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Jericó: La ciudad de las palmeras

Permalink 20.12.07 @ 12:31:39. Archivado en Caballero peregrino (Relato)

A lo lejos se divisaba la ciudad de Jericó. Como me habían advertido los hermanos del Santo Sepulcro era un verde oasis en pleno desierto. Para mí y mi caballo no había ninguna duda de que lo era. Los dos veníamos extenuados después de haber caminado por el desierto toda la noche a través de los desfiladeros del Wadi Qelt. Aunque habíamos parado a beber en el Monasterio ermitaño de San Jorge de Coziba, confieso que se me hacía la boca agua ver aquella ciudad llena de palmeras en medio de tanta aridez. ¡La ciudad de las palmeras! Me dije elevando las manos al cielo y cerrando los ojos para recordar todo lo que había leído de aquel paraíso en los Escritos Sagrados: Jericó, la primera ciudad tomada por las tribus de Israel después de cruzar el Jordán en la entrada a la tierra prometida con Josué (Jos 6,26).

¡Josué! -dije gritando en el momento en que el sol asomaba por detrás de las montañas al otro lado del Jordán. Bajé la mirada a la ciudad y contemplé las palmeras a lo lejos y me imaginé al publicano Zaqueo en medio de la ciudad de Jericó subido a un sicómoro para poder ver a Jesús (Lc 19,1-10). De pronto la piel se me puso de gallina al pensar en el suelo que pisaba. Estaba a la entrada de la ciudad, en el lugar en el que Jesús curó a un ciego que estaba sentado junto al camino pidiendo limosna, el que al oír que pasaba la gente preguntó qué era aquello y después se puso a gritar ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! (Lc 18, 35-42). Fue, también en Jericó, en donde Jesús anunció su muerte a los discípulos: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará (Mt 20,18-19).

Bajé del caballo y me senté sobre una piedra. Saqué las notas que había recogido sobre Jericó en la biblioteca del Colegio Imperial y comencé a leerlas. Tras la desembocadura a través del valle se puede ver a un lado de la llanura de Jericó un alto montículo en el que estuvo la fortaleza herodiana de Kipros -un asterisco sobre el papel me indicaba que Kipros era el nombre de la madre de Herodes-. La llanura está dividida en dos por el río Jordán que dirige sus aguas a su desembocadura en el Mar Muerto. Levanté la mirada, pude ver el cauce del Jordán detrás de la ciudad y a lo lejos tímidamente su desembocadura en el Mar Muerto. Seguí leyendo mis anotaciones y rápidamente me di cuenta de que la ciudad que tenía ante mis ojos era la “tercera” Jericó que había nacido durante el período bizantino. Antes y en aquel mismo emplazamiento habían estado las dos ciudades de Jericó destruidas y sepultadas por el paso de los siglos: la Jericó de Josué -en mis notas también llamada Tel el Sultan- y la Jericó de los tiempos de Jesús -la Jericó Herodiana, como tenía escrito-. Sin darme cuenta mi caballo se había alejado de mí unos metros y se había puesto a beber agua de un regazo que manaba de en medio de unas rocas. Me acordé, como no podía ser de otra manera, de Eliseo sanando las aguas de los manantiales (2Re 2,19-22). Con toda seguridad, pensé, aquellos manantiales seguían siendo los mismos de Eliseo que convertían la arena del desierto en tierra fértil. Era un escenario de manantiales, de nacimiento de la fe. No en vano, cerca, muy cerca de la ciudad, en la desembocadura del Jordán, había estado Juan Bautista bautizando.

Volví la mirada a mis apuntes y seguí leyendo datos sobre aquella emblemática ciudad ante la que me encontraba solitario como el último cruzado que era. Jesús pasó por Jericó cada vez que subió a Jerusalén. Que no debieron de ser pocas veces -pensé-, de hecho Jesús habla de Jericó en muchas ocasiones como una etapa obligada antes de ir a Jerusalén. Ciertamente, pensé alzando la mirada hacia el horizonte, en aquellos tiempos no había otro camino para ir a Jerusalén desde esta parte del Jordán. La Jericó que construyó Herodes -seguí leyendo- estaba llena de palacios, piscinas romanas, jardines, estanques,... convirtiendo la ciudad encantada en su residencia de invierno.

Volví la mirada hacia los restos de la ciudad y la imaginé llena de jardines bien cuidados, de palacios, fuentes,... aquel lugar había sido un lugar idílico, un paraíso en medio del desierto. Pensé en Herodes que había muerto allí. Seguí leyendo las notas que tenía del historiador antiguo Flavio Josefo en las que decía que la ciudad de Jericó había sido un importante centro comercial de productos medicinales y remedios terapéuticos. Aquella Jericó de los tiempos de Jesús vio acercarse su fin cuando en el año 69 el general Vespasiano la ocupó para establecer allí a la X Legión, la que meses después asedió y destruyó Jerusalén.

Jericó y sus alrededores -seguí leyendo- constituye el punto más bajo de la tierra. El enclave bíblico está situado a unos 400 metros bajo el nivel del mar. Las horas de camino a caballo y el calor que empezaba a apretar confirmaban el dato que acababa de leer. Jericó es, también, la cuna de la civilización, de ella hay datos y restos que la remontan al 10.000 a.C. Pensé en lo que significaba aquel dato. Me encontraba a los pies de la ciudad más antigua conocida de la historia. En ese momento me imaginé a las antiguas civilizaciones deambulando por aquella tierra. Y pensé nuevamente en Josué cuando envió a unos espías desde el otro lado del Jordán antes de conquistar la ciudad (Jos 2 y 6). El Antiguo Testamento cuenta que era una ciudad amurallada muy bien protegida. Y me situé ante el escenario como nunca lo había hecho hasta aquel momento. Hasta me pareció escuchar las trompetas de la ciudad de Jericó y al pueblo lanzando sus gritos de guerra. Cerré los ojos y vi las murallas desplomándose y a los israelitas entrando en la ciudad, saqueándola y apoderándose de ella. Eran los años 1.200 a.C.

Me puse en pie. Mi caballo hacia unos minutos que había vuelto y estaba a mi lado contemplando -absorto como yo- el espectáculo que teníamos ante nosotros. El calor azotaba cada vez más. Noté un ligero mareo al levantarme como si el espíritu de civilizaciones milenarias se alzase ante mí, y recordé al profeta Elías transmitiendo el espíritu profético en aquel lugar (2Re 2) y recordé, también, que allí el rey Nabucodonosor había capturado al Sedecías (Jer 39,5; 2Re 25,5). Mi caballo y yo nos pusimos en marcha bordeando los restos de la ciudad, pasando bajo las palmeras que adornan el escenario. Pasé el día entero deambulando por los restos de la ciudad. Mi desgastada Biblia me servía de guía de aquel trozo de la Tierra Santa. Me detuve para comer plátanos y naranjas que encontré por el camino. A última hora, después de haber descansado bajo las palmeras, cuando la luz del sol se alejaba hacia Jerusalén, comencé a hacer acopio de provisiones de dátiles para el camino. El desierto era duro y un cruzado como yo tenía que estar preparado. El calor era cada vez más sofocante y aquel lugar era demasiado atractiva y tentadora como para poder ser de verdad. Aquella jornada había sido muy intensa y el frescor del oasis era como un espejismo en medio del desierto. Un espejismo que escondía la historia más antigua de la civilización. Estaba anocheciendo, puse la espada a mano y me monté en el caballo. Debía continuar aquel viaje de reconocimiento de la Tierra de Nuestro Señor por la que tanta sangre había derramado la Cristiandad.

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me parece una narraciòn interesante y apasionante. la he leido varias veces en el libro de josue. me impresiona como el dios eterno y verdadero, hizo el milagro al derribar los muros. me impresiona tambien la misericordia divina para rahab. felicitaciones.
Enlace permanente Comentario por amos gomez sosa 09.06.08 @ 03:35

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