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Ungido para la muerte (5)

Permalink 18.10.07 @ 08:51:54. Archivado en Judas

En aquel momento ninguno de nosotros supimos lo que había querido decir más allá de sus palabras. En realidad ninguno comprendimos la intencionalidad de su respuesta. Me había reprochado las palabras que había pronunciado afirmando que convenía dejar a María que actuase en el momento de su sepultura y que guardase el perfume para ese momento.

No caí en la cuenta de la trascendencia y contenido del mensaje. Dejar a María que guardase el perfume para el día de la sepultura de Jesús y, al mismo tiempo, dejarla actuar quería decir, en el fondo, que aquel momento era un anuncio de su propia sepultura. Una especie de homenaje anticipado a su cadáver. ¿Entiende usted lo del homenaje a los muertos? Es algo que solemos hacer como memorial o recuerdo de una persona difunta o que acaba de fallecer. Ahora, con la distancia prudencial que me otorgan los acontecimientos pasados, reconozco que las palabras de Jesús querían decir que mi misión era dejar a María que ungiese a Jesús como se ungía a los muertos para que no oliesen varios días después de su muerte antes de ser enterrados oficialmente. De hecho, usted mismo me ha dicho hace un momento que a Jesús no lo ungieron las mujeres por la mañana que fueron y encontraron la tumba vacía. ¡Qué tontería, cómo van a ungir el cuerpo de Jesús su ya no está!

En cuanto a lo de los pobres. Verá, es algo que me remuerde la conciencia. Yo dije aquello de entregar el dinero a lo pobres como quien dice cualquier otra cosa. Todos se dieron cuenta de mis intenciones. El mismo Jesús con su respuesta dijo lo que tenía que decir. Aquello de que pobres siempre tendremos entre nosotros es una verdad como un templo. Juzgue usted oportuno mi apreciación. Por cierto ¿también aquí hay pobres? Disculpe mi curiosidad de recién llegado.

Le decía que la respuesta de Jesús me dejó en evidencia una vez más, como tantas otras veces desde que había comenzado mi seguimiento. Y lo de que al él no siempre lo tendríamos no era más que la reafirmación por enésima vez del anuncio de su muerte.

Me hubiera gustado que las cosas fueran de otra manera, pero aquel día yo no tenía que haber asistido a la cena. Ni siquiera debía de haber ido a la casa de Lázaro. La primavera, ya sabe usted, altera nuestra sangre y el alma, en aquel momento, no estaba atravesando sus mejores momentos. Mi madre me advertía de pequeño que era un niño muy celoso, pero no porque guardase la ley con fidelidad, sino porque me molestaba cada vez que alguien se dirigía a mis hermanos y se olvidaba de mí. Ya sabe que uno no es perfecto y como humanos que somos -que éramos- tenía una buena cantidad de taras. Espero, no obstante, que aquí, en este lugar, las cosas cambien y poder tener la oportunidad de recuperar la imagen perdida durante la vida.

Aquella noche apenas pude pegar ojo. Después de aquella unción Jesús tomó la palabra y comenzó a hablarnos en parábolas. Yo apenas podía prestar atención a lo que nos decía. Tenía la mirada puesta en la figura del Maestro y en la silueta de María que no permanecía absorta contemplando a Jesús en cada uno de sus gestos.

Después de la enseñanza las dos hermanas se retiraron al piso alto de la casa. Lázaro, Jesús y todos los que estábamos con él nos recostamos en aquella sala hasta que amaneció y los rallos de sol entraron por la ventana de casa. Para mí fue una de las noches más largas de mi vida. Durante todo el tiempo había estado contemplando a Jesús como dormía profundamente a pocos metros de mí. Era como si quisiera contemplarlo por última vez en todo su esplendor, como si supiera que aquella iba a ser una de las últimas veces en que lo vería recostado.


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