El Evangelio de Judas. Doctrina sobre Dios
20.08.08 @ 10:02:45. Archivado en Biblia
La idea de Dios en el Evangelio de Judas es la de un ser moral que reclama a los creyentes una vida ética y justa. Utilizando a Jesús como mediador, el Dios que se presenta en el Evangelio es más universal que el de la tradición judía y su soberanía se extiende sobre todo el mundo. Aunque las oraciones judías utilizaban la expresión "Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob" o la de "Dios de Israel", para el autor del Evangelio de Judas esta identificación no quiere decir que Dios pertenezca únicamente a los judíos o que sea un Dios especial. La fórmula "Dios e Israel" representa el reconocimiento del vínculo que Israel tiene con Dios en virtud del pacto establecido con Abrahán y reafirmado en diversas ocasiones a lo largo de la historia del pueblo judío. En este sentido, la figura de Jesús de Nazaret es clave para el contacto entre el Dios creador y la obra creada. El carácter antropomórfico de la divinidad que se deduce de las palabras del evangelista apócrifo se sitúan en el marco de la teología integrada en el gnosticismo de primera generación. Para el autor del Evangelio de Judas, el mismo Dios de Israel es el Dios de la creación. De esta forma, el autor conecta el contenido de su evangelio con la tradición más antigua que se remonta a los primeros textos de la Biblia en donde nos encontramos con la imagen de un Dios creador, dador de vida, Señor universo y el responsable último de la existencia. El Dios universal, Señor de la creación, es el mismo Dios que con posterioridad trajo la libertad a Israel y a quien el pueblo judío declaró su fidelidad ante todas las naciones de la tierra. El Dios judío es ahora y a la luz del mensaje de resurrección un Dios de todos y para todos los pueblos de la tierra. Esta imagen de Dios propia del cristianismo naciente y de la teología judeocristiana primitiva es aprovechada por el autor del Evangelio de Judas para enfatizar el carácter gnóstico de su visión.
El contenido de la obra tiene como fondo una temática común a otros libros apócrifos judeocristianos de carácter gnóstico. Esta aspecto destaca sobre el Evangelio de Judas un particular carácter apocalíptico y a la vez gnóstico. La apocalíptica y el gnosticismo, muy común en la época, forma parte de la atmósfera del momento tal y como se refleja en toda la literatura intertestamentaria, en los últimos escritos del Antiguo Testamento y en los primeros escritos cristianos. Muchos de los textos expuestos en la obra describen visiones de carácter apocalípticas -las visiones son habituales en la literatura apocalíptica-. Los capítulos de la obra van describiendo lo que el personaje va viendo, escuchando y dialogando a lo largo de su recorrido visional. Según afirma X. Alegre, “este Evangelio, como en general los evangelios gnósticos, aparecen en una época en que floreció un tipo de cristianismo elitista y espiritualista, en el sentido negativo de esta palabra, que se caracterizaba por negar el valor a la creación, que sería obra de un dios malo. Por eso varios de estos grupos identificaban a este dios con el Dios del Antiguo Testamento. Si la creación es mala, entonces el cuerpo humano también lo es. Siguiendo a Platón, el cuerpo es como la cárcel del espíritu, del alma. Y la salvación consiste en conocer este hecho y, por tanto, en liberarse del cuerpo para que la luz del Dios desconocido, que ha quedado encerrada en el cuerpo humano, pueda subir de nuevo a Dios y así gozar de la plena felicidad”.
En el documento hay dos nombres que los especialistas han identificado rápidamente. Por un lado nos encontramos con el nombre de Sakla a quien se reconoce como una de las denominaciones de Satán, Satanás, Diablo, Demonio. La otra es la de Alogenes a quien se ha identificado con Jesús. La referencia la encontramos en ela descripción narrativa de las tentaciones en el desierto tal y como se reflejan en los textos sinópticos. Sólo que mientras el narrador evangélico de la literatura canónica habla de Jesús, el evangelista apócrifo habla de Alogenes utilizando las mismas herramientas literarias y las mismas expresiones canónicas. ¿De dónde proviene esta identificación? Claramente del contexto del texto y de su propio contenido. Para el autor del texto, el nombre hebreo de Yeshua (Jesús) era un nombre muy corriente y habitual en esa época. Todas las culturas y lenguas tienen unos nombres más habituales y comunes que otros. La literatura del Antiguo Testamento y los Apócrifos están llenos de este tipo de imágenes de personajes a los que se modifica el nombre por el que son conocidos para adquirir nuevas identidades sobre todo cuando se trata de seres celestiales o relacionados con el mundo del más allá.
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