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Ungido para la muerte (3)

Permalink 16.10.07 @ 10:46:15. Archivado en Judas

Apenas habíamos acabado de cenar cuando desde la otra mesa contemplamos atónitos uno de los gestos que me produjo más desasosiego y me llenó de cólera desde que había comenzado a andar con Jesús. María había salido de la sala y regresado a los pocos minutos con un frasco de perfume de nardo puro muy caro. Todos nos dimos cuenta del valor de aquel perfume por su color y el aroma con que en unos segundo había inundado la habitación. Era un frasco grande que contendría más de una libra de perfume. Alguien de mi mesa -no recuerdo quién fue- susurró que el perfume de aquel frasco costaría más de trescientos denarios. ¿Sabe usted los meses que puede tardar un jornalero trabajando en conseguir trescientos denarios?

María se sentó a los pies de Jesús y se soltó el cabello ondulado, largo y de color castaño que hasta ese momento tenía recogido hacia un lado de la cabeza. Inclinó la botella y dejó caer sobre sus mano derecha una buena cantidad de aquel perfume. Acto seguido dejó el frasco en el suelo y con las dos manos hizo resbalar todo el perfume sobre los pies de Jesús. La casa entera se había llenado del olor de aquel perfume. Terminada aquella unción vació el resto del perfume que quedaba en el frasco directamente sobre los pies de Jesús y comenzó a acariciarlos extendiendo por los pies todo el perfume derramado.

Todos permanecimos en silencio contemplando aquel gesto. Nadie sabía de qué manera teníamos que interpretar aquello. Pedro, Santiago y Juan parecían asentir con la cabeza. Andrés y Judas no parecían muy conformes con lo que acababan de presenciar. Yo estaba completamente irritado, aunque en aquel momento no sabía muy bien hacia quién dirigir mi irritación. Una gran sensación de envidia había invadido mi cuerpo al ver cómo aquella mujer acariciaba los pies del Maestro. Al mismo tiempo la rabia se había apoderado de mí al ver que Jesús no ofrecía ningún rechazo al gesto de María sino que parecía gozar con el placer que le debería de producir aquella sensación. Puse toda la atención en el rostro de Jesús. Había cerrado los ojos suavemente. Respiraba con profundidad. Había dejado los brazos sobre las piernas y cruzado los pies descalzos sobre el suelo.

Ella había comenzado a secar los pies de Jesús con sus cabellos. Me perdonará si le digo que susurré aquello de que una mujer judía respetable nunca aparecería en público con el pelo suelto y jamás se le ocurriría arrastrar sus cabellos sobre el cuerpo de un invitado, aunque este invitado fuera un amigo que tuviera la confianza que tenía Jesús con Lázaro y sus hermanas.

Comprenderá usted que ante aquella escena no tenía más alternativa que la de decir lo que dije. Fueron palabras duras, lo reconozco, pero justas para una persona que sentía cómo sus ilusiones y esperanzas se veían contrariadas a medida que pasaba el tiempo. Aquella unción y aquel perfume parecían formar parte de un rito funerario. Sabrá que es costumbre entre nosotros, embalsamar el cuerpo de los difuntos con aceites y ungirlos con perfume de nardo puro como el que había utilizado aquella noche la hermana de Lázaro.

María había utilizado una gran cantidad de perfume. El aire de la sala mezclado con aquel perfume dificultaba nuestra respiración. Toda la casa se había llenado de la fragancia del perfume. Cuando alcé la voz para preguntar por qué no se había vendido aquel perfume por trescientos denarios y se había dado el dinero a los pobres todos se dieron cuenta de que a mí, en aquel momento, lo que menos me importaban eran los pobres. Y usted sabrá mejor que nadie que a mí, lo de los pobres, me interesaba menos en aquellos momentos. Después de una larga trayectoria de vida, mis inquietudes se centraban en la figura de Jesús, aunque a él le gustara -como le gustaba- hablar a menudo de los pobres. A fin de cuentas aquellos trescientos denarios era mucho dinero, equivalían a mis treinta monedas de plata. Usted ya me entiende. La cantidad que me dieron los sacerdotes y ancianos por conducirles hasta Jesús.A decir verdad mi crítica no iba dirigida a María, como podría usted pensar. El malestar que me embargaba tenía a Jesús como destinatario directo.


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