Edith Piaf, de Belleville al cielo
12.04.07 @ 17:50:04. Archivado en Cultura
Ahora, cuando se estrene en España el próximo 20 de abril la película La vida en rosa (La Môme), de Olivier Dahan, muchos de los integrantes de las nuevas generaciones conocerán a Edith Piaf, la pequeña niña gorrión, la Môme Piaf, un personaje de leyenda.
Cuentan que vino al mundo bajo una farola en una calle parisina, la de Belleville, que su padre era acróbata y su madre cantante ambulante, que fue desgraciada, que una meningitis cegó temporalmente su visión, que fue dando tumbos durante su infancia, de abuela en abuela, y que las prostitutas normandas de Bernay le enseñaron a moverse por el mundo.
Con otra leyenda francesa, Yves Montand, en sus incipientes comienzos, actuó en el Moulin Rouge durante la Segunda Gran Guerra. Con él vivió apasionados momentos -como con otros muchos hombres de evidente renombre- y al acallarse las balas dio a luz La vie en rose, aquel que sería su estandarte inseparable, su emblema, su icono de por vida. En 1956 -ahora escucho su grabación- la interpretó en el Carnegie Hall de Nueva York y lo hizo mitad en francés, mitad en inglés, precedida por una leve tos que nadie quiso quitar del master original mientras la orquesta atacaba los primeros compases. Allí, dicen, se consagró definitivamente para el público norteamericano introduciendo los temas con su inglés pausado y, a veces, tembloroso.
De su vida supieron, porque con ella la compartieron, Marlon Brando, Aznavour o Moustaki. De su música y de su portentosa voz, supimos otros muchos. En 1958, un accidente de automóvil junto al cantante de origen griego estuvo a punto de costarle la vida. Ella, que siempre quiso vivirla de forma y manera tan acelerada y que se vería abandonada por Jo -así lo llamaba en la intimidad- quizá cuando más lo necesitaba. Pero cuentan que su gran amor había sido el boxeador Marcel Cerdan, muerto en trágico accidente aéreo en 1949, suceso tras el que la Piaf nunca levantó cabeza.
En 1963, con tan sólo 47 años, se desplomó de forma definitiva. Ahora, cuando contemplo esta foto suya tomada sólo días antes de que muriera, tan menuda, sentada en un banco, con los brazos cruzados, sonriente, con un batín azul y junto a un tocadiscos portátil de la época y un sombrero anaranjado, reparo en lo efímero de todo. Hasta de la gloria. Convendrán conmigo que parece una anciana con todo el recorrido hecho. Cuarenta mil almas la acompañaron en su último camino. Sus restos reposan en el camposanto de Père Lachaise y en su ataúd, junto a su cuerpo inerte, dicen que hay tres peluches que siempre le fueron fieles.
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manuel
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Manuel Segura
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