La siesta definitiva de José Antonio Garmendia
26.04.07 @ 18:01:43. Archivado en Columnas
Cuando apenas le restaba un suspiro para cumplir los 75 años, ha muerto en Sevilla uno de esos seres fascinantes que conocerás en tu vida. José Antonio Garmendia Gil, ebanistero, gastrónomo, escritor y humorista -que todo eso era o había sido a lo largo de su dilatada existencia- nos dejaba heridos este miércoles a cuantos tuvimos el placer de conocerle.
En estos días en los que Sevilla se viste de Feria, Garmendia ha decidido hacer mutis por el foro y prolongar su sacrosanta siesta que creo era lo que, en el fondo, le prolongaba la vida. Había estudiado Ciencias Químicas, carrera que me sospecho -con el temor a equivocarme- no llegó a ejercer jamás. Humorista gráfico, dibujó y lo dejó y entonces optó por escribir en los periódicos, publicar libros y hablar en la radio. No obstante, había plasmado su finísimo humor en excelentes publicaciones como la mítica y extinta La Codorniz.
El día que lo conocí en los estudios de Radio Nacional de España en Sevilla se me presentó como “un compañero y no me hables de usted”, me dijo apeándome entonces de formalismo alguno entre camaradas de gremio. Tenía ese aspecto davinciano que le delataba, un humor valleinclanesco rayano en la greguería de Gómez de la Serna hasta desembocar en el absurdo de Mihura o Tono. Don Antonio Garmendia, como muchos le llamábamos respetuosamente, ya no constituirá una pieza clave en el paisaje y paisanaje de una ciudad tan señera como la que baña el Guadalquivir misterioso.
Una vez escribió, a través de un soneto, éste su autorretrato:
«Nací en Sevilla; mi apellido es vasco.
Vasca mi sangre, vasca mi figura.
Temo a la gente, la cordial me apura.
La palmada en la espalda me da asco.La hembra me enerva; le doy bien al frasco.
Soy tímido a la vez que caradura.
De cuanto di, jamás pasé factura.
Cuando me pica la ilusión me arrasco.Creo en Dios. Uso barba, como Cristo.
Como Judas también, como el demonio.
Me gusta el mundo y me horroriza el mundo.Soy uno más. Me canso, luego existo.
Adoro a mi mujer, me llamo Antonio,
y me muero segundo tras segundo.»
Cuando vuelva por Sevilla entraré de nuevo en Casa Robles, la de Álvarez Quintero, a degustar su exquisito rabo de toro y otras viandas semejantes y sentiré en el alma no verle ya junto a la barra, con su planta inconfundible y su gesto caballeroso, embelesado con una copa de buen vino, eso sí, mezclado con agua mineral, según costumbre que don Antonio Garmendia se gastaba y defendía a capa y espada.
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*** Enlace con LA VIROLA HERMENÉUTICA
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Manuel Segura
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