Lois Vázquez, No noso bosque convosco,
25.04.08 @ 09:00:34. Archivado en Libros
Lois Vázquez, No noso bosque convosco, Adral Poemarios, Madrid 2000, 100pp.
Estamos ante un nuevo poemario en gallego del poeta bilingüe monfortino Lois Vázquez afincado en Madrid, prolífico ensayista y especialista en el teatro del siglo de oro, uno de los mejores conocedores de la obra dramática y poética de Tirso de Molina.
En esta última obra, el autor recoge una colección de poemas de corte pastoril y campestre -al estilo de la poesía idílica y pastoril de Virgilio- más propia de la poesía de la mirada y de la contemplación que de la poesía urbana de finales del siglo XX. En medio de un escenario frondoso y naturalista -no sé si también naturista-, el autor se sitúa ante un bosque de sueños -¿un bosque encantado?- en donde predominan los escenarios naturales, la lírica de la vegetación y la música de los versos rosalianos que inmortalizaron una Galicia de romeros y peregrinos vagabundos.
No noso bosque convosco es un poemario que incluye un relato lírico. El autor ha sido capaz de introducir al lector ante el espectro de la unión entre la prosa y el verso, capaz de fundir la lírica prosaica y la narración versificada en un sólo canto: O vagabundo. Tengo que confesar que este relato en forma de cuento onírico es lo que más me ha llamado la atención de todo el poemario y -objetivamente- lo que más me ha gustado de toda la obra porque a través de este texto el lector llega a la conclusión de que no esta tan fácil distinguir la prosa del verso.
Lois Vázquez es un poeta de emociones y conmociones que condensan la lírica poética que le caracteriza con la audacia del lenguaje al estilo Jacques Prévert (1900-1977). Reconozco haber descubierto una cierta semejanza poética entre el poeta gallego y el letrista y poeta francés del siglo XX inmortalizado por sus referencias a la justicia, la libertad y la felicidad. Uno lee Palabras de Prévert -poemario publicado en 1945- y descubre la misma invitación a fiarse del poder de la palabra para obtener la felicidad que ofrecen los versos de Vázquez. Empiezo a sospechar -la crítica literaria es básicamente una sospecha- que el poeta lucense refleja en sus obras un extraordinario influjo -no sé si consciente o inconsciente- de la poesía francesa de la segunda mitad del siglo XX en la que Vázquez vivió y bebió frecuentando los ambientes literarios parisinos.
Los versos de esta obra de Vázquez -y todas sus poemarios anteriores- están gratamente enriquecidos por las evocaciones al amor a la tierra, el sueño de quien añora un paisaje y la imaginación de un poeta comprometido y compasivo con un escenario. El actual poemario es fiel reflejo del dibujo que se puede hacer con las palabras a través del ritmo. A través de los versos, el poeta recuerda la lluvia, las gaviotas y la primavera; las cantigas y los responsos. Llama a la madre y evoca a la divinidad. Revive el peregrinaje y termina en Compostela ante la imagen del apóstol. Sólo le faltan el monte y el río y ese “ven conmigo” -que diría Neruda en Los versos del capitán-.
Estamos ante una obra que sabe combinar de forma precisa, preciosa y fantasiosa el sentimiento trágico de la vida de la poesía clásica y el estilo de lírica más puro de la poesía más moderna. Estamos, ante un nuevo lenguaje capaz de transportarnos en el escenario y en el tiempo -como lo hacía Baudelaire- y es que en el fondo de la obra de Vázquez se pone de manifiesto el mismo sentimiento religioso y apologista que caracterizó a Paul Claudel -siempre alejado de los círculos literarios vanguardistas-. Porque en Vázquez lo trascendente y lo numinoso se hace presente en toda su obra poética como objeto de su inspiración lírica.
Felicitamos al autor por su nueva obra -hace tiempo que hemos perdido la cuenta de poemarios publicados por este prolífico poeta- que sigue alternando la poesía gallega con la de lengua castellana, capaz de sentir la ternura poética de Rosalía de Castro y de descubrir la riqueza de la poesía de Tirso de Molina -porque Tirso, a parte de dramaturgo, fue también un genial poeta-.
Jaime Vázquez Allegue.
, Adral Poemarios, Madrid 2000, 100pp.
Estamos ante un nuevo poemario en gallego del poeta bilingüe monfortino Lois Vázquez afincado en Madrid, prolífico ensayista y especialista en el teatro del siglo de oro, uno de los mejores conocedores de la obra dramática y poética de Tirso de Molina.
En esta última obra, el autor recoge una colección de poemas de corte pastoril y campestre -al estilo de la poesía idílica y pastoril de Virgilio- más propia de la poesía de la mirada y de la contemplación que de la poesía urbana de finales del siglo XX. En medio de un escenario frondoso y naturalista -no sé si también naturista-, el autor se sitúa ante un bosque de sueños -¿un bosque encantado?- en donde predominan los escenarios naturales, la lírica de la vegetación y la música de los versos rosalianos que inmortalizaron una Galicia de romeros y peregrinos vagabundos.
No noso bosque convosco es un poemario que incluye un relato lírico. El autor ha sido capaz de introducir al lector ante el espectro de la unión entre la prosa y el verso, capaz de fundir la lírica prosaica y la narración versificada en un sólo canto: O vagabundo. Tengo que confesar que este relato en forma de cuento onírico es lo que más me ha llamado la atención de todo el poemario y -objetivamente- lo que más me ha gustado de toda la obra porque a través de este texto el lector llega a la conclusión de que no esta tan fácil distinguir la prosa del verso.
Lois Vázquez es un poeta de emociones y conmociones que condensan la lírica poética que le caracteriza con la audacia del lenguaje al estilo Jacques Prévert (1900-1977). Reconozco haber descubierto una cierta semejanza poética entre el poeta gallego y el letrista y poeta francés del siglo XX inmortalizado por sus referencias a la justicia, la libertad y la felicidad. Uno lee Palabras de Prévert -poemario publicado en 1945- y descubre la misma invitación a fiarse del poder de la palabra para obtener la felicidad que ofrecen los versos de Vázquez. Empiezo a sospechar -la crítica literaria es básicamente una sospecha- que el poeta lucense refleja en sus obras un extraordinario influjo -no sé si consciente o inconsciente- de la poesía francesa de la segunda mitad del siglo XX en la que Vázquez vivió y bebió frecuentando los ambientes literarios parisinos.
Los versos de esta obra de Vázquez -y todas sus poemarios anteriores- están gratamente enriquecidos por las evocaciones al amor a la tierra, el sueño de quien añora un paisaje y la imaginación de un poeta comprometido y compasivo con un escenario. El actual poemario es fiel reflejo del dibujo que se puede hacer con las palabras a través del ritmo. A través de los versos, el poeta recuerda la lluvia, las gaviotas y la primavera; las cantigas y los responsos. Llama a la madre y evoca a la divinidad. Revive el peregrinaje y termina en Compostela ante la imagen del apóstol. Sólo le faltan el monte y el río y ese “ven conmigo” -que diría Neruda en Los versos del capitán-.
Estamos ante una obra que sabe combinar de forma precisa, preciosa y fantasiosa el sentimiento trágico de la vida de la poesía clásica y el estilo de lírica más puro de la poesía más moderna. Estamos, ante un nuevo lenguaje capaz de transportarnos en el escenario y en el tiempo -como lo hacía Baudelaire- y es que en el fondo de la obra de Vázquez se pone de manifiesto el mismo sentimiento religioso y apologista que caracterizó a Paul Claudel -siempre alejado de los círculos literarios vanguardistas-. Porque en Vázquez lo trascendente y lo numinoso se hace presente en toda su obra poética como objeto de su inspiración lírica.
Felicitamos al autor por su nueva obra -hace tiempo que hemos perdido la cuenta de poemarios publicados por este prolífico poeta- que sigue alternando la poesía gallega con la de lengua castellana, capaz de sentir la ternura poética de Rosalía de Castro y de descubrir la riqueza de la poesía de Tirso de Molina -porque Tirso, a parte de dramaturgo, fue también un genial poeta-.
Jaime Vázquez Allegue.
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