La Resurrección en el Evangelio de Pablo (III)
21.07.08 @ 08:00:08. Archivado en Qumrán
La afirmación de que Cristo resucita al tercer día porque así lo dicen las Escrituras es, en el fondo, una forma de evitar una respuesta comprometedora y que Pablo evita conscientemente reconociendo, en último caso, que el proceso de la resurrección como acontecimiento singular ha quedado sumergido bajo el misterio de lo que sucedió en el interior de un sepulcro sellado para el género humano. Para Pablo la resurrección de Jesús estaba escrita en la Escritura de ahí que así tenía que suceder porque estaba, de alguna forma, prefijada en la literatura sagrada, por eso que responder a preguntas sobre el modo o el proceso de resurrección que vivió Jesús está fuera de lugar.
Acto seguido Pablo da paso a las apariciones: que se apareció a Pedro y después a los doce [kai. o[ti w;fqh Khfa/| ei=ta toi/j dw,deka\]. Cristo ha resucitado y testigos de ese acontecimiento son primeramente sus discípulos. El primero, siguiendo un orden claramente de importancia, fue Pedro. Pablo omite las apariciones a las mujeres narradas por los evangelistas organizando, de esta forma, una jerarquía de apariciones que siguen lo que él o la tradición de la que puede ser heredero, consideraron más importante. El texto pone en primer lugar a Pedro como el primero de los discípulos en ver al Señor resucitado. Luego, anuncia el texto paulino, se apareció a los doce. Dos imprecisiones vemos en el texto que nos presenta Pablo: Por un lado el número doce queda reducido a once si tenemos en cuenta que Pedro es uno de ellos. Por otro lado recordemos las narraciones evangélicos que hacen desaparecer a Judas del grupo de los doce con su muerte tras el abandono que hace a Jesús y en el instante que Pablo está narrando -momento inmediato a la resurrección en el que comienza a aparecerse a las gentes- cuando todavía no se ha elegido a su sucesor. Así pues, los doce a los que se aparece son, en realidad, diez. Pedro figura, de manera privilegiada, a la cabeza de ese grupo pero en la narración separado del grupo. Judas ya no está entre los que componían el número emblemático de los doce [toi/j dw,deka]. Todo parece indicar que el número doce ya es, en estos momentos de la vida de fe de los primeros cristianos, una realidad teológica con un significado pleno más que una enumeración de personas con nombre propio.
El texto paulino continúa con la serie de apariciones: Luego se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía, y otros han muerto. [ e;peita w;fqh evpa,nw pentakosi,oij avdelfoi/j evfa,pax( evx w-n oi` plei,onej me,nousin e[wj a;rti( tine.j de. evkoimh,qhsan\]. El orden de las apariciones sigue su curso. La jerarquía establecida en la proposición anterior situaba a Pedro a la cabeza, le seguían los discípulos, ahora se suman un número superior a quinientas personas. Para Pablo el Jesús resucitado se ha ido apareciendo progresivamente a un número indeterminado de personas con una finalidad clave: ser testigos de su resurrección. La segunda parte de la fórmula confirma la hipótesis del testimonio: muchos viven todavía, son, por tanto, testigos válidos del acontecimiento de la resurrección. Esos son la mayoría [oi` plei,onej], los más, sin embargo los otros -los menos, algunos- ya se han muerto, pero su muerte no es obstáculo para que la hipótesis testimonial siga su curso. Los vivos son testigos contrastables capacitados, por el hecho de estar vivos, de dar un testimonio del Jesús resucitado. Los muertos siguen siendo testigos del acontecimiento de la resurrección. Su testimonio ya no puede ser contrastado pero forma parte de la fe siendo, al mismo tiempo, las primeras personas que conociendo el mensaje de la resurrección de primera mano viven y mueren con la garantía de que después de su muerte está la resurrección que ellos mismos han tenido oportunidad de presenciar en la figura de Jesucristo. Estamos, por tanto, ante el doble anuncio de la resurrección, el de los que han visto a Jesús resucitado y dan testimonio del acontecimiento con sus propias palabras y con su vida y el de los que ya han muerto que siguen formando parte del grupo de los que han visto a Jesús resucitado y dan testimonio con su muerte en la fe de que han muerto convencidos del mensaje anunciado y refrendado por Jesús. Los dos grupos ponen de manifiesto las dos tendencias de quienes han reconocido al Jesús resucitado y, al mismo tiempo, nos sitúan ante el acontecimiento de la fe de quien cree por el testimonio de los que lo han visto y los que no han visto a Jesús resucitado.
