Ungido para la muerte (2)
15.10.07 @ 08:48:57. Archivado en Judas
Habíamos llegado al atardecer. Todavía no se había puesto el sol. Sepa que desde Betania se puede ver una de las puestas de sol más hermosas con el Templo primer plano, la ciudad de Jerusalén y las colinas que rodean la ciudad al fondo. Nos habíamos reunido en la parte trasera de la casa de Lázaro. Permanecimos sentados en el suelo durante unos minutos en silencio contemplando la puesta de sol. Dentro se habían quedado las dos hermanas de Lázaro preparando la cena. El espectáculo era sobrecogedor. Él pronunció unas palabras que tenían algo que ver con la muerte del día, con el crepúsculo de los dioses. Hablamos de la Pascua. Los días previos a la fiesta todo el pueblo andaba más aprisa que el resto del año. Había que pensar en la celebración, la cena, organizar las visitas y preparar las camas para los familiares que venían de otros lugares. Entre todos estuvimos dando ideas para que aquella fiesta fuera básicamente nuestra. Todos queríamos que la Pascua de aquel año fuera más íntima, para nosotros solos. Queríamos retirarnos a un lugar solitario y vivir con intensidad el recuerdo de nuestros antepasados.
Vimos ponerse el sol con el Templo en primer plano. Aquella tarde la puesta parecía más intensa. El sol se había difuminado sobre un cielo cálido de color rojizo. La intensidad de los últimos rallos atravesaba las colunas de los pórticos del Templo. Sólo de vez en cuando -muy raramente- alguna nube ocultaba aquel espectáculo en un acto progresivo de desaparición.
Lázaro se levantó y entró en la casa para ver cómo iban los preparativos para la cena. Su marcha sumió a Jesús en un silencio que no desapareció hasta su regreso. Nosotros seguíamos con templando el espectáculo celeste a medida que se iban enciendo las luces de las antorchas del Templo y algunas casas alzaban sus lamparillas para iluminar una noche que se prometía clara y estrellada.
El regreso de Lázaro nos obligó a levantarnos y entrar en la casa. En la sala estaban preparadas dos mesas con varios platos vacíos y dos jarras llenas de vino. Nos sentamos a las mesas. Jesús se puso a la derecha de Lázaro y a su izquierda se sentó María. La otra hermana de Lázaro entraba y salía trayendo cestas de fruta, panes y aceites. Por la ventana todavía se podían ver los últimos rallos de sol muriendo detrás de la ciudad. Lázaro pronunció unas palabras de acción de gracias y Jesús bendijo los panes que íbamos a comer.
La cena resultó amena. Los que estaban en mi mesa continuamos hablando de los preparativos para la Pascua y de la fiesta que todos los años se organizaba en el Templo. La llegada de miles de forasteros duplicaba la población de la ciudad. Todas las casas tenían aquellos días invitados que repetían cada año su visita al Templo. Habíamos hablado de los romanos y del cambio del calendario que se recordaba cada vez que se celebraba una fiesta importante en el Templo creando sus partidarios y detractores. Recuerdo que mientras nosotros comentábamos todas aquellas cosas yo hacía el esfuerzo por seguir también la conversación de la otra mesa desde la distancia y sin participar en ella. Jesús y Lázaro habían estado hablando del Reino, de la llegada del final de los tiempos, de la vida después de la muerte mientras Marta no dejaba de traer más cosas para comer y, de esta manera, agasajar a Jesús. María había permanecido cerca, muy cerca de Jesús durante toda la comida. Su mirada no se había apartado en ningún momento del rostro del Maestro. Sus ojos estaban llenos de gozo y alegría. Aquella mujer se sentía feliz de tener a Jesús tan cerca. Parecía no querer perder detalle de cada una de sus palabras y de sus gestos. Apenas había comido un trozo de pan durante toda la cena. En un momento Jesús, mojando un pedazo de pan en vino se lo había ofrecido a ella. María, cerrando los ojos, acercó sus labios hasta los dedos de Jesús y comió aquel trozo de pan mojado que masticó suavemente como queriendo saborearlo hasta su consumación.
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