Navidades Familiares
20.12.07 @ 10:27:53. Archivado en Sociedad
Cuando llega la navidad uno se da cuenta de lo que vale la familia y la importancia que tiene para la vida de un ser humano el hecho de tener a unas personas a las que está especialmente vinculado por lazos que superan la amistad, el trabajo o las condiciones sociales en las que se encuentre.
Los vínculos familiares son los nexos de unión social y psicológica más grandes que un mortal racional tiene -puede tener-. Supongo que por esa razón la navidad de ha convertido en un momento del año especialmente sensible a este tipo de cuerdos mentales y recuerdos sentimentales. Por esa razón el hecho de poder contar con una familia es, con toda seguridad, el acontecimiento más grande que puede vivir y sentir una persona.
La navidad -la tradición lo manda- es el momento mejor indicado para ello. Tal vez por eso -o mejor, a causa de eso- nos reunimos para celebrar una serie de fiestas que provocan en nuestro ritmo de vida un cambio ya sea porque no tenemos que ir a trabajar o estudiar, porque nos desplazamos a otros lugares o, simplemente, porque cambiamos de año en nuestro calendario. El encuentro y reencuentro es una manera más de hacer de las navidades un tiempo cálido y familiar, un espacio acogedor y un escenario predispuesto a convertir unos días normales en las fechas más destacadas del año.
Sin embargo no hay familia y reunión navideña que no tenga presente a todos aquellos seres queridos que ya han desaparecido. La navidad que por naturaleza es un espacio de tiempo alegre tiene una dimensión triste que se camufla en lo más recóndito del género humano disfrazada de ñoña ternura y estúpida melancolía. Llegadas estas fechas todos nos acordamos que aquellas personas que el año pasado han estado con nosotros y este año ya no están a nuestro lado, de aquellas navidades de hace años cuando nos juntábamos en casa de la abuela un montón de hijos, sobrinos y nietos. Y hacemos recuento (como en la canción) y vemos que nos va faltando gente. Que muchos de los de entonces ya nos están por aquí. Y la alegría de la navidad se nos vuelve, al mismo tiempo, en recuerdo, memorial, remembranza y conmemoración. La reacción en estos momentos -seamos sinceros con nosotros mismos- es la de intentar evitar el recuerdo. Y nos consolamos tontamente con la idea de que la vida es así, es ley de vida y que qué le vamos a hacer. Una actitud -dicho sea de paso- de huida para no afrontar la realidad. Una aceptación -sometimiento- a las leyes de la vida y de la muerte -la finitud y liminalidad del ser humano-. La rebeldía peripatética en estos casos tiene poco que hacer.
No pretendo entristecer a nadie ni amargar estas fechas, pero la navidad tiene dos caras: la de la alegre de unión, reunión y familiaridad; y la amarga del recuerdo a los que nos han precedido. Claro que si celebramos una alegría que tiene sus orígenes en la tradición de un pueblo que se reúne para rememorar un acontecimiento religioso, celebremos también el recuerdo de los que este año ya no están entre nosotros convencidos -los que así lo crean conveniente- de que se encuentran en otro escenario metafísico distinto y distante al nuestro, celebrando eternamente -eso sí- lo que nosotros temporalmente. Convencidos de que dormitan en un espectro sobrenatural al que un día nos uniremos los que todavía andamos por este mundo. Sólo de esta manera, con la duda metafísica de esta perspectiva de futuro, las navidades serán verdadera celebración, alegría y unión. Un consuelo emergente para hacernos sentir bien, que no es poco con la que está cayendo.
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