Cesarea: La ciudad de Filipo
16.05.08 @ 08:40:45. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
Shush y yo estábamos más cansados de lo esperado. Llevábamos varias jornadas sin detenernos a dormir en alguna hospedería de los cruzados. Era mucho tiempo sin dormir sobre un lecho blando y eso, mi caballo Shush, también lo echaba de menos. Sin embargo había algo dentro de mi que me movía a llegar hasta el final y aquel era, sin duda, uno de los finales de nuestra peregrinación a las tierras de Nuestro Señor. Pensé en la cantidad de hermanos cruzados que habían dejado sus vidas en aquel lugar. Y es que, al principio, Cesarea de Filipo se había vuelto un bastión difícil de alcanzar.
Algunos decían que había que llamar a la zona con su nombre griego, Banias, que era la denominación original del lugar. Otros decían que Cesarea de Filipo era -como su nombre indica- un nombre romano puesto, mejor dicho, impuesto por el propio Filipo, hijo de Herodes el Grande. Sepa que yo siempre prefiero utilizar las mismas palabras de la fe y por eso me gustaría llamarla, también, Cesarea de Filipo, sobre todo porque me temo que todos los que están con usted conocen el lugar de esta manera, porque ese es el nombre que la hizo célebre, el que utilizó Jesús, como no podía ser de otra forma.
Allí, unos años antes del nacimiento del Salvador, los griegos habían establecido un centro de peregrinación al dios Pan al que adoraban en algunas cuevas que aún se conservan. No crea que tengo mucho interés en entrar en ellas, sobre todo sabiendo -como sé- que son adoraciones paganas, impropias de nuestra religión. Por ese mismo lugar, a través de algunas otras de las cuevas, nace el río Jordán, el que en su muerte -a la altura de la desembocadura en el Mar Muerto- fue el lugar en donde se bautizó Nuestro Señor.
Estábamos a punto de llegar a las fuentes del Jordán, Banias, Cesarea de Filipo. Creo que a Shush le daba igual el nombre del lugar y lo que quería era beber de las aguas transparentes que ya se empezaban a oír en su descenso torrencial por la zona. Le confieso que yo también estaba deseoso de descansar en algún lugar protegido del sol en la ribera del nacimiento del río Jordán.
Llegamos al final del camino. Delante de nosotros teníamos una gran muralla formada por las colinas que nacían en el monte Hermón. Aquel lugar había sido convertido por Filipo, hijo del rey Herodes, en la capital de su gobierno dandole el nombre del emperador y el suyo propio.
El escenario era un paraíso. Shush manifestó la alegría de haber llegado al final de nuestro viaje relinchando y dando pequeños saltos con las patas traseras. Bajé del caballo y lo dejé suelto para que anduviera a su antojo durante unos instantes. Estábamos junto a la ribera del nacimiento del Jordán. El agua caía en forma de cascada manando de las grutas de la pared que formaba la colina que teníamos delante. Era una zona verde y muy frondosa. Un remanso de paz para meditar sobre la resurrección de Nuestro Señor y para sentir el gozo de la vida eterna. Por un momento pensé que el Reino de los Cielos tenía que ser un lugar parecido a aquel sitio. Pero me di cuenta de que el Reino no podía tener un semejante o parecido en la tierra que llegara a imitar siquiera la hermosura de la contemplación del rostro de Dios.
Al principio me pareció ver inscripciones en las paredes de la roca por donde manaba el agua que se convertiría en río de santidad. Y hasta tuve la sensación de estar delante de tumbas excavadas en el frontal de la roca. Después confirmé que mis sospechas no estaban desencaminadas y que, en efecto, aquel lugar había sido utilizado como cementerio pagano en algún momento de la historia.
Me senté a la sombra de un árbol de los que había en aquel jardín. Abrí mi cuaderno de notas tomadas de los códices de la Biblioteca Imperial y comencé a buscar lo que había encontrado sobre aquel lugar. Después de pasar páginas y volver papeles me di cuenta de que sólo tenía una referencia y recordé que mientras buscaba en los archivos de la biblioteca un fraile me había dicho que para Cesarea de Filipo lo único que me servía era el Evangelio de Nuestro Señor. Así que tomé los Santos Evangelios y comencé a leer: “Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?". Ellos le dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas". Él les dijo: "Vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Simón tomó la palabra y dijo: "Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo". Jesús le respondió: "Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”, (Mt 16,13-17). Rápidamente me di cuenta de la importancia del suelo en el que me encontraba. Leí varias veces el texto del Evangelio en voz alta -sólo Shush podía oírme-, terminada la lectura, el caballo alzó la cabeza, miró hacia los lados y se acercó a mi como si comprendiera la trascendencia del lugar en el que nos encontrábamos. Lo que venía a continuación era sabido: Tú eres piedra y sobre ella edificaré mi Iglesia (Mt 16,18).
Sentí que nos encontrábamos ante el lugar de fundación de la Iglesia, el escenario elegido por Nuestro señor para poner en marcha el camino de la salvación. Y pensé que Jesucristo elegía bien los escenarios y los momentos. Aquel era un paraíso, ideal para establecer el fundamento de la Iglesia, la roca sobre la que se edificará la anticipación del Reino en la tierra.
El agua salía a borbotones de la roca, manaba como el bautismo eclesial con el que todos fuimos un día bautizados. Un vergel sobre el que cimentar la hermosura de nuestra fe y el paraíso de la salvación. Sin duda el lugar había estado muy bien elegido, como todo lo que hacía Nuestro Señor. Y mis hermanos, los cruzados, los pocos que habían llegado hasta el lugar, apenas si se habían dado cuenta de la importancia de estar allí. Casi ninguno se había detenido a escuchar el canto de los pájaros, ni había puesto la mirada sobre las plantas verdes y las flores de todos los colores que bordeaban el nacimiento del río de cuya agua procedía la salvación. Ellos -mis hermanos cruzados- habían pasado por allí, por un vergel desértico a la civilización, ajeno a los problemas de los enemigos de la fe. Aquel era un vergel fuera del mundo, el anticipo de la Gloria eterna.
No pude pasar sin emocionarme por haber llegado hasta allí. Shush entendía mi comportamiento y comprendía la trascendencia de mis sentimientos. Apesar de ser un solípedo de cuello y cola poblada, sabía distinguir momentos y circunstancias. Aquel día supo, desde el primer momento, que pisábamos tierra sagrada. Como lo era la de toda la Tierra Santa.
Nos quedamos a dormir en el lugar. Yo extendí una frazada sobre el suelo verde y me tumbé con la mirada puesta en las estrellas que brillaban en lo más profundo del firmamento. La noche respiraba paz. La luz de la luna iluminaba el color transparente de las aguas que brotaban de la roca. El sonido que precipitaba el caudal y se estrellaba contra el suelo de roca hacía de aquel lugar un cielo en la tierra. Quise no dormirme para contemplar toda la noche aquel espectáculo único, pero el cansancio pudo más que la voluntad y me dormí. Y soñé un sueño, un sueño hermoso, paradisíaco, pero ese sueño que soñé es otra historia.
Jaime Vázquez Allegue.
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