Cesarea Marítima: La ciudad del César
28.12.07 @ 09:20:54. Archivado en Caballero peregrino (Relato)
A lo lejos estaba el mar, el Mediterráneo tan conocido para un caballero cruzado. El Gran Mar como se le llamaba en los relatos del Antiguo Testamento. Llegué hasta la misma playa. Las suaves olas rompían con delicadeza sobre la arena de forma silenciosa. Descendí del caballo y saqué mi cuaderno de notas. Desplegué el mapa que yo mismo había diseñado en la biblioteca del Colegio Imperial. Los caballeros que me habían precedido tenían razón, Cesarea no podía haber estado muy lejos de aquel lugar. La ciudad de Cesarea formaba parte de la leyenda del santo Grial. La tradición situaba en Cesarea el lugar en el que los primeros cristianos habían escondido el cáliz que Cristo utilizó en la Última Cena. El rastro de aquel vaso sagrado y de la ciudad oculta que lo custodiaba se me había convertido en una obsesión. La situación privilegiada de Cesarea no podía haber sido otra que la del lugar en el que me encontraba en aquel preciso momento y me imaginé la fortificación romana de Cesarea, el puerto marítimo más importante en tiempos de Jesús, la ciudad dedicada al emperador César Augusto, amigo y protector de Herodes -por eso su nombre de Cesarea-, una población imperial e imperiosa.
Cesarea casi había nacido con Jesús. Fundada por Herodes el Grande en pocos años se había convertido en la población más emblemática del lugar en tiempos de los romanos. Cesarea había sido la capital política del país y se había convertido en la ciudad más próspera. Desde el tiempo de Jesús y durante 500 años, los gobernadores enviados de Roma tras la destitución de Arquelao habían establecido allí su sede convirtiendo la ciudad en capital de la provincia romana, pero la barbarie humana había reducido la ciudad a escombros los últimos años del siglo XIII por el sultán Bibars cuando era sede y centro de los cruzados tras las expulsión de los musulmanes en 1102. Hoy la ciudad permanecía oculta bajo las arenas de las grandes playas que, bañadas por el Mediterráneo, tenía delante de mis ojos.
Me acerqué a la orilla del mar hasta que el agua tocó la punta de mis zapatos. Con la espada hice un dibujo sobre la arena intentando imitar el plano a escala que yo mismo había hecho en mi cuaderno después de recopilar todos los antiguos datos sobre la ciudad que permanecían dispersos entre los viejos legajos de los caballeros cruzados. El historiador judío Flavio Josefo hablaba de Cesarea como la ciudad de las columnas marmóreas, de los frisos y capiteles, de las estatuas dedicadas a los emperadores romanos. Herodes había convertido la pequeña población fundada en el período persa en la gran ciudad romana del procónsul romano en Siria. La primera piedra de la nueva ciudad de Herodes había sido puesta en el año 22 antes de Nuestro Señor. Diez años se había tardado en levantar la ciudad de la prosperidad romana en Palestina. Poco tiempo, si se mira fríamente, para convertir una pequeña población en una sede romana con el mejor puerto marítimo del momento en todo el Mediterráneo, edificios públicos, palacios espléndidos, un hipódromo, anfiteatro y un gran acueducto que canalizaba el agua bordeando la costa de norte a sur.
Gracias a Flavio Josefo sabemos que Herodes edificó en Cesarea un templo dedicado a César -dice en sus escritos- de excelentes proporciones y belleza y una colosal estatua de Octavio, no inferior al Júpiter olímpico, al que se asemejaba, y el coloso de Roma, igual a la Hera de Argós. Cesarea había sido el centro de mando del ejército romano desde donde operaban las legiones V y X, el lugar desde donde se organizó la guerra del 66-70 después de Nuestro Señor, desde donde marchó Tito con su ejército dispuesto a destruir la ciudad de Jerusalén y sus alrededores en el año 70. Leí en mis notas el nombre oficial de la ciudad en los días del emperador Vespasiano y lo proclamé a voz en grito: Colonia Prima Flavia Augusta Caesarea. Alcé la mirada al horizonte. Ante mi se situaba un inmenso arenal lleno de dunas y montañas de arena que ocultaban, con toda seguridad, los restos de una de las ciudades escondidas por el paso del tiempo. Las primeras comunidades cristianas tenían allí su propia historia. La tradición evangélica nos dice que Felipe, el diácono, vivió y evangelizó en Cesarea (Hch 8,40) y, lo que es más importante, en esta ciudad permaneció encarcelado san Pablo durante dos años bajo los procuradores Félix y Festo y se presentó ante el rey Agripa y sus notables (Hch 26). El apóstol había desembarcado en el gran puerto de la ciudad al regreso de su tercer viaje por las comunidades cristianas del Mediterráneo y había sido apresado por predicar el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
Estuve durante varias horas comprobando las indicaciones de mis notas sobre el terreno. Realicé algunas mediciones en el lugar y empecé a calcular los pies que separaban los montículos de las dunas del mar. Tras una larga deliberación me dirigí hacia mi caballo y saqué de la alforja una pequeña pala que me acompañaba en todos mis viajes. Me situé a media altura de una de las dunas de arena y comencé a escavar con la pala. El sol caía sobre mi cabeza como una losa de piedra. Mis intenciones parecerían extravagantes pero tenía una corazonada y hay veces en las que hay que seguir las órdenes del corazón porque hay razones que el corazón no conoce. Después de dos horas de trabajo me encontrada sumergido en una zanja de más de viente codos de profundidad. De pronto la pala con la que extraía la arena se encontró con un fuerte muro de piedra que había permanecido sepultado bajo más de veinte codos de arena. Salté de gozo dando un grito de alegría. Mis trabajos se aceleraron con el impulso de una fuerza extraordinaria que me permitía trabajar con gran virulencia. Poco a poco iban saliendo a la luz los restos de una de las grandes edificaciones que habían embellecido los tiempos gloriosos de la ciudad de Cesarea. Sin darme cuenta estaba resucitando una leyenda. Perdí la noción del tiempo mientras seguía trabajando en medio de la arena. Las piedras que salían a la luz eran de grandes dimensiones y estaban dispuestas en forma lineal siguiendo un trazado perfectamente establecido como trabajaban los romanos.
Había comenzado a ponerse el sol. Salí de la gran zanja y me acerqué al caballo para coger agua de las alforjas. Me detuve durante unos instantes a contemplar la puesta de sol que parecía tener la intención de meterse en el fondo del mar Mediterráneo, el Mare Nostrum desde la otra orilla. Me senté a los pies de mi caballo para gozar del espectáculo y me tumbé para ver salir las estrellas y aparecer la luna. Aquellos instantes se me antojaban espectaculares. Cerré los ojos y respiré profundamente. Cuando los volvía a abrir el sol volvía caer con fuerza sobre mi cabeza. Sin darme cuenta me había dormido contemplando la puesta de sol. Me levanté rápidamente y me dirigí hacia mi excavación. Todo seguía tal y como lo había dejado la noche anterior, sin embargo la luz del nuevo día me permitía ver todo con claridad. Había descubierto el gran acueducto que canalizaba el agua para la ciudad de Cesarea. El acueducto construido por Herodes y restaurado en el siglo II por las Legiones romanas de Cesarea. La parte superior de la edificación tenía dos canales paralelos y un grosor de unos ocho codos. Volví a sumergirme en la profundidad de la zanja para seguir sacando a la luz aquel descubrimiento. A muy poca distancia encontré una inscripción incompleta sobre un trozo de piedra. Intenté descifrar la escritura. Confieso que me resultó sumamente difícil. Salí para tomar nota en mi cuaderno de aquella inscripción y realizar sobre papel una reproducción de la misma. En ella se podía leer: ...TIBERIEUM ...NTIUS PILATUS ....ECTUS IUDA..E ... Las letras precedentes correspondían, sin duda, al nombre de Poncio Pilato. Rápidamente me di cuenta de que me encontraba ante una inscripción en la que se confirmaba la existencia y el cargo de Poncio Pilato como Prefecto de Judea en tiempos de César Augusto. Si Poncio Pilato había gobernado Judea del 26 al 36 del siglo I de Nuestro Señor, estaba, sin duda ante una inscripción realizada en ese preciso momento y, tal vez, como dedicatoria de la ciudad al emperador romano. Sin saberlo acababa de confirmar un dato histórico y evangélico trascendental. Poncio Pilato, Prefecto de Judea, era el que había dado la orden de la muerte de Jesús.
No había encontrado el santo Grial pero había resucitado parte de una leyenda que pasaba a ser historia. Un escalofrío subió por mi espalda hasta llegar a la cabeza. Tras tomar las notas de aquella inscripción comencé a cubrir de arena nuevamente la zanja que había iniciado el día anterior. El mundo todavía no estaba preparado para conocer toda la verdad sobre la leyenda de Cesarea. Una leyenda que todavía permanece enterrada bajo la arena.
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