San Jorge Coziba: La ciudad de los gatos
12.05.08 @ 09:31:21. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
Shush y yo acabábamos de llegar de un largo viaje por el desierto. Por el camino nos habíamos quedado sin agua (no recomiendo a ningún cruzado partir sin el suficiente aprovisionamiento de agua para todo el viaje). En el desierto es muy difícil calcular las necesidades de agua. Algunas veces uno cree llevar en exceso y a medio camino se queda sin ese don tan precioso y preciado. Además Shush estaba mal acostumbrado, era incapaz de saber dosificar el agua según los momentos y las necesidades. Tiene usted razón, lo de calcular es otra de las cualidades que tenemos los hombres creados a su imagen y semejanza y que nos distingue de los animales.
A media jornada divisamos, a lo lejos, el Monasterio de San Jorge de Coziba. Tenía muchas ganas de llegar a aquel lugar. En la Biblioteca del Colegio Imperial me había informado sobre la historia del emblemático monasterio. El escenario lo colocaba en medio del desierto, en el camino que va de Jerusalén a Jericó -el mismo que se hace de Jericó a Jerusalén- en el que la tradición situaba el relato evangélico de San Mateo en el que Jesús recupera la vista de dos ciegos: “Al salir ellos de Jericó, le siguió mucha gente. Y dos ciegos, que estaban sentados junto al camino, al oír que Jesús pasaba, gritaron: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La gente les decía que se callaran, pero ellos gritaban todavía más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó: ¿Qué queréis que haga por vosotros? Ellos contestaron: ¡Señor, que se abran nuestros ojos! Jesús, compadecido, tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista y lo siguieron” (Mt 20,29-34).
Sin duda que aquellos dos ciegos siguieron a Jesús por el mismo camino por el que estábamos caminando nosotros. Y es que aquel era el mismo y único camino que conectaba Jericó con la ciudad de Jerusalén. Un camino tortuoso que atravesaba el desierto por descampados pedregosos y grandes desfiladeros que se precipitaban contra el suelo.
Aquel lugar, a mitad de camino entre las dos poblaciones, había sido el destino de numerosos ermitaños que se habían retirado para vivir en contemplación y permanente oración desde los primeros siglos de la Cristiandad. A finales del siglo V algunos de aquellos monjes habían decido edificar sobre los acantilados de las rocas la primera fundación monástica del lugar. El siglo VI fue el de su mayor esplendor de vida. El monasterio se había llenado de monjes de todos los lugares del mundo que encontraban allí el mejor refugio de oración. Fue en esa época cuando un monje llamado Jorge de Coziba destacó por sus virtudes y por su santidad -en honor y olor, de ella-. El mismo que después daría nombre al monasterio al convertirse en lugar de culto y veneración en su recuerdo.
El monasterio había sido restaurado recientemente y volvía a convertirse en centro de peregrinación y lugar de silencio y oración. Aunque pareciera una paradoja, la Guerra Santa había devuelto la paz al lugar. Las Sagradas Escrituras situaban en este lugar el tiempo que pasó el profeta Elías en su marcha al Sinaí y en donde fue alimentado por dos cuervos: “Luego el Señor le dirigió su palabra: Márchate de aquí en dirección a oriente y ve a esconderte en el torrente Querit, al este del Jordán. Beberás el agua del torrente, y yo enviaré a los cuervos para que te alimenten allí. Marchó Elías y, siguiendo las órdenes del Señor, se fue al torrente Querit, al este del Jordán. Los cuervos le traían pan y carne por la mañana y por la tarde, y bebía el agua del torrente” (1Re 17,2-6).
Nos acercábamos al monasterio. La silueta de la edificación se perdía con el color -también el calor- de la piedra del desierto. Alrededor había algo de vegetación. Unos árboles plantados por los monjes se alzaban mirando al cielo, intentando ascender a lo alto. Algunas palmeras conservaban el colorido de haber estado protegidas durante unas horas del día de la intensidad del sol y del calor -también color- de la piedra.
