Kariot: La ciudad de Judas
16.01.08 @ 11:08:06. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
Aquella mañana, cuando el sol estaba todavía por salir, Shush y yo tomamos la decisión de acercarnos hasta Kariot. Sabíamos que no íbamos a encontrar más que los restos de la población, las ruinas de la aldea que engendró a uno de los peores gérmenes que puede surgir del ser humano. Aquella era la población que había visto nacer a Judas Iscariote. Todavía estábamos tomando la decisión de acercarnos a Kariot cuando recordé los apuntes que había tomado en la biblioteca del Colegio Imperial. En un determinado momento se decía que el apellido de Judas tenía su origen en su población o aldea de nacimiento. Y recordé a María Magdalena, originaria de la población costera del Lago Tiberíades conocida como Magdala. Y recordé al mismo Jesús de Nazaret, para identificar el lugar en donde se había criado. En cualquier caso lo de Judas Iscariote debía de ser algo parecido, a sabiendas -eso sí- de que en tiempos de Jesús había una población al sur de Hebrón con aquel nombre.
Había tomado nota de aquel dato porque tenía la intuición de que la oportunidad de acercarme al pueblo de Judas debía de ser -tenía que ser- la de vivir una experiencia, sin duda, intensa. La figura de Judas el traidor siempre me había causado una sensación difícil de explicar. Aquel discípulo escondía algo más que una traición por treinta monedas de plata. Su personalidad debía de conservar algún elemento positivo, bueno, tierno, que salvase o, cuando menos, hiciese comprensible su acción -también su reacción- en los momentos más tensos -también intensos- de la pascua.
Salimos de Hebrón cuando todavía nadie andaba por las calles. Shush cabalgaba con holgura y luciendo buen porte. Pareciera que con su galope mostrase su nobleza y galantería. Tal vez, pensé, sabía bien a dónde nos dirigíamos y quería demostrar con su paso que él, en todo momento, permanecería fiel a su amo.
El camino se aventuraba sinuoso y traqueteante. El suelo desértico de la zona era pedregoso, lleno de reptiles que serpenteaban en todas direcciones. Apenas había un lugar en donde detenerse a descansar. Los pozos por aquella zona distaban mucho unos de otros. Habíamos hechos buen acopio de provisiones para aquel viaje que, aunque corto en su distancia, se antojaba sinuoso, arduo y árido.
A lo lejos se divisaban los restos de una pequeña población desaparecida hacía muchos siglos. Detuve la marcha del caballo y saqué el mapa que yo mismo había confeccionado de la región. Aquel era el lugar en donde había estado situado el pueblo de Judas el traidor. Estábamos entrando en la aldea -o lo que quedaba de ella- cuando Shush decidió ralentizar su paso y comenzó a soplar con fuerza. Parecía comprender el lugar en el que nos encontrábamos y quién había nacido allí. La población había sido arrasada después de la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén por parte de los romanos. Kariot había sido un lugar de refugio para grupos de celotas y sicarios que huían de Jerusalén perseguidos por los romanos después de haber cometido sus delitos. En aquel pueblo se había organizados en tiempos de Jesús varias de las revueltas menores en defensa de la tradición judía y en contra del poder de Roma.
Detuve la marcha de Shush y caí a tierra de un salto. Me agaché y pasee la palma de la mano sobre la arena del suelo de Kariot. Agarré un puñado de aquella tierra amarilla y la acerqué a la cara para olerla. Estaba caliente y llena de historia. Apenas se podían adivinar algunas de las edificaciones de la que en su día había sido la cuna del traidor. Saqué los textos sagrados que siempre viajaban conmigo y me puse a leer algunos de los pasajes en los que se hablaba de la personalidad que desgraciadamente había inmortalizado aquella zona.
En el momento de la última cena Judas estaba a la mensa con el resto de los discípulos: “Se pusieron a cenar. El diablo había metido en la cabeza a Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de traicionar a Jesús... Y Jesús dijo: Aquel a quien yo dé un trozo de pan mojado. Mojó el pan y se lo dio a Judas, el de Simón Iscariote”.
Me senté sobre una piedra para meditar las palabras que había leído. Y pensé en Simón Iscariote, el padre de Judas. Aquel hombre había engendrado al ser más despreciable que ha nacido sobre la tierra. Por un instante un sentimiento de rabia se apoderó de mí. Miré alrededor imaginando la aldea en tiempos de Jesús, a Simón trabajando y a su hijo, el joven Judas, caminando por las calles de la población. De pronto un movimiento reflejo me hizo levantar los pies del suelo, del suelo que Judas Iscariote había pisado. Volvía a leer los textos sagrados: “Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Qué me queréis dar y yo os lo entrego? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata... aún estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él un gran tropel de gente con espadas y palos, enviados por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: Al que bese, ése es, prendedle. Se acercó a Jesús y lo saludó: ¡Hola Maestro! Y lo besó”.
Aquel beso de traición era -no podía ser de otra forma- el mejor reflejo de falsedad, símbolo de la crueldad y un manifiesto de infidelidad. En ese momento pensé en si había alguien que podía ser más falso que Judas. Ciertamente, me dije susurrando, resulta difícil superar la acción del traidor.
Seguía con mis reflexiones mientras contemplaba el paisaje árido y desértico que me rodeaba. A decir verdad, me parecía difícil poder crecer en medio de aquel lugar tan inhóspito como aquel. En ese momento me di cuenta de un detalle en el que no había caído anteriormente. Judas Iscariote era de Kariot, una aldea situada al sur de Hebrón, en medio del desierto de Judá, mientras que el resto de los discípulos -los otros once- procedía, en su totalidad, del norte, de Galilea, de las aldeas cercanas al lago de Tiberíades, de tierras fértiles y frondosas, de bonitos paisajes verdes. ¿Una casualidad?, ¿influyó en Judas ser el único de los discípulos que no era del norte?, ¿determinó su carácter y forma de ser el hecho de venir de una tierra desértica? Las preguntas no dejaban de precipitarse una detrás de otra. Judas era distinto a los demás -había dado pruebas de ello-. Pertenecía a otra mentalidad, a una manera distinta de ver la vida, era diferente y, con toda seguridad, con un carácter rudo y arisco, como el de su tierra. Tal vez, pensé, la tierra hace a las personas de una forma de ser, y la de Judas, a decir verdad, tenía sus raíces, en la árida imagen de aquel desierto.
Mi caballo parecía no estar muy contento en aquel lugar. Llevaba unos minutos relinchando y yo, que lo conocía, entendía sus intenciones. Hacía demasiado calor como para permanecer más tiempo en aquel lugar. Nuestra visita a Kariot sólo había servido para comprender -si acaso- la figura de quien pasó a la historia como el mayor traidor de la humanidad. Mis hermanos cruzados no habían llegado hasta allí, entre otras razones porque nada había que defender en Kariot, porque no merecía la pena recuperar o resucitar aquella aldea.
Monté sobre el caballo y salimos de la zona al trote. Después de unos minutos, sumidos nuevamente en la intemperie del desierto, volví la mirada hacia atrás. Me pareció ver una silueta, la del árbol del ahorcado. Confieso que volví la mirada al frente y aceleré el trote del caballo. Todavía hoy me pregunto si mereció la pena aquel viaje. Algún día alguien volverá a Kariot y descubrirá la población que vio crecer a Judas el traidor. Ese día comprenderemos que el ser humano es débil, frágil y muy, muy vulnerable, pero descubriremos la grandeza de la fidelidad y del seguimiento a Jesús.
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