Naín: La ciudad de la vuelta a la vida
15.05.08 @ 08:40:07. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
Algunas veces pensamos que la primera resurrección que realizó Nuestro Señor fue la de su amigo Lázaro. Yo creo, en realidad, que lo del santo Lázaro más que una resurrección fue una vuelta a la vida y nada más -que no es poco- quiero decir, me digo, que supongo que después de haber vuelto a la vida, Lázaro, con el paso del tiempo se moriría -tal vez de viejo- como todo el mundo. Es decir, se volvería a morir como ya se había muerto antes. Y esto, digo yo, no es lo mismo que la resurrección de Nuestro Señor que resucita a la vida eterna. ¿Entiende lo que quiero decir? El caso es que iba yo pensando todas estas cosas mientras nos dirigíamos a Naín. La tradición situaba allí la resurrección del joven de Naín que Jesús había vuelto a la vida.
Shush galopaba con soltura y gallardía. Parecía un podenco joven que no tenía en cuenta la gran distancia que había recorrido desde los lugares de nuestro Reino hasta estas Tierras Santas. La temperatura era excelente. El sol lucía con todo su resplandor pero sin molestar. La mañana había amanecido suave como de primavera. Nos detuvimos cuando a lo lejos se comenzaban a divisar los restos de una serie de edificaciones. Por un momento pensé que me había equivocado de dirección, que había calculado mal las distancias y el tiempo de llegada a Naín. Me apeé del caballo y saqué mi cuaderno en donde había anotado información recogida de la Biblioteca del Colegio Imperial de la Villa y Corte. Y comencé a leer mis apuntes: Naín era la forma griega del nombre hebreo “Na’im” que significa agradable. Y es que agradable era la llegada a Naín, como agradable era, también, el día de nuestra visita, como agradable era, finalmente, el tiempo que nos acompañaba. Con toda seguridad, el nombre no había sido fruto del azar.
A lo lejos se divisaban los restos de la torre de una pequeña basílica. Allí habían construido una iglesia para recordar el milagro que había realizado Nuestro Señor a su paso por aquella población. Antes de reanudar nuestra marcha hacia Naín tomé la Biblia y busqué el relato del evangelio de Nuestro Señor en donde se decía: Después fue a un pueblo llamado Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la puerta de la ciudad, se encontró con que llevaban a enterrar un muerto, hijo único de una madre viuda; la acompañaba todo el pueblo. El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: "No llores". Luego se acercó y tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron; él dijo: "Joven, yo te lo mando: Levántate". El muerto se sentó y comenzó a hablar; y él se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos y alababan a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo". Y este suceso se propagó por toda Judea y por toda aquella comarca (Lc 7,11-17).
En ese momento -sepa usted, mi Señor- me imaginé la escena del Santo Evangelio. Nuestro Señor llegaba a Naín después de haber visitado otras poblaciones de la zona. Y me sentí halagado por las palabras del Evangelio porque yo estaba siguiendo el mismo itinerario que había seguido nuestro Señor. Llegaba a Naín, después de haber visitado otras poblaciones cercanas.
En la Biblioteca del Colegio Imperial me había enterado que la actual Naín estaba abandonada. Había sido saqueada por los enemigos de nuestra fe y se encontraba en ruinas. Uno de los caballeros que habían regresado al Reino me había contado en la Villa y Corte cómo habían encontrado el lugar. Era como si el nombre de la población se hubiera perdido y su localización desorientada. Gracias a aquellos caballeros de las órdenes militares hoy podíamos volver a visitar los lugares sagrados por donde había estado Nuestro Señor.
Volví la mirada al horizonte. Al fondo, a muy poca distancia, estaba el Monte Tabor, el lugar de la Transfiguración. Aquel monte permanecía esbelto, elegante, como si estuviese contemplando desde la altura todos los acontecimientos que sucedían a su alrededor. Aquel monte había tenido la oportunidad de comprobar el revuelo que había producido la resurrección del joven de Naín. Como antes había percibido el lugar a donde el rey Saúl se había traslado disfrazado para no ser reconocido y había ido a consultar a una pitonisa el resultado de su batalla contra los filisteos (1Sam 28,3-25).
Por fin llegamos a Naín. Sólo el evangelista san Lucas daba cuenta del milagro de Jesús en aquel lugar. Con toda seguridad Nuestro Señor había salido de Cafarnaum y de allí se había ido directamente a Naín. A llegar, antes de entrar en la población, se había encontrado con que todo el pueblo lloraba la muerte de un joven. Allí estaba yo, en aquel mismo lugar, a la entrada de Naín, el lugar exacto en el que Nuestro Señor había realizado uno de sus milagros más grandes, volver a la vida a un muerto.
Jesús estaba acompañado por sus discípulos y por un gran número de personas que lo habían seguido desde Cafarnaum. Allí se había encontrado con el grupo de personas que formaba el cortejo fúnebre. En ese momento me imaginé a una multitud congregada a la entrada de Naín. Volví a leer el relato del Santo Evangelio a la entrada de la población. El joven difunto era hijo único y acompañaba el féretro su madre. Pensé, entonces, en los sentimientos de dolor que habría producido aquella muerte. Y la situación de desprotección en que quedaba la madre del joven fallecido.
La misericordia de Nuestro Señor es infinita y, como de costumbre, quienes lo conocieron y siguieron personalmente tuvieron el privilegio de vivir en directo todos estos acontecimientos. Jesús consoló a la madre, se acercó al cadáver, lo tocó, le habló y el difunto volvió a la vida y comenzó a hablar. Para la sorpresa de todos los que estaban allí, Jesús realiza un milagro que le servirá como modelo para anunciar la resurrección definitiva al final de los tiempos.
Sepa que no encontramos nada más en Naín que el recuerdo de aquellos acontecimientos milagrosos. La población había sido saqueada y destruida en varias ocasiones. Sólo algunas piedras que habían servido para sostener las edificaciones del lugar permanecían en pie. Nos adentramos en la ciudad hasta llegar a la torre que en su tiempo había sido elevada ante una basílica -también destruida-. Había merecido la pena llegar hasta los restos que quedaban de Naín. Sólo el poder haber imaginado el acontecimiento de la resurrección era razón suficiente para acercarse al lugar. Perdone, pero ¿no cree usted que deberíamos buscar otra palabra a la hora de hablar de la resurrección del joven de la viuda de Naín, de Lázaro -el hermano de Marta y de María- y distinguirlas de la resurrección de Nuestro Señor? Seguramente que el joven de Naín, una vez vuelto a la vida se quedaría para cuidar a su madre. Seguramente que se convertiría en un verdadero seguidor de Jesús. Seguramente que pasó a convertirse en un discípulo del Maestro. A fin de cuentas, el joven de Naín tenía razones suficientes como para ser todo aquello y mucho más. Jesús lo había devuelto a la vida, pero todavía no le había dado la vida eterna. Esa llegaría después, tras los acontecimientos de su Pasión, Muerte y -ahora sí- Resurrección. ¿Me equivoco?
Shush y yo volvimos por el camino por el que habíamos llegado aquel mismo día. Nuestro itinerario seguía siendo el mismo. Recorrer los caminos por los que había andado Nuestro Señor.
Jaime Vázquez Allegue.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/165693
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Aún no hay Comentarios/Trackbacks/Pingbacks para este post...
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
autor
Contacto








