La verdad de Popper
27.05.08 @ 08:43:48. Archivado en Sociedad
Si de lo que se trata es de conseguir acercarnos a la verdad, que le pregunten a Karl Popper, porque no es que él supiera lo que es la verdad a ciencia cierta -lo de ciencia, sin contemplaciones-, pero sabía, al menos, que el mismo Pilato, tampoco lo supo y por eso lo preguntó. La verdad, lo que se dice la verdad, lo que Popper quiso decir -permítaseme parafrasearlo-, es que a pesar de todos los pesares y de que no seamos capaces de justificar de manera lógica y racional nuestra forma de pensar, nuestras creencias y teorías, aunque no tengamos las herramientas para demostrar que esas mismas creencias, pensamientos y teorías son probables, lo que sí que podemos hacer -faltaría más- es juzgarlas y criticarlas de manera racional, por medio de las categorías de un pensamiento que se considera dispuesto -también predispuesto- a descubrir y eliminar todos aquellos elementos que se interpongan para acercarnos a esa tan traída y llevada verdad. El mismo Popper diría que sólo desde esta fórmula y partiendo de estos principios adquiriríamos los materiales que nos ayudarán a distinguir entre las teorías que pueden ser consideradas mejores y las que no lo son -o sean- tales. Pensemos, por lo de pronto, en algo de todo esto.
Recuerdo -es un grato recuerdo- mis primeras clases de lógica filosófica, aquellas lecciones de filosofía de la naturaleza, y a uno de los más destacados lógicos filosóficos del mundo -el profesor Vicente Muñoz Delgado- en la Universidad Pontificia de Salamanca hablando con emoción de Karl Popper -él lo llamaba Carlitos Raimundo- a través de un entusiasmo poco común. Por aquel entonces yo no sabía si mi ilusión óptica era producida por la genialidad del catedrático de rigor o por la inspiración que el espíritu popperiano transmitía cada vez que su nombre salía ala palestra.
Y es que Popper pertenece a esa serie de filósofos que han sido capaces de trasladar la filosofía al pensamiento mundano. Algo así como un traductor del lenguaje de toda una historia de la filosofía para convertirlo en el humanismo más humanista que se podría esperar de un intelectual encumbrado en la cima de la sabiduría activa. ¿Acaso aquello de la falsación puede ser más real que una vida tan precisa como preciosa? Deberíamos recordar que uno, en determinados momentos de su historia, se hace las mismas preguntas que el filósofo intelectual más exacerbado porque, a fin de cuentas, de lo que se trata es de intentar encontrar una respuesta o, como decía arriba, de lanzarse a la caza y captura de la hipotética verdad ¿verdad?
Recordemos, también, sus palabras talismán: audacia, indulgencia, resignación. Todo, para ser un buen crítico de la realidad, del pensamiento humano racional -que también lo hay irracional-. Y en medio, en el centro de nuestro ser, está la duda, el elemento que más nos congratula y estimula. La duda como medio para alcanzar un fin, la duda interminable ante un conocimiento que nunca puede ser pleno. ¡Bendita duda! La que nos hace a todos seres vulnerables, la que nos hace cuestionarnos una y otra vez hasta la saciedad.
No nos queda más que actuar en consecuencia y en coherencia. Popper parecía tenerlo muy claro. En su sociedad abierta, la fe y la razón fueron dos elementos compatibles que caminaron de la mano. Aquella verdad filosófica imposible de imponerse por la fuerza tenía su esencia en la propia naturaleza del ser. ¿Qué pasaría -se pregunta mi yo filosófico después de leer a Popper- si la luz del pensamiento humano fuera una participación del intelecto divino, del demiurgo de la fe que los cristianos llaman Dios? La respuesta, a la vista está y tiene mucho que ver con la búsqueda de la verdad, aunque esa es otra historia
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