Ungido para la muerte (1)
11.10.07 @ 08:37:42. Archivado en Judas
Nunca había experimentado una sensación de ridículo como la de aquella noche. Ahora creo que su desprecio fue para mí una de las razones fundamentales que me llevaron a hacer lo que hice. Usted me entenderá si le digo que la atracción que sentía era cada vez más fuerte y cuando el amor no es correspondido uno es capaz de convertir ese sentimiento en el odio más radical que se puede imaginar.
Aquella mujer lo quería de verdad y no pude soportar ver, impasible como estaba, de qué manera acariciaba su cabello, cómo secaba sus pies. Y él apenas hizo ademán de rechazar su cercanía y el placer que le pudieran proporcionar aquellas sensaciones. En aquel momento me di cuenta de que mi amor nunca iba a ser correspondido. Algo en mi interior hizo que todo el amor que llevaba dentro se transformara en odio y una mezcla de envidia desenfrenada que nunca llegué a controlar.
Por la noche, cuando todos regresamos a Jerusalén, no pude dormir. Me imagina a Jesús con aquella mujer consintiendo sus caricias. Recordé cada una de sus palabras, el tono de voz que había utilizado, y los gestos de sus brazos censurando mi conducta. Él sabía las razones por las que yo había reaccionado con aquella apuesta por los pobres por los que, en realidad, no sentía ninguna lástima.
Usted perdone, nuevamente, pero él era quien me preocupaba. Y mucho. Demasiado como para permitir que la escena de la casa de Lázaro se repitiese. Aquella noche me propuse romper la que me pareció podía ser una futura relación que mis ojos nunca verían bien. Empecé a buscar razones para deshacer destruir aquella escena enternecedora y llena de sentimientos.
Faltaban seis días para la celebración de la Pascua. Nos habíamos reunido en Betania. Le gustaba pasar por aquel lugar antes de entrar en Jerusalén para visitar a su amigo Lázaro. Algunos decían que lo había devuelto a la vida. Otros decían que la amistad que había entre ellos dos era el resultado de un acercamiento mutuo en donde se combinaban el amor, la fragilidad humana, el desencanto social y la fidelidad a un mismo programa de vida.
Desde el primer momento en que vi a Jesús con Lázaro supe que su amistad estaba consolidada. Las conversaciones que ellos mantenían superaban la atracción que producía sobre cada uno de nosotros, los que formábamos el reducido grupo que lo seguíamos a todas partes. Lázaro nunca nos había acompañado en los itinerarios por los diferentes caminos. Era él quien venía a ver a Lázaro, quien lo buscaba, quien iba a visitarlo a su casa. Nunca fue Lázaro el que siguió a Jesús, el que fue a visitarlo, el que dio la cara por quien más tarde le devolvería la vida.
Aquellos días -lo recuerdo muy bien- fueron los peores de mi vida. Yo hubiera deseado no haberlos acompañado aquella noche. Hubiera deseado quedarme fuera de la casa. Hubiera preferido unirme al resto del grupo a la mañana siguiente para entrar en Jerusalén.
Fueron seis días de tensión. Me sentía desorientado. No acababa de descubrir cuál era mi misión en medio de aquel grupo y sentía un especial desasosiego por quien había sentido una atracción especial desde el día que lo escuché en la sinagoga de Nazaret. Aquella fue la última semana de su vida. Aquella fue la última semana de mi vida. Era una de las pocas cosas en las que coincidimos. Fueron los últimos días para él y para mí.
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