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Nazaret: La ciudad de Jesús

Permalink 27.12.07 @ 12:28:57. Archivado en Caballero peregrino (Relato)

La llegada a Nazaret había sido algo accidentada. Me había encontrado con unos maleantes con no muy buenas intenciones pero había evitado el envite. Unas leguas después mi caballo se había puesto enfermo lo que me hizo retrasar en dos jornadas mi itinerario. Por fin estaba a las puertas de la ciudad que había visto crecer al Salvador. Nazaret era, cuentan las crónicas, una ciudad de la baja Galilea perteneciente al territorio de la tribu de Zabulón. De lejos me había parecido una ciudad con un gran número de pobladores. También en época de Jesús debió ser importante, aunque algunos se empeñen en decir que era una población humilde, pobre y tal vez con mala fama. Confieso que pensé estas cosas mientras se me venían a la memoria aquellas palabras de Natanael dirigidas a Felipe: ¿De Nazaret puede haber cosa buena? (Jn 1,46). A aquella ciudad la historia la había convertido en la capital que vio crecer a Jesús dando nombre a su propia personalidad: Jesús de Nazaret. Nazaret fue el lugar de residencia de la Sagrada Familia vinculando a su denominación geográfica los nombres propios de José, María y Jesús.

Entré en la ciudad nazaretana y descendí de mi caballo para adentrarme en las callejuelas por las que anduvo correteando el niño Jesús, por donde María caminaba para dirigirse a buscar agua a la fuente que hoy lleva su nombre, por donde José tenía su negocio de carpintería. En ese momento un gran sentimentalismo me embargó alejándome de la realidad e imaginando escenas de la infancia de Jesús en aquel lugar. En aquel momento hubiese dado cualquier cosa por cambiar el tiempo de la historia y situarme en el siglo I en el mismo lugar en el que estaba parado contemplando la vida diaria de la ciudad. La gente iba y venía de un lado a otro por las calles. Me fijé en los rostros de los nazaretanos. Para mí eran reflejo de la cara de Jesús. Aquellas personas eran de la misma raza y, quién sabe, hasta alguno de ellos podía ser descendiente de los familiares de José. Las caras de las gentes que pasaban por allí no podían ser muy diferentes a las de Jesús y de su familia. En ese momento sentí ver a María atravesando las calles de la ciudad, a José entrando en una de las carpinterías del lugar y a Jesús jugando con otros niños detrás de alguna de las esquinas de las calles.

Mi presencia en aquel lugar, como en los anteriores, formaba parte de un itinerario de peregrinación que tenía como finalidad recoger el mensaje de la fe y llevarlo a la Cristiandad de Occidente. No podía olvidarme que yo era, sin duda alguna, el último caballero de la última cruzada. Aquella era una ciudad de paz, un escenario natural que invitaba al recogimiento y a la reflexión. Me adentré en la ciudad a través de sus callejuelas de la zona oeste, comenzando por el zoco principal en que los paisanos vendían y cambiaban todo tipo de objetos de ultramar. La estampa de la callejuela era conocida. En realidad estaba ante una de las imágenes más populares y populosas del lugar que nuestros artistas habían sabido reflejar en sus grabados de época. La calle del zoco parecía descender de la colina más alta en forma de torrente profundo y traqueteante que unía la ladera de la ciudad con la montaña occidental.

La “Flor de Galilea”, como llamó san Jerónimo a la ciudad de Nazaret, era una población relativamente moderna. Recuerdo que en una lectura que hice del Viejo Testamento me dí cuenta de que no se habla del lugar en ninguna ocasión. Era el Nuevo Testamento el que aludía a Nazaret para identificarlo como el lugar en el que el ángel se apareció a María en el momento de la anunciación (Lc 1,26-38) o la tierra en la que Jesús vivió su infancia y se hizo mayor, el escenario en el que se situaba la sinagoga en la que Jesús realizó oficialmente la lectura del rollo de Isaías. Aquellas casas, pensé, estaban edificadas sobre el suelo que había sostenido los muros de la casa de Jesús, la vivienda de la Sagrada Familia. Imaginé, en ese momento, la casa de Jesús y la situé al final de una de las calles del zoco, en el centro -como no podría ser de otra forma-. La casa tendría su molino de grano, prensa de aceite, lagares, y todo el equipamiento propio para la vida diaria de una familia de la época. Allí vivió y trabajó Jesús. Nazaret era una población del interior que vivía del campo. La mayoría de los habitantes eran agricultores y campesinos. La reiterada alusión al mundo rural y el conocimiento de ese mundo que Jesús hacía en sus parábolas me permitió sospechar que él mismo podía haber trabajado en el campo.

Permanecí unos minutos más en aquel lugar antes de adentrarme por las callejuelas caminando por los suelos por los que Jesús pateó, tropezando con la gente y esquivando los puestos de los mercaderes que tenía delante. Por fin llegué al lugar más importante de toda la población. Unos paisanos me habían indicado el escenario en donde se veneraba la aparición del ángel a María. Era una cueva baja conocida como gruta de la Anunciación y en ella estuve toda aquella tarde tomando notas, curioseando y, por supuesto, haciendo oración. Descubrí una gran cantidad de inscripciones en diferentes idiomas sobre los muros que rodeaban la gruta. Aquel lugar era, sin duda, un centro de peregrinación para toda la Cristiandad desde el momento en el que allí se habían reunido las primeras comunidades judeocristianas. Había un baptisterio en el centro que justificaba la importancia del escenario sagrado que debía haber pertenecido a los primeros cristianos del lugar. Los paisanos que me habían indicado dónde estaba la gruta me señalaron también otro lugar muy cercano en donde la tradición veneraba las ruinas de la que, decían ellos, había sido la casa de san José, en definitiva de la Sagrada Familia a donde María, tras sus desposorios con José, había ido a vivir (Mt 1,18). A última hora de la tarde me acerqué a contemplar los restos de esa edificación. La gruta de la Anunciación y la casa de la Sagrada Familia eran dos lugares que movían a la devoción.

En las notas que traía en mi cuaderno de viaje tenía escrito una noticia de edificación y veneración del lugar de la Anunciación por parte del peregrino Pedro Diácono quien, siguiendo el itinerario de la peregrina Egeria, afirmaba -en ese momento leí entre labios la nota-: La gruta en la que habitó Santa María es grande y clarísima. Allí hay colocado un altar. Levanté la cabeza y contemplé las dimensiones de la gruta. Me pareció verdaderamente pequeña, a pesar de las palabras de la peregrina Egeria y de Pedro Diácono. Tenía, también, entre mis anotaciones una indicación grafológica que me remitía a una de las inscripciones de los muros de la gruta. Se trataba de una inscripción en la que podía leerse con suma claridad: Xe Marya. Como señal de identificación del lugar en donde se produjo el anuncio del Xaire María (Alégrate María).

Me quedé en Nazaret aquella noche, antes de continuar el itinerario de mi peregrinación. Me acosté en la parte trasera de la venerada como casa de san José. Confieso que tardé en dormirme contemplando las estrellas desde el lugar en el que, con toda seguridad, José enseñó al niño Jesús a ver el cielo estrellado. Fue una de las noches más tranquilas de mi vida. Sentía la protección de la Sagrada Familia como un niño recién nacido se siente protegido por sus padres durante la noche. Aquella jornada había sido decisiva en mi itinerario.

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