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Ungido para la muerte (4)

Permalink 17.10.07 @ 13:36:45. Archivado en Judas

No sé si le he dicho que aquella noche Juan me insultó llamándome ladrón y acusándome de llevarme lo que quería de la bolsa que teníamos en común. Lo de Juan y yo es otra historia. Supongo que sabrá que terminamos mal porque él era demasiado joven. Aquel muchacho apenas sabía bien lo que quería. Era bueno, ingenuo, perspicaz y estaba lleno de buenas intenciones. Pero sus intenciones eran demasiadas. Se pasaba el día diciéndonos a todos lo que teníamos que hacer, su voz siempre sonaba por encima de la de los demás. En la mayoría de las ocasiones imponía su voluntad, incluso, a la del Maestro.

Juan tenía buen porte. Era rubio, de ojos claros, delgado -demasiado delgado para su altura- era alto, provenía de una de una familia muy humilde. Apenas sabía hablar con propiedad. Su porte delataba una personalidad descuidada, entregada a cualquier virtud, pero carecía de fuste, de tranquilidad emocional. Tenía demasiadas ideas imposibles de realizar. Se pasaba los días ideando itinerarios, comprometiendo al Maestro en todo tipo de situaciones. Muchos del grupo parecían tenerle miedo por su forma de hablar y su manera de actuar. Sabíamos que era el preferido de Jesús. Y lo llamábamos el amado. Usted ya sabe por dónde voy. El caso es que aquella actitud pronto había creado en mí una sensación de envidia que fue creciendo con el tiempo y se convirtió en un distanciamiento recíproco que fue aumentando con el tiempo. Ni yo le simpatizaba a él, ni él me simpatizaba a mí. A decir verdad, no estaba hechos el uno para el otro, por mucho que el Maestro quisiese encontrar en nosotros elementos de unión, diálogo y amor -eso, amor-.

Le decía que aquella noche Juan me llamó ladrón por haber dicho que aquel perfume se podía haber vendido por trescientos denarios y dado a los pobres. Juan sabía que yo sentía una atracción especial por el dinero. Me había acostumbrado a sacar partido de las economías para destinar una parte que financiara a los grupos de oposición a los romanos. Aquella costumbre se había convertido en necesidad. La necesidad de tener que guardar en la bolsa todo lo que echaban en ella. No es que anduviésemos sobrados de dinero -qué le voy a contar yo a usted que no sepa- pero aunque no dejábamos de ayudar a los más desfavorecidos que nos encontrábamos en los caminos, la genta no cesaba de darnos dinero, donativos para seguir ayudando a las gentes que nos encontrábamos por donde íbamos. Alguien tenía que ser el administrados de todo aquel capital y ese alguien era yo. Todos querían que fuese yo, aunque, como de costumbre, no faltaban quienes -como Juan- sostenían que mi administración económica dejaba mucho que desear.

He de confesarle -ahora que ya no tengo nada que ocultar- que Juan sospechaba que yo destinaba una parte de aquel dinero a la causa por la liberación del pueblo. Esa fue la razón por la que me tachó de ladrón delante de todos cuando salíamos de la casa de Lázaro y sus hermanas.

¿Cómo respondí a su acusación? No respondí. Jesús, que siempre se adelantaba a los acontecimientos, había mediado en la que podía haberse convertido en una agria discusión en casa de Lázaro. Lo mismo había hecho en el momento en el que María ungía sus pies y yo pedí la explicación de los trescientos denarios. Recuerdo sus palabras -las recuerdo como si las estuviera pronunciando en este mismo momento-: Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.


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