Me lo pide el cuerpo
16.06.08 @ 23:20:56. Archivado en Sociedad
Sin presunción de ningún tipo, no nos queda más remedio que afirmar que tenemos un cuerpo. Negarlo o rechazar esta obviedad es la necedad más grande que se puede esperar de alguien. Pero los hay. Hay un grupo de gentes, todavía en nuestras sociedades, capaces de formular propuestas de esta índole, anclados en el más obsoleto ostracismo, irremediablemente irreconciliados con una sociedad corpórea. Y es que la evidencia clama a gritos una reconversión urgente ante la tradicional dualización de que el hombre es, independientemente, cuerpo y alma. Lo segundo unido transversalmente con lo divino y lo primero tangecialmente con lo humano. Lo segundo relacionado con el bien, lo primero con todo lo pecaminoso. Y aquí está la madre del cordero, en la visión absolutamente negativa del cuerpo o, por el contrario, en la venerada adoración del mismo.
El ser humano es, entre otras cosas, cuerpo. Evidente cógito cartesiano, adamá veterotestamentaria. El cuerpo es problema hoy, no tanto porque se le ignore o minusvalore, sino por todo lo contrario. Me da la impresión que estamos viviendo una nueva resacralización neopagana de lo corpóreo. Hoy, salimos a la calle y a nuestro colega le llamamos "body", al mayor a nosotros "tronco"; fórmulas y expresiones como "sorber el coco" o "comer el coco", otras como "ir de cráneo", "tener morro", "hacer lo que me pide el cuerpo", amén de algunas otras nominaciones absolutamente irreproductibles, han pasado a formar parte de nuestro vocabulario corpóreo, al tiempo que han tomado el relevo del lenguaje animista corriente hasta hace poco tiempo en el diálogo coloquial, "alma cándida", "me duele en el alma", "te quiero con toda el alma"...
En realidad nos es que estemos viviendo una nueva recuperación de lo corpóreo, de la exaltación del cuerpo como contraposición al alma. No, ni mucho menos. El cuerpo, tan de moda nuevamente, se refiere a otro tipo de cuerpo. La concepción no aplaude el cuerpo como tal, sino su configuración más o menos positiva. La clásica adoración del cuerpo se acentúa ahora en los cuerpos mejor dotados, bellos, jóvenes y sanos. La beautiful people que trabaja por conseguir una imagen arquetípica del cuerpo, que rechaza los límites del cuerpo y que se presenta como lo que no es: aséptico, atlético, invulnerable,... y, en correspondencia, inventa alternativas para la conservación y manutención corporal por medio de la cosmética, la cirugía plástica, el aeróbic,...
Es sólo un temor, pero creo que nada de todo esto tiene que ver con la versión cristiana de la vida. Esta renovación del corporalismo parece querer rehabilitar algo que, por su propia naturaleza, está habilitado de antemano para la resurrección gloriosa. ¡Ahora sí! Las cosas empiezan a encajar. Se trata de un nuevo planteamiento a la luz de la fe en la resurrección como realización paralela al culto pagano al cuerpo. Y es que el ser humano es cuerpo, evidente, pero desde la perspectiva cristiana, es cuerpo para la resurrección, esto es: cuerpo y alma. Ahora el dualismo ya tiene otra razón de ser ¿verdad? En este sentido los puntos de vista únicamente corporalistas se dan de bruces con la visión cristiana que, a la luz de la resurrección, entiende al ser humano como cuerpo y como alma.
Primar el cuerpo, como parece haberse puesto de moda en nuestras sociedades, es una negación de la grandeza del ser. Primar el alma, como se ha venido haciendo el pensamiento católico preconciliar, es una desvirtualización de la naturaleza del ser humano. Ambas posturas han ido creando situaciones insostenibles y que se caen por su propio peso. Hoy, caducada la teología preconciliar animista y en plena crisis de corporeidad pagana, surgen las alternativas: una religión más corpórea y una sociedad más animista. Y es que tenemos que buscar un equilibrio. El hombre es cuerpo y es alma. Pero lo es sin la primacía de lo uno sobre lo otro. La reflexión sobre el cuerpo no rechaza la del alma y la filosofía sobre el alma no puede hacerse sin tener presente el cuerpo. Unión indisolublemente conyugal, pero no como dos elementos simplemente adosados sino como un todo entero. Lo uno y lo otro, alma y cuerpo a la vez. Y es que el ser humano, decía K. Barth es "todo entero y al mismo tiempo lo uno y lo otro, alma y cuerpo".
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