La flor del vigilante (1)
18.09.08 @ 08:37:14. Archivado en Otros escritos
Pues sepa, mi señor, que soy un Vigilante, aunque ustedes me llaman "almendro", pertenezco a la familia de las rosáceas. No soy muy grande pero con la altura que tengo puedo, perfectamente, otear el horizonte y convertirme en uno de los mejores testigos de la historia. Mis antepasados vinieron de la Media Luna Fértil -Oriente Medio, lo llaman ahora- por eso a mi abuelo lo llamaron Shaqed que en hebreo significa "vigilante".
Cuando era pequeño, mi abuelo me explicó los orígenes de nuestro nombre para que supiera -siempre es bueno conocer de dónde venimos- dar respuesta a preguntas como las que usted, en estos momentos, me está haciendo. Decía que Shaqed en hebreo significa vigilante. Un mote que nos pusieron por ser la primera clase de árbol de florece antes de la primavera y por permanecer siempre atentos al paso del tiempo y de todos esos espacios temporales que usted y los seres como usted se han inventado para poder organizarse la vida -también la muerte- y para vivir en dependencia de unas categorías cronológicas que nosotros nunca podremos comprender.
Sepa, también, que además de dar sombra -podemos llegar a medir hasta nueve metros-, adornar el espacio natural y formar parte de la madera que adorna su casa, los vigilantes -almendros, nos llaman ustedes ahora- producimos un fruto que ustedes utilizan después para alimentarse. Somos -permítame que lo diga con toda franqueza- seres vivos que damos vida, que servimos de alimento y estamos -como lo están todos los seres de nuestra especie- sometidos a su decisión y opción. Nuestro cuerpo, caracterizado por tener una cáscara densamente estriada y arrugada, recubre la mejor drupa que una planta puede producir. Y las hojas de nuestras ramas son -siempre lo han sido- tiernas y juveniles, plegadas por los laterales por todos los nervios centrales.
Como le decía hace unos instantes, procedemos de la Media Luna Fértil y del oeste asiático. Allí nuestros antepasados poblaron grandes extensiones de terreno y fueron objeto del culto y la veneración de muchos pueblos y civilizaciones hoy desaparecidas. Mi abuelo solía decir que en una ocasión un peregrino de regreso de aquellas tierras nos había traído en forma de semilla -nuestro estado original y originario- hasta estas tierras del sur de Europa cambiando nuestro hábitat natural para obligarnos a vivir -sobrevivir, sería más preciso- en estas tierras que usted y seres como usted trabajan con brío y denuedo. Esa es la razón por la que aquí muchos de los que son como usted nos clasifiquen despectivamente como arbustos asilvestrados. También me han dicho -perdone usted mi osadía- que han llevado árboles de nuestra familia a las tierras de Ultramar y nos han convertido en objeto de explotación maderera, aunque de ese tema, permítame no dar hacer un juicio valorativo por ahora. En todo caso, bien sabrá que nuestra madera es dura, una de las maderas más duras del mundo vegetal, ¡es natural!, hemos sido objeto de demasiados cambios, sufrimientos y desplazamientos. Y ahora es de color rojizo para mostrar y demostrar la sangre de tantos árboles de nuestra familia derramada injusta e injustificadamente. Aunque, como siempre, hay personas entre ustedes, que saben apreciar el valor de nuestra vida y de nuestro sacrificio, y no faltan ebanistas y carpinteros que reconocen la calidad de nuestra carne - madera, por seguir con el lenguaje que utilizan ustedes-. Recuerdo, en estos momentos, una historia que me contó mi abuelo que describía la importancia que habíamos tenido en la antigüedad y cómo habíamos estado presentes en los momentos más importantes de la historia. También recuerdo su expresión cuando me contaba aquella frase dicha por usted mismo a uno de sus profetas y que fue conservada en la tradición más antigua de su pueblo: La palabra de Dios vino a mí, diciendo: "¿Qué ves tú, Jeremías?". Yo respondí: "Veo una vara de almendro" (Jer 1,11).
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