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Permalink 26.01.08 @ 17:33:52. Archivado en Otros escritos

Algunas veces me resultan irrelevantes materias ajenas a las cuestiones que controlan mis pensamientos en momentos determinados. Y pienso que lo que hacen otros -los temas que desarrollan- carecen de importancia por ser éstos tan distintos como distantes, externos y extraños. Sin embargo, cuando estudiaba crítica literaria -una de las partes de mi formación que más valoro- me enseñaron a juzgar con objetividad los trabajos que a primera vista pudieran parecer más metafísicos de lo que dictaba mi conciencia. El resultado, me ha pasado en varias ocasiones, ha sido el descubrimiento de los valores y cualidades que quedarían ocultos detrás de una lectura intencionada, obligada o, simplemente, comprometida. Y, aunque uno no domina las ciencias de la lírica ni es capaz de articular palabra en verso, siento una especial sensibilidad por la trascendencia que se oculta detrás de la poesía -siempre que ésta sea, como es el caso, resultado de una reflexión meditada-. Así es la poesía del “Corazón de Dragón” o de “El anillo de Jade”, la “Viola odorata”, los “Ecos de la Atlántida” o, simplemente “Hiedra”, “Así habla la leyenda”, “Rêverie”, “Iluminata” y “La muralla de Tavros”. (También en galego están “Maxia en Dogón”, “Calambur” y “A daga de Montsegur”. Seguro que hay más, aunque yo, en estos momentos, no la conozca. Pero ese tipo de poesía esconde, detrás, en el fondo, en el trasfondo, la capacidad de creación de quien no ha convertido la escritura su razón de ser sino, antes al contrario, quien ha descubierto que hay cosas innatas y que el arte de la lírica forma parte de la lista de causas asumidas como don y no como acción. Creería, sin embargo, que la mano del poeta, de la poeta o de la poetisa -como más guste a quien se tercie- bascula por el mundo del más allá, por los jardines del pensamiento en donde se dan cita las musas de la razón y el orgullo de la imaginación. Pensaría, al mismo tiempo, en el dualismo platónico como argumento literario convertido en visión diferente -y diferenciada- de dos mundos antagónicos que se cruzan en el pasado. La búsqueda de los paraísos perdidos, más propios de Yourcenar que de la poesía burguesa (que diría Ian Watt) confluyen en esta poesía -la antes citada y enumerada- en lo que Todorov llamaba “poética de la prosa”. Será esa la razón por la que no acabo de descubrir si estos poemas -los citados y enumerados- son, en realidad, poesía de la prosa o prosa convertida en poesía. Lo retos son demasiados como para poder discernir entre el bien y el mal, la luz o las tinieblas. Y a pesar de todo, o pese a todo, creo que el camino trazado por el autor, la autora o la pensadora (vuelva, cada uno, a decidir la manera definir a quien se esconde detrás de aquellos poemas versificados) es el de la búsqueda paralela, ciertamente ambigua y, en algún caso, absoluta. Y alguien pensaría, con el derecho que le corresponde a todo bien pensante, que nuestra mano autora, creadora e imaginativa, lo que relata líricamente es, en el fondo, el reflejo de un sentimiento o -de nuevo, de forma insistente- la necesidad de descubrir el sentido de su propio ser a través de la escritura y, por extensión, de la creación literaria (tanto en prosa como, también, en verso). Y uno se pregunta, convencido después de haber leído la crónica poética de nuestra mano femenina, si se puede ir buscar a los caballeros y galanes -galantes- de las leyendas mitológicas en el reino de los cielos (y, también, en el Reino de los Cielos). Si es posible alcanzar la gloria (y, por supuesto, la Gloria) en el más allá (Más Allá), la vida eterna, la inmortalidad (o la Resurrección). Aquello lo hacían los cruzados por salvar los lugares santos (los sagrados y consagrados) convencidos de que con ello alcanzaban la inmortalidad sin saber, a ciencia cierta, lo que ello quería decir y su trascendencia. Era teología cruzada, caballeresca y palaciega. La de nuestra autora parece querer recuperar la búsqueda del santo grial sin pretensiones de alcanzar el tesoro de la Cristiandad sino, más bien, descubrir el secreto de la vida (de la Vida Eterna). La poesía acaba de llegar -y no será por primera vez- a la poética del amor en donde se dan cita, como por arte de magia -de una magia ineludible- el otro (o lo otro), el espíritu, el alma y Dios. Los elementos indispensables para hacer que las razones del corazón sea -estén- presentes en la lírica de los sentimientos. Espejo abismado de versos de una súplica indisciplinada -indiscriminada- que piden a gritos algo que no ha podido ser, que no ha querido ser, ¿que no tiene razón de ser? En determinados momentos parece tener temor, estupor, desconcierto a la hora de expresar aquellos sentimientos que muchos ocultan, esconden, disimulan a través de la métrica, de la poesía libre o de la lírica clásica. Sin embargo nuestra poeta (repito, también, poetisa) ha decido sincerarse con la pluma para ser libre y decir lo que piensa, pero sobre todo, lo que siente. Tal vez habría que hablar de un espacio nuevo de prolepsis en los versos. Sentir lo que ya se ha sentido con la mirada puesta en el futuro -el de la esperanza- de no se sabe cuándo ni porqué. Tal vez nos encontremos, sin darnos cuenta, ante una novedad en el mundo de la crítica poética que abre las puertas a decir lo que se ha sentido intentando demostrar que ya no es lo que se siente. No conozco poetas que hayan trabajado tantos adjetivos para manifestar un sentimiento. Y sin embargo, las palabras, determinadas por la confianza y la esperanza en un más allá, en un Dios -más filosófico que teológico- no son, a pesar de sus intentos- el testimonio de un fracaso ni la confirmación de un rechazo puntual. Las palabras versificadas de refieren a una experiencia casi trascendente identificada con un amor secuestrado. La literatura sapiencial que esconden estos poemas nos permiten sostener la independencia de su creadora de cualquier tipo de escuela, de clasificación o de influencia literaria. Hacer poesía es un acto de valentía (que no todos poseemos) y el resultado visible de una sensibilidad literaria capaz de desnudar por completo a una persona. ¿Será esa la razón de la búsqueda constante, de la sensación de pérdida, de la pregunta sapiencial por el sentido de la vida, por la razón de su propia existencia o por la insistencia en un pasado con luces y sombras, que ha determinado el presente que se pregunta, en el fondo, por si también ha determinado su futuro. Claro que para volver al principio están los relatos breves (sentimientos filosóficos, humanistas y humanísticos) y los ensayos (éstos más teológicos). Porque nuestra autora -en femenino y sin disimularlo-, se planta ante “El reino del olvido” desde “Las fuentes del paraíso” para aterrizar en “Las fronteras del espacio vital” sin necesidad de “Instrumentos del método” cartesiano. ¿Quién lo ha visto y quién lo ve? “Luz sobre las dunas” y “El navegante de sueños” como si fueran “Lágrimas de ninfas” o “Divinidad y experiencia”. Al final, como de costumbre, el autor (repito, en este caso: ella) vuelve a expresar los mismos sentimientos que en la poesía. Repito que en estas letras la poesía y la prosa están íntimamente identificadas hasta el punto de llegar a confundirse (el lector, que es quien siempre confunde las cosas). Los mismos sentimientos místicos de búsqueda filosófica, trascendental, metafísica: “La religión y la magia (según la escuela francesa de Durkheim y Nauss)” y “La expresión de la experiencia religiosa”. Le gusta, también y sobre todo, descubrir el sobrenatural heideggeriano: “La piedra angular: concepciones del tiempo en Heidegger”, y quiere encontrarse frontalmente ante el Dasein. Mezcla de relato, cuento, fantasía, filosofía, teología, reflexión mordaz. Volvamos al “Cielo de Toscana” para hacer que nuestra imaginación eche a volar por “La galería de las estatuas” (uno de los que más me ha gustado) y reflexionar sobre el “Mosaico de pueblos” que configuran el “Anima Mundo” (¿o debería decir “la” Anima Mundi?) como “La otra cara del humanismo” de un diccionario filosófico en donde nuestra mano creadora busca la voz “Alma”. Lo siento, pero siento que necesito un respiro cuando leo a “Platón o la trascendencia del Eros”. Y me confirmo, antes de descansar: aquí hay materia y de la buena. Gracias por permitirme hacer esta reflexión, por la oportunidad de viajar y disfrutar con tiempo y sin prisas por el mundo de la elegancia del virtuosismo literario. Lo haces bien (demasiado bien). El pecado estaría -que nunca falta- en el abandono, la prisa, la omisión. Adelante, merece la pena seguir convencida de descender traqueteante por el río de la vida por donde el agua no pasa dos veces.

Jaime Vázquez Allegue


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