Séforis: La torre del reloj
20.05.08 @ 08:28:51. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
El día que llegamos a Séforis hacía mucho calor en toda la zona. El viaje había sigo agotador. Por el camino se nos habían mezclado las altas temperaturas con el cansancio. Shush, mi caballo, comenzaba a manifestar las consecuencias del largo viaje que nos había traído desde los reinos de la Cristiandad hasta los últimos territorios sagrados conquistados a los enemigos de la fe.
Los restos de la población de Séforis estaban situados en un monte en la Baja Galilea. Por la carta que había copiado en la Biblioteca del Colegio Imperial estábamos situados en el centro del trazado que va del Mar Mediterráneo al Lago de Galilea. Aquel era el centro de la Tierra Santa, el lugar estratégico desde donde todo quedaba a la misma distancia. Era zona de grandes manantiales, rica en agua cristalina y refrescante. Era el destino que los dos necesitábamos para recuperar las fuerzas perdidas durante todo el viaje. Sepa que yo, a pesar de lo dicho, consideraba oportuno visitar el lugar en donde había estado asentada la población de Séforis. De ella no quedaba más que el recuerdo y la localización de un lugar estratégico situado en medio de un valle muy fértil.
Estaba seguro de que no íbamos a ver más que unas piedras sobre otras de la que fue la ciudad de Séforis. Aquella había sido la sede administrativa de la región de Galilea en tiempos de los romanos y el centro de la vida espiritual del judaísmo después de la destrucción de Jerusalén y en donde se había fijado la organización del Sanedrín que había salido de la capital. Séforis era un importante centro de estudios de la Biblia. Allí se encontraban los mejores maestros e intérpretes de la Sagrada Escritura. Los sabios que enseñaban a leer y entender la Palabra de Dios en las academias más prestigiosas.
Alguien -no recuerdo su nombre- dijo que Séforis fue el primer ejemplo de convivencia de religiones. Los años posteriores a la dominación romano había sido hogar de grupos de judíos que convivían con miembros de las primeras comunidades cristianas y con algunos romanos que habían quedado en el lugar. La llegada del islam constituyó el principio del fin de la población. La conquista árabe trajo el declive de toda la zona hasta que Nuestro Señor permitió la recuperación -gracias a mis hermanos los cruzados- de la ciudad aunque sin más posibilidades que la de mantener en pie los restos de las edificaciones que un día habían hecho resplandecer la ciudad.
Cuando creía que todavía nos faltaba un buen trecho de camino, comenzamos a divisar a lo lejos los restos de la torre del reloj y de la iglesia dedicada a San Joaquín y Santa Ana, padres de Nuestra Santísima Madre, que habían erigido mis hermanos los cruzados unos años antes. Aunque ellos habían restaurado una buena parte de la torre del reloj de la población, la situación en la que se encontraba la ciudad no dejaba de ser ruinosa. Tras la dominación árabe Séforis no volvió a ser centro de vida para quienes se acercaban al lugar.
Llegamos al centro de las ruinas de Séforis. Shush optó por resguardarse del sol bajo uno de los pocos árboles que había en el perímetro de la zona. A un lado y otro sólo se podían contemplar los restos de las edificaciones de la cuidad. Además de la humilde construcción de la iglesia, no quedaban muchas edificaciones que conservasen más de un metro de altitud. La ciudad estaba convertida en los escombros que produce el abandono de la destrucción. Pero sepa que esa no era razón para reconocer la hermosura del paisaje que rodeaba las inmediaciones del lugar.
Me acerqué caminando hasta una zona en la que había estado la villa romana, la que pudo conocer Nuestro Señor en sus viajes por la región camino de Lago de Galilea. Los restos de las edificaciones demostraban que Séforis había sido una magnífica villa romana. Todavía se podían ver los enlosados de las calles y los suelos de las casas adornados con mosaicos de la época de colores. Algunas construcciones mostraban haber tenido patios con pórticos, seguramente cubiertos, pero que ahora estaban a la intemperie del abandono. Algunas casas conservaban su propio triclinium decorado, en la mayoría de las ocasiones, con un piso de mosaico. Allí -pensé en aquel momento- estarían situados los sofás sobre los que se reclinaban los romanos y contemplaban los mosaicos artísticos del suelo.
Al otro lado de aquel barrio romano se alzaban los restos de la ciudad baja, el barrio que había sido de los judíos y por el que, sin duda, pasó Nuestro Señor Jesucristo en más de una ocasión. Era una zona de calles estrechas muy bien estructuradas para el tránsito de las personas y de los carros. Me pareció ver dos calles todavía pavimentadas con restos de columnas a los lados. Una de ellas atravesaba la otra en forma de cruz. Me di cuenta de que me encontraba ante los restos del cardo y el decumanus que lo atravesaba. Eran las calles principales de la Séforis del tiempo de Nuestro Señor. En aquellas calles se situaba el centro de la vida social y comercial de la población. Bajo los arcos de los soportales los mercedares montaban sus negocios. Toda la vida social se movía en aquellas calles.
En aquel momento me senté sobre los restos de la que había sido la columna de uno de los pórticos del cardo. Allí imaginé la vida social en tiempos de Nuestro Señor de aquel lugar. Por un momento me pareció ver la calle llena de gente, los mercedares vendiendo todo tipo de productos detrás de sus mesas, los niños corriendo a un lado y otro, las mujeres comprando frutas y verduras de las fértiles huertas de la zona. Y me sentí bien como si fuera uno más de aquella población, integrante de una sociedad y un tiempo en el que vivió Nuestro Señor. ¡Cuánto habría dado por haber nacido en aquella época, por haber tenido la oportunidad de escuchar una de las predicaciones de Jesús, por haber oídos los rumores de los milagros que hacía por aquella zona! Aquel tiempo, el de Nuestro Señor, había sido un momento duro y difícil para la convivencia, pero el más importante para la historia de la salvación.
No recuerdo el tiempo que permanecí sentado en aquel lugar, ni todo el que estuve deambulando por las ruinas de una ciudad que hundía sus orígenes en la época helenista. Séforis (la que un día había sido capital administrativa de Galilea) permanecía, ahora, sumida en las ruinas del pasado y de la historia. Del esplendor de una ciudad romana no quedaban más que nos restos de la que fue una acrópolis de barrios residenciales, vestigios de asentamientos de los tiempos de los hasmoneos, de los romanos. Restos de algunos baños rituales, de un teatro y de una sinagoga. ¡Eso! Una sinagoga a la que seguramente había acudido Nuestro Señor haciendo un alto en el camino para dirigir su oración a Dios. Tal vez -pensé nuevamente- la sinagoga de Séforis había sido semejante a la de Nazaret, el lugar en el que Nuestro Señor se había proclamado Mesías y daba comienzo a su vida pública. Aunque esa, la sinagoga de Nazaret, era una de las visitas más importantes que me habían traído desde el otro lado de la Cristiandad para contemplar y convertir mi contemplación en oración. Nazaret y su sinagoga iba a ser mi próximo destino. Dios lo quiera. Si me lo permite.
Jaime Vázquez Allegue
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