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El Castillo de Herodes

Permalink 13.05.08 @ 08:37:17. Archivado en Caballero peregrino (Relato)

El día que Shush y yo salimos de Belén lucía un sol radiante. Nos habíamos asesorado bien de la dirección que nos llevaría a los restos del que había sido la fortaleza y palacio de descanso de Herodes en tiempos de Nuestro Señor. Sepa que no es que yo tuviera un interés especial en visita aquel lugar, sin embargo había prometido a mis sobrinos antes de partir del Reino obsequiarles con un recuerdo del castillo del monarca.

No nos resultó fácil llegar al lugar. Los enemigos de la fe habían disfrazado el escenario y disimulaban su ubicación con el nombre de “Gibal al-Furedis” que significa “Monte del Paraíso”. El nombre -con toda seguridad- se lo pusieron por la vista que se divisaba desde aquel lugar. Una magnífica visión de todas las tierras de la comarca. Después de atravesar una serie de valles, al llegar a los pies de la colina artificial, Shush un amago de seguir adelante -siempre lo hacía cuando llegábamos a un poblado que no le gustaba y en ocasiones me obsequiaba con un par de relinchos-. En ese momento detuve nuestro peregrinaje para contemplar el espectáculo.

Usted sabrá cómo fue aquel lugar en sus buenos tiempos. Yo lo imaginé al ver la cantidad de restos de la que fue una de las fortalezas más importantes del rey Herodes. Estábamos en la parte inferior de la colina. Allí, a nuestros pies, se habían librado importantes batallas en la época romana. Cuentan las leyendas que el mismo Herodes había derrotado a un grupo rebelde judío.

Como de costumbre me paré para leer las notas que había recopilado en la Biblioteca del Colegio Imperial. La fortaleza había sido construida en los primeros años del reinado de Herodes y según las crónicas aquí había sido enterrado después de su muerte. Comenzamos a ascender hasta la parte superior de la colina herodiana. Por un momento pensé en la posibilidad de encontrar la tumba del monarca y sentí el placer de vivir una experiencia de aquel tipo que me uniese en el tiempo con quienes conocieron personalmente a Nuestro Señor. Aquella idea detuvo mi tiempo durante casi una hora en la que permanecí contemplado el lugar. Disculpe mi orgullo de pretender sentirme protagonista de un descubrimiento inoportuno. Ya mis predecesores cruzados intentaron encontrar la tumba de Herodes sin lograrlo.

En la mitad de la colina el ascenso se hacía a través una larga columna de escaleras. Detuve la mirada sobre aquella subida, me agaché y con la mano retiré una capa de tierra que escondía el origen de la escalinata. Como había leído en la Biblioteca la entrada principal a la fortaleza de Herodes se hacía por una amplia escalera de mármol de color blanco. En efecto, al retirar la tierra que cubría las escaleras conseguí sacar a la luz el color blanquecino del mármol de los peldaños. Josefo tenía razón, pensé, al afirmar que la fortaleza había sido embellecida con toda magnificencia.

Cuando llegamos a la parte superior pude contemplar la cantidad de restos esparcidos de las edificaciones que un día se alzaron en el lugar. Pero lo que más cautivó mi atención fue el magnífico espectáculo que se divisaba desde allí arriba. Mis anotaciones eran mediocres en comparación con lo que desde allí se veía. En dirección a la Estrella Polar se avistaba Jerusalén y el Monte de los Olivos. Hacia el Oriente la población de Belén de la que habíamos partido aquel mismo día y a su lado el Mar de la Sal con el nacimiento del desierto de Judea. También en aquella dirección se divisaban, a lo lejos, los montes de Moab. Hacia Occidente y en un descenso vertiginoso del suelo, el Mar de la Cristiandad por donde los primeros cristianos comenzaron a extender el mensaje de Nuestro Señor. Sólo desde el monte Tabor se podía conseguir un visión panorámica tan amplia como aquella. La mezcla de paisajes, de plantas y los colores del suelo, hacían de aquel lugar el límite del desierto con la tierra fértil, el nacimiento de la vegetación, la altura de las colinas más cercanas convertían a aquel escenario en una fortaleza situada en lugar estratégico para la defensa, y en un baluarte inexpugnable para garantizar la seguridad y el control de todo lo que pasaba por los alrededores. El rey Herodes había sabido elegir muy bien el lugar para construir su fortaleza y hacer, de esta forma, que todo lo que pasese lo hiciese bajo el poder de su mirada. Estaba pensando todas esas cosas cuando recordé la noticia del paso de los Magos que se dirigían a adorar a Nuestro Señor recién nacido y las palabras que habían tenido con Herodes en aquel preciso lugar.
Volví la mirada a mi alrededor. Pude ver cómo la fortaleza herodiana tenía forma circular. Y me llamó la atención la estructura redonda de aquel sitio. No sé porqué, pero me había hecho a la idea de que el castillo de Herodes tenía que ser rectangular o cuadrado o de alguna otra forma menos circular. Seguramente -usted comprenderá- estaba pensando en las construcciones que tenemos a lo largo del reino de Castilla para defendernos de los enemigos de la fe. Decía -disculpe la explicación- que la forma circular me había llamado la atención. Tenía una doble muralla sobre la que se elevaban cuatro torres de las que sólo quedaban sus formas redondas. Era como una gran fortaleza circular coronada por cuatro torres también circulares. Y me pregunté por las razones que habían llevado a Herodes a optar por aquella forma de construcción.

Comencé a caminar por el interior de los restos de la fortaleza. El gran círculo parecía divido en dos partes. Se apreciaban restos de jardines y zonas de descanso. También se podían ver lo que habían sido una termas de agua y el viejo triclinio. Aquel lugar había sido una fortaleza de defensa pero, al mismo tiempo, un espacio de recreo adornado con jardines, piscinas para baños y hermosos palacios. Saqué del cartapacio la transcripción que había hecho en la Biblioteca del Colegio Imperial de una obra de Flavio Josefo y comencé a leer casi en voz alta: “Circundó la cina de torres y en el interior construyó algunos palacios majestuosos, que eran un magnífico espectáculo, no sólo en el interior, sino también desde el exterior, por encima de los muros. Con grandes dispendios llevó el agua en abundancia y construyó una escalinata de acceso de doscientos escalones de mármol blanquísimo”.

Estaba leyendo el texto cuando Shush dejó caer algo que rompió. Pensé que había tirado alguno de los enseres y viandas que llevaba en las alforjas. Pero para mi sorpresa descubrí que el caballo había tirado con la boca un recipiente de cerámica que encontró incrustado en los restos de la muralla baja. Al romperse la vasija habían salido a la luz media docena de monedas romanas con la imagen del emperador de la época de Nuestro Señor. Mi caballo acaba de descubrir un tesoro como los de las leyendas y yo había encontrado el regalo que llevaría a mis sobrinos de mi paso por el castillo de Herodes.

Sepa que estuve en aquel lugar más de lo que había pensado. Le recuerdo que no tenía demasiado interés por detenerme allí, pero reconozco que me sorprendió aquella fortaleza y el impresionante despliegue edificado por Herodes. Salí convencido de que había merecido la pena visitar el lugar. Y pensé recomendarlo a mis amigos monjes de León que me habían encargado la búsqueda de un lugar habitable para fundar un monasterio.

Antes de abandonar la fortificación volví la mirada sobre el lugar. Después alcé la vista. Hice una oración. Por aquel espacio de cielo había pasado la estrella que guiaba a los que se dirigían a adorar al Salvador. Y me sentí feliz por haber llegado hasta allí.

Jaime Vázquez Allegue.

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