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Emaús: La ciudad de los amigos

Permalink 08.01.08 @ 10:09:24. Archivado en Caballero peregrino (Relato)

Sepa usted que habíamos salido, mi caballo Shush y yo, temprano de la Ciudad Santa. El sol de aquella jornada nos llevaría hasta la mítica Emaús de las cruzadas. La población que sirvió de reducto a Godofredo de Bullón, a Tancredo y a Raimundo de Tolosa con los condes de Flandes y de Normandía antes de tomar la ciudad de Jerusalén en el año 1099. Pero era el Santo Evangelio de Nuestro Señor el que guardaba -como si de un tesoro se tratase- los mejores informes de aquel lugar. El escenario en el que Jesucristo -resucitado de entre los muertos- se apareció a dos de sus discípulos que no lo reconocieron hasta en momento de la fracción del pan en la cena. Confieso que el camino se me hizo más largo de lo esperado.

Eran tan sólo sesenta estadios al noroeste de Jerusalén -como describía el evangelista- que debería hacer en media mañana, sin embargo se me fue la mitad de la jornada en un camino tortuoso y traqueteante como un río que desciende por las colinas. Ya en la cercanía de Emaús el camino se convertía en una calzada romana que se adentraba en la población. Las reflexiones acompañaron todo el recorrido así como la lectura meditada del texto del evangelista san Lucas en donde se relata el acontecimiento.

Algunos de los planteamientos que retrasaron nuestra llegada al lugar fueron, por ejemplo, la cuestión de la identidad de los dos discípulos a los que se apareció Jesús. En el texto sagrado sólo se daba a conocer el nombre de Cleofás como uno de los dos. Sin embargo, en mi cuaderno de viaje lo tenía claro: Emaús era la patria de los parientes del Señor Cleofás y su hijo Simeón. Aquella identificación la había tomado, sin duda, de Egesipo y de Orígenes, aunque -he de reconocer- que el dato no era del todo convincente. En realidad, sepa usted, no era seguro que aquella fuese la verdadera identidad de los dos discípulos como tampoco era segura la localización geográfica del lugar de Emaús. Todas aquellas dudas fueron, seguramente, las que retrasaron mi llegada a la población bíblica. Había salido de Jerusalén por la moderna puerta de Damasco cruzando los descampados del norte que dejaban a lo lejos la ciudad bíblica hasta que mi caballo y yo llegamos al monte de Samuel que habíamos bordeado contemplando la magnífica panorámica de la ciudad a lo lejos.

Sepa también, que nuestra llegada a la Emaús bíblica fue tardía pero emotiva. La vista se fue concentrando en el santuario del lugar. Era una iglesia que habían construido mis hermanos los cruzados años atrás. La iglesia -así constaba en mis apuntes de viaje recogidos en la biblioteca del Colegio Imperial- estaba situada al lado de la que había sido casa de Celofás en donde la tradición idenficaba el acontecimiento evangélico. El edificio sagrado estaba adornado con hermosas pilastras y ábsides labrados a conciencia. Un escenario artístico, sin duda, espectacular.

Nos fuimos acercando a la aldea. Sepa que era una población agrícola que vivía de sus propios cultivos de campo y de los rebaños que pastoreaban por los alrededores de aquella vía romana por la que me acercaba al lugar. Rodeamos la población. Era un poblado muy pequeño y de fácil acceso. Al otro lado de la entrada había un mirador excepcional en el que me detuve unos instantes para contemplar la magnífica vista de las colinas y montañas que separaban aquella tierra de la costa del gran Mar. El escenario era, ciertamente, como para quedarse allí en actitud de contemplación y meditación, pero uno era consciente de que tampoco podía hacer esos excesos. Estuvimos dando vueltas por la población, contemplando a sus habitantes, campesinos que me miraban con una sonrisa en los labios. Cuando me di cuenta estaba anocheciendo y supongo que me sentí como se sintió Jesús al ser invitado por los dos discípulos que le advirtieron que el día declinaba y le movieron a que se quedase con ellos. Yo era, en aquel momento, un extranjero como lo había sido Jesús en Jerusalén a quien no reconocieron hasta que en la cena les partió el pan y se lo repartió. Con aquella caída del sol entré en una posada del lugar y pedí algo para cenar y una habitación en donde pasar aquella noche. Ciertamente aquel lugar era el prototipo de la hospitalidad. El posadero del lugar y la atención en el servicio habían sido exquisitas y estaban adornadas de una familiaridad poco habitual para nuestro mundo occidental.

Sobre el lecho de la habitación de la posada abrí mi cuaderno de notas y comencé a leer las notas que había tomado sobre los orígenes de aquel hospitalario lugar. Emaús venía a significar algo así como el lugar del agua caliente. Una identificación, sepa usted, muy apropiada para un lugar en donde la acogida era la característica más destacada. Mis notas daban cuenta del nombre por tratarse de una zona rica en aguas termales y fuentes de donde surgía el agua caliente. Sin embargo en todo mi discurrir por la población no había apreciado la presencia de ninguna fuente con las citadas características. En la biblioteca del Colegio Imperial me había hecho una reconstrucción de la historia del lugar a la luz de los datos que había encontrado en las fuentes de documentos antiguos. Al parecer la población de Emaús se había convertido en la sede de una cohorte romana siendo Varo procurador de Siria. Por esa razón la aldea había sido constantemente atacada por diferentes grupos nacionalistas judíos venidos de la alta Galilea. Los constantes enfrentamientos entre grupos romanos y sus detractores había provocado el abandono de la población dejando el lugar casi desértico. En tiempos de Jesús el número de habitantes había aumentado nuevamente de forma gradual aunque en el momento de la muerte de Jesús Emaús no había dejado de ser considerada todavía una aldea. Según las crónicas de la época, unos años después la dominación romana el lugar cambió la denominación de Emaús por la Nicópolis, lo que ocasionó que durante muchos siglos se perdiera la pista a la verdadera localización del lugar.

Lo importante -pensé mientras cerraba mi libro de notas y me disponía a descansar de aquella jornada- no era el nombre del lugar, ni tan siquiera si me encontraba ciertamente en el escenario de los acontecimientos narrados en los Santos Evangelios. Lo verdaderamente importante estaba en el instante en el que aquellos dos anónimos discípulos de Jesús le habían reconocido al partir el pan cuando el resucitado estaba con ellos a la mesa. Aquella había sido la tercera cena que enmarcaba la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y pensé en la cena de Betania que había vivido Jesús con su amigo Lázaro, con Marta y con María antes de entrar en Jerusalén; y pensé en la cena de Jerusalén que había vivido Jesús con sus amigos más cercanos la víspera de su muerte, la última cena con los doce que lo habían acompañado en todo momento; y pensé, finalmente, en la cena de Emaús que había vivido Jesús con dos de sus discípulos después de su muerte habiendo dejado la ciudad de Jerusalén. Y pensé, también, que aquellas tres cenas -antes de entrar en Jerusalén, en Jerusalén y después de salir de Jerusalén-, se enmarcaban en el camino de la vida eterna -ante de la muerte, con motivo de la muerte y después de la muerte, esto es, tras el acontecimiento de la resurrección.

Sepa, finalmente, que me encontraba nuevamente en medio de uno de los escenarios bíblicos que más habían determinado la fe en la resurrección. Aquellos dos discípulos habían reconocido a Jesús en la fracción del pan y habían regresado a Jerusalén a toda prisa para contar la noticia a los demás. Por un momento tuve la intención de levantarme de mi lecho y regresar con mi caballo a Jerusalén para decir que me había encontrado con el resucitado. Pero confieso que la tentación pudo más que mi intención y me quedé dormido pensando en todas aquellas cosas.


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