El texto paulino añade: Luego se apareció a Santiago, y después de todos los apóstoles [ e;peita w;fqh VIakw,bw|( ei=ta toi/j avposto,loij pa/sin\]. Se trata de una ruptura con lo anterior en una vuelta a los principales personajes conocedores de Jesús. Aunque no sabemos a ciencia cierta a qué Santiago se refiere (los especialistas lo identifican mayoritariamente con el pariente de Jesús) la alusión está situada en correspondencia con los apóstoles en su totalidad. De esta forma Pablo sigue enumerando el orden de las apariciones de Jesús. Orden de importancia de cara al testimonio que de su resurrección puedan hacer. De esta forma se termina la lista de los que vieron a Jesús resucitado y de aquellos que pueden ser testigos del acontecimiento. Con la afirmación final a todos los apóstoles se cierra el amplio abanico de personas a las que Jesús resucitado se podía aparecer. Un grupo de personas que lo habían conocido en vida y que lo descubren o redescubren después de la resurrección. En todo caso los que viven la experiencia de ver a Jesús resucitado son, para Pablo, personas que lo habían conocido en su vida pública y que habían confiado en su figura siguiéndolo (los doce, quinientos hermanos, discípulos, apóstoles,...).
La última fórmula proposicional dice: Y después de todos, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció a mí [e;scaton de. pa,ntwn w`sperei. tw/| evktrw,mati w;fqh kavmoi,Å]. De esta forma termina el texto afirmando que él mismo se considera el último receptor de la visión del Cristo resucitado. La idea tiene dos lecturas: Por un lado la pretensión de humildad por parte de Pablo que se considera el último en méritos para experimentar el grandioso acontecimiento de ver a Jesús resucitado. Este elemento rompería con la estructura clásica previa según la cual sólo ven a Jesús resucitado aquellos que lo han conocido a lo largo de su vida pública. No olvidemos que Pablo no conoció a Jesús en vida y, sin embargo, vive la experiencia de la resurrección a través de su aparición. Por otro lado estaría la perspectiva contraria que destaca la figura final. Forma parte de la estrategia del lenguaje enumerativo (tanto oral como escrito) dejar para último lugar lo más importante o a la persona que se quiere destacar enfatizando, de esta forma, los elementos finales de la enumeración. En medio una expresión ciertamente sugerente que en labios de Pablo afirma: como a uno nacido fuera de tiempo aludiendo a la manifestación temporal de su encuentro con Jesús resucitado y su conversión radical de vida. Una conversión que el mismo Pablo interpreta como un nuevo nacimiento, el nacimiento a la fe, aunque este nacimiento haya sido fuera de tiempo, fuera de los planes establecidos según los otros testigos de la resurrección de Jesús que lo conocieron y siguieron a lo largo de su vida pública.
La fórmula o sumario de fe que Pablo presenta en el texto epistolar se enmarca en un contexto independiente frente a los otros escritos paulinos que aluden al acontecimiento de la resurrección. Se trata de una fórmula antigua desarrollada que, con toda seguridad, sufrió muchos cambios hasta alcanzar la estructura actual. Una estructura que ha llegado hasta nosotros siguiendo una formulación paralela en su interior. “Según las indicaciones que nos da el v. 3a, lo más obvio es pensar que Pablo “recibió” la fórmula de 1Cor 15,3b-5 directamente de las comunidades cristianas judeo-helenistas, de las cuales dependió en gran medida durante un tiempo relativamente amplio de su misión”.
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