El valor del tiempo
21.04.08 @ 09:00:44. Archivado en Sociedad
Ahora resulta que se puede medir el valor del tiempo. Los matemáticos de turno y, de manera especial el británico Ian Walker (como el del Whisky) de la Universidad de Warwick, han definido una fórmula al estilo clásico según la cual el tiempo tiene su valor y éste puede ser calculado a tenor de las condiciones particulares de cada caso. Y yo me pregunto ¿tan bajo han caído las matemáticas? O tal vez la pregunta tenga que ser a la inversa ¿tan alto han llegado las matemáticas? A fin de cuentas el tiempo no es algo que podamos comprar ¿o sí? Yo más bien creería que no. Por lo general la temporalidad, cronología y demás mediciones forman parte de un invento humano para poder ordenarnos y ordenar las cosas que nos rodean. Yo creería que además de las matemáticas en esta historia tiene que ver, también, el sentimiento humano, la sensación de estar en el mundo y todas esas filosofías crónicas de la temporalidad.
Y ahora la fórmula: V=(W((100-t)/100))/C. Está claro que no se entiende mucho más sin una explicación detallada, cosa que hace -y muy bien- el matemático británico. Será porque soy de letras, pero me resulta difícil comprender el argumento preciso. Será por deformación formativa, pero no acabo de conectar el deseo con la medición de las horas y los días. Para Walker, la “V” es el valor de una hora, la “W” equivale al salario por hora de una persona, la “t” representa la cantidad de impuestos a pagar por el ciudadano de turno que mide su tiempo y la “C” equivaldría al coste de la vida en el ámbito en el que se mueve el individuo medido. El resultado: lo que cuesta una hora de su vida. Lo que no sé muy bien es a quién hay que hacerle el pago, ni siquiera quién es el que vende el tiempo, tampoco me acaba de quedar claro el interés que ha entrado por pagar por algo que tenemos y de sobras. Otra cosa es que no sepamos administrarlo o utilizarlo en las mejores condiciones.
Y yo que pensaba que a las personas les gustaba “perder el tiempo” en determinados momentos como son las vacaciones de verano (por poner un ejemplo fresco). Y me creía que todos buscábamos tener “tiempo libre” para hacer cualquier cosa. También estaba convencido de que algunos días podíamos decir que hacía un “tiempo espléndido” y que había que “dar tiempo al tiempo” y no dinero al tiempo. Pues ahora, con lo que vale, ya no vamos a poder decir en determinados momentos que vamos a “matar el tiempo”, ni que hace un “tiempo muy frío” para decir que tenemos un “tiempo muy caro”.
¡La cosa tiene guasa! Calcular el valor del tiempo es como poner barreras al mar, como meter la arena de una playa en un agujero o querer introducir el aire de la atmósfera en un frasco de cristal. Hay que tener imaginación y ganas de perder el tiempo para echar este tipo de cálculos. No estaría mal que el ciudadano Walker se diese una vuelta por África para ver otras concepciones del tiempo, o por otras culturas diferentes a la nuestra (o a las nuestras) para valorar -para dar el valor real- a algo que nos ha sido dado gratis según la máxima: dad gratis lo que gratis habéis recibido.
Claro que hay que hacer las cosas a su tiempo, y que a todos nos ha dado tiempo para hacer las cosas, que hay un tiempo para dormir y un tiempo para jugar, pero de tiempo en tiempo conviene ganar tiempo para poder, después, perderlo con los amigos. A fin de cuentas, el refranero popular está lleno de máximas en favor del tiempo y una de ellas dice -decimos- que al mal tiempo buena cara.
Desde ahora, cada vez que salga el hombre del tiempo tendremos que pagarle más, sobre todo cuando nos informe sobre el tiempo que va a hacer en nuestra ciudad mañana y el próximo fin de semana. Y pensar que ya hubo quien dijo que “el tiempo es oro”.
Jaime Vázquez Allegue.
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Angostura del sueño
en un vahído de la vida,
que sumerge, en dolor, la pasión desvivida,
cuando, el tiempo, da alcance a su propia muerte.
Mirada, que pone fin al tiempo
en la hondura sacralizada
e invidente del alma.
El tiempo muere, inmóvil,
mediatizado de silencio,
posándose encallado,
sin fuerzas en mi alma.
Soledad, que hace bullir la muerte advenediza, desavenida a seguir muriendo en un claustro de muros amenazados de ruina.
Fría oscuridad de peso sosegado,
sin fuente que mane luto,
sin espiritu animado,
ni gravitación dolida,
que arrastre a la muerte.
Incertidumbre de los pasos,
que dejan mi soledad frente a Dios.
Un silbo vacía el silencio de sentido y de voz
en la cumbre de la melancolía,
sobre el tiempo detenido, frente al silencio divinizado, y ya muerto.
Espesura de conciencia en ojos que miran el fin.
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