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Caná: La ciudad de las bodas

Permalink 27.12.07 @ 12:32:44. Archivado en Caballero peregrino (Relato)

Salí de Nazaret por la mañana a hora muy temprana cuando el gallo todavía no había despertado a los habitantes de la ciudad y comencé a galopar por el camino que me llevaría a Caná, la conocida Caná de Galilea. Tuve que tomar el camino de la antigua Vía Maris que iba hacia Séforis y después desviarme hacia Cafarnaum (Caná estaba entre Nazaret y el Lago de Tiberíades). Me imaginé el lugar antes de llegar y ver la realidad. Me gustaba imaginarme las cosas que iba a ver antes de verlas y, de esta manera, comprobar hasta qué punto la realidad coincidía con mi imaginación. Ahora puedo decir que el camino se me izo más corto de lo esperado. Pocas leguas separan las poblaciones de Nazaret y Caná. Ambas estaban en la misma región de Galilea.

A lo lejos ya se divisaba la pequeña población en donde Jesús empezó a realizar milagros y dio comienzo a su vida pública. Caná estaba situada en la colina baja occidental, a los pies de un de los paisajes más hermosos y frondosos de la zona. Me dispuse a escalar a caballo la colina para adentrarme en la población pero previamente lancé una mirada a todos los alrededores buscando las viñas, las cepas y las plantaciones que debían producir el vino que había dado renombre universal a aquella población. Pero mi visión se perdía en el horizonte sin ver la más pequeña de las viñas que uno se podía imaginar. Allí no había cepas, viñedos ni nada que se le pareciese. Como en el milagro de las bodas, allí ya no había vino. Saqué mi libreta de anotaciones en busca de algún dato de interés. Las primeras líneas que yo mismo había escrito anunciaban el nombre completo de la población: Kafr Kanna, una población asentada sobre la zona del Karm er-Ras, nombre que le habían puesto a aquel lugar antes de la reconquista de los cruzados.

Me adentré en ella población. Era una villa pequeña de pocos cientos de habitantes, casas humildes y calles empedradas con buenas canalizaciones de agua que se comunicaban con los diversos pozos y fuentes que seguramente estaban a las afueras para abastecer a la población. Tuve la impresión de que aquella era tierra de abundante agua y pensé en Jesús convirtiendo grandes cantidades de agua en vino (Jn 2,1), y me sentí feliz de estar en aquel lugar.

Tenía en mi libreta de apuntes las notas de algunos escépticos que dudaban de que aquel fuera el verdadero Caná de las bodas y situaban el lugar en la zona de Siddón, en Fenicia -Eusebius dixit-. ¡Claro que no! Aquel era el verdadero Caná en donde Jesús había convertido el agua en vino. El Caná de Galilea, no el Caná de Siddón.

Sin darme cuenta había entrado en la población y había llegado hasta las puertas de un pequeño santuario, el único del lugar, en el que -según mis notas- la tradición veneraba el escenario en donde Jesús realizó el milagro que su madre le había pedido. Antes de llegar al templo me di cuenta de que al otro lado de la calle estaban construyendo otro santuario seguramente en conmemoración del milagro evangélico. Un convento franciscano custodiaba el lugar sagrado. El convento tenía un pequeño claustro lateral decorado con unos magníficos arcos que hacían de pórtico del lugar. Rápidamente me di cuenta de que aquella decoración de piedra del convento era más antigua que la edificación y pensé que, con toda seguridad, eran piedras que habían pertenecido a alguna edificación anterior. Efectivamente, tras haberme asesorado en mis notas, allí había sido edificada una iglesia a la que alude Willibaldo en el itinerario de su peregrinación de los primeros años del siglo octavo. A todo esto, según mis notas, había datos que hablaban de una edificación en el lugar que se remontaba al siglo IV atribuida a santa Elena.

Entré en el templo en el que la tradición situaba el lugar del milagro. A los pies del altar había unas escaleras que bajaban a una cripta. Descendí al lugar y pude contemplar los restos de un antiguo lagar. Sobre ellos alguien había colocado unas tinajas de piedra. No aguanté más la emoción de estar en aquel lugar. Me senté en uno de los peldaños de la escalera y saqué el texto sagrado y comencé a leer para mis adentros: Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y no tenían vino, porque se había acabado el vino de la boda. Le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.» Interrumpí la lectura para volver la mirada sobre el lugar. Estaba sentado en el mismo lugar en el que siglos atrás había estado María y Jesús con dos de sus discípulos. Confieso que un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Seguí leyendo: Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días (Jn 2,1-12). Cerré el libro sagrado y volví a contemplar el escenario. Me sumé en una profunda oración durante un tiempo que soy incapaz de calcular.

Había salido de aquel lugar sagrado con la intención de buscar un sitio a las afueras en donde descansar unos instantes cuando, al ver las edificaciones de la población, recordé el signo que hizo Jesús curando al hijo de un funcionario real. Imaginé que alguna de aquellas casas podía haber sido la residencia del funcionario y pensé en la escena de la curación que describe el evangelista san Juan (Jn 4,46-54). Aquel había sido el segundo signo milagroso que Jesús había realizado en Caná cuando iba de regreso a Galilea. Antes de abandonar la población tuve la satisfacción de cruzarme con varias personas por las calles empedradas de Caná a quienes saludé con respeto y veneración inclinando levemente la cabeza. Aquellas personas debían de ser descendientes de los invitados que habían asistido a la boda, descendientes de los testigos del primer milagro de Jesús. En ese momento oí la voz de una mujer que llamaba a su hijo con el nombre de Natanael. Me dio un vuelco el corazón al oír aquel nombre y ver a un niño de menos de diez años entrar rápidamente en su casa. Y recordé que Natanael había sido uno de los discípulos de Jesús a los que se había aparecido a orillas del lago de Tiberíades, aquel al que Jesús llamó Bartolomé. También recordé que el tal Natanael era de Caná de Galilea (Jn 21,2), de la población en la que estaba en ese preciso instante. Las ojos se me llenaron de lágrimas por la emoción y hasta creo que en ese momento quise llamarme Natanael y ser de Caná de Galilea.

A las afueras de Caná había un cruce de caminos a la altura del valle de Yiftael en donde años atrás habíamos derrotado a los Mamelucos en la llamada batalla de Caná. Me monté en el caballo y me adentré por el camino de la Vía Maris hacia Tolemaida, nuestro último reducto cruzado. Pero esa es otra historia.

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