La parábola de los talantes
30.04.08 @ 09:08:10. Archivado en Sociedad
¿Saben ustedes aquel que dice?: Salió el sembrador a sembrar y enterró cinco talantes y esperó a que volviera el amo para que matara al cordero cebado y se lo diera a los pobres sabiendo, eso sí, que los fariseos no tenían nada que ver con todo aquello. Pues bien, de eso se trata, de liar la madeja hasta perder la noción y el conocimiento de la realidad y confundir al escuchante con un resultado macabro y ensordecedor.
Es la parábola de los talantes que nada tiene que ver con la de los talentos. Una oportunidad privilegiada para vencer sin convencer y para disfrazar de libertad el oportunismo victorioso de la segregación. Aquello del conmigo o contramigo tiene, en la parábola de los talantes, su punto final, la moraleja conclusiva o la oportunidad surrealista para engañar al mayor número de personas en el menor tiempo posible.
Lo decía Napoleón, si quieres que algo no funcione, nombra una comisión. Y a los hechos me remito cuando una imposición se disfraza de ideología de masas para camelarse al personal. Esta es una de las razones por las que la política suele volverse repugnante y sus representantes se ejercitan en el arte del engaño para triunfar. Al final, como de costumbre, la libertad -en primer lugar-, los derechos humanos -a continuación-, y la posibilidad de pensar de manera diferente suelen volverse contra los mismos que reconocen que algo no funciona o que alguien está haciendo lo posible para que no funcione. Pensemos, por ejemplo, en la venta de armas a países que no sólo no deberían hacer uso de ellas (ningún país debería tener la posibilidad de hacer uso de cualquier tipo de armas) sino que acceden al abuso con el único fin de imponerse con medios camuflados de diálogo -con las armas sobre la mesa-, tolerancia -bajo regímenes totalitarios sino dictatoriales-, y mucho diálogo -el de yo hablo y tú escuchas. Como todo esto forma parte del pan nuestro de cada día, uno se pregunta si no habremos caído en el descrédito de la sinrazón, en el oportunismo del espectáculo belicista para disfrazar cualquier ideología o forma de pensar con tal de ganar adeptos y hacerse con el poder que es, a fin de cuentas, la pretensión última de cualquier poderoso insurrecto.
En la parábola de los talantes, la dialéctica forma parte de la manipulación y de la visión subjetiva de la realidad. Con la bandera de la oposición a la guerra se ganan unas elecciones, con la misma bandera se enarbola la venta de armas. Unas armas, dicho sea de paso, que deben de ser para jugar a los indios al no ser éstas, material bélico capaz de organizar conflictos internos e internacionales como el de la presencia de las tropas españolas en el Líbano o en Afganistán o en donde sea.
Todo depende del color del cristal con el que se mira. Un destructor de la marina (armada la llaman ahora) puede ser perfectamente utilizado como crucero para darse unas vacaciones por el Caribe. Una fragata utilizada como barco de pesca del bacalao. Una patrullera como un yate de recreo para pasearse por las playas de la costa mediterránea. Mi abuela -que era sabia, en todos los sentidos- decía que no se podía comulgar con ruedas de molino. Aunque algunos, hoy por hoy, pretenden hacernos creer que es lo mismo el talante que el talento. Porque si bien lo primero no tiene nada que ver con lo segundo, no se puede descartar la posibilidad de una dislexia vocal que lleve a la confusión de quien no distingue lo blanco de lo negro.
Cuando Jesús terminó de hablar a sus discípulos se sentó con ellos y les explicó esta parábola. Uno de ellos le dijo: Maestro quién es el amo de la parábola. Él le respondió: Dichosos los pacíficos, porque de ellos es el Reino de los cielos. Y añadió: el que quiera ser el primero que deje todo lo que tiene y me siga. Aquel día sus discípulos no entendieron la parábola que Jesús les había dicho, pero después se les abrieron los ojos, los oídos y el conocimiento para distinguir el bien del mal, la luz de las tinieblas, los talentos de los talantes.
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