La piscina de Siloé
19.05.08 @ 08:33:33. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
Sepa que a los cruzados no nos gusta mucho bañarnos salvo cuando el baño es imprescindible. Y no es que seamos poco sensibles a todo lo que tiene que ver con el aseo y la limpieza corporal, lo que sucede es que por encima del cuerpo está el alma y es más importante conservar el alma limpia que andar a diario sometiendo al cuerpo a purificaciones externas de carácter farisaico que no limpian los pecados que invaden nuestro espíritu. Pero sepa, también, que me dirigí a la piscina de Siloé con devoción, como corresponde a quien lucha por la defensa de los santos lugares. A Shush, lo había dejado en las caballerizas que llamaban de Salomón. Algunos -los propios del lugar- decían que allí habían estado en tiempos del gran rey de Israel.
Todavía se podían ver las piedras caídas tal y como había anunciado Nuestro Señor al proclamar que en aquel lugar no quedaría piedra sobre piedra.
Un grupo de beduinos que abandonaban Jerusalén me indicaron el escenario en donde la tradición situaba la piscina evangélica. Tuve que subir desde el camino que conduce a la ciudad, hasta un jardín que era a donde iba a parar el agua de la fuente. Y allí me acordé de que estaba en un lugar profético. En la Biblioteca del Colegio Imperial había leído que allí el Señor había hablado a Isaías y le había dicho "Sal al encuentro de Acaz, con tu hijo Sear-Yasub, al extremo del canal de la alberca de arriba, junto al camino del campo del Batanero” (Is 7,3). El campo del Batanero, el canal de la alberca, el rey Acaz,... sin darme cuenta me encontraba en medio de uno de los centros más antiguos de la historia sagrada.
Salí del jardín y me dirigí hacia el lugar que había estado custodiado por mis hermanos los cruzados. La piscina de Siloé estaba rodeada por murallas que la defendían de los enemigos de la fe que la habían asediado en varias ocasiones. Sólo la mano de Dios había permitido conservar aquella tierra santa como estandarte de nuestra fe. La piscina estaba como en los tiempos de Nuestro Señor. Había sido construida por el rey Ezequías para abastecer de agua a la ciudad santa. Desde allí partía la canalización que llegaba a la ciudad amurallada en tiempos de asedio y no se podía salir de la ciudad.
Conseguí entrar en el interior del jardín en el que estaba la piscina. Una puerta entreabierta me dificultó el paso por un momento, pero la audacia y el ingenio de alzarla me permitió entrar en el lugar sagrado para nuestra religión. En el interior la piscina estaba con agua hasta la mitad. La época de lluvias quedaba muy lejana en el tiempo y las canalizaciones llevaban el agua de la ciudad por el torrente Cedrón hasta cruzar el desierto y desembocar en el Mar de la Sal. Sin embargo estaba dispuesto a sentir el contacto con el agua sagrada y milagrosa de la piscina. Descalcé los pies y me senté al borde de la construcción. Los pies rozaron el agua hasta quedar sumergidos hasta los tobillos. Un escalofrío subió rápidamente por mis piernas hasta llegar al estómago. Era como un cosquilleo muy agradable que removió mi cuerpo como un latigazo.
En ese momento comencé a leer el texto de los santos evangelios en donde se describía el milagro realizado por Nuestro Señor en aquel lugar: De camino, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?". Jesús respondió: "Ni éste ni sus padres. Nació ciego para que resplandezca en él el poder de Dios. Debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día. Cuando viene la noche nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Dicho esto, escupió en tierra e hizo lodo con la saliva, le untó con ello los ojos y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa enviado). Fue, se lavó y volvió con vista. (Jn 9,1-7).
Miré el suelo que pisaba. Era de tierra mezclada, en algún momento, con piedras sueltas. Me incliné y acerqué la mano hasta tocar con la yema de los dedos aquella tierra. Y sentí que estaba tocando la misma que utilizó Nuestro Señor para ungir los ojos del cielo del Evangelio. El aquel momento comprendí que, en efecto, aquella era la “Tierra Santa” y recordé que había prometido regresar al Reino con un poco de aquella tierra para santificar la nuestra tantas veces profanada por los infieles. Con las dos manos cogí un puñado de tierra y le introduje en la saca que llevaba a la espalda. Sepa que esa tierra es, ahora, la que está usted pisando, que a mi regreso la esparcí por distintos lugares, estratégicos, como corresponde a un caballero de mi condición.
Estaba todavía en Siloé con los pies en el agua cuando detuve la mirada sobre la boca del túnel por el que llegaba el agua de la fuente. Y pensé en la cantidad de agua que había salido de allí para abastecer a los habitantes de Jerusalén durante muchas generaciones. Alguien me había dicho que todavía en aquel tiempo, Siloé era una de las fuentes de acceso de agua para la ciudad. Los mismos hermanos cruzados habían acampado allí cerca ante la proximidad del agua.
En mis notas daba cuenta de la visita al lugar del Peregrino de Burdeos en el año 333. Aquel viaje debió de muy importante. Había sido la victoria de Dios, el triunfo de Nuestro Señor. Una batalla en la que muchos mártires cristianos se habían dejado la vida, habían sido perseguidos, habían sobrevivido en catacumbas. El Peregrino de Burdeos, había visitado el lugar y sugerido la edificación de una iglesia en recuerdo del milagro de Nuestro Señor. El Peregrino Piacentino en el 570 describe la iglesia ya construida. Pero fueron los persas los que en el año 614 de Nuestro Señor destruyeron el santuario cristiano. Después, el lugar pasó a manos de los enemigos de nuestra fe hasta la llegada de nuestros hermanos cruzados.
La historia de aquel lugar reflejaba toda la historia de los santos lugares. Las edificaciones de templos sagrados, santuarios y sus destrucciones a manos de los enemigos de Nuestro Señor, la caída de los lugares santos en manos de los enemigos de la fe y su recuperación por parte de los caballeros de las guerras santas son una constante que deja su huella en cada uno de los lugares que estaba visitando. Sepa que yo, si no fuera por mi enfermedad, estaría formando parte de ese grupo de varones insignes que derramaron su sangre en defensa de estos santos lugares. Pero sepa, también, que a pesar de ella, me siento uno más de la Hermandad y vengo decidido a seguir el itinerario que siguió Nuestro Señor en esta tierra que le vio nacer.
La piscina de Siloé apenas era visitada como centro de oración. El milagro de la curación del ciego era el único recuerdo que hacía sagrado el lugar. Jerusalén estaba demasiado cerca como para hacer de aquel escenario un centro de devoción y peregrinación. A pocos pies estaba una de las puertas más importantes de Jerusalén, la entrada a la ciudad santa que escondía detrás de sus muros los misterios sagrados de la Encarnación.
Todavía quedaban unas horas de día. Shush estaba a buen recaudo en las caballerizas y yo no tenía prisa por retirarme a descansar. La soledad y el remanso que se vivía en la piscina de Siloé me permitían quedarme en aquel lugar durante unos instantes más. Descansar, pensar, soñar con aquel sitio unos siglos antes. Y soñé, claro que soñé. Soñé un sueño -porque no se puede soñar algo que no sea un sueño- en el que yo estaba allí y Jesús a mi lado. Y me dormí. Y alguien puso sus dedos sobre mis ojos cerrados. Y con ellos cerrados descubrí que también se puede ver con el corazón. ¿No le parece?
Jaime Vázquez Allegue.
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