Nos fuimos acercando al monasterio. El patio de entrada era bastante alto. Las paredes estaban llenas de pinturas que representaban escenas de la Sagrada Escritura. Algunos de los dibujos estaban bastante deteriorados al estar a la intemperie. En el interior del monasterio, en una capilla, se conservan los restos del monje santo que había dado nombre al monasterio, Jorge de Coziba. En la misma capilla se custodiaban los cráneos de numerosos monjes que habían sido martirizados en el lugar.
Dejé a Shush atado a la entrada del monasterio y comencé a caminar por su interior. Todas las puertas estaban abiertas. Cualquiera podía entrar por aquel lugar sin ser visto (o eso creía). No se veía a nadie (o eso me parecía). Pensé que había llegado en un mal momento, que los monjes estarían haciendo oración en alguna capilla. Sin embargo, para mi extrañeza, la del monasterio estaba vacía. Por todos lados salían gatos que cruzaban corriendo de un lugar a otro. Restos de comida eran trasladados por los felinos otorgando un aspecto lúgubre al lugar. Fui ascendiendo por una escalera lateral que había en la fachada interior del monasterio hasta llegar a la terraza superior. Llegué a una terraza amplia desde donde podían divisarse los alrededores. Sepa que pensé que desde lo alto vería a los monjes concentrados en algún lugar, pero la soledad que acompaña a un monasterio era recurrente.
Desde aquella terraza se accedía a la gruta del profeta Elías, el lugar en donde había sido alimentado por los dos cuervos. Desde allí se veía la amplitud del valle en el que se encontraba el monasterio y el gran número de grutas que servían para los monjes como refugio de retiro, estudio y oración. En ese momento, al ver las grutas excavadas en la roca, pensé que los monjes estarían de retiro cada uno en su cueva respectiva. Tal vez, seguí pensando, me había presentado en el monasterio un día de retiro, claro que quién iba a saber que aquel era un día de retiro para los monjes ermitaños.
Estaba comenzando a descender por las escaleras de la terraza cuando me di cuenta que estaba siendo observado por alguien. Además de la confluencia de gatos que no dejaban de cruzarse por delante de mi camino, entorpeciendo mi descenso por las escaleras, un monje, al final del primer descansillo, estaba sentado en una esquina contemplativo. Aquel hombre, con una media sonrisa en la cara, asintió con la cabeza ante mi presencia sin mediar cualquier tipo de palabra. Me dirigí hacia él y lo saludé inclinando la cabeza. El monje volvió a sonreír y a asentir reverencialmente. Por fin pronunció algunas palabras que no llegué a comprender. Me agarró por el hombro y me acercó hasta un pozo que había al otro lado de la planta del monasterio. Sacó un cubo de agua y me invitó a beber haciendo un gesto con las manos. Bebí con todas las ganas que podía tener después de haberme quedado sin agua por el camino del desierto. Bebí hasta satisfacer la necesidad de más agua. Sepa que me sentí como la Samaritana en el pozo ante Jesús y, por un momento, deseé no volver a tener más sed.
Después de haber bebido, el monje me saludó nuevamente con la cabeza y se retiró hacia su lugar inicial de contemplación y observación. Un grupo de gatos corrió detrás de él hasta situarse a su altura y sentarse a su alrededor. Respondí a su saludo de despedida y descendí hasta la entrada del monasterio. Allí estaba Shush que había permanecido a la sombra bajo una palmera. Había estado bebiendo agua del cubo que algún monje le había acercado durante mi estancia en el interior del monasterio. La hospitalidad de aquellos monjes silenciosos me había llamado la atención. Comprendí que desde mi llegada a aquel lugar había estado acompañado por la oración de aquellos monjes eremitas que desde la paz del desierto y el silencio de la soledad ayudaban a trabajar por un mundo en permanente contacto con Dios.
Jaime Vázquez Allegue.
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