Anuncios y publicidad
15.09.09 @ 11:41:23. Archivado en Periodismo
En varias ocasiones denuncié la extorsión manifiesta del uso en los medios de comunicación públicos –estatales, para ser más precisos- de la publicidad y el abuso reiterado de los anuncios. Todavía, a día de hoy, ver un programa o una película en cualquier cadena de televisión –pública o privada, nacional o autonómica, local o de barrio- exige tener una gran capacidad de relajación, mucha paciencia y hacer un ejercicio continuado de abstracción.
El otro día me volvió a suceder. Hacía mucho tiempo -y ese mucho es adverbio de una gran cantidad cuantificable- que no veía una película por una cadena de televisión. Me gusta el cine, lo suficiente como para verlo en una pantalla de televisión y a través de un canal de los llamados habituales -nacionales y autonómicos-. El caso es que quise ver una película de esas que echan -como quien echa de comer a los perros- y que nosotros tragamos sin mayor dilación y aspaviento. Y me enfadé cuando, transcurridos diez minutos de película, cortaron la emisión para introducir en forma de interludio una magnífica y fabulosa sesión de anuncios publicitarios. Una larga retahíla de dos decenas de spots -¿se dice así?- que me hicieron olvidar, sólo momentáneamente, el argumento de la película que me había dispuesto a ver y el hecho de que había decidido ver una película.
Después de aquel cúmulo de anuncios, la comedia cinematográfica volvió por los derroteros en los que se había quedado. Impasible recuperé el hilo en donde lo había dejado -en donde me lo habían quitado-. Otros diez minutos de película y un nuevo descanso -cansado y cansino- que trajo como propina otra colección de anuncios, de los cuales algunos eran repetición de los expuestos en la sesión publicitaria anterior. -Voy a preguntar a mis colegas periodistas si eso de repetir anuncios a los diez minutos produce grandes beneficios para la empresa anunciadora o anunciada-.
Después, en lugar de cada diez minutos, los descansos publicitarios fueron cada veinte minutos, pero el capítulo de repeticiones de anunciadores y anunciantes no disminuyó. Total que cuando me di cuenta me había pasado más tiempo viendo anuncios publicitarios que contenido de la película. No voy a decir de qué canal televisivo estoy hablando porque tengo la impresión de que la mayoría de ellos juegan -porque eso es jugar- con los mismos o parecidos parámetros. Sólo puedo decir que me entró el sueño y me cansé tanto de ver anuncios -alguno hasta tres veces en menos de una hora- que no pude ver el final de la película porque quedándome dormido me fui a la cama.
Los planes de los que rigen nuestros destinos anuncian la supresión absoluta de la publicidad en los canales estatales de televisión. Una ley plausible –dicho sea de paso- pero en estos momentos menos traumática dada la caída vertiginosa de la publicidad que afecta a todo tipo de periodismo. Pero una ley que lo que pretende, en el fondo, es proteger a las televisiones estatales de una crisis que todavía no ha tocado fondo y afecta de forma despiadada a los medios de comunicación. Al final, mientras las televisiones privadas seguirán buscando azarosamente una buena parte de su sustento en la publicidad, las televisiones estatales tendrán asegurada su gestión sin depender de los índices de audiencia, los ingresos publicitarios y una programación de calidad.
Jaime Vázquez Allegue
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