de los vertederos de basuras. Tengo la impresión -es solamente una impresión- de que llegará el día -y tal vez no esté muy lejos- en que se establezcan centros para la compra del material desechable en aras a un mejor cuidado del ecosistema y, ciertamente, al beneficio empresarial. Tal vez lo que necesitemos sea justamente eso, que nos paguen por tirar la basura de una forma ordenada. Entonces sí, en ese caso, habiendo ganancia de por medio, seguramente todos nos volveríamos más ecologistas y buscadores del bienestar del entorno natural. Pero hasta que eso llegue, nosotros seguiremos descubriendo con acierto que la basura en Granada tiene las horas contadas.
Jaime Vázquez Allegue